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Full text of "Lecciones sobre la historia del gobierno y legislacion de España (desde los tiempos primitivios hasta la reconquisto)"

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BIBLIOTECA JURÍDICA 



DE 



AUTORES ESPAÑOLES 



YOL. 6" 



LECCIONES 



SOBRE LA 



iiisTORii DEL mmm y iecislacií 

DE ESPAÑA 

(DESDE LOS TIEMPOS PRIMITIVOS HASTA LA RECONQUISTA) 

pronunciadas en el Ateneo de Madrid en los años de 1841 y 1842 



POR 



D. PEDRO JOSÉ PIDAL 

MARQUÉS DE PIDAL. 
AHORA POR PRIMERA TEZ DADAS A LUZ. 



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MADRID 

IMPRENTA DE LA REVISTA DE LEGISLACIÓN 

á cargo de M. Ramos, 
Ronda de Atocha, núm. lo. 

1880 



PRÓLOGO 



En ]os primeros dias de Noviembre de 1840, pocos 
meses después del alzamiento de Espartero, la Junta de 
Gobierno del Ateneo de Madrid, invitó al autor de estas 
lecciones á que desempeñase la cátedra de Historia del 
Gobierno y Legislación de España, proposición que fué 
aceptada por éste, principiando sus explicaciones en los 
primeros meses del año siguiente de 1841. Interrumpidas 
á fines de Julio de dicho año, por haber tenido el autor 
que ausentarse de España, volvió á reanudarlas á princi- 
píos de Marzo de 1842, continuándolas hasta que su parti- 
cipación en los sucesos políticos ú otras causas, le obliga- 
ron á suspenderlas indefinidamente. 

Sólo una de estas lecciones, la primera, verdadera in- 
troducción y programa de todas ellas, habia sido revisada 
por el y publicada en la Revista de Madrid. Los apun- 
tes ó borradores de las demás, han sido hallados á su 
fallecimiento, dispersos entre sus papeles, no habiendo 
entrado en su ánimo la idea de publicarlos en la colec- 
ción que de sus obras sueltas pensó hacer en vida. No 
hemos creído, sin embargo , deber someternos á esta 
prohibición indirecta; pues si bien es verdad que estas lee- 



YI DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

clones, según declaración expresa de su autor (1), y según 
demuestran frecuentemente sus apuntes, fueron redactadas 
y pronunciadas con premura y para hacer frente á una ne- 
cesidad del momento; si bien es cierto que quedaron in- 
completas abrazando sólo tres períodos y uno de ellos no 
del todo terminado, de los siete que debian comprender 
las explicaciones; si á partir de la mitad de la segunda 
lección, dejan de estar redactados los borradores en forma 
de lección dispuesta para ser publicada y no encontramos 

(1) En una nota que acompaña á la publicación de la Lección pri- 
mera en la Revista de Madrid (Agosto de Í8i1), se lee lo siguiente: 

«Hé aquí el motivo y origen de este discurso y de las lecciones de 
que fué seguido. Uno de los caracteres que más distinguieron á la revo- 
lución de Setiembre, fué un odio ciego y apasionado contra las cien- 
cias y el saber; apenas hubo sabio, literato, poeta, profesor, anticuario 
ó escritor distinguido que no hubiese sido lanzado de su destino, si al- 
guno obtenía, de su cátedra, de su archivo ó de su biblioteca, ó que de 
cualquier otro modo no hubiese sido vejado ó incomodado. La reunión 
pacifica é inofensiva del Ateneo á que tanto deben la ilustración y las 
ciencias, no podia ser excepción de la regla general: su existencia es- 
tuvo muy seriamente amenazada; y si aún subsiste se debe á la noble 
firmeza con que algunos de sus socios se opusieron en aquellos dias de 
azar y de peligro, á los que allí, como en otras partes, siendo los me- 
nos, querían dar la ley á los más, fiados en las circunstancias y en la 
protección indebida de la autoridad. Con este motivo, con la ausencia 
del ilustre Presidente de la Corporación y con la dispersión y el des- 
tierro de sus más distinguidos profesores, el Ateneo, antes tan concur- 
rido y brillante, se halló al comenzar los cursos del año anterior sin 
sus cátedras, y el público defraudado de la sólida instrucción y ense- 
ñanza que allí encontraba en años anteriores. Entonces su Junta inte- 
rina de gobierno trató, por todos los medios que le sugirió su celo, de 
sostener el establecimiento, y uno de ellos fué el invitar á varios so- 
cios á que abriesen enseñanzas que reemplazasen las muchas que hablan 
cesado: yo fui uno de los invitados, y aunque en otras circunstancias 
me hubiera abstenido de emprender una tarea para la que ni me sentia 
con fuerzas ni estaba debidamente preparado, en aquella coyuntura 
reputé como un deber el aceptar la invitación, y empecé del modo que 
pude las lecciones á que sirvió de introducción el presente discurso. 
Al publicarle, he creido oportuno hacer esta advertencia por más de 
un motivo que comprenderán fácilmente los lectores.» 



PROLOGO VII 

en casi todas las restantes, más que las indicaciones y 
apuntos que servían al autor para pronunciarlas y aun 
muchos de ellos incompletos ú oscuros en algunos pasa- 
jes; si es verdad que ha trascurrido largo tiempo desde 
la redacción de estos apuntes y que mientras tanto se han 
hecho grandes progresos en los estudios históricos y jurí- 
dicos y especialmente en los períodos que estas lecciones 
comprenden; con eso y todo y por las razones que vamos 
á exponer, no creen los que las publican ni haberse deja- 
do arrastrar al hacerlo por ningún irreflexivo sentimiento 
individual, ni haber cedido inconsideradamente á las ins- 
tancias del ilustrado editor de esta Biblioteca, ni aun ha- 
ber desagradado á los suscritores de ella y á los que, mo- 
vidos por el nombre del autor ó por la materia de que tra- 
ta esta obra, quisieran conocerla. 

Es en efecto, cierto, que estas lecciones fueron orde- 
nadas y pronunciadas interrumpida y precipitadamente, y 
en medio de otros trabajos periodísticos, literarios y polí- 
ticos en uno de los más agitados periodos de nuestra his- 
toria contemporánea , pero no debe deducirse de aquí, ni 
<ísto era posible, que las materias sobre que versan, los co- 
nocimientos y estudios que suponen, fueran improvisados 
para las necesidades del momento. Por el contrario, el 
estudio histórico de la civilización española, que no otra 
cosa es en realidad de lo que en esta obra se trata, y el 
estudio de esta civilización comprendido del modo amplio 
y fecundo como hoy se estudia la historia, fué desde los 
primeros años de su juventud, como siguió siendo en el 
curso de su vida, el objeto preferente si no el único en el 
orden literario, del autor de estas lecciones. Entres gran- 
des manifestaciones buscó siempre este muy principal- 
mente, el conocimiento de la civilización patria, en la lite- 
ratura, en la historia propiamente dicha y en el derecho. 
Y si es cierta la máxima y por tal la tenemos, de que el 



VIH DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

modo óptimo de aprender una cosa, de adquirir el cono- 
cimiento de una ciencia determinada, es enseñarla, de 
viva voz ó escribiendo didácticamente sobre ella, nos en- 
contramos con que mucho antes de que estas lecciones 
hubiesen sido pronunciadas, el autor de ellas habia em- 
prendido en su primera juventud este camino en la litera- 
tura, la historia y el derecho patrio. 

En unión con su paisano y amigo D. José Gaveda y 
aprovechando y coordinando los materiales reunidos por 
el padre de este distinguidísimo escritor, se lanzaron los 
dos jóvenes á proyectar la redacción de una Historia ge- 
neral de la Literatura española, empresa que ni en aquel 
tiempo, ni en aquella edad, ni en aquellas circunstancias, 
pudieron naturalmente llevar á cabo, pero en la que el 
solo intento de acometerla y los primeros pasos dados 
para realizarla, debieron dejarles y les dejaron, como lo 
demuestran, algunos materiales allegados para esta obra, 
copioso caudal de conocimientos literarios. 

Por este tiempo también y esta vez sin colaboración 
ninguna, redactó el autor, unos elementos de Derecho civil 
español, que se conservan inéditos entre sus papeles (y en 
los que el tratado de las obligaciones especialmente, Icido 
en tiempos muy posteriores, llamó poderosamente la aten- 
ción de personas competentes), y unas Tablas ó cuadros 
de la Historia de España según el sistema seguido por 
Lesage en su Atlas histórico, tablas acompañadas de sus 
correspondientes disertaciones críticas y narrativas, sobre 
cada uno de los períodos en que dividía este estudio. Fué 
éste por cierto un trabajo ímprobo, y seria aún hoy útilísi- 
mo para el estudio elemental de nuestra historia publica- 
do con las correcciones necesarias, como pensaba hacerla 
el autor poco tiempo antes de su muerte. 

Establecido más tarde definitivamente en Madrid y de- 
dicado á su profesión de letrado, no muchos años antes 



l'ROLOGO IX 

del tiempo en que estas lecciones fueron pronunciadas, no 
por eso dejó de llevar de frente sus tres estudios favoritos; 
escribiendo por encargo del abogado Monreal una extensa 
y muy erudita alegación histórica y jurídica sobre el me- 
jor derecho del Marqués de Belgida y contra la incorpora- 
ción á la Corona de las islas de Hierro, Lanzarote y la Go- 
mera en las Canarias; asistiendo con asiduidad á las lec- 
ciones literarias de Lista quien le encomendó varios tra- 
bajos (1); y prestando atento oido al nuevo rumbo que 
marcaban á los estudios históricos y literarios por este 
tiempo las lecciones de Guizot y de Villemain en la Sor- 
bona y los trabajos de, Chateaubriand y de Thierry. 

Sin negar, por lo tanto, que algo hubiera ganado aun 
el fondo de estas lecciones, habiendo disfrutado su autor 
de mayor tiempo y vagar para prepararlas, no creemos 
que se tache de inoportuna su publicación por falta de 
erudición, ni de doctrina, ni aun de método, en la expo- 
sición de las materias que contiene. 

Más graves son ciertamente, las objeciones que en este 
sentido pudieran hacerse por haber quedado estas leccio- 
nes incom.pletas y por no haber recibido la última mano 
en su redacción existiendo sólo en forma de apuntes, es- 
critos las más de las veces, de un modo necesariamente 
algo desaliñado y didáctico. 

Efectivamente estas lecciones sólo comprenden el pe- 
ríodo primitivo anterior á los romanos, el de la domina- 
ción de Roma en España, y una gran parte del período vi- 
sigótico. Si consideramos que falta por recorrer todo el 
largo período de la reconquista y los de los reinados de la 
casa de Austria y deBorbon, comprenderemos que en rea- 
lidad no estamos enfrente de una historia del Gobierno y 



(1) Entre otros existe un análisis y juicio critico muy meditado del 
poema de la caida de Luzbel de Melendez. 



X DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

legislación de España que hubiera podido sostener digna- 
mente la comparación si hubiera llegado á verse termina- 
da, con el curso de historia de la civilización de Francia 
de Guizot , sino enfrente, y así ha tenido cuidado de ad- 
vertirse en el título , de una parte de esta historia. Es, 
pues, más bien lo que se publica una muestra de lo que 
hubiera podido ser esta obra llevada á feliz término, aun 
en las condiciones premiosas en que iba apareciendo que 
la obra misma. Creemos con todo que el desarrollo dado 
al estudio de los periodos que abraza, unido á las conside- 
raciones filosófico -pohticas á que se eleva su autor en el 
examen de los importantes sucesos^ que comprende , son 
suficientes para que tenga algún valor por sí, independien, 
temente del conjunto. 

Así vemos que el período primitivo ó anterior á los ro- 
manos, cuyo estudio en nuestros dias y en presencia de 
los portentosos descubrimientos hechos sobre la edad an- 
tigua, han alcanzado tan legítima importancia, pero- que 
entonces por falta de datos y aun por falta de crítica, era 
generalmente tenido en poco, es objeto por parte del au- 
tor de esta obra, de dos importantes lecciones en las que 
recurriendo al uso directo de las fuentes conocidas en 
aquella época, completa las indicaciones de Estrabon y de 
Tito Livio con conclusiones generales que hoy ha venido 
á confirmar en casi todos sus particulares la crítica histó- 
rica, pero que en aquel tiempo, y éste es su mérito espe- 
cial, sólo podian ser hijas de eruditas y perspicaces con- 
jeturas. 

Así el período romano, está estudiado en estas leccio- 
nes con toda extensión bajo sus fases generales. Los he- 
chos y el carácter de las conquistas de Roma, el Gobierno 
político y provincial del Imperio en todas sus épocas, la 
organización militar y económica, el régimen municipal 
en sus diversos períodos, el desarrollo religioso, intelec- 



PHOLOGO XI 

tnal y material de aquella sociedad y, por úUimo, su le- 
gislación incomparable, aparecen trazados con precisión y 
vigor en las once lecciones consagradas á este estudio, re- 
curriendo el autor para ello no sólo al testimonio de los 
jurisconsultos y de los historiadores antiguos y de los pu - 
blicistas modernos, sino al de los escritores y poetas que 
pudieran servirle á Marcial y Juvenal, á Aulo Gelio y Festo 
Avieno. 

Casi otro tanto puede decirse, en la parte en que está 
terminado, del período visigótico y muy especialmente de 
las lecciones consagradas á los Concilios de Toledo segui- 
dos uno á uno en la reseña histórica que de ellos hace, 
estudiados directamente en sus disposiciones y al mismo 
tiempo y como fruto de este estudio, analizados y apre- 
ciados con crítica elevada y puramente histórica. 

En cuanto á la forma en que estas lecciones aparecen 
escritas, no nos hallamos ciertamente con textos corregí- 
dos y dispuestos para ser publicados, sino en presencia las 
más de las veces de los croquis ó apuntes que el autor for- 
maba, para sus explicaciones, y á reserva de darles después 
desarrollo en la cátedra; apuntes que ha habido que co- 
piar casi siempre de nuevo llenando, bien que con escru- 
pulosa parquedad los pequeños vacíos de redacción que en 
ellas se notaban. Así y todo, lo que pierden estas lecciones 
en desarrollo y galas oratorias, lo ganan en precisión y 
encadenamiento metódico de las |ideas, y esto les presta 
por lo general mucha claridad, bajo su forma cuasi didác- 
tica. Queda, pues, lo más esencial de ellas, y como, según 
hemos hecho notar, esta obra está basada sobre el estu- 
dio constante y directo de las fuentes, resulta que aun 
hoy dia, podrán haberse hecho, y se han hecho en efecto, 
nuevos descubrimientos sobre algunos de los particulares 
que abraza, podrán éstos haberse completado y analizado 
mejor, pero en la esencia y en los puntos generales, con- 



XII DEL GOBIEKNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

servan estos estudios de primera mano, una juventud y una 
verdad inmarcesibles. Muchas son las obras sobre puntos 
análogos, posteriores de mucho tiempo á estas lecciones, 
escritas con más aparato y galanura de estilo, y que sin 
embargo, por no haber recurrido directamente á las fuentes 
sus autores, por haber sido hechas sobre trabajos de segun- 
da y tercera mano, han envejecido prematuramente, y han 
perdido hoy todo su valor histórico. 

Réstanos ahora para terminar estas breves indicaciones 
sobre la índole de esta obra, dar una ligera, y necesaria- 
mente incompleta idea, de la extructura de las lecciones 
que debían completarla y del espíritu que al menos en la 
apreciación general de cada uno de los períodos subsi- 
guientes, debia resplandecer en ellas. Para esto nos valdre- 
mos casi exclusivamente de los apuntes mismos del autor, 
escogidos sólo entre los [)ertenecientes á esta época, y des- 
tinados probablemente á figurar más tarde, en una ó en 
otra forma, en las lecciones que no fueron pronunciadas. 

Terminado casi por completo el estudio délos tres pri- 
meros períodos, primitivo, romano, y visigótico de la His- 
toria del gobierno y legislación de España, debia com^- 
prenderel cuarto, toda la Edad Media, objeto en aquel tiem^ 
po de generales y sistemáticas censuras. No participaba con 
todo de este espíritu, á juzgar por los apuntes é indicacio-^ 
nes que nos quedan, el autor de estas lecciones, pues si 
huyendo de exageraciones evidentes, reconocia en aquella 
época, tan apasionadamente juzgada, las imperfecciones y 
aun los vicios fundamentales que no pueden ocultarse á la 
vista de ningún observador desapasionado y sincero, sabia 
descubrir y analizar en cambio los grandes móviles, que 
constituían aquella hermosa unidad moral, que da tanta 
grandeza á esta edad heroica de la civilización Europea. 
Véase en prueba de ello el siguiente juicio y análisis que 
hace del estado social de Castilla en este período. 



rR(')T.OGO XIII 

«Guando se para la atención y so fija la vista, dice, en el 
oslado de la sociedad castellana en la Edad Media, y seña- 
ladamente en los siglos xi y xii, no se ve á primera vista 
más que un caos desordenado y confuso: los principios más 
contradictorios pugnan por gobernar á la sociedad y la 
conturban y agitan en sus más íntimos fundamentos. La 
fuerza brutal parece en último extremo decidir todas las 
cuestiones y dictar todas las resoluciones: nada hay fijo, 
nada hay cierto ni estable. Unas veces parece que el tro- 
no lo domina todo según dispone á su albedrio de todo: 
otras se le ve abatido hasta un punto, que parece va á des- 
aparecer; aquí domina la más orgullosa y altanera aristo- 
cracia; allí imperan con no, menor ostentación y aparato 
las confederaciones y hermandadas de los concejos: dentro 
de las ciudades se ve establecida cierta libertad que afianza 
los derechos de las clases inferiores; á corta distancia la 
población rural está reducida de hecho y de derecho á 
la más dura esclavitud, pudiendo sus dueños tomarles ol 
cuerpo y la hacienda de derecho, sin que ellos tengan ni 
el de elevar á nadie ni una simple queja. El caos no es 
menor en el orden moral: los ricos-hombres infanzones 
gozan del funesto derecho de hacerse la guerra los unos y á 
los otros, es decir de decidir todas sus cuestiones por la 
violencia; los robos, los incendios, los asesinatos, nacen 
expontáneamente como de su natural manantial de seme- 
jante monstruosidad; sobre una enriscada torre se encas- 
tilla un señor arruinado que no cree ofender el blasón de 
su familia y solar, robando á los pasajeros y peregrinos, y 
si es menester á las iglesias y monasterios. Otro oprime á 
su adversario en una pérfida emboscada, y lo apunta entre 
sus hechos de armas. El clero, arrastrado por el torrente, 
parece acomodarse á tan estrañas costumbres, y haber ab- 
dicado su alta misión: dueño de tierras y castillos, señor 
feudal, en una palabra, entra en todas las empresas y de- 



XIV DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

signios de los de esta clase; hace unas veces la guerra al 
Rey; oprime otras á los pueblos, y nada es más común que 
ver á los Obispos y clérigos al frente en las batallas, ca- 
lada la visera y con la lanza en ristre. Esta sociedad se 
exclama al considerarla superficialmente, es el caos lo 
mismo en el orden político que en el moral: la disolución 
y la muerte se han apoderado de ella y va á desaparecer. 
Nada más inexacto que este juicio. La sociedad estriba en 
hondos fundamentos, una vez que tan recios y combina- 
dos embates no la derriban: ese caos aparente oculta gran- 
des principios de estabilidad y de orden, y de porvenir: 
nada está más distante de ella que la disolución y la muerte. 
Tres grandes principios firmes y robustos sostienen inte- 
riormente y mantienen en pié tan complicado y contra- 
dictorio conjunto , y sobrenadan en todas las grandes 
catástrofes. El principio religioso, el principio monárqui- 
co, el principio de honor y caballeresco. Al rededor de 
estos firmísimos fundamentos del orden social, se agi- 
tan encontradas pasiones y elementos que los ocultan en 
parte y oscurecen por intervalos; pero siguiendo con aten- 
ción la historia, se divisa bien pronto su interior liga- 
zón y robustez. Por eso se ven en la Edad Media esas 
rápidas transiciones; cuando una mano podeaosa atrae 
las fuerzas de la sociedad hacia esos grandes principios, 
la sociedad postrada parece que renace de repente, y co- 
bra nueva vida y calor; ha entrado en su elemento, y 
respira, y vive con desarrollo y lozanía; la perturbación 
anterior no habia destrozado sino embarazado sus fuer- 
zas vitales; separado el estorbo, marcha y camina con re- 
solución y valentía. De aquí todas las grandes empresas 
de la Edad Media.» 

Conforme á lo que la renovación de los estudios histó- 
ricos sobre esta época, va demostrando y confirmando más 
cada dia, en todas partes y en todos los detalles, el au- 



PROLOGO XV 

lor de osías lecciones, ve también y hace notar la gran 
uniformidad en la historia de las instituciones sociales de 
la Edad Media, en la sociedad Europea. «Esta uniformidad, 
en toda Europa, en aciuella edad dice, es un fenómeno á 
primera vista sorprendente. Las naciones apenas se cono- 
cian unas á otras, y menos podian comunicarse entre sí: 
todas las existencias eran locales aisladas, y sin la menor 
influencia las unas sobre las otras. Y sin embargo, el des- 
arrollo de esta civilización en casi todas las sociedades eu- 
ropeas, es tan semejante, tan igual, y tan paralelo, que 
parece ser el producto de la más ciega moda ó imitación. 
¡Singular efecto de los elementos que entraron en la com- 
posición de aquella sociedad! Unos mismos en todas partes 
el elemento romano y el germánico, produjeron en todas 
partes el misnao resultado, y lo que es más singular toda- 
vía, tuvo éste iguales desarrollos, en todas partes también 
por muchos siglos.» El mismo juicio, diferente del que ala 
sazón y aun por mucho tiempo después, prevalecia entre 
los escritores más conservadores ú ortodoxos, lemerecian 
las célebres luchas en que ñguraron en primer término 
Gregorio VII y Enrique IV de Alemania. «Las guerras del 
sacerdocio y del imperio, dice, han sido mal comprendi- 
das por la filosofía del siglo pasado: eran la lucha entre los 
intereses morales y la fuerza, y aunque enardecida por am- 
bas partes, de esta lucha han venido grandes adelantos.» 
Debia pasar luego el autor á tratar de las instituciones 
excéntricas y locales de España en este período, como la 
Njbleza, los Concejos y demás, y de las instituciones cen- 
trales como la Monarquía y las Cortes; sus opiniones gene- 
rales sobre todos estos particulares, se encuentran conden- 
sadas en el discurso de contestación al Sr. Seijas Lozano en 
la Academia de la Historia, y en un trabajo especial sobre 
el Fuero Viejo de Castilla varias veces publicado y en el 
que detenidanriente se estudia el estado social y la legisla- 



XVI DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cion especial de la nobleza castellana en la Edad Media (1). 

En cuanto al método que el autor aun en medio de la 
precipitación con que estas lecciones fueron preparadas, se 
proponía seguir en el estudio de este período, este es, como 
lo denotan muchos apuntes y anotaciones sueltas comple- 
tamente conforme á lo que exige hoy la crítica histórica: 
es, á saber, el conocimiento directo, de los privilegios, 
donaciones y demás documentos de esta época hasta ahora 
poco conocidos, ó poco estudiados bajo el punto de vista 
de descubrir en ellos imparcial y desapasionadamente el 
verdadero régim&n social y las verdaderas costumbres de 
la Edad Media (2). 

Del aspecto general del reinado de los Reyes Católicos, 
con cuyo estudio después de haber examinado el gobierno 
y legislación de los diferentes remos cristianos y de los 
sarracenos de España, debia terminar este período, nos ha 
dejado el autor trazado á grandes rasgos el siguiente cua- 
dro. «El estado de la nación al advenimiento de los Reyes 
Católicos después de los reinados débiles de Juan II y de 
Enrique IV, era propiamente un estado de anarquía. El 
orgullo de los nobles habia llegado á su colmo, los Gonce- 
jos anárquicos también y poderosos estaban en lucha con 



(1) Vé.ise el discurso en los Apéndises. El estudio sobre el Fuero 
Viejo ha sido publicado por primera vez en la Crónica Jurídica (núme- 
ros 10 y 12), en la Revista de Madrid^ y en casi tod.is las últimas edi- 
ciones de este Código, entre otras en la colección de la Publicidad y 
en la edición de Madrid de 1^47. 

(2) Así para estudiar la jurisdicción señorial en este período, el 
amor analiza detenidamente la donación de Adelgaster, hijo del rey 
Silo, al monasterio de Obuna en el año 780; para probar que la ocupíi- 
cion era en este tiempo un titulo de dominio, cita y comenta varias 
escrituras de Oviedo y del Obispado de Osma que se remontan tam- 
bién á los primeros tiempos de la reconquista, y de las que se deduce 
particularmente de las últimas, la despoblación de España en aquella 
época, y así de otras muchas. 



r ROLO (¡o XVII 

ellos y eran favorables á la Corona, principalmente los pe- 
queños: -la guerra civil abierta con la sucesión de Enri- 
que IV, y la guerra con Portugal por el mismo motivo en- 
sangrentaban el reino. Los Reyes Católicos siguiendo el 
im[)ulso general de Europa contrario á los excesos del feu- 
dalismo y favorable á la Monarquía, supieron poner reme- 
dio á este estado de cosas. Para afianzar su autoridad ya 
grande por el sólo hecho de la reunión de las coronas de 
Castilla y Aragón, se ponen al frente del partido popular, 
y acometen las reformas sociales y políticas de todos co- 
nocidas, en la Santa Hermandad, las Cortes, las Chancille- 
rías, los Maestrazgos, la Inquisición y demás: emprenden 
la guerra de Granada tan popular y deseada de todos, ad- 
quiriendo el poder real gran extensión á su sombra; pro- 
tegen las letras y los letrados creando una clase importan- 
te y adversa á los nobles, y ensalzan á los hombres del 
pueblo, trayendo nuevos elementos algunos de ellos de tan 
gran valer como Gisneros á la gobernación del Estado. Los 
resultados de esta conducta y de estas afortunadas empre- 
sas, fueron la variación en la Constitución feudal de Cas- 
tilla, en pro de la Corona que adquirió gran poder y ex- 
tensión con las conquistas de Navarra, de Italia y del 
Nuevo Mundo. El estado material del país progresó gran- 
demente como lo prueban la riqueza relativa de muchas 
ciudades en aquel tiempo; sus ferias y mercados, fábricas 
y comercios, y las Ordenanzas de los Consulados de mu- 
chas de nuestras ciudades marítimas especialmente Barce- 
lona. El desarrollo moral estaba movido por el sentimien- 
to religioso que dominó siemapre en España, y fenómeno 
singular, el pueblo que en unión con las demás clases 
mientras duró la guerra de la reconquista, vivió en buena 
armonía con los moros y los judíos, obtenida la paz y al- 
canzada la victoria por el principio popular en el reinado 
de los Reyes Católicos, no supo ni quiso tolerarlos más.)) 

II 



XVIII DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

«El desarrollo y progreso de las ciencias morales, las 
grandes instituciones de caridad, las Escuelas florecientes 
y numerosas, el cultivo de las tierras, la perseverancia y 
valor en las guerras contra los moros, todo se debió al 
sentimiento religioso del pueblo español; la civilización 
nacional estaba fundada toda, en este principio, en este 
gran sentimiento cuyos extravíos producen el odio popu- 
lar á los judíos, común en toda Europa, y no desprovisto 
de razón de ser, por las supersticiones, los odios im,placa- 
bles y las usuras de esta raza, pero que en España llevó 
por este tiempo al pueblo á grandes persecuciones y ma- 
tanzas populares, á la espulsion de los judíos y al estable- 
cimiento de la inquisición. El sentimiento caballeresco 
era otro de los móviles de la sociedad española en aquel 
tiempo. La caballería, institución magnífica en tiempos 
anárquicos, anárquica ella misma ó ridicula en tiempos 
normales, habia sido ensalzada y celebrada en las poesías 
de la Edad Media; el honor y la galantería por nuestro 
elemento de civilización oriental, por la poca comunica- 
ción con el bello sexo, resto de la civilización árabe, rei- 
naban sin contradicción entre nosotros, y aun habian lle- 
gado á un grado tal de exageración, que producían otros 
abusos en opuesto sentido, como el odio y el desprecio á 
las artes mecánicas y la afición desmedida á la guerra y á 
las empresas arriesgadas Respecto al estado intelec- 
tual de España en este período, al estado de las ciencias 
y las artes, baste decir que en 1470 se imprimía ya en Es- 
paña; baste recordar la larga serie de nombres, de obras 
y de instituciones notables.» El autor los enumera, en 
todos los órdenes del saber humano, clasificándolos en 
una larga lista que por su mucha extensión y por ser en 
gran parte conocidas de todos sus noticias, no insertamos 
aíjuí. 

Sobre el quinto período ó sea el de la dinastía austria- 



PRÓLOGO XIX 

ca, aparecen tambi<;n indicadas en los apunles algunas 
ideas generales de que por su mucha extensión prescindi- 
remos. 

«En su gobierno interior, dice condensando su juicio, 
experimentó España en esta época un atraso social, pues 
faltó, con el abatimiento de la nobleza y de las comunida- 
des, la libertad y el contrapeso, quedando sólo el poder 
central relativamente sin resistencia y sin trabas, como 
era, hasta cierto punto, necesario para conservar una tan 
heterogénea monarquía y para hacer frente á las invasio- 
nes del luteranismo y del islamismo. En su grandeza ex- 
terior en cambio, llegó España al mayor brillo y apogeo 
que puede alcanzar ninguna nación moderna.» 

Sobre el gobierno general de la monarquía estudiado 
más en sus detalles y en sus relaciones con el gobierno 
particular de los reinos de España sobre la inquisición y 
otros particulares referentes al estudio del Gobierno y le- 
gislación de España en este período, tuvo el autor ocasión 
de tratar en los primeros capítulos de su historia de las 
alteraciones de Aragón. 

La sexta época ó período se caracteriza por la invasión 
de las ideas francesas con el advenimiiento de los Borbo- 
nes y el autor traza también á este propósito un cuadro 
en el que, después de reseñar á grandes rasgos como se 
em.pezó á formar en este tiempo una sociedad francesa en 
medio de la sociedad española, hace notar el grande influ- 
jo que tuvo en esta transformación el célebre benedictino 
Feijóo. 

«Toda situación fuerte, dice, se personaliza y la inva- 
sión de las ideas francesas se personalizó en Feijóo. Fraile 
y por lo mismo poco sospechoso al pueblo y á la gente 
devota, de una lectura inmensa en todos los ramos de la 
literatura francesa, escritor fácil y agradable, pensador 
exacto, aunque tal vez no muy profundo, animado por la 



XX DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

idea de su superioridad, sobre todos sus contemporáneos, 
invencible é infatigable en el fin que se habia propuesto, 
el P. Feijóo se arrojó á la arena á combatir los errores 
populares de los españoles con una libertad y una soltura 
que tal vez le hubieran acarreado grandes disgustos á no 
estar resguardado por la cogulla y el cerquillo, á no go- 
zar, como era natural, déla protección de la corte, cuyos 
fines, tal vez sin saberlo, servia.» La lucha y la resistencia 
que á pesar de esto tuvieron sus doctrinas, fué más útil á 
la invasión de las ideas francesas que las obras mismas 
del docto benedictino, principiando desde entonces un en- 
tusiasmo ciego é irreflexivo por todo lo traspirenaico, uni- 
do al olvido y al desprecio sistemático de todo lo español. 
Y como los resultados de este movimiento literario se 
agrandaron en Francia llegando á producir la revolución 
con sus reformas y con sus criminales extravíos, los afi- 
liados á estas ideas en España quisieron también llevarla 
á cabo entre nosotros. «Esta obra, sin embargo, prosigue 
el autor, era aquí muy difícil; las nuevas ideas eran irre- 
ligiosas y la religión era popular en España y sus institu- 
tos y fundaciones favorables en un todo á las masas j úl- 
timas clases del pueblo; se predicaba á Tos españoles la li- 
bertad deducida de principios y teorías y aquí la libertad 
era una cosa práctica y tradicional en las Cortes, en las 
Juntas provinciales y en los Ayuntamientos y Concejos; 
llamaban al pueblo á la igualdad como á una cosa nueva 
y el pueblo no los entendía, en un país donde no se cono- 
cía apenas la distinción de clases, donde las costumbres 
son esencialmente democráticas y donde la única clase 
venerada y fuerte era el clero reclutado casi exclusiva- 
mente en el pueblo y acepto por lo mismo á las masas á 
quienes favorecía y con quienes en gran manera simpati- 
zaba. ¡Qué diferencia entre la posición de los novadores 
en las dos naciones francesa y española; del deseo el cam- 



PROLOGO XXI 

Lio, era allí la aspiración general, exponlánea, producto, 
tal vez, de los vicios y errores de aquella sociedad y expre- 
sión de los remedios que, en opinión de muchos reclama- 
La; aquí estas novedades eran una cosa importada ex- 
traña y casi sin relación en sus censuras y en sus reme- 
dios ni con nuestros vicios ni con nuestras necesidades in- 
teriores!... En esta situación, concluye, si nuestros novado- 
res huLieran sido homLres previsores y reflexivos, mejor 
dicho, si sus doctrinas huLieran sido originales y expontá- 
neas y no copia y representación de unas necesidades y 
deseos que no eran las necesidades y los deseos de su pa- 
tria, seguramente huLieran seguido otro camino más aco- 
modado á su situación y á la de la nación cuyo estado 
querian, como era Lien necesario, mejorar. Si olvidando 
ó á lo menos no dando demasiado oido á máximas extra- 
ñas y poco acomodadas á sus circunstancias, huLieran, 
con ánimo despreocupado, tratado de estudiar y compren- 
der las verdaderas necesidades del pueLlo español, las re- 
formas que reclamaLa su situación y soLre todo, si huLie- 
sen calculado las resistencias y los apoyos que hallarían 
en su empresa y los Llenes y los males que de ella pudie- 
ran razonaLlemeiite seguirse, seguramente el resultado 
huLiera correspondido á los Luenos deseos de que induda- 
Llemenle se hallaLan poseidos y huLieran sido los Lien- 
hechores de su patria. Pero quisieron acomodar la socie- 
dad española á la estricta reforma francesa y de aquí ha 
venido todo el mal, inde malí labes. ^^ 

La filosofía enciclopedista de esta época, no era de su 
agrado. wEsta filosofía, dice, llevaLa en su seno el germen 
de las aplicaciones violentas, inhumanas y sanguinarias de 
sus principios y sus exageraciones; no aguardó á manifes- 
tarlo en la Revolución francesa; Pedro el Grande en Rusia, 
José IL en Austria, PomLal en Portugal, y en España al- 
gunos Ministros de Garlos III m.ás ó menos imLuidos en el 



XXII DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

espíritu áe aquella filosofía, acompañaron sus reformas- 
con violencias tales, que indicaban ya cuál seria su condi- 
ción cuando pudiese dar libre curso á sus inclinaciones y 
tendencias » 

Vindicando al mismo tiempo la antigua ciencia y civi- 
lización española, anadia: 

«No hay cosa más común, que burlarse de la filosofía 
y civilización española, anterior á la época de la invasión 
de las ideas francesas. ¿Qué filosofía, se dice, puede haber^ 
con la Inquisición, con el espíritu monacal y con Felipe 11?' 
Hasta la venida de los Borbones en que hubo Academias, 
caminos, sociedades económicas y demás, no empezaron á 
disiparse las tinieblas, ni á aparecer la luz. ¡Cuánta exage- 
ración y cuanto error! En el orden de los conocimientos 
políticos y sociales como en la legislación, en las ciencias 
especulativas, en las letras y en las artes, en todo fué rico 
y exhuberante el genio español. Buscad las aplicaciones de 
la filosofía y del saber respecto á la política, en Zurita, 
Blancas, Martel, Mariana, Márquez, Saavedray otros varios; 
no os detengáis en las formas que hoy pudieran parecemos 
desusadas; buscad el fondo de los pensamientos, y veréis 
establecidos y sancionados allí, los principios fundamen- 
tales de todo buen gobierno, j hasta descubriréis los gér- 
menes de las teorías que tan en boga han estado después. 
Mirad á qué altura se hallaban el conocimiento de la moral 
y del derecho en el pueblo que dictaba las leyes de Indias 
y las Recopiladas. Mirad en nuestros teólogos y moralistas, 
en nuestros historiadores y en nuestros políticos, en nues- 
tros poetas y en nuestros artistas, cuál era la fecundidad 
y la elevación de las producciones del saber entre nosotros. 
Si no existían las Academias de la Historia y de la Lengua 
traídas por los Borbones, en cambio había historiadores 6 
cronistas de oficio de gran valer, y se escribía mejor que 
ahora se escribe » 



PRÓLOGO XXIII 

Sígnense, por úllimo , en la colección de apuntes 
sueltos que de aquella época hemos reunido, varias reílexio- 
nes sobre la índole, naturaleza y vicisitudes del régimen 
constitucional en España; pero aunque incluido este punto 
en el programa de estas lecciones como remate y termina- 
ción de ellas, puede creerse, por ciertas frases, que perte- 
necen aquéllos á otro orden de ideas y discusiones, en el 
que no debemos entrar en la ocasión presente. 

Terminamos, pues, aquí estas indicaciones y creemos 
que en vista de ellas y en presencia sobre todo de las lec- 
ciones que componen el presente volumen, los lectores de 
la Biblioteca, no juzgarán estas indignas de ver la luz pú- 
blica, ni aun en relación al nombre de su autor, y que an- 
tes bien nos culparían por haberlas dejado en el olvido. 

Madrid, Marzo de 1880. 

M. DE P. 



indigp: 



páí 



LECCIÓN PRIMERA. 

INTRODUCCIÓN. 

Importancia de los estudios históricos en nuestros días. —Reacción contra el 
criterio á priori de la filosofía del sisrlo xviii : caracteres y resultados de 
esta falsa filosofía.— Renovación del criterio histórico: su extensión é im- 
portancia.— Aplicación de estos principios y método al estudio de la Histo- 
ria del Ciobierno y Legislación de Espaíia.— Épocas en que puede dividirse. 
—Programa general de estas lección es: estudio de las fuentes. — Utilidad é 
importancia del estudio de Historia política y jurídica de España 

LECCIÓN SFGU^^DA. 

ESPAÑA ANTES DE LOS ROMANOS — LOS PUEBLOS SEPTENTRIONALES 

Necesidad de estudiar someramente este primer periodo en sus principales 
acontecimientos y rasgos generales.— Oscuridad de los tiempos primitivos: 
venida de los fenicios á España.— Estado político y social de los españoles 
primitivos según los escritores griegos y romanos.— Falta de unidad en el 
Gobierno: Gobiernos de localidad y de raza.— Excepcional importancia de 
la Geografía para el estudio de la Historia de España.— Situación geográfi- 
ca y topográfica interior de la Península: su influencia en la Historia. — 
Pueblos ó tribus diversas que ocupaban á España en este periodo.— Dife- 
rencias entre los pueblos septentrionales y de la costa Occidental y los del 
Mediodía y costas de Levante: pueblos del interior.— Nombres y carácter 
de los pueblos septentrionales según Estrabon.- Costumbresy estado so- 
cial de estos pueblos: su analogía con los gi^rmanos y galos.— Estudio del 
régimen y erobierno de los pueblos septentrionales según las fuentes.— La 
Asamblea ó Coucilium. —l^os Devoti: Aristocracia: Príncipes y Régulos: Due- 
los judiciales.— Conclusión 

LECCIÓN TRllCEKA. 

ESPAÑA ANTES DE LOS ROMANOS — PUEBLOS MERIDIONALES 
Y ORIENTALES. 

Estado de estos pueblos antes de la venida de los fenicios : antiguas tradi- 
ciones de Kspaña.— Colonias establecidas en la Península: los fenicios: los 
griegos: los cartagineses.— Tres clases de pueblos en el Litoral: primera. 



XXVI DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Paginas. 



las Colonias fenicias y cartaginesas —Idea del gobierno de Gartago según 
Aristóteles y Polibio: gobierno aristocrático.— La Aristocracia: sus grada- 
ciones y condiciones: perfección de la aristocracia inglesa.— Gobierno de 
Cádiz y de Cartagena.— Legislación de los fenicios.— Segunda clase: las Co- 
lonias griegas: gobierno y población de Ampúrias según Tito Livio.— Ter- 
cera clase: los pueblos indígenas: su régimen y gobierno.— Conclusión y 
epilogo: resumen de este período 1í) 

LFXCION CUARTA. 

DOMINACIÓN ROMANA. — La CONQUISTA. 

Importancia del período de la dominación romana en España.— Idea sucinta 
de Roma y su gobierno.— F^lan oe las lecciones consagradas al estudio del 
período romano en España.— La conquista: diferencias entre las conquis- 
tas antiguas y modernas.— Caracteres de las conquistas en los tiempos 
antiguos y en especial de la conquista de España por los romanos.— Re- 
sumen histórico de esta conquista: guerras de Sertorio: carácter y política 
de este caudillo.- Guerras cantábricas: sumisión de España.— Enumera- 
ción y descripción de los principales medios de conquista empleados por 
Roma en España 59^ 

LECCIÓN QUINTA. 

GOBIERNO POLÍTICO.— AUGUSTO. 

Extensión y apogeo del poder de Roma.— Dos épocas en el gobierno político 
de Roma en España -España, provincia romana en tiempo de la Repú- 
blica: los pretores.— Revoluciones interiores de Roma que dan lugar á la 
creación del imperio: los Gracos, Mario y Sila, César y Pompeyo: Augus- 
to.— Consecuencias de este cambio: provincias del Emperador y del Sena- 
do.— Divisiones territoriales de España.— Diferencias de organización en- 
tre el gobierno de la Dética y el de las provincias imperiales : procónsules 
y legados: gobernadores délas provincias: sus facultades. — Tribunal del 
pretor.- Conventos jurídicos: testimonio de Plinio.— Sistema judicial ro- 
mano en España. — Prefectos delegados de los gobernadores.— Apelaciones: 
cuestores ó procuradores.— Agentes del fisco —Extensión de su autoridad. 
-Frumentarios "ti 

LECCIÓN SEXTA. 

GOBIERNO POLÍTICO. — DIOCLECIANO. 

Causas que produjeron las variaciones en el régimen político del imperio.— 
Medios de dominación de Augusto: su política: sus sucesores en el impe- 
rio.— Anarquía militar: los .\ntoninos: los preteríanos: origen y apogeo de 
su influencia en el imperio: los prefectos del Pretorio; sucesión de los em- 
peradores hasta Diocleciano.— Política de este emperador: variaciones y 
reformas que introduce: divide el imperio: privado su capitalidad á Roma : 
introduce la pompa oriental: abate á los preteríanos y al Senado: crea los 
Augustos y los Cesares: sus sucesores: Constantino concluye con el poder 
de los pretorianos , 81 

LECCIÓN SÉTIMA. 

GOBIERNO POLÍTICO. — CONSTANTIISO. 

Profundas modificaciones introducidas por Constantino en el imperio: nueva 
capital: nueva religión: nuevo gobierno.— Carácter civil de la monarquía 



ÍNDICE XXVII 

páginas. 

crcuda en este periodo: necesidad en toda monarquía de ir acompañada de 
una jerarquía ó nobleza: aristocracia o jerarquía social creada por Cons- 
tantino: clases de que constaba.— Oríf&nizacion dada por Constantino al 
¿^übíerno.-jerarquia civil: militar: administrativa.— Insignias y distintivos. 
—Organización de España como provincia romana en esta época: funcio- 
narios que había en ella: división de Kspaña en seis provincias: limites y 
gobierno de estas provincias.- Carácter cuasi hereditario y división defi- 
nitiva del imperio. —Conclusión 



93 



LECCIÓN OCTAVA. 

GOBIERNO MILITAR Y ECONÓMICO DE ROMA, 

Organización militar en general en tiempo de la república y del imperio,— 
Divisiones y clases militares según Vegecio: caballería, infantería y mari- 
na.— La legión romana; su importancia, naturaleza y vicisitudes: sus divi- 
siones: cohortes, los manípulos y centurias: las vcxiUat'iones: los auxilia.— 
La classcs ó armada entre los romanos.— Fuerza total militar del imperio.— 
Organización financiera: el censo de Augusto: el libellum.—GaiStos del 
imperio: diversas apreciaciones sobre la suma total á que ascendían. —Sis- 
tema tributario de los romanos.— Rentas públicas de Roma: aduanas: 
impuestos sobre las rentas y las herencias. — Rentas de las provincias: 
propiedades del Estado: conlribuciones directas: impuestos indirectos: im- 
puestos sobre el comercio, industria y de otras clases: patrimonio imperial. 
—Administración, distribución y recaudación de las rentas.— Conclusión. 10 í 

LECCIÓN NOVENA. 

GOBIERNO MUNICIPAL. 

Gobierno político y gobierno municipal: vitalidad inextinguible de las loca- 
lidades: diferencias entre los intereses generales y los locales.— Ojeada 
general sobre la historia de las municipalidades.— Vicisitudes de excesivo 
poder ó excesiva opresión. —Independencia y poder de las localidades en 
España antes déla conquista de Roma.— Diferencias en el modo de ser 
gobernadas las localidades en tiempo de los romanos.— Ciudades estipen- 
diarías: contributas: libres: confederadas: municipios: colonias: pueblos 
latinos: el ;ms LflíH.— Elección de magistrados municipales: concurrían á 
ella el Senado y el pueblo en las ciudades.— El Senado de las ciudades 6 
curia: los curíales ó decuriones: magistrados que elegían.— Diferencias 
según Savigny entre el gobierno municipal de España é Italia y el de las 
demás ciudades IH 

LECCIÓN DÉCIMA. 

GOBIERNO MUNICIPAL. 

Resumen de la lección anterior.- índole y naturaleza del régimen municipal 
romano en España; su diferencia y semejanzas con los municipios de la 
Edad Medía y el municipio moderno.— Facultades de los municipios en 
España en este periodo: modo de ejercerlas.— Kl pueblo, ;>/í;/'5; sus primiti- 
vas facultades en Roma y en España.— La curia. Ordo Deciirionuin: el censo: 
medida de la capacidad política entre los romanos: número , edad y elec- 
ción de los decuriones.— Los magistrados municipales: su elección, sus 
clases, Duumviros, Censor, Edil, etc.— Bases sobre que descansa esta or- 
ganización municipal en sus primeros tiempos y beneficiosos resultados 
que produjo.— Prosperidad y brillo do los municipios en España V¿1 



XXVIII DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Páginas. 

LECCIÓN UNDÉCIMA. 

GOBIERNO MUNICIPAL. 

Tres periodos en la historia del régimen municipal romano— Resumen del 
primer periodo.— Segundo período: decadencia y opresión en el imperio. 
—Aumento de las cargas públicas.— Responsabilidad personal de los cu- 
riales.— Consecuencias desastrosas de esta medida. —Odiosidad de las cu- 
rias.— Privilegios de exención.— Deserción en las curias.— Disposiciones 
contra los curiales. — Inclusión forzosa en las curias.— Degradación del 
régimen municipal.— El cristianismo acaba de eclipsar la vida de las cu- 
rias. —Tercer período: reformas de Constantino en las curias.— Cargas y 
privilegios de los curiales.— El defensor civitatix: origen, elección é impor- 
tanncia de estos magistrados: sus atribuciones: jurisdicción que ejercían. 
— '■An del régimen municipal en Oriente y su trasformacion an Occidente. 145 

LECCIÓN DUODÉCLVIA. 

I,A CIVILIZACIÓN ROMANA EN ESPAÑA. 

Necesidad de estudiar previamente las ideas que presiden al desarrollo po- 
lítico intelectual y moral de un pueblo para conocer y juzgar su legisla- 
ción.— Desarrollo intelectual de la sociedad romano-española. — Aspecto 
material: fábricas y edificios de la antigua Roma: construcciones de Au- 
gusto en Roma y en las provincias: vías romanas, postas, periódicos ó acta 
í/i/írH«.— Desarrollo material en España: número, riqueza y población de sus 
ciudades.- despoblación posterior según Festo Avieno. — Vías romanas en 
España: puentes: edificios notables. — Estado de las artes liberales en 
Roma y en España.— Literatura romano-española.— Escritores españoles: 
cultura hispano-romana.— Desarrollo moral: la esclavitud, base social de 
las sociedades antiguas: número de esclavos en el imperio: condición de 
los esclavos: clases inferiores: clases elevadas: lujo y corrupción.— Cor- 
rupción en España.— Salviano: costumbres de los españoles mejores que 
las de los romanos.— Asimilación de España á Roma 15í^ 

LECCIÓN DÉCIMA TERCERA. 

EL CRISTIANISMO. 

Destino ulterior del hombre.— Necesidad histórica de la rehgion.— Su enlace 
con las leyes y gobierno de un pueblo.— La religión: base de las sociedades: 
anterior á ellas.— Partes de la religión: dogma y preceptos.— Politeísmo y 
monoteísmo.— Influencia moral é intelectual del pohteísmo. —Degradación 
moral del hombre romano.— El estoicismo.— El cristianismo: reseña de su 
establecimiento. — Progresos.- Persecuciones. — Triunfo de la Iglesia: 
Constantino.— Reacción politeísta: Juliano.— Últimos momentos del poli- 
teísmo.— Kl arríanísmo.— Establecimiento del cristianismo en España — 
Gran consideración de la iglesia española.— Osío.— Influencia del cristia- 
nismo como creencia individual y como iglesia.- Constitución de la ígle- 
sia.— Separación del poder espiritual y temporal.- Resiste la irrupción de 
los bárbaros.— Conclusión IHI 

LECCIÓN DÉCIMA CUARTA. 

LA LEGISLACIÓN ROMANA. 

Resumen de las lecciones anteriores: suspensión de las explicaciones.— His- 
toria de la legislación romana en España.— Historia interior é historia ex- 



ÍNDICE XXIX 

torior.— Historia exterior: las fuentes: las Doce Tablas: loycs cu los comi- 
cios: dorocho pretorio: suorií^en: su carácter: el Kdicto perpetuo.— Colec- 
ción de códij^os: Gregoriano, Hermof^-eniano. Teodoaiauo.— breviario de 
Aniano.— Códijros justinianeos o Corpus juris c/vj/í.v.— Nuevas fuentes.— 
Historia interior.— Tres objetos del derecho: personas: cosas: acciones: 
sistema penal.— Carácter general de la legislación romana: la razón es- 
crita —Causas de ello.— Duración y destinos de la legislación romana.- 
Fin de este periodo 1^7 

LECCIÓN DÉCIMA QUIíNTA. 

LOS PUEBLOS GERMÁNICOS I LOS GODOS. 

Importancia de este período.— Resultados generales de las invasiones bárba- 
ras. —Principia con ellas la historia y la sociedad moderna.— Resultados 
en España: efecto de la fusión de bárbaros y romanos.— El cristianismo 
fundente de ambos pueblos.— El mundo bárbaro: choque con el mundo ro- 
mano.— Origen de las sociedades modernas.— Invasiones bárbaras: sue- 
vos, vándalos y alanos.— Los godos: origen de este pueblo —Los germanos 
según César y Tácito: su religión: estado social: gobierno y costumbres.— 
Los godos.— Estado de los godos al entrar en España , 213 

LECCIÓN DÉCIMA SEXTA. 

LAS INVASIONES. — FUSIÓN DE GODOS Y ESPAÑOLES. 

Carácter general de las invasiones.— Destrozos cometidos por los bárbaros. 
—Invasión de suevos, vándalos y alanos en España: testimonio de Ida- 
cio.— Invasión de los godos.— Tratos éntrelos invasores y los invadidos, 
especialmente con los godos.— desistencias que éstos encuentran.— Los 
obispos: su influencia: su conducta en las invasiones . —Estado y relacio- 
nes de los despueblos hispano-romano y godo: sus diferencias en legisla- 
ción, costumbres, lengua, religión, posición é intereses.— El poder civil 
al frente déla sociedad goda: la Iglesia al frente de la sociedad española.— 
Causas especiales que llevaron á cabo en España la fusión entre estos dos 
elementos antes que en las demás naciones de Europa.— Marcha natural 
de este suceso en la legislación goda: leyes escritas: leyes personales: leyes 
comunes.— Causas por qué prevalece en España la legislación romana. . . 223 

LECCIÓN DÉCIMA SÉTIMA. 

GOBIERNO DE LOS GODOS EN ESPAÑA. — LA MONARQUÍA. 

Distintas apreciaciones de escuelas y partidos sobre el gobierno de los go- 
dos: opiniones de Marina, Valiente y Sempere.— Idea general de la Cons- 
titución goda: partes que la componen.— La monarquía: sus excelencias y 
ventajas.— Elementos que concurrieron á la formación de la monarquía 
visigoda en España: monarquía imperial romana: monarquías germánicas: 
la elección y la limitación: sus caracteres principales.— Monarquía visigo- 
da: los Ámalos y los Baltos: índole y naturaleza de esta monarquía.— Ala- 
rico y los primeros reyes godos en España.— La monarquía visigoda en 
tiempo de Leovigildo— Carácter y política de este rey 233 

LECCIÓN DÉCIMA OCTAVA. 

LA MONARQUÍA VISIGODA Y EL CATOLICISMO. 

Necesidad de que la monarquía se hiciese nacional.— Obstáculos que lo im- 
pedían; la resistencia de la raza vencida y la diversidad de religión. — 



XXX DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Páginas. 



Fuerza social y política del catolicismo en España.— Dificultades que esto 
produce á Leovig'ildo.— Conversión de Recaredo: ventajas que de ella re- 
portó la monarquía visigoda. —Narración de este suceso según los escrito- 
res coetáneos.— Concilio III de Toledo: discurso del rey: profesión de fé: 
homilía de San Leandro. — Reyes godos sucesivos : apoyo que recibieron 
de los Concilios.— Sisenandoy el Pontificalc Decretum.— Últimos reyes godos. 247 

LECCIÓN DÉCIM.\ NONA. 

ELECCIÓN DE LOS REYES,— ASAMBLEAS NACIONALES DE LOS GODOS. 

La monarquía goda electiva y limitada.— Elección délos reyes; su origen, 
procedimiento y vicisitudes.— Elecciones de Wambay del rebelde Paulo se- 
gún San Julián —Juramento de fidelidad de los subditos.— Gondiciones de 
los elegidos.— Asociaciones al trono.— Limitación del poder real; las asam- 
bleas nacionales.— Carácter de estas asambleas— Descripción de sus se- 
siones según los testimonios coet4neos.— Autoridad é influencia de las 
asambleas nacionales de los godos antes de los concilios de Toledo 257 

LECCIÓN VIGÉSIMA. 

LOS CONCILIOS DE TOLEDO HASTA REGESVINTO. 

Concilios Ó asambleas eclesiásticas.— Fuerza y expansión de la Iglesia cató- 
lica en este periodo de España.— Los primeros concilios representábanla 
nación vencida.— Grande autoridad social de estos sínodos.— Eclipsan y 
concluyen con las asambleas civiles.— Carácter mixto de los concilios de 
Toledo. — Reseña histórica; primeros concilios eclesiásticos españoles. — 
Concilio III de Toledo; sus caracteres con relación á la autoridad real ó ci- 
viL — Concilio IV; su importancia, legitimidad y significación. — Conci- 
lios V, VI y VIL— Concilio VHI; Recesvinto; forma definitiva de la natura- 
leza y poder de los concilios 209 

LECCIÓN VIGÉSIMA PRIMEKA. 

LOS CONCILIOS DE TOLEDO HASTA LA RECONQUISTA . 

Resumen de la lección anterior.— Concilios IX y X.— Concilio XI; Wamba.— 
Concilios XII y XIII; Ervigio.— Apogeo de la autoridad política de los Con- 
cilios de Toledo.— Últimos Concilios del XIV al XVIIL— Ruina de la mo- 
narquía y constitución visigoda.— Renacimiento de los Concilios en los 
primeros tiempos déla reconquista.— Diversas opiniones sobre la índole y 
carácter de los Concilios de Toledo.— Institución mista peculiar de la mo- 
narquía visigoda en España.— Los Concilios de Toledo según los hechos 
históricos.— Grandes y provechosos resultados de estas asambleas 285 

APÉNDICES. 

Fragmentos: Oficio palatino; Poder judicial: Heligion y legislación visigoda, 293 
Discurso sobre el Régimen Municipal en España leido en la Academia de la 
Historia ■ ^^ 



LECCIÓN PRIMERA 



maODKCION. 



'Importancia de los estudios históricos en nuestros dias.— Reacción contra el cri • 
terio á priori de la filosofía del siglo xviu : caracteres y resultados de esta falsa 
filosofía.— Uenovacion del criterio histórico: su extensión é importancia.— Apli- 
cación de estos principios y método al estudio de la flistoria del Gobierno y Le- 
gislación de España.— Épocas en que puede dividirse.— Programa general de 
estas lecciones : estudio de las fuentes. — Utilidad é importancia del es'judio de 
Historia política y jurídica de España. 



Señores: 

Uno de los principales caracteres intelectuales de la edad 
en que vivimos, es sin disputa ninguna la gran tendencia 6. in- 
clinación hacia los estudios históricos, que se está sin cesar 
desarrollando. A esta tendencia debemos las obras de los más 
ilustres escritores que descuellan hoy en Europa, donde ape- 
nas hay un grande escritor, apenas hay un hombre de Es- 
tado distinguido, que no haya dedicado una gran parte de sus 
estudios Y de sus tareas á la Historia, en als^una de sus fases; 
que no haya dado á luz alguna obra perteneciente á este im- 
portante ramo del saber humano. En Alemania, los más ilus- 
tres sabios se dedican con afán y ardor, y con aquella concien- 
cia y tenacidad que distingue y caracteriza á los escritores de 
nquella nación, unos á poner en claro los rudimentos primiti- 
vos de las instituciones romanas, que tanta influencia han te- 
nido en su crecimiento y desarrollo sobre la civilización, la 

I 



2 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

suerte j los destinos del mundo; otros á descubrir y patentizar 
el espíritu y las tendencias de los antiguos pueblos germáni- 
cos, qae con su gTande invasión en el imperio han dado orí- 
gen á la Europa maderna; aquéllos á seguir á la Edad media 
en todas sus fases, trasformaciones y vicisitudes, y éstos, final- 
mente, á indagar el destino y la influencia que ha tenido en 
ella la legislación y el derecho del antiguo pueblo romano. En 
Francia, donde todos los estudios y trabajos intelectuales to- 
man un carácter especial que los hace propios á extenderse, á 
influir sobre el mundo entero,* en Francia, donde se trabaja 
con demasiada frecuencia sobre fondo ajeno, pero en donde 
quizá mejor que en otra parte se sabe dar á una idea, á un sis- 
tema, á una verdad, y aun desgraciadamente á un error, aquel 
carácter expansivo que los asimila y apropia á las necesidades 
y exigencias europeas, y los difunde por donde quiera que su 
civilización predomina ó influye; en Francia, señores, los es- 
tudios históricos llegan en la actualidad á una altura á que no 
han llegado jamás: lo mismo sucede en Italia, en Inglaterra, 
y en otras naciones, y los nombres de Niebuhr, Ganz, Savig- 
ni, Guizot, Thiers, Sismondi, Thierry, Chateaubriand, de Ba- 
rante. Bota, Micali, Lingard, Hallam, y otros muchos que pu- 
diera nombrar aun entre nosotros, aunque en diferentes ramos 
y en diferente elevación y altura, son una prueba irrecusable 
de la gran tendencia, de que he hablado, hacia estos estudios, 
de la grande iuiportancia que tienen en la actualidad. 

Ahora bien, señores: si examinamos con alguna detención 
las causas de esta inclinación y tendencia, hallaremos que ella 
ha sido un fenómeno necesario, una reacción que ha nacido y 
no ha podido menos de nacer, de causas y extravíos anterio- 
res. Arrojado el entendimiento humano á impulsos de una filo- 
sofía novadora y presuntuosa, cual era la filosofía del siglo pa- 
sado, á la región incierta y peligrosa de las abstracciones y do 
los sistemas; desdeñando á bulto y montón el saber de las g'e~ 
neraciones anteriores, y empeñado su orgullo en descubrir y 
en encontrar para todo sendas nuevas y desconocidas, rompió 
inconsideradamente la cadena tradicional del saber, perdió de- 
yisca la grande é instructiva serie de los hechos que constitu- 



LECCIÓN l'UIAIF.RA 



v(Mi la villa (l(í la huiiianidad, despreció locament(i las leccio- 
nes y la experiencia do los sig-los, y el g-ran depósito de cien- 
cia y de saber que el g'o'nero liiiinano liahia ido atesorando en 
srt larga y dilatada carrera. Gomo si los siglos pasasen en vano 
sobre las generaciones; como si la experiencia de óstas no hu- 
biesen puesto ya fuera de discusión una multitud de verdades, 
patrimonio de la humanidad y conquista preciosa de su saber, 
de su ciencia y de sus ensayos, los filósofos del siglo pasado 
quisieron comenzar la obra de nuevo, retrogradaron á los si- 
glos primitivos, y despreciando ó teniendo en poco la resolu- 
ción y el fallo constante de la humanidad en las cuestiones 
que más directamente la interesan, lo llamaron todo otra vez 
á discusión, lo sometieron todo á nuevo examen, y erigieron á 
su flaca y débil razón en juez de apelación y de alzada de lo 
que en vista y revista, si puedo expresarme así, habían fallado 
ya irrevocablemente la razón, la experiencia y los desengaños 
de los siglos anteriores. límpeñados en esta deplorable carre- 
ra, seducidos por el falso y aparente brillo de sus halagüeñas 
teorías, y desdeñando cada vez más el mundo práctico y posi- 
tivo, las instrucciones existentes y la escuela experimental de 
los hechos que constituyen la historia, proclamaron como ver- 
dades inconcusas, como principios cuya aplicación debia me- 
jorar infinitamente la suerte j el porvenir de las naciones, los 
más descabellados errores, los sistemas y teorías más peligro- 
sos y absurdos. Al mismo tiempo condenaban á la burla y al 
desprecio, y persegHiian con las armas de la befa y del escar- 
nio, todos los establecimientos, fruto del saber de las genera- 
ciones pasadas, todas las grandes verdades que hasta allí ha- 
blan sido respetadas y miradas como santas, y á cuj^o abrigo 
y tutela había fiado su suerte y dirección la humanidad. 

Desgraciadamente, señores, en esta, escuela filosófica, cu- 
yas tendencias deploro, estaban afiliados grandes talentos, ge- 
nios colosales, hombres capaces de dar á una idea, á un siste- 
ma, por falso y errado que fuese, toda la apariencia y aire de 
verdad_, y de extenderla y propagarla como un feliz y ventu- 
roso hallazgo. A la voz poderosa de estos hombres vacilaron 
sobre sus bases y asiento los grandes sistemas religiosos, mo- 



4 I)EL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

rales y sociales sobre que estaban desde muy antiguo asenta- 
das las sociedades; desaparecieron las creencias que hablan 
formado la vida y el vigor de las naciones, y se extendió por 
todas partes la discusión omnímoda y sin límites ni punto de 
partida, la estéril duda y el mortífero escepticismo. Los nue- 
vos sistemas filosóficos, aunque diversos y discordes entre sí, 
convenían con todo unánimemente en una cosa: en condenar 
todo lo existente, todo lo histórico, todo lo tradicional, y en 
desconocer el germen de vida, que encierran siempre en su 
seno las instituciones que han atravesado los siglos, por cadu- 
cas j débiles que aparezcan. La idea, pues, de que era nece- 
sario subvertir todos los establecimientos antiguos, de que era 
preciso ensayar y convertir en hechos las nuevas doctrinas y 
sistemas, se apoderó de todos los entendimientos,* y como 
cuando un sistema triunfa en la región de las ideas, está muy 
próximo á triunfar en la región de los hechos, fué fácil de pre- 
ver que la hora del ensayo iba á sonar para las nuevas doctri- 
nas, que estaba próxima una gran revolución. 

No es mi intento examinar ahora hasta qué punto otras 
causas diferentes de la que voy hablando, hablan hecho ne- 
cesaria en las sociedades europeas una gran reforma. No des- 
conozco que muchos de los antiguos establecimientos é insti- 
tuciones hablan ya cumplido su objeto, y necesitaban modifi- 
carse y adaptarse á las nuevas necesidades y exigencias so- 
ciales; y concedo también que algunos de ellos podían y debían 
desaparecer completamente, sin que en nada se echase de 
menos su existencia. Pero fuerza será convenir también en 
que estas causas, obrando eficaz y diariamente sobre el hom- 
bre y sobre la sociedad, hubieran al fin traído consigo las me- 
joras apetecidas, y hubieran llevado á cabo la deseada refor- 
ma, sin los grandes trastornos, sin las grandes calamidades, 
sin los grandes crímenes que todos hemos visto y deplorado. 
De la certeza de este resultado y de estas mejoras, responde, 
señores, la marcha siempre progresiva del género humano; 
responde la Historia que nos enseña de qué modo las socieda- 
des, reformándose y mejorándose sin cesar, han llegado des- 
de el estado salvaje y bárbaro do las hordas y razas primiti- 



LECCIÓN l>inMi:RA 5 

vas, á la altura, ala. civilización y al ^Taiulc y iua|i,nííic() dos- 
urroUo de las naciones modernas. 

Todos los grandes y verdaderos adelantos de la liiiniani- 
dad lian consistido siempre en mejoras i)rogTesivas y pruden- 
tes, no en inconsideradas innovaciones; en perfeccionar y mo- 
dificar lo existente, no en destruirlo de raíz; en reformas, no 
(MI subversiones. 

Pero no era esc el camino de los nuevos filósofos: para 
ellos los hechos y establecimientos existentes no eran más que 
instituciones funestas que era preciso subvertir; obstáculos á 
sus planes que era ante todo necesario allanar y suprimir; sus 
proyectos, no se enlazaban con nada de cuanto existia: forma- 
das allá en la alta reg-ion de las teorías y abstracciones, sus fá- 
bricas íouées dresées debian caer sobre el mundo desembaraza- 
do de todos sus antiguos establecimientos, escombrado de todos 
los restos del saber de las generaciones que hablan pasado 

No voy á hacer ahora una historia de estos infelices ensa- 
yo?; bástame sólo observar que el entendimiento humano con- 
ducido por la nueva y orgullosa filosofía, despreciando el sa- 
ber tradicional, despreciando el conocimiento práctico de la 
humanidad, que sólo se estudia en las diversas fases que pre- 
senta en su larga carrera, y despreciando, en fin, la experien- 
cia de los siglos y de las generaciones, se estravió infeliz y 
miserablemente en una senda, en cuyo término y remate es- 
taba el abismo. Entonces, señores, tuvo que detenerse y retro- 
ceder espantado: tuvo que deshacer mucho délo andado, y 
se vio obligado á inquirir la verdad por otros caminos menos 
inciertos é inseguros. Se habia estraviado en la región de las 
abstracciones y sistemas a friori, tan amados de aquella filo- 
sofía, y le fué necesario volver á la de los experimentos socia- 
les, le fué preciso volver á la historia, y buscando en ella el 
conocimiento práctico del hombre, la índole de la humanidad, 
cogida, por decirlo así, iiifragaiití en sus mismos actos, y de- 
ducir de ellos y de sus resultados las leyes eternas del mundo 
moral, los grandes documentos y lecciones que , para el régi- 
men del hombre y de la sociedad, debia necesariamente ofre- 
cer la larga experiencia de los siglos. 



6 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Y hé aquí, señores, en mi concei:)to, la razón misteriosa y 
providencial, que impele en la actualidad al entendimiento 
humano hacia los estudios históricos , separándole de las es- 
traviadas sendas de la falsa filosofía del siglo pasado. 

No quisiera yo que se creyese que mi objeto en lo que aca- 
bo de decir, ha sido calumniar aquella filosofía. No: mi inten- 
to no es calumniarla sino caracterizarla. Yo reconozco y he 
reconocido desde el principio la gran capacidad y saber de los 
que la cultivaron y difundieron; reconozco su gran fuerza y 
expansión; y reconoceré, si es menester, que aun en sus ex- 
travíos ha descubierto ó puesto en claro importantes verdades. 
Pero su base era falsa y errónea, y los resultados no podian 
por lo mismo ser otros que los que han sido. El carácter prin- 
cipal de aquella filosofía era su empeño en romper la cadena 
histórica y tradicional del saber; en retrogradar á la infancia 
y principios del entendimiento humano; y en llamarlo de nue- 
vo todo á discusión, para fallar de nuevo sobre todo soberana- 
mente, sin tenor en cuenta los hechos, sin apreciar sus resul- 
tados, sin detenerse á investigar cómo habia resuelto hasta 
allí la humanidad aquellas importantes cuestiones. Todo esto 
estaba sig^nificado en la famosa duda de Descartes^ donde en 
mi concepto comenzó y tomó su primer origen aquella filoso- 
fía. «Descartes (dice uno de sus apologistas) es el renovador 
de las ciencias y el padre de la nueva filosofía; conociendo la 
falta de solidez de la mayor parte de los conocimientos que 
nos habian trasmitido los antiguos, se resolvió á dudar de todo 
lo que sabia y á comenzar de nuevo las ciencias y el saber so- 
bre nuevas bases: apoyándose únicamente en la razón, des- 
echó la supuesta ciencia de las escuelas, y dudando de todo, 
se redujo á esta sola proposición: yo ])ienso\ de donde dedujo 
después la otra, luego yo existo, y así sucesivamente...» Á 
esto, señores, está reducida la famosa duda de Descartes, y 
en ella encuentro yo el sello característico de la filosofía del 
siglo XVIII. Descartes despreciaba el saber anterior; so resolvía 
á dudar de todo; retrogradaba al principio é infancia del en- 
tendimiento humano; lo llamaba todo de nuevo á discusión, y 
erigiendo orguUosamento á su razón en juez sin apelación, 



LECCIÓN I'RIMKRA > 

fallaba soberanamente y condenaba como errores lo que quizá 
habia sido sancionado como una verdad importante por la ra- 
zón, el saber y la experiencia de una larg-a serie de fí^enera- 
cioncs y de sig'los. ¡Cuánto g-drmen de error, de subversión y 
de trastorno, no habia, señores, encerrado en esta famosa du- 
da!... Y á pesar de su celebridad y fama, su base era falsa, 
porque era imposible que Descartes dudase de todo lo que ó\ 
habia resuelto dudar, y que pudiese prescindir de los gran- 
des conocimientos que en filosofía, en física y en matemáticas 
le habian leg-ado los antiguos á quienes tanto afectaba des- 
preciar. Su duda además extendida á las verdades morales 
como la extendieron lueg-o los filósofos del siguiente siglo, era 
peligrosa y funesta, porque anulaba las obras de la humani- 
dad, porque derogaba todos los códigos que habia ido forman- 
do en su marcha experimental y progresiva, porque trastorna- 
ba los grandes sistemas morales, religiosos y políticos en que 
se hallaba encerrado el sagrado depósito de la experiencia y 
del saber humano. — Indudablemente esta emancipación com- 
pleta del entendimiento, en medio de mil errores, podia tam- 
bién dar lugar al descubrimiento de algunas verdades; pero 
esto no alteraba en nada la naturaleza y la índole de la nueva 
filosofía. La Alquimia proporcionó á las ciencias naturales 
grandes é importantes descubrimientos, y á pesar de ellos la 
Alquimia no dejó de ser Alquimia. 

No abandonaré, señores, todavía esta materia, sin hacer 
una observación que me parece importante j curiosa. Los 
partidarios de la filosofía del siglo pasado, en prueba de su 
mérito, suelen citarnos los grandes adelantos hechos por aquel 
siglo en las ciencias físicas y matemáticas, y cuando les nega- 
mos igual resultado en las políticas y morales, nos dicen que 
concedemos los primeros adelantamientos, porque son paten- 
tes é innegables, y no los segundos porque pertenecen á una 
esfera de verdades, en que las demostraciones jamás pueden 
ser tan concluyentes, y en que todo se puede reducir á contro- 
versia y disputa. — Pero la verdad en esto, señores, es que en 
el siglo XVII y xviii se siguió, para las ciencias físicas y mate- 
máticas, un método inverso y del todo contrario al que se ha 



8 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

seg'uido para las morales y políticas. La física enseñada hasta 
allí por medio de sitemas teóricos y abstractos, y sin tomar 
apenas en cuenta los hechos de la naturaleza, descendió en- 
tonces á los gabinetes y laboratorios, reprodujo, analizó y vol- 
vió á reproducir y analizar los fenómenos naturales, y en una 
palabra se hizo una ciencia experimental: de este modo, es 
decir, observando los hechos y deduciendo de ellos las teorías, 
que á su vez confirmaba con nuevos hechos y experimentos, 
pudo la física encontrar muchas verdades nuevas, y aumentar 
el catálogo de las leyes del mundo material. Pero en las cien- 
cias morales, al contrario, se pyrdieron de vista los hechos, 
se desdeñó la observación de los fenómenos del mundo moral^ 
que en todas sus páginas nos presenta la historia, se forjaron 
á príori sistemas que no se trataron de comprobar con los re- 
sultados, y en una palabra, al mismo tiempo que las ciencias 
naturales se hacian experimentales y observadoras de los he- 
chos, las morales y políticas se hacian enteramente teóricas y 
sistemáticas , y desdeñaban el gran campo experimental de la 
historia, donde se hallan los resultados de todos los sistemas 
ensayados en una larga y dilatada serie de siglos y de gene- 
raciones. — Inde mali labes. De aquí se ha originado esa con- 
trariedad en los resultados de unas y otras ciencias que tanto 
admira á primera vista, y de aquí se ha deducido también la 
necesidad de volver la atención hácta la constante observa- 
ción de los hechos históricos, y la de enlazar su estudio con 
el de las ciencias políticas y morales. 

Pero al volver el entendimiento humano su atención prin- 
cipal á los hechos históricos, debieron éstos presentarse á sus 
ojos bajo un muy nuevo y diferente aspecto. Porque al descen- 
der de la región de las teorías filosóficas al terreno práctico y 
experimental de las aplicaciones, se habian tenidb que reco- 
cer de nuevo muchas verdades ligera o inconsideradamente 
negadas, se habian palpado muchos errores, y se habian di- 
sipado un sin número de ilusiones; y los que con esta gran 
suma de conocimientos y de desengaños volvían la vista á los 
iicontecimientos históricos, á los hechos que constituyen la vida 
del genero humano, no podían ya verlos de la misma manera 



LKCCION Plil.MKRA O 

iii bajo (^1 iiiismo Mspccto con (inc jíiitcs los habían visto y coji- 
siclcrado. 

¿(,)uu^ii ve ya lioy, por ojeinplo, hi historia do hi edad iiu;- 
dia, la do su civilización, empresas y afecciones, bajo el mismo 
punto de vista en que la vio la falsa filosofia del sij^lo pasado':* 
¿Quién considera ya del mismo modo la g'rando y civilizadora 
influencia del Cristianismo y de la Iglesia? ¿Quien el fecundo 
y progresivo })rincipio de la unidad social, que lleva en su 
seno la magnífica institución de la monarquía? Y finalmente, 
señores, ¿quien no reconoce ya y confiesa en la actualidad 
que entonces, en el siglo pasado, se cometió una gran falsifi- 
cación histórica, queriendo violentar los hechos de la humani- 
dad en toda su dilatada e inmensa carrera, para forzarlos á 
que viniesen á servir de prueba y confirmación auna filosofía, 
reciente en su fecha, mezquina y material en sus concepcio- 
nes, vana y peligrosa en sus aplicaciones, y sobre todo en 
completa disonancia con aquellos hechos? 

Seguramente no se ha vuelto á la época de las necias cre- 
dulidades y patrañas, de las más ó menos interesadas inven- 
ciones, ni á la de las falsas y pueriles razones con que en al- 
gún tiempo se ha pervertido la historia, queriendo también 
hacerla servir á miras falsas é interesadas; pero no se negará, 
con todo, que los grandes historiadores actuales, más se apro- 
ximan en sus obras á las consideraciones ámpliiis y elevadas, 
al sistema religioso y providencial de Bossuet^ que al método 
imperfecto, manco y parcial, y á la estrechez y mezquindad 
de miras con que se ha desfigurado y depravado el gran mé- 
rito que por otra parte tiene la principal obra histórica de la 
escuela filosófica, el Ensayo sobre la índole y costumbres de las 
naciones. 

No es esto decir, señores, que se haya vuelto atrás, que 
se haya retrogradado. No; el verdadero saber es siempre pro- 
gresivo; sólo el vano y falso saber es el que, bajo las aparien- 
cias del adelantamiento y del progreso nos quiere forzar á re- 
troceder á los primeros y oscuros tiempos de la ciencia y de la 
sociedad, á despreciar los trabajos intelectuales y los adelan- 
tos de millares de siglos, y á construir de nuevo desde sus pri- 



10 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

meros cimientos las ciencias, como Descartes se proponía en 
su famosa duda. 

La historia, como todos los gTandes ramos del saber, ha 
dado un gran paso: ha llevado sus investigaciones á objetos 
nuevos, á relaciones desconocidas y á regiones muy elevadas, 
pero sin abandonar nunca, ni soltar por un solo instante, el 
hilo de los hechos. De esta manera ha podido sin riesgo tomar 
una dilatada extensión y elevarse á una glande altura. Antes 
de ahora, por lo general, sólo se ocupaba la historia de los 
grandes acontecimientos de la vida, por decirlo así, activa y 
militante de las naciones, de sus conquistas y batallas, de sus 
revoluciones y vicisitudes; pero por lo común no se aprecia- 
ban debidamente, ni llamaban cual debiera la atención, la ín- 
dole y el desarrollo de las causas ocultas, cuya acción produ- 
cía aquellos sucesos^ y cuyo desenvolvimiento cambiaba tarda 
y lentamente el aspecto y la faz de las sociedades y de los 
pueblos. En la actualidad, el estudio de la naturaleza y pro- 
gresos de estas causas ocultas y de estos hechos, por decirlo 
así, interiores, forma uno de los principales ramos de la histo- 
ria de las naciones. Por eso es hoy la historia tan importante; 
por eso comprende y abarca en sus extensos dominios el exa- 
men práctico y experimental de todas las verdades que intere- 
san más directamente á la humanidad; la mayor parte de las 
ciencias políticas y morales, que sirven de guía al hombre, al 
Estado y á la sociedad. 

Por esta razón creo que el estudio de la historia en general 
es en la actualidad uno de los más provechosos é instructivos, 
y el principal hacia que debe dirigirse hoy la atención de nues- 
tra brillante y estudiosa juventud, de quien tanto se promete, 
y con razón, la patria para el dia en que la encomiende la di- 
rección de sus destinos. 

Convencido yo de esta verdad, y deseando contribuir por 
otra parte, en cuanto mis escasas fuerzas lo permitiesen, al 
sostenimiento del Ateneo y á su mayor lustre y utilidad, no 
he dudado un momento en prestarme á la invitación que me 
ha hecho su Junta de Gobierno, y en dedicarme á ensayar en 
estas lecciones la aplicación del método actual de estudiar y 



LKCCION PRIMIORA I I 

do escribir la liiptorin. ;í la dol í>ol)iorno y d(; la Icg'isliicion do 
l<>paña. 

VMc iiH^todo, señores, como lio indicado ya, consisto en 
unir y enlazar el hecho y la teoría, el suceso y la aplicación, 
la i)arte narrativa y la parte filosófica de los acontecimientos 
y fenómenos del mundo moral, para ded'ucir de esta observa- 
ción constante é imparcial las le^^es que le dirig-en, como de la 
observación ilustrada de los fenómenos naturales se han dedu- 
cido las leyes del mundo físico ó material. Constará por lo 
mismo nuestro estudio de dos partes harto diferentes, aunque 
estrechamente unidas y enlazadas entre sí. La exposición de 
los hechos, y la indag-acion de sus causas y resultados; la par- 
te puramente histórica y la parte filosófica; la parte exterror y 
manifiesta de los acontecimientos, y la parte interior 3' oculta 
que les dá causa y origen. 

Aplicando esta teoría á la historia del gobierno y de la le- 
gislación de nuestra patria, no nos contentaremos con hacer 
la historia de los diversos géneros de Gobiernos y de Adminis- 
traciones que en ella han regido; ni con describir el origen, 
progresos y vicisitudes de sus leyes y de sus códigos legales: 
haremos más; procuraremos indagar las causas y motivos de 
las variaciones y vicisitudes de sus instituciones, la índole y 
naturaleza de ellas, sus resultados en el bienestar de la socie- 
dad, y el recíproco influjo de las leyes en los pueblos, y de los 
pueblos en las leyes. Sin este examen, la historia del gobier- 
no y de la legislación de España sería un estudio material é 
infructífero, y del que pocos ó ningunos resultados útiles po- 
drían esperarse. Al examinar, por ejemplo, la historia de la le- 
gislación, no nos limitaremos solamente á la de sus códigos, 
como se ha hecho por lo común. Por este método sólo se con- 
siguen ideas imperfectas equivocadas y falsas. Cuando la le- 
gislación de un pueblo se consigna en un código, llega, sí, á 
ser un hecho público y exterior; pero dnies se ha ido elaboran - 
d(^ y preparando lentamente en el silencio, j después ha pro- 
ducido en la sociedad grandes efeo-tos, que á su vez vuelven á 
ser causa de nuevas leyes é instituciones, que se consignan en 
otro código, distante del primero algunos siglos. Estos dos có- 



12 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

(lig'os, que tan lejanos aparecen uno de otro, están, sin embar- 
go, unidos por ocultos é interiores enlaces; y observando con 
detención el origen y el resultado de las leyes que contienen, 
se hallan y descubren sus relaciones y puntos de contacto, aun 
en lo que más discordes y desemejantes aparecen. Todo en le- 
gislación, como en otras muchas cosas, es á la vez causa y 
efecto; y para comprender bien el gran todo de esta serie de 
acontecimientos, de esta cadena en que todos los hechos de la 
humanidad se dan la mano, es preciso recorrerla toda de esla- 
bón en eslabón, seguirla en sus vueltas y recodos, en sus apa- 
riciones y desapariciones, y no fijarse precisamente en sus 
puntos más sobresalientes y culminantes, sino para explorar 
desde su elevación la naturaleza del camino andado, y la del 
que aún hay que recorrer, á la manera que lo suelen hacer los 
viajeros, que hacen alto en los parajes elevados para contem- 
plar el país que acaban de atravesar, y para formar de él una 
idea más amplia y general de su naturaleza, accidentes y ex- 
tensión, que la que en vano se hubieran esforzado en formar, 
mientras que sumidos en las hondonadas, sólo podian ver y 
examinar detalles y pormenores. 

Al examinar de esta manera la historia del gobierno y de 
las instituciones de nuestra patria, al juzgar sus buenos ó ma- 
los resultados en la sociedad, y al indagar las causas de los 
efectos que han producido en ella necesariamente, tropezare- 
mos con las cuestiones más graves y fundamentales de la filo- 
sofía moral, de la legislación y de la política; necesariamente 
tendremos que detenernos á examinar muchas de las grandes 
verdades que más directamente interesan á la humanidad y á 
su buen régimen y dirección. Para juzgar un hecho, para la 
apreciación moral de una institución, además del conocimien- 
to histórico de las razones actuales que han podido ser su cau- 
sa y origen, necesitamos también una regla, una norma que 
guie nuestro juicio, una piedra de toque por cuyo medio dis- 
tingamos lo verdadero de lo falso, lo sólido de lo especioso, el 
oro de la alquimia. Esta regla será nuestro sistema, nuestra 
doctrina, nuestra teoría en las cuestiones que se debatan y ven- 
tilen; y aunque es muy difícil, si acaso no es del todo imposi- 



I.Kf'f'IOX PIUIMMRA V.l 

l)lo, proscindir do las ideas y ináxiinas d(d sigdo oii que se vi- 
ve al tratar de jir/f^-nr á los si^dos anteriores, todavía nos es- 
forzaremos en deducir esta teoría, esta doctrina, de la ol)ser- 
vacion ilustrada (^ ini])arcial de los mismos hechos, de la de su 
orí<;'en y de sus resultados, más bien que de los sistemas (} 
])r¿orí que hayamos aprendido en los libros de la buena 6 de 
la. mala filosofía. En una palabra, procuraremos deducir, como 
he dicho ya varias veces, de la observación de los hechos y fe- 
nómenos consigmados en la historia de la humanidad, las le- 
yes eternas del mundo moral; del mismo modo que se han de- 
ducido las del físico ó material de la constante observación de 
sus fenómenos. Y cuando nuestra teoría explique suficiente- 
mente los hechos, cuando los hechos vengan espontáneamen- 
te á plegarse á las condiciones de la teoría, no puede haber 
duda, ó hemos hallado la verdad, ó á lo menos estamos. Seño- 
res, en el buen camino para encontrarla. 

;.Y qué inmenso campo no ofrecería para esta observación 
el asunto de nuestras explicaciones y conferencias, si yo fue- 
se capaz de tratarlo medianamente siquiera?... En los con- 
fines más remotos de la fábula y de la historia, se empieza ya 
á divisar á nuestra patria enlazada con todas las tradiciones 
de la teogonia oriental, y con todas las empresas de los pue- 
blos civilizados, que circundaban el Mediterráneo , ese gran 
foco de civilización y de progreso en aquellas remotísimas 

edades Desde entonces, siguiendo la serie de los tiempos, 

vemos á España entregada al gobierno y dominación de las 
tribus primitivas, bárbaras y g-uerreras, y en un estado semi- 
salvaje; á los fenicios encendiendo en medio de este oscurísi- 
mo caos la luz de la civilización y del progreso por medio d^ 
su tráfico y sus colonias; los grandes desarrollos sociales é in- 
telectuales de los pueblos litorales de la Botica; el espíritu de 
raza y de localidad, oponiéndose á todo progreso general, á to- 
da idea grande y fecunda, y sobre todo á la defensa del territo- 
rio contra las invasiones extranjeras; la conquista romana ex- 
terminando en doscientos años de corñbates y en siete siglos 
de dominación, este espíritu de localidad, y estableciendo en 
cierto modo los primeros elementos de la unidad nacional. 



14 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

aunque sin libertad en lo interior y sin independencia en 'lo 
exterior; la administración admirable de este gran pueblo en 
sus diversos ramos; los efectos producidos en la sociedad por 
sus leyes, cuya sabiduría las hace aún hoy regñr y dominar 
en las regiones más cultas de la tierra; la ruina inevitable del 
poder romano por los ge'rmenes de muerte que abrigaba en 
su seno; la conquista de los godos y demás pueblos germáni- 
cos, con su rudeza y barbarie y con los nuevos elementos so- 
ciales que introdujeron y que fueron después desarrollando, 
pasado lo más recio de la tormenta; la invasión oriental de 
los árabes con su nueva y diferente civilización, culto y len- 
guaje, viniendo á destruir y trastornar por sus cimientos la 
obra adelantada de los godos, unidos ya con los antiguos ha- 
bitantes; la Iglesia salvando en estos grandes naufragios casi 
todas las verdaderas conquistas de la filosofía y de la civiliza- 
ción antiguas, aumentandas en gran manera y sublimadas con 
las doctrinas de su divino fundador. — La Edad Media con su 
caos social, con sus individualidades anárquicas y poéticas, con 
su punto de honor y su magnífica caballería, y con su espíritu 
mezquino y estrecho de localidad y de desunión, que hubiera 
hecho retroceder á la España y á la Europa á los siglos bár- 
baros, si los dos grandes principios de unidad social, el prin- 
cipio religioso y el monárquico, no hubiesen sobrenadado en 
la casi total sumersión de las antiguas instituciones. — El si- 
glo XV con sus inmortales descubrimientos, con el fin del go- 
bierno feudal, con el establecimiento de la unidad nacional en- 
tre nosotros, y con los dos grandes é inmensos acontecimien- 
tos á que presidieron Colon y Vasco de Gama. — El siglo xvt 
con la extinción de toda libertad y de todo límite y resistencia 
al poder de la Corona; con sus exageraciones religiosas; con 
su saber; con sus conquistas en Europa, Asia, África y Amé- 
rica, y con su civilización y sus leyes llevadas á las más ex- 
tensas y dilatadas regiones del globo. — La decadencia de tan- 
to poder en tiempo do los últimos reyes de la dinastía austria- 
ca. — Las tentativas de reforma hechas por los príncipes de la 
dinastía de Borbon, y señaladamente por Carlos TIL — Y final- 
mente las desgracias, calamidades y desastres de nuestro 



LECCIÓN VRIMKRA 15 

tiempo, y los ensayos que para estal)leccr un mejor régimen 

interior so están intentando hace más do treinta años T:il 

es, señores, el extenso y dilatado campo que á nuestra obser- 
vación se ofrece y el que procuraremos recorrer bajo el as- 
pecto conveniente á nuestro propósito, y sin separarnos del 
objeto de nuestras tareas. 

Reducidas estas á examinar las variaciones, vicisitudes y 
progresos del gobierno y de la legislación de nuestra patria, 
á exponer la índole de las instituciones que en ella se han su- 
cedido, y su influencia en el régimen y bienestar de los pue- 
blos, no extenderemos nuestras miradas y consideraciones 
hacia otros objetos por más grandes é importantes que aparez- 
can, sino en cuanto tengan alguna relación ó punto de con- 
tacto con el Gobierno y la legislación, ó con sus adelantos y 
mejoras. Así, pues, en todas las épocas que recorramos, pro- 
curaremos exponer la forma y naturaleza del Gobierno exte- 
rior de la sociedad española; la índole y estado de esta misma 
sociedad, y su consonancia ó disonancia con el Gobierno; el 
carácter de la legislación en sus principales ramos ó sistemas, 
y la historia, variaciones y vicisitudes de los códigos ó cuer- 
pos legales que en la misma e'poca se hayan formado, y las 
causas del progreso y decadencia de las instituciones, tanto 
políticas como sociales. Para este efecto dividiremos nuestro 
estudio en épocas ó períodos , cuyos límites estén determina- 
dos por algún gran acontecimiento político y social, más bien 
que por el trascurso de un número determinado de años ó 
de siglos. Porque si bien es verdad que en estas divisiones ar- 
tísticas siempre hay bastante de arbitrario, también lo es que 
en su mayor parte están ó deben estar fundadas en la natu- 
raleza misma de las cosas , y en que real y verdaderamente 
hay en la historia ciertas épocas solemnes, en que las so- 
ciedades padecen una gran alteración, y en que comienza 
á dominar en ellas un nuevo orden de pensamientos y de 
ideas. 

Fundados en esta teoría, dividiremos el asunto de nues- 
tras explicaciones en seis grandes períodos muy desiguales 
en su extensión cronológica; pero circunscritos y limitados 



16 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

siempre, ó por importantes revoluciones, ó por acontecimien- 
tos de gran trascendencia política y social. 

Estos períodos abrazarán: 

El 1^ — La época anterior á los romanos. 

El 2" — La época de los romanos. 

El S''— La de los godos. 
, El 4^ — La de la restauración de la Monarquía Cristiana, 
después de la invasión de los árabes ó moros. 

El 5" — La de la dinastía Austríaca. 

El 6^ — La de la dinastía de Borbon hasta nuestros dias. 

Trazadas de este modo las primeras divisiones del cuadro 
de la historia de nuestra legislación , sólo me resta dar una 
idea general de los puntos que en cada uno de estos períodos 
serán objeto de nuestras investigaciones, y de las fuentes de 
donde por lo general hemos de tomar los testimonios primiti- 
vos de los hechos que adelantemos, para que desde luego se 
vea y reconozca nuestro punto de partida, y el inmenso campo 
que tenemos que recorr.er. 

Hé aquí este prospecto general. 

PRIMER PERÍODO. — ANTES DE LOS ROMANOS. 

liste período alcanza desde los tiempos más remotos hasta 
la completa reducción de toda España á provincia romana; 
es decir, casi hasta los primeros años del siglo i de la era vul- 
gar del nacimiento de J. C, su explicación abraza: 

1^ El estado de las tribus y razas primitivas ó indígenas, 
su régimen y costumbres. 

2" El establecimiento délas colonias fenicias, griegas y 
cartaginesas ,• y la descripción de sa naturaleza, leyes y go- 
bierno. 

Los monumentos en que se conservan las noticias de esta 
primera época, son las obras de los historiadores y geógrafos 
griegos y latinos, y señaladamente las de Volíhio, que escri- 
bia por los años 200 y tantos antes de J. C, y las de Estra- 
hon^ Plinio y Tito Libio, que florecieron en el siglo i de nues- 
tra era vulgar. 



LECCIÓN PRIMERA 17 



SEGUNDO PERÍODO. — LOS ROMANOS. 

La extensión de este período alcanza desde el año de 218, 
antes de J. C, en que los romanos llegan por la primera vez 
á España, y desembarcan en Ampurias al mando de Escipion, 
hasta los primeros años del siglo v, en que se verifícala irrup- 
ción Y conquista de la España por los pueblos bárbaros del 
Norte. Este período, como es fácil notar, se interna cerca de 
dos siglos en el espacio de tiempo señalado al anterior; pero 
la causa de esta irregularidad es notoria. Doscientos años des- 
pués del primer arribo á España de los romanos, subsistían 
aún en ella pueblos y razas independientes, cuyo estado social 
era preciso describir en toda su extensión y progreso; y como 
al mismo tiempo habia en estos dos siglos muchos pueblos do- 
minados por los romanos, ha sido también necesario extender 
el período de la dominación de éstos hasta su primera invasión 
y venida. 

En este período hablaremos: 

1" Del gobierno y administración romana en las provin- 
cias, por medio de los magistrados que enviaba al efecto, y de 
las diferentes divisiones del territorio, hechas con este motivo, 
de las instituciones militares y del sistema económico y tribu- 
tario. 

2** De la diferencia de los diversos pueblos entre sí, y en 
su re'gimen interior j relaciones con Roma, según eran muni- 
cipios, colonia^, federados ó estipendiarios, hasta la igualación 
íle todos en tiempo de Caracalla. 

3° De la administración interior de las ciudades y de sus 
curias, decuriones y magistrados municipales, y de las cau- 
sas de la decadencia del régimen municipal. 

4° Del desarrollo material, intelectual y moral de la socio- 
dad romano-española. 

o^ De la religión de España durante la dominación ro- 
mana, y de la introducción y progresos del cristianismo en ella. 

6" Y finalmente, de la legislación romana en la forma que 



18 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

tenia en España en los diversos tiempos de este períodOj hasta, 
la formación del CócUjo Theodosicmo. 

Los historiadores griegos y romanos, de que hemos habla- 
do, y otros posteriores, las leyes y fragmentos de la jurispru- 
dencia ante-justiniánea, y señaladamente el Código Theodo- 
siano; las inscripciones y medallas recogidas y dadas á luz por 
nuestros escritores é historiadores modernos, soq las fuentes- 
de donde se han de tomar las noticias pertenecientes á este 
importante período. 

TERCER PERÍODO. — LOS GODOS. 

El período de los godos alcanza hasta la irrupción de los 
moros y sarracenos, y abraza cerca de tres siglos. En él ha- 
blaremos: 

r^ De la índole y espíritu de los pueblos germánicos, y se- 
ñaladamente de los godos, y de su conducta y re'gimen en la 
invasión de España. 

2^ Del gobierno y administración que en ella establecie- 
ron, del carácter do su monarquía, del oficio palatino, de los 
concilios de Toledo, y de la influencia de la Iglesia y del clero. 

3*^ Del estado y régimen del pueblo vencido, ó romano, y 
de sus leyes consignadas en el Breviario de Aniano, hasta su 
fusión con los godos. 

4° Del pueblo vencedor ó godo, y de sus leyes especiales 
después de la conquista. 

5*^ De la ley común á los dos pueblos, establecida en el 
Código conocido con el nombre de Fuerzo Juzgo, de su historia^ 
índole de sus leyes, etc. 

Para este período nos valdremos de los testimonios de Cé- 
sar y de Tácito, de .lornandes, Idacio, San Isidoro, etc., del 
Breviario do Aniano, del Fuero Juzo-o y de los Concilios de 
Toledo. • 

CUARTO PERÍODO. — LA RESTAURACIÓN. 

Este importautísiino período alcanza hasta el reinado de 



LECCIÓN PRIMKIÍA 19 

los Reyes Católicos y reunión de los ihííhos do ('astilla, Ara- 
«;*on, Navarra y Granada, y cu él trataríamos: 

1" Del j^'obiorno do esta dpoca en g*eneral, y do si en ella 
se conoci(') el rí'gimon feudal que re^-ía á los demás pueblos de 
a Europa. 

2" De las ¿ns ¿¿¿liciones excéii¿r¿cas y locales , á s;il)er: de la 
Nobleza, de los Comunes ó Consejos, de las Behetrías, de las 
Ordenes militares y demás corporaciones políticas, y de sus 
confederaciones y las Hermandades. 

3" De las ¿}Lsti¿uclou';s centrales; es decir, de la Monarquía 
y de las Cortes. 

4" De la leg-islaciou especial de la nobleza y de los Conce- 
jos^ á saber: Ordenamiento de Ndjera^ Fuero Viejo y Fazañas, 
y de los Fueros Municipales , su oríg-en, importancia é his- 
toria. 

5° De la legislación general ^ de la autoridad del Fuero 
Juzgo, del Fuero Real, leyes del Estilo j Partidas, j del Or- 
denamiento de Alcalá y Ordenamiento Real. 

6*^ De la índole y naturaleza de la legislación castellana. 

7'^ Historia del gobierno y legislación de Aragón, Catalu- 
ña y Valencia. 

8^ Historia del gobierno y legislación de Navarra. 

9° Historia del gobierno y legislación de los moros ó ára- 
bes españoles. 

10. Y del reinado de los Reyes Católicos , con las varia- 
ciones que durante él se hicieron en el gobierno y en la legis- 
lación. 

Para este período nos servirán de testimonios los cronico- 
nes y crónicas contemporáneas, las escrituras, instrumentos y 
privilegios; los códigos legales, tanto generales como especia- 
les, los ordenamientos y actas de las Cortes, etc., etc. 

QUINTO PERÍODO. — LA DINASTÍA AUSTRÍACA. 

Abraza este período desde la muerte de Fernando el Cató- 
lico hasta la de Carlos II; y en él trataremos: 

r De la reunión definitiva de los reinos, de su estado al 



20 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

reunirse , y del gobierno común y supremo de la monarquía. 

2^ De la guerra de las Comunidades de Castilla, Germa- 
nías de Valencia y demás alteraciones civiles, y de su resulta- 
do en el gobierno y en la administración. 

3^ Del estado de la nobleza, del clero, de los Consejos y 
de las Cortes. 

4" Del orden judicial, de los Consejos Supremos, conside- 
rados como tribunales, y de las Cliancillerías y Audiencias. 

5" Del tribunal de la Inquisición, su origen, progresos e' 
historia, y de su influjo en el gobierno y en la legislación. 

6" De la administración interior , de los Consejos como 
cuerpos administrativos, y del gobierno de los reinos ó pose- 
siones extra-peninsulares. 

7^ De la legislación Recopilada y de la de Indias. 

8^ De la legislación de la Corona de Aragón, de la de Na- 
varra y de las Provincias Vascongadas. 

SEXtO PERÍODO. — LA DINASTÍA DE BORBON. 

Este período alcanza desde los primeros años del si- 
glo xviii hasta nuestros dias; y en él trataremos: 

V Del estado de la monarquía y de sus diversos reinos, 
antes y después de la guerra de sucesión. 

2^ De las variaciones y reformas en el gobierno y en la 
administración, hechas por Felipe V y por Fernando VI. 

3" Del reinado y reformas de Carlos III. 

4'* Del reinado de Carlos IV y Fernando VII, y de la .Vo- 
visima Recopilación. 

5^ De la reforma constitucional, de su índole, historia y 
estado actual. 

Y 6" Del último estado de la legislación en sus ramos 
principales. 

Tal es, señores, el extenso y dilatado campo que tenemos 
que recorrer al estudiar la historia del gobierno y de la legis- 
lación de España; pero como he dicho y explicado ya, sólo le 
recorrererios en la parte que dice relación á nuestro objeto \ 
prop(5sito. La historia de las instituciones de un pueblo es, sin 



LECCIÓN PltlMlORA 21 

disputa, una de las partes más principales de hu historia j^e- 
ncral, con la que tiene siempre grandes é íntimos enlaces; 
])ero suele, sin embargo, separarse de ella para dar más ex- 
tensión y unidad á su estudio; así como del mapa general del 
inundo separamos con frecuencia un reino ó una ])rovincia, y 
hacemos de olla un mapa especial que contenga más exten- 
sión, más noticias y más pormenores. No se puede con todo 
desconocer que el estudio en que vamos á ocuparnos supone 
para su perfecta inteligencia algún conocimiento de la histo- 
ria general de nuestra patria, conocimiento de que por otra 
parte pocas veces carecen los hombres que han recibido una 
regular educación. 

Desde la próxima lección comenzaremos á ejecutar el plan 
que acabo de trazar : en todo su curso y extensión, procuraré 
poner á la vista de los señores concurrentes los textos origi- 
nales de las leyes, historias ó documentos en que se hallen 
consignados los hechos; porque en mi concepto sólo así po- 
drán formar ideas propias y exactas de ellos, y calcular hasta 
qué punto son justas y seguras las consecuencias que dedu- 
ciremos. 

Por lo demás, señores, creo que será una cosa excusada el 
recomendar la importancia de este estudio. Siempre la ten- 
dria y grande para nosotros, por el mero hecho de ser su ob- 
jeto la historia del gobierno y de las instituciones de nues- 
tra patria, aunque nuestra patria hubiese sido siempre y fuese 
en la actualidad un pueblo de orden inferior y de insignifican- 
te influjo en los destinos del mundo, y en la marcha progresi- 
va de su civilización y cultura. Pero si separando la vista de 
nuestra situación actual , recordamos lo que hemos sido en 
otras edades, y el gran papel que hemos representado en ellas; 
si traemos á la memoria, no sólo la cultura antigua en que 
nuestros mayores igualaban y aventajaban á veces á los es- 
critores más distinguidos del Lacio; no sólo nuestros precoces 
y grandes progresos en la legislación y en el gobierno en el 
tiempo rudo de los godos y septentrionales ; no sólo nuestro 
influjo en la cultura de la edad media, debida en gran parte 
al saber y á las ciencias de los árabes españoles, y al espíritu 



22 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

oriental que hemos trasmitido al resto de la Europa, sino tam- 
bién nuestra gran influencia en los destinos del mundo en 
siglos posteriores; nuestro gobierno y nuestras leyes rigiendo 
á una gran parte de los reinos europeos, y llevados á los re- 
motos países en que aún hoy se habla nuestra lengua y rige 
nuestra legislación; y ñnalmente, si consideramos la inmensa 
huella que nuestras instituciones, nuestro gobierno y nuestra 
civilización han dejado estampada en la mayor parte del mun- 
do civilizado, echaremos luego de ver que un pueblo que de 
este modo ha influido en los destinos de la humanidad ; que 
ha descubierto, conquistado y civilizado un mundo nuevo, 
desconocido y en su mayor parte salvaje ; y que ha logrado 
formar un imperio cuyos dominios jamás dejaban de alumbrar 
los rayos del sol, mereceria siempre ser estudiado y compren- 
dido, aunque fuese para nosotros un pueblo extraño, aunque 
no nos ligasen con él las grandes relaciones que nos lig'an. 
Su legislación, sobre todo, ha sido siempre reconocida por tan 
sabia, que aún hoy está rigiendo en los diferentes países que 
se han segregado de nuestra monarquía, y muchos siglos han 
de trascurrir antes de que se borre en ellos la huella y el ras- 
tro de nuestras instituciones. Considerando este fenómeno sin- 
gular, y haciéndose superior á ciertas preocupaciones, ho^^dia 
muy dominantes, exclam'a el profundo historiador de Ñapóles, 
Qiannone: «No puede negarse que los españoles, en el arte de 
gobernar, se han aproximado mucho á la sabiduría de los ro- 
manos: de modo que aun los franceses Bodin y de Thou, y el 
inglés Arturo Duck han creido que de todas las naciones que 
han dominado en Europa después de la caida del Imperio, la 
nación española es la que más se ha asemejado á los romanos, 
tanto en la constancia, gravedad y fortaleza, co/no en la polí- 
tica y en la jurisprudencia. Verdad es, continúa, que nadie 
tampoco ha imitado tanto á los romanos como los españoles. 
Y por lo que á nosotros (los napolitanos) hace, nos han dado 
leyes tan sabias, tan prudentes y de tal naturaleza, que lo 
único que acerca de ellas pudiéramos apetecer seria su pun- 
tual cumplimiento y observancia.» 

Así pues, Señores, el estudio de nuestra legislación y go- 



LECCIÓN PRIMKUA 23 

bienio es de grande iiiterds, no sólo por ser el de las institu- 
ciones y leyes de nuestra patria, sino por serlo también del do. 
una grande, distinguida y generosa nación á quien Jia guar- 
dado la Providencia sus más grandes calamidades para la épo- 
ca iníe'iz en que vivimos. 

Nuestro deber, como hijos suyos y como ])uenos españoles, 
es estudiar, reconocer y profundizar la causa, el origen y la 
historia de sus males y de sus desgracias actuales, por si en 
algo podemos aliviarlos, por si en algo podemos contribuir á 
su remedio. Este resultado será siempre el más noble y el más 
digno de todo buen español, y el que nuis me complacería yo 
de obtener en estas explicaciones. 



-«IMi*- 



■^-m:^' 



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LECCIÓN 3EQUNDA 



Espaila áiilfs de los rtiiiiiiiios,— Lds imclilns si'|iii'iilr¡oiialfs. 



Necesidad de estudiar someramente este primer periodo eu sus principales acon- 
tecimientos 3^ rasg'os generales.— Oscuridad de los tiempos primitivos: venida 
de los fr-niclos á España— Estado político y social de les españoles primitivos 
según los escritores griegos y romanos.— Falta de unidad en el Gobierno: Go- 
biernos de localidad y de raza.— Excepcional importancia de la Geografía jiara 
el estudio de la Historia de España.— Situación geográfica y topografía inte- 
rior de la Península: su influencia en la Historia.— Pueblos ó tribus diversas 
que ocupaban á l^spaña en este periodo.— Diferencias entre los pueblos septen- 
trionales y de la costa Occidental y los del Mediodía y costas de llevante: i)ue- 
blos del interior.— Nombres y carácter de los pueblos septentrionales según 
Estrabon.— Costumbres y estado social de estos pueblos: su analogía con los 
germanos y galos.— Estudio del régimen y gobierno de los pueblos septentrio- 
nales según las fuentes.— La .asamblea ó Cohcí/ju»*. —Los Deroli: Aristocríicia: 
Principes y Régulos; Duelos judiciales.— Conclusión. 



Señores : 

En la lección anterior hemos dividido el asunto de nues- 
tras explicaciones sobre la historia del gobierno y de la le- 
gislación de España en seis períodos, siendo el primero de 
ellos el que precedió á la venida de los romanos. 

Es fácil que las indagaciones que hagamos sobre la legis- 
lación é instituciones de estos remotos tiempos parezcan á 
muchos frivolas é infructuosas : generalmente se comienza la 
historia del derecho y de la leg'islacion de las naciones moder- 
nas en épocas muy posteriores : ó en la dominación romana ó 
en la invasión de los pueblos del Norte. Yo, sin embargo, sin 
dar al estudio de las instituciones de estos primeros tiempos 
una grande importancia, todavía le conceptúo necesario para 
comprender en su totalidad el progresivo desarrollo de los 
pueblos, los elementos primitivos de su constitución é institu- 



26 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ciones, y para examinar eu una de sus primeras fases al hom~ 
bre y á la sociedad. Por otra parte, sin dar una idea del régi- 
men de estos primeros tiempos y de la naturaleza é índole 
de estos pueblos, ¿cómo podremos comprender ni explicar la 
conducta observada por los romanos en el gobierno de Espa- 
ña, ni apreciar debidamente la oportunidad y el mérito de las 
instituciones que en ella introdujeron? ¿Cómo encontrar los 
fundamentos de la legislación provincial de los romanos, y el 
arte y el saber con que supieron refundir en su espíritu y en 
su nacionalidad el espíritu y la nacionalidad de aquellas in- 
cultas y belicosas razas ? El gran fenómeno histórico de la 
formación del mundo romano, tan digno de ser meditado y 
comprendido, jamás podria serlo completamente sin el cono- 
cimiento previo del estado de los pueblos que con su agrega- 
ción, hecha por medios más ó menos oportunos y adecuados á 
su índole respectiva, constituyeron aquel gran Imperio y con- 
virtieron en una ciudad un orbe entero, por valerme de la ex- 
presión de un antiguo poeta: 

ürbem fecisti q%i(2 p'iíts orlis erat (1). 

Este período , señores , debe necesariamente arrancar de 
los primeros tiempos de nuestros anales y de nuestra historia; 
pero bien sabido es que la historia de todas las naciones en 
estas remotas épocas es tan confusa y oscura, que cuando 
más, sólo se pueden divisar en ella algunos de aquellos pocos 
sucesos que, por su mucha magnitud y trascendencia, las ti- 
nieblas mismas de que se hallan rodeados no han podido del 
todo oscurecer. Así es que la forma de los objetos históricos 
aparece incompleta y mal delineada, y habiendo entrado á 
suplir el resto de los contornos los poetas con sus fábulas , los 
eruditos con sus conjeturas, la impostura con sus invenciones 
3^ la ciega credulidad con sus absurdos, han llegado á formar 
de la historia de estos primeros tiempos un caos confuso é in- 
digesto, en el que todo se encuentra menos la verdad, que es 



(Ij Rutilio Numantino. 



1 



LECCIÓN SEGUNDA 27 

el fimdamonto de la liistoria y ol ])riiicipio de su utilidad (' iu- 
terds. Kstos tiempos do oscuridad es preciso atravesarlos con 
rapidez y llc<>-ar cuanto antes á las épocas en que eni})ieza á 
divisarse la luz histórica, en que hay ya princij)ios d(; verdad 
y de certidumbre. Nosotros, señores, dejaremos por lo mismo 
á un lado á Garg*oris, á Abides, á Gerion el de los tres cuer- 
pos, y á toda la demás caterva de reyes primitivos, creados 6 
inventados principalmente por el falsificador del Beroso: y no 
nos detendremos en investig-nr la índole de las supuestas mo- 
narquías de los Hispan, Ibero , Híspalo , Palatuo y Tago , y 
demás reyes de la España fabulosa ^ como la ha calificado con 
propiedad el abate Masdeu. Tampoco nos engolfaremos, por 
ser ajeno á nuestro propósito, en las indagaciones 3^ disputas 
relativas á la venida, viajes y establecimientos de los celtas, 
asunto sujeto á tantas dudas y dificultades: creo, sí, que de- 
bemos tomar como un punto cierto y seguro de partida para 
nuestras investigaciones el arribo á nuestras costas de los fe- 
nicios. 

Los fenicios, señores, descubrieron á España casi del mismo 
modo que los españoles descubrieron muchos siglos después 
el Nuevo Mundo, y casi de la misma manera también revela- 
ron nuestra existencia al mundo civilizado. Establecieron en 
nuestras costas una multitud de colonias, y por su medio en- 
tablaron con España un comercio extenso, y lucrativo. A los 
fenicios siguieron después los griegos como es sabido, y á és- 
tos los cartagineses : á los cartagineses siguen los romanos, 
los cuales, después de una lucha de 200 años , se hacen due- 
ños absolutos de España entera y la hacen formar parte de su 
dilatado imperio. 

Tal es, señores, en compendio la historia del período en 
que nos estamos ocupando, 

Pero al descender ahora al objeto especial de nuestras ex- 
plicaciones, debo empezar por una observación capital. Las 
colonias fenicias y griegas, y aun las mismas conquistas y ex- 
cursiones de los cartagineses, sólo pudieeron influir de una ma- 
nera directa y eficaz en la suerte y estado de los pueblos del Me- 
diodía}^ del Oriente de España, porque sólo con ellos tuvieron 



28 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

roce, contacto j relaciones: los demás pueblos debieron quedar 
en su mismo estado con poca diferencia; debieron conservar, y 
conservaron de hecho por muchos sig-los su rudeza primiti- 
va. Es, pues, una necesidad, una exigencia de la materia de 
que tratamos, establecer una diferencia muy formal entre los 
pueblos del Mediodía y los pueblos septentrionales de España; 
entre los pueblos que no conocemos sino alterados ya por el 
contacto de naciones cultas y civilizadas, y los pueblos que se 
nos presentan aún en su barbarie y rudeza originarias. 

Creo también que como el estado de estos pueblos, no alte- 
rados por el contacto de las naciones extrañas, debia necesa- 
riamente ser muy análogo al que antes de la lleg-ada de estas^ 
naciones tendrían los demás pueblos de la España, al tratar 
de exponer cronológicamente la historia del régimen y gobier- 
no de los españoles en todos tiempos, debemos necesariamen- 
te comenzar por el de los pueblos septentrionales, á pesar de 
que aparecen en la historia mucho más tarde que los del Me • 
diodía. Así comprenderemos mejor el estado en que los feni- 
cios y demás pueblos extraños encontraron á los españoles, y 
podremos apreciar la influencia que sobre ellos ejercieron. 

Hablaremos por lo mismo en primer lugar del estado so- 
cial de los españoles primitivos, y despue's trataremos del que 
tenian las colonias y demás pueblos sometidos al influjo de las 
naciones cultas que hemos mencionado. 

Pero todo cuanto podemos decir del estado primitivo de los 
españoles es únicamente lo que acerca de ellos nos dicen los 
escritores griegos y romanos. Las naciones bárbaras no tienen 
historia: por lo general sólo se sabe de ellas lo que los pueblos 
civilizados con que están en contacto han querido decir ó es- 
cribir. Así la América carece de historia hasta la llegada de los 
españoles; y si alguna tiene anterior á esta época, son las tra- 
diciones recogidas por los mismos conquistadores. A esta falta 
irremediable se agrega otra: estas noticias recogidas por escri- 
tores extraños son siempre escasas, parciales é imperfectas. 
Cada nación tiene sus pasiones, su punto diferente de vista 
para considerar los sucesos, su diferente criterio para apre- 
ciarlos. De esto tenemos un ejemplo insigne en nuestra pa- 



tria. Cotéjense las historias de los moros y de los cristianos, 
aun en los sucosos de inás bulto y trascendencia, y se verá 
([ué diñn'enteniente los ven, los juzg-an y los aprecian. Nos sor- 
l)renderá lo mal que se conocian la una á la otra aquellas dos 
naciones, á pesar de ser ilustradas, á i)esar de haber estado en 
el contacto y relaciones más directas por el dilatadísimo espa- 
cio de ocho siglos. 

De este defecto deben por lo mismo adolecer las noticias 
que acerca de los españoles primitivos nos han conservado los 
escritores g-riegos y romanos, j aun creo que adolecerán toda- 
vía de él en más alto grado, vista la poca curiosidad que en ge- 
neral ponian en dar una idea exacta de las leyes, costumbres 
y civilización de los pueblos extraños, y del desden y despre- 
cio con que afectaban mirar todo cuanto no era griego ó roma- 
no. Hasta para referir los nombres de los pueblos y ciudades 
de las naciones bárbaras, como ellos las denominaban, afecta- 
ban una delicadeza ridicula, como si ofendiesen la finura y de- 
licadeza de sus oidos. lístrabon (1), iiablando de varios pue- 
1)los de España, dice en términos formales: «Me abstengo de 
referir los nombres de estos pueblos, temiendo ofender á mis 
lectores, á menos que no haya alguno que tenga gusto en oir 
nombrar á los pletauros, á los bárdatas, á los allótrigas, y á 
otros aún más toscos y disonantes.» Escrúpulo á la verdad bien 
extraño y singular en uu geógrafo. Plinio no quiere, dice, es- 
cribir sino los nombres de los pueblos de España que se pue- 
den pronunciar fácilmente en latin; y hasta el español Pom- 
ponio Mela se abstiene de mencionar los nombres de las ciu- 
dades de la Cantabria porque no eran, dice, capaces de ser 
pronunciados por labios romanos. Que esto fuese una afecta- 
ción ridicula cuando menos, lo persuaden bastantes razones, 
y entre ellas la burla que de semejantes delicadezas hacía por 
aquel tiempo mismo nuestro poeta Marcial. En efecto, en su 
bellísimo epigrama dirig-ido al poeta español Lucio menciona 
varios pueblos de España como Bilbilis, Platea, Salo y otros 



(1) Edición de Casaubon, HOl, p. \2M. 



30 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

no menos eufónicos, y recordando entonces el melindre de los 
romanos hacia los nombres extraños, concluye con malicia: 

H(EC tam rustica, delicate lector, 

Rides nomina? Rideas licehit. 

Hoíc tam rustica^ malo quam Bitiontwm (1). 

Y en efecto, el nombre de Bituntam alg'o más disonante y 
áspero debia parecer que el de Salo y el de Platea. 

A los españoles además nos ha faltado un Tácito ó un Cé- 
sar que hablase directa y expresamente de nosotros como aque- 
llos dos escritores hablaron de los g-ermanos y de los galos: 
esta es otra desventaja con que el historiador de nuestras ins- 
tituciones tiene que luchar, y que le priva de una guia segura. 
y cierta en sus investigaciones. 

Con todo, como es tan larg'o y dilatado el período de nues- 
tra lucha con los romanos, como los trances y sucesos de ella 
faeroQ tan graves y trascendentales y tuvieron tanta influen- 
cia sobre los negocios y sucesos del gobierno romano, sus his- 
toriadores se han visto precisados á ocuparse con frecuencia 
de nosotros, y á referir los tratos, convenios, guerras y alian- 
zas de los pueblos y ciudades de la España; y en estas narra- 
ciones nos han dado noticias preciosísimas acerca de su esta- 
do social, de sus costumbres y de sus instituciones. De esta 
manera, aun sin tener historias ó tratados que se ocupen ex- 
presamente de nosotros, como César se ocupaba de los galos y 
Tácito de los germanos, todavía estudiando con atención á 
Tito Livio, á Plinio , á Kstrabon, á Polibio y otros antiguos 
escritores, podemos dreducir de ellos el régimen político y so- 
cial de los pueblos primitivos que ocupaban la Península. 

Lo primero que resulta de la lectura de estos autores y de 
todos los testimonios de la historia antigua, es la falta de uni- 
dad en el gobierno de la España por aquellos remotos tiem- 
pos. La Península ibérica no formaba en manera alguna' un 
cuerpo de nación , sino que se hallaba poblada por una multi- 



(1) Lib. IV, Epigr. 55. 



LEC'flON SK(iUM)A 31 

tu(l (íonsidorjiblc (1(í ikk^íohcs, ú iiu'is hicii do raza« de difíirciito 
procedencia y orí<^'en, indcpcndiontes muís de otras y aun en(;- 
ni¡{^*as y contrarias ontn», sí. lístrabon cuenta hasta 50 de es- 
tas razas 6 pu(d)los en la sola re^-ion que media entre el Miño 
y el Tajo, y Plinio pone 45 en lo que en su tiempo se Uamalja 
Lusitania. Cada una de estas razas se gobernaba de por sí, y 
es una fábula cuanto se dice de los antig-uos reyes de l<]spaña 
Ibero, Garg'oris, Abides, etc., pues ó no existieron jamás, 6 
eran solamente reyes ó jefes de una sola tribu ó de una ?ola 
reg'ion, como el cdlobre rey Argantonio de que nos habla Me- 
ro doto. 

El gobierno de líspaña, pues, por aquel tiempo era pura- 
mente local y de raza : la obediencia á una autoridad lejana, 
central y común á muchos pueblos, supone un desarrollo so- 
cial muy adelantado y una civilización que estaba entonces 
muy lejos de existir. Cada raza se gobernaba y vivia á su ma- 
nera, seg'un su procedencia y origen, según el país que ocu- 
paba y según los pueblos más ó menos cultos con que esta))a 
en contacto. Así es que cuando empezamos á conocer á Espa- 
ña hallamos en ella pueblos en todos los estados y grados de 
la civilización. Desde los indígetes y vácceos , que conserva- 
ban todavía la vida nómada y errante y no tenian asiento ni 
morada fija, hasta los cultos y civilizados turdetanos, que des- 
de muy antiguo se regian por leyes escritas- 3' tenian poemas, 
gramática y literatura propia, se hallan casi todas las grada- 
ciones de la barbarie j de la cultura. 

Contribuía á mantener esta diferencia en las razas y esta 
falta de unidad en su régimen y conducción, además de las 
causas generales y comunes, que producen siempre entre los 
pueblos bárbaros un resultado semejante y análogo, las cir- 
cunstancias particulares que concurrian en los pueblos que á 
la sazón ocupaban la Península, la particular posición geo- 
gráfica de ésta y su especial topografía y estructura. 

En efecto, la Geografía explica casi siempre muchos fenó- 
menos de la vida de los pueblos ; pero entre nosotros puede 
decirse que es el alma de nuestra historia y una clave abso- 
lutamente necesaria para entenderla, no sólo en estos remotos 



32 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

tiempos, sino aun en los más claros y bien examinados de sus 
anales. 

En efecto, con sólo estender una mirada sobre la posición 
que nuestra patria ocupa en la carta del globo, salta desde lue- 
go á la vista una de las causas más influyentes de la diversidad 
de sus pueblos y del antagonismo de las razas que la ocupa- 
ban. Colocada entre los dos mares que la cercan y estrechan 
casi por todas partes , ligada al resto del continente europeo 
por los Pirineos y próxima on extremo á las costas del África, 
estaba sujeta á las tan diversas j variadas influencias que de 
puntos tan opuestos y distantes debian venir á confluir y á 
confundirse en ella. 

Por los Pirineos, que la unian á Europa, recibia la in- 
fluencia de las razas europeas que la invadían por aquella 
parte : el Mediterráneo la ponia en contacto y relaciones con 
los pueblos navegantes del Asia y de sus colonias europeas: 
el Océano, si no traia á sus costas las razas escitas, como e^ 
hoy opinión muy recibida, las aislaba á lo menos y las sepa- 
raba del resto del mundo , alejando en gran parte á los pue- 
blos que en ellas moraban de la mezcla y del contacto de otras 
naciones; finalmente su proximidad al África y regiones co- 
marcanas la sometian á la influencia de las revoluciones que 
en ella se verificaban, como después tendremos ocasión de ad- 
vertir y de notar. 

Así es, que ya nos atengamos á las tradiciones recogidas 
por los primeros historiadores griegos y romanos, ya á las no- 
ticias más exactas de tiempos menos remotos, y ya, en fin, á 
los testimonios y caracteres que los pueblos conservan siem- 
pre acerca de su origen y procedencia, en sus hábitos, en sus 
leyes, en su idioma y hasta en su misma figura exterior, siem- 
pre hallamos á nuestra patria poblada y ocupada por naciones 
y pueblos que para llegar hasta nosotros parten de las regio- 
nes más- distantes y separadas del mundo. El celta y el escita, 
el fenicio y jónico, el ibero y el africano, el romano y el grie- 
go, el germano y el árabe que la tradición y la historia hacen 
sucesivamente arribar á nuestra patria, son una prueba de la 
verdad de esta observación, y una muestra de la gran dife- 



i 



i 



ríMiciii y diversidad (j^iio dohia necosariaiiicutc; cxiatir cutre 
pueblos de tan vario y encontrado oríj^^en. 

Aumentaba en gTau manera esta diferencia y diversidad la 
extructura topog'ráíica de nuestro suelo, que es otra de las cir- 
cunstancias que hay que tener siempre presentes al estudiar 
nuestra historia, y otra de las claves más necesarias para en- 
tenderla. Ks un fenómeno constante en los anales de nuestra 
nación, que el espíritu de localidad y de provincialismo se ha 
desarrollado en ella con más fuerza y espontaneidad que en el 
resto de las naciones europeas: la gran fuerza 3^ vitalidad do 
las razas hispánicas, les hizo sostener por espacio de doscientos 
años una lucha de gigantes con los romanos: los godos jamás 
acabaron de destruir los poderes locales y excéntricos que se 
erigian en las provincias y parajes montuosos; los moros y 
los cristianos vieron siempre desmoronarse en pequeños Esta- 
dos ó reinos su combatido imperio, y aun en nuestros dias Es- 
paña es el pueblo europeo cu^^as provincias se asemejan me- 
nos las unas á las otras, j tienen entre sí me'nos puntos de 
trabazón y de enlace. 

Un fenómeno tan constante en nuestra historia, y de tanto 
influjo y trascendencia en ella, no puede monos de derivarse 
también de una causa permanente y constante: y esta causa 
no es otra que la disposición topográfica de nuestro suelo., 
cortado por grandes cordilleras y montañas , intransitables 
con frecuencia por las nieves, surcado por rápidos j peligro- 
sos rios , dividido por páramos y despoblados, y sometido á 
tanta diversidad de temperaturas y de climas. 

Si aun en los dias en que vivimos vemos hoy, señores, á 
nuestra patria sujeta á las consecuencias desagradables de 
esta singular extructura de nuestro suelo; hoy que la monar- 
quía hace ya siglos que ha reunido bajo un solo mando á 
pueblos tan distintos ; hoy que se ha hecho general un solo 
idioma; hoy que se han franqueado las montaña?, colmado 
los precipicios, domado con puentes los rios y torrentes, y ase- 
gurado el pa'^^o de los páramos y despoblados, ¿qué sucederia 
en aquellos tiempos en que no sólo las diferencias y los odios 
de las razas, sino todos los obstáculos de una naturaleza ruria 



34 DEL GOBIEENO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

y salvaje se aunaban para tenerlas separadas y mantenerlas 
independientes y enemigas? 

Así es, que por todas estas causas y aun por otras que 
omito por ser de menor influjo. España, como lie dicho ya, 
se hallaba poblada de una multitud muy considerable de pue- 
blos ó razas independientes y aun enemigas entre sí, y sin 
ningún vínculo común de régñmen de gobierno. Habria sí las 
analogías que la identidad de origen, de situación y de ade- 
lanto social estableciera necesariamente entre ellas; pero una 
cosa estable que se pareciese á un gobierno ó régimen común 
de seguro no existia, ni existió sino mucho tiempo después. 

Dirigiendo, pues, una rápida ojeada al mapa de España 
tal como se nos presenta en los tiempos en que empezamos á 
conocerla en la historia, y considerándola situación de los 
pueblos que la ocupaban, con relación principalmente al di- 
ferente influjo que según su asiento y morada en nuestras 
regiones podian recibir de las naciones extrañas, la hallamos 
poblada por las naciones 6 razas siguientes: 

Sobre la costa del Océano septentrional ó cantábrico , co- 
menzando desde el punto en que la Península linda y hace 
frontera con Francia, hasta la parte más occidental de aque- 
lla costa, es decir, desde el Vidasoa al cabo de Finisterre, te- 
nían su asiento : 

Los últimos pueblos Vascones, los Várdulos, los Caristos, 
Antrigones, Cántabros, Astures y Galláicos, y otros pueblos de 
menor celebridad y nombradía que sería inoportuno mencionar. 

La costa occidental de España desde el cabo de Finisterre 
hasta el de San Vicente, la ocupaban además de los galláicos 
que se extendían hasta la desembocadura del Duero : 

liOS túrdulos antiguos, Lusitanos, Célticos y Turdetanos. 

Los turdetanos, los túrdulos y los bástulos, denominados 
peños, ocupaban el resto del litoral hasta el Estrecho, exten- 
diéndose estos últimos por la costa del Mediterráneo hasta algo 
más allá del promontorio Charldemo, que hoy llamamos cabo 
de Gata (1). 

(1) Un feliz descubrimiento novísimo del año 1873 ha demostrado que el pro- 
montorio CArtrif/dw?*??* es el Puntal de las l^ntinas al Sur de Dalias, en la misma 



LECCIÓN SKGUNDA 35 

Desde este i)unto hasta ol promontorio Apodisium, hoy cal)0 
de Creus, y recorriendo toda hi costa oriental de Kspaña , se 
hallaban los Bastetanos, Contéstanos, Edetai^os, Tlercaones, 
Cosotanos y Jacctanos. 

Los mismos jacotanos, los ihírg'otes y vasconcs ocupaban 
la vertiente de los Pirineos y cerraban el perímetro (3 circun- 
ferencia de la Península. 

En el interior había otra multitud de pueblos, cuya enu- 
meración sería en este lug-ar inoportuna y enfadosa : solamen- 
te mencionard por lo mismo los más principales y nombrados, 
y con objeto de dar una idea aproximada de su situación res- 
pecto de los litorales y de los demás de la Península, indicaré 
la parte del país que ocupaban con los nombres que les damos 
en la actualidad, aunque la conformidad esté bien lejos de ser 
del todo ajustada ni exacta. 

Ocupaban, pues, el interior de España principalmente : 

Los celtíberos, que se extendían por una gran parte del 
Aragón, la Rioja y Castilla la Nueva. 

Los arévacos, en el territorio de Segovia. 

Los vetónos, en la Extremadura. 

Los ore taños, en la Mancha y Jaén. 

Los carpentanos, en Madrid, Toledo y términos confi- 
nantes. 

Los vácceos, en Valladolid y tierra de Campos. 

De este simple relato de la situación de los diversos pues 
blos y naciones peninsulares, se pueden deducir, señores, mu- 
chas consideraciones generales respecto de su origen y estado 
social, y muchas de las analogías y afinidades que los acerca- 
ban V asimilaban entre sí, como iremos sucesivamente viendo 
y observando. 

Por de pronto nos permite formar con ellos diversos grupos 
y divisiones, que distinguiéndose por algunos rasgos más pro- 
fundos y característicos pueden ser el objeto de un estudio es- 



linde de las diócesis de Almería y de Granada. Tan ftel guardadora ha sido siem- 
pre de la verdad histórica y de toda verdad la Iglesia católica ! hace notar á este 
propósito nuestro sabio historiador y geógrafo D. Aureliano Fernandez Guerra 

í'N del E.J 



36 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

pecial y analítico, de tanta más utilidad cuanto que sería im- 
posible y aun inútil descender á la descripción individual de 
cada uno de estos pueblos, y de su régimen y estado civil. Ne- 
cesitamos limitarnos á trazar los rasgos generales de su fiso- 
nomía, y á descubrir su carácter con la exposición de lo que 
en él hallamos de más bulto y relieve. 

Ahora bien, como según lo que ya he .anunciado, debemos 
comenzar nuestras investigaciones por los pueblos que se nos 
presenten más allegados al estado primitivo, y menos alterados 
por el trato y comunicación de las naciones civilizadas que fre- 
cuentaron las costas meridional y oriental de España, los pue- 
blos septentrionales, es decir, los que ocupábanla parte septen- 
trional y aun la occidental de la Península, son, como he dicho 
anteriormente, los que primero deben llamar nuestra atención. 

Empero al dividir así á España, al formar estas dos gran- 
des masas de pueblos, no se crea que trato yo de establecer 
entre los de cada parte una homogeneidad ó analogía comple- 
tas. Al contrario, entre los de la misma clase habia diferencias 
profundas derivadas de la diversidad de su origen , de su po- 
sición y de las circunstancias particulares, diferencias cuyo 
reflejo ha llagado hasta nosotros en las obras de los escritores 
antiguos y aun en las costumbres y tradiciones vivientes de 
los descendientes de estas antiguas razas. Mi objeto , pues, al 
hacer esta división es únicamente deslindar en lo posible la 
diversidad y diferencia que se nota entre los pueblos primiti- 
vos y los que, subordinados á la influencia más ó menos di- 
recta de las naciones cultas que se agitaban y hervian al re- 
dedor del Mediterráneo , entraban en una nueva senda y se 
asociaban al gran movimiento civilizador que, como desde un 
foco de luz, se difundia desde aquel benéfico mar. 

Según esta consideración , los pueblos más septentriona- 
les, los que distaban menos de la primitiva ferocidad y rudeza, 
eran los que desde el Pirineo se extendian por la costa del 
Océano cantábrico, y aun por una gran parte de la occidental 
y territorios confinantes. Las playas orientales y meridionales 
de España, al contrario, era donde la cultura social se halla- 
ba más adelantada en los momentos en que divisamos en la 



^ LKCCION SEGUNDA IH 

historia á nuestra patria. Las dos costas formaban por lo 
mismo los puntos más culminantes y extremos de las dos ma- 
sas en que hemos dividido á las razas liis])ánicas Kn el Sej)- 
tentrion, la l)arbaric y rudeza primitivas ; en el Mediodía, la 
cultura y ailelantos sociales importados por los pueblos civili- 
zados de la Grecia y de la Siria. Entre estos dos extremos so 
colocaban los pueblos del interior, cu los ({ue se puííde presen- 
tar como una observación constante, que conforme á su mayor 
(3 menor proximidad á estas extremidades, así predominaba ó 
so templaba en ellos el colorido y carácter del punto respecti- 
vo á cuya influencia estaban sujetos; á la manera que mu- 
chas veces los grandes g-olpes de color en la pintura se van 
desvaneciendo o-radual y sucesivamente hasta perderse v con 
fundirse unos con otros, los más opuestos y contrarios. 

Así, pues, en nuestro estudio lo que conviene conocer más 
á fondo, es el carácter de estos pueblos extremos y su estado 
social é instituciones. 

Los pueblos septentrionales propiamente tales, eran, como 
hemos indicado ya, los comprendidos bajo la denominación de 
vascones, várdulos, caristos , autrigonos, cántabros, astures, 
gallaicos y lusitanos. 

Respecto de su origen é historia , poco puede decirse con 
seg'uridad: cada escritor se forja con este motivo una hipótesis 
á su manera : unos los hacen descender directamente de colo- 
nias fundadas en aquellas costas por el mismo patriarca Noé, 
que dejó, dicen , consignada esta verdad en los nombres de 
Noega, Navia, Xavilubio y otros que se encontraban y se en- 
cuentran aun en aquellos países; quienes suponen que todos 
estos pueblos son de raza céltica, y que sus antepasados los 
celtas entraron en España por el Pirineo, y quienes han creido 
liallar modernamente razones y analogías para sospechar que 
los pueblos septentrionales de la Península eran de origen es- 
í-itio. Pero sea de esto lo que quiera, pues estas investigacio- 
nes no entran sino muy indirectamente en nuestro propósito, 
la verdad es que nosotros no empezamos á conocer á estos 
l)ueblos hasta la invasfon de los romanos, y que todo lo ante- 
rior á esta época es inseguro é incierto. 



38 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIOxN DE ESPAÑA 

El g'eógrafo Kstrabon es el primero que habla de estos 
pueblos con alguna detención y conocimiento, y sus textos 
forman el principal caudal de nuestras noticias sobre el estado 
de aquellos antiguos pueblos. 

Sin embarg'o. al describir el país que ocupaban se obser- 
van desde luego en este escritor algunas inexactitudes, tanto 
más fáciles de averiguar hoy dia cuanto que se refieren á cosas 
yá objetos que desde su tiempo al nuestro no han podido su- 
frir grande alteración. 

Dice, por ejemplo, que la parte septentrional de Espa- 
ña, además de su aspereza y fragosidad, es friísima en extre- 
mo, y que tanto por esto, como porque estando sobre el Océa- 
no no pueden tener sus habitantes trato ni comercio con los 
extranjeros, no se puede vivir en ella sino con grandísima in- 
comodidad y pí'simamente. 

En otra partí?, hablando de las producciones del Mediodía 
de la España, y enumerando entre las más notables el olivo, 
la vid y la higuera, supone que la costa del Océano septen- 
trional carece de estas producciones por el rigor del clima y 
lo excesivo del frió. Véase, señores, hasta qué punto se pue- 
den disimular calificaciones semejantes á un habitante de las 
felices regiones de la Grecia; pero por lo demás, sabido es que 
tan lejos de ser excesivamente fria la referida costa, es, por el 
contrario, uno de los países más templados de España, y que 
lejos de carecer de las producciones indicadas á causa del ex- 
cesivo frió, abunda, por el contrario, en muchas de ellas, cre- 
ciendo al aire libre no sólo la vid y la higuera, sino hasta el 
naranjo y el limonero, y éste hasta tal punto, que de sus fru- 
tos se hizo hasta el siglo xvii un gran comercio con el interior 
de España y con las naciones extranjeras (1). Esto, cuando 
menos, prueba que las noticias que tenía este insigne geógra- 
fo de los pueblos septentrionales de la España, no eran del 



(1) De naranja y limón (cíecia afines del siglo xvi hablando de Asturias el 
P. Carballo), liay tanta abundancia, que se cargan muchos navios para Francia, 
sin la mucha que llevan á Castilla y se gusta en la tierra. — Antifíiicdodes de Astu- 
rias^ pág. 9. 



LECCIÓN SEGUNDA .'ÍO 

todo ciertas 6 exactas?, y que debemos en al^-nnas cosas ad- 
mitirlas con al<>'uiia precaución y desconfianza. 

Pero veamos ya cómo ])inta Ins costumbres y estado social 
do estos pueblos. 

lístrabon va liablando de los lusitanos en particular, pero 
luego advierte que sus costumbres y modo de vivir es igual al 
de todos los pueblos que se extienden por aquella costa hasta 
el Pirineo. 

<^Los lusitanos, dice, son en extremo diestros en las embos- 
cadas y asechanzas, tanto para prepararlas como para eludir- 
las; {Ig'ilcs, sueltos y ligeros, usan un pequeño escudo como 
de dos pies de diámetro, cóncavo hacia fuera, y i)endiente de 
correas, por no tener anillos ni embrazaderas. Añaden á esto 
una daga ó espada, y por la mayor parte llevan corazas he- 
chas de lino, siendo muy raras las de malla. Algunos traen 
yelmos con cimera de tres crestas, los demás usan celadas 
formadas y entretejidas de nervios. Los de infantería llevan 
íidemás grebas ó polainas, gran cantidad de dí\rdos, y muchos 
una lanza con la punta de cobre. 

Los lusitanos son muy aficionados á los sacrificios, y en 
ellos examinan cuidadosamente las entrañas de la víctima, 
pero sin cortarlas: lo mismo hacen con las venas de los lados, 
y forman su adivinación ó agüero por el sólo tacto. 

Sacrifican á sus enemigos prisioneros, y al hacer la pre- 
dicción sobre sus entrañas, tienen el mismo cuidado de ocul- 
tarlas con sus capas ó sagos; la primera adivinación se hace 
sobre el cadáver del prisionero; después le cortan la mano de- 
recha y la consagran en ofrendas á sus dioses. 

Los que viven en la parte montañosa viven con frugali- 
dad , beben agua solamente, y se acuestan y duermen en el 
suelo; llevan lo > cabellos largos y sueltos como las mujeres, 
y en la batalla los ciñen con una venda al rededor de la fren- 
te. Aman particularmente la carne del cabrón, y este es el ani- 
mal que sacrifican á Marte: también le sacrifican los caballos 
y los prisioneros de guerra. Celebran todos los años una he- 
catombe ó sacrificio de 100 víctimas, al uso de los griegos, que 
como dice Pindaro: lo sacrifican todo á centenares. 



40 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Tienen certámenes o luchas gínnicas para ejercitarse en 
las armas, en la equitación, en el pugilato y en la carrera, y 
en la ordenanza y distribución de las huestes y cohortes. 

Los de la montaña se alimentan en dos temporadas del 
año con bellota, secándola, moliéndola y haciendo de la hari- 
na pan que conservan por algún tiempo. Cogen muy poco 
vino, y el que obtienen lo gastan al momento en convites con 
los parientes; en vez del vino usan de una especie de cerveza, 
así como reemplazan el aceite, de que carecen, con la mante- 
ca de vacas. Cenan sentados, á cu^^o fin tienen dispuestos 
asientos arrimados á las paredes, dando los preferentes á los 
más distinguidos por su edad ó por su dignidad. La comida so 
sirve llevándola á la redonda, y en medio de los brindis bailan 
y danzan al son de flautas y trompetas, doblando las rodillas 
y levantando después recto y derecho el cuerpo. 

En la Bastetania hacen esto mismo las mujeres , pero te- 
niéndose todas asidas de las manos. Visten todas de negro, y 
la mayor parte gastan sagos con que forman también sus ca- 
mas hechas con gergones de yerbas. Tienen vasos de cera, 
como los celtas, y las mujeres gastan vestidos de telas pinta- 
das de flores. 

No tienen moneda; para sus tratos permutan unas cosas 
con otras : algunas veces dan pedazos de plata que van cor- 
tando de una lámina 6 barra del mismo metal. A los condena- 
dos á muerte los precipitan desde una roca, y á los parricida» 
los cubren de piedras, pero llevándolos antes más allá de los 
rios ó linderos que circunscriben su territorio. Los matrimo- 
nios los celebran al estilo de los griegos, y á los enfermos los 
exponen en los caminos públicos copio los antiguos egipcios, 
para tomar consejo de los que hayan sanado de una enferme- 
dad igual. 

Hasta el tiempo de Bruto no conocieron más barcas que 
las de cuero para atravesar las lagunas y los parajes inun- 
dados en las avenidas; hoy usan ya, aunque muy poco, ca- 
noas formadas de troncos de árboles. La sal que gastan es en- 
carnada, pero al machacarla se hace blanca. Tal es el modo 
do vivir do los montañeses que terminan la España por el 



LECCIÓN SEGUNDA 41 

lado .Mci)tontr¡onMl. ;i salxM*, de 1()3 ;^-nlá¡cos, iisturcs, cáiiia- 
í)ros, luista los viiscoiios v vA Pií-inoo, paos todos viven de una 
iiiisina manera.» 

Cumio se ve, "señores, la división ([uc he hecho de; la lOspa- 
fia, tomando por base de uno de sus dos grandes j^rupos de 
paebk)s á los septeutrionalcs, no es arbitraria, sino fundada en 
(d testimonio literal del geóg-raíb insigne que vamos extractan- 
do, el cual hace en este mismo lugar una observaoion que 
tampoco debe pasar desatendida, pues conviene en gran ma- 
ncn*a-con mi proposito. 

«La rusticidad, dice, y fiereza de las costumbres de estos 
l)ueblos,. no sólo proviene de sus continuas guerras, sino de 
vivir apartados del trato v comunicación de otras gentes, pues 
para ir hasta ellos, sea por mar ó por tierra, hay que hacer un 
viaje muy largo. Careciendo de este modo del comercio con 
otras naciones, han perdido toda idea de cultura y de humani- 
dad. Hoy se ha remediado esto algún tanto por el trato con los 
romanos después de restablecida la paz; pero todavía los que 
tienen me'nos comunicación son más incultos é inhumanos, 
contribuj^endo á ello la aspereza y esterilidad de los montes en 
que viven.» 

Tal era, señores, en común la fisonomía de los pueblos sep« 
lentrionales. I^^strabon afirma, como hemos visto, que vivían 
todos de una misma manera; y aunque esto fuese ci.erto res- 
pecto de los rasgos más principales y característicos, todavía, 
observados más de cerca, se hubiera notado entre aquellas ra- 
zas diferencias notables y profundas. No es esta una vana con- 
jetura: el mismo Estrabon, al descender á la descripción par- 
ticular de cada una de estas tribus, les atribuye costumbres y 
hábitos que los diferencian bastante de los demás septentrio- 
nales. De los galaicos, por ejemplo, dice que no tenían reli- 
gión ni culto de ninguna clase; y aunque es probable que los 
informes del geógrafo griego fuesen en esta parte inexactos, 
todavía las razas galaicas debían en esto diferenciarse mucho 
de las convecinas, que se nos pintan muy inclinadas al culto y 
á los sacrificios y hecatombes. 

Pero prescindiendo de esto, vemos por el texto que acabo 



42 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

de leer y por otros análogos que se encuentran tanto en este 
escritor como en otros de la antigüedad, vemos, digo, no sólo 
que el Gobierno de estas sociedades incultas debia estar, por 
decirlo así, en la infancia, sino que en los rasgos principa- 
les de su fisonomía era en mi concepto muy semejante al de 
los germanos y galos antiguos que nos describen César y Tá- 
cito. 

Esta observación que no he visto hecha hasta aquí, salta, 
sin embargo, á los ojos en la historia y debia ser conforme á 
las leyes sociales. Los bárbaros españoles confinaban con los 
galos, y éstos con los germanos, y las tradiciones antiguas de 
estos pueblos nos enseñan que se han mezclado entre sí mu- 
chas veces. Robertson ha establecido multitud de semejanzas 
entre los antig-uos germanos y las tribus de los actuales salva- 
jes americanos, y podemos decir que las mismas existen entre 
los antiguos españoles. Esto no debe admirarnos; la humani- 
dad en situaciones análogas produce siempre análogos resul- 
tados. Prueba insig*ne de que sú marcha y desarrollo está en 
muchos puntos sujeto á leyes, y prueba de que estas leyes del 
mundo moral son en gran parte fijas y estables. 

Veamos ahora el régimen de estos pueblos. 

Habia en ellos primeramente, el cuerpo de raza ó de la ciu- 
dad en su junta ó asamblea, concilium^ como le llaman los his- 
toriadores romanos. Esta asamblea decidia de los asuntos im- 
portantes y fallaba las causas capitales: de los asuntos meno- 
res decidían los Príncipes de la tribu. Este era también el ras- 
go principal de los Gobiernos germánicos. Asi dice Tácito: 
«De los asuntos menores deciden los Príncipes; de los mayo- 
res todos; se reúnen en dias determinados cuando les place á 
las turbas; van armados y después del Rey ó del Príncipe; se 
escucha á los demás según su edad, su nobleza y su valor en 
los combates. Si el parecer del que habla les desagrada, lo ma- 
nifiestan con gritos; si es de su gusto, golpean con las fra- 
meas. Pueden entablar acusaciones ante el concilio, y puede 
éste pronunciar sentencias.» 

En las Galias, á pesar de su constitución aristocrática, se- 
gún César sucedia lo mismo. «En España^ dice Titio Livio, 



LECCIÓN SEGUNDA 43 

los Icg'ados romanos, con arrcg-lo á las instruccionos que ha- 
bían recibido de Roma, i)asar()n do Cartag-o á líspaña para vi- 
sitar sus ciudades ó iuvilnr á sus liabitantes ;í coaligarso con 
ellos ó á separarse; de los cartagineses; y después de haberse 
abocado con los Bargucios, los que les acog-ieron favorablemen- 
te porque estaban cansados del yugo ])único, y después de ha- 
ber encendido en muchos })ueblos el deseo de cambiar de suer- 
te, pasaron á tratar con los volcianos, los cuales les dieron 
una respuesta, que hecha célcl)re en toda España, disuadió á 
los demás pueblos de la coalición con los romanos, porque le- 
vantándose en el concilio uno de los venerables ó ancianos, 
habló de este modo: «¡Cuan imprudente osadía es la vuestra, 
oh romanos, al venir á proponernos que demos preferencia á 
vuestra amistad sobre la de los cartagineses! ¿No recordáis que 
por haberlo hecho así los saguntinos fueron vendidos por vos- 
otros, que os llamabais sus amigos, y que os portasteis con ellos 
máscruelmente que sus enemigos los cartagineses? Buscad, 
buscad aliados donde se ignore el desastre de Sagunto; que á 
los pueblos de España las ruinas de esta ciudad servirán siem- 
pre de insigne y lüg'ubre monumento para que no se fien de la 
fé y de la alianza de los romanos.» En seguida mandaron á los 
legados de Roma que salieran del país de los volcianos, y no ha- 
biendo aquéllos conseguido de los demás concilios de España 
más benévolos ofrecimientos después de haber recorrido en va- 
no los principales, pasaron á las Galias, donde se ofreció á su 
vista una novedad que les causó espanto, porque los galos, se- 
gún costumbre de su nación, venian armados al concilio (1).» 
En otro pasaje Tito Livio nos presenta á Mandonio después 
de haber fracasado su rebelión contra los romanos, convocan- 
-do él mismo al conciUum para que renueve la sumisión á Ro- 
ma, y no aceptando los romanos más sumisión que la entrega 
del mismo Mandonio y de los demás Príncipes rebeldes, el con- 
cilio la decreta, se apodera de ellos, y los entrega á los rema- 



ní) Tit. Liv., librj XXI. 



44 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

nos. A SU vez los sagiintinos condenan á muerte á algunos'- 
Príncipes de su ciudad afectos á Cartago. 

Convocaban estas juntas los Príncipes, j ellos ó los ancia^ 
nos llevaban la palabra. Lo vemos comprobado en el último 
texto de Tito Livio^ á que nos hemos referido en el que Man- 
donio convoca al concilio, y también en el pasaje relativo á los 
valcianos, en cuyo concilio un anciano es el que les habla y 
provoca la decisión. 

Para la guerra elegían jefes de entre los de más considera- 
ción, nobleza ó valor. Así fué elegido Indívil; así fué designa- 
do Viriato. Reges ex nohílitate^ duces ex vlrtute siimunt, dice 
Tácito. 

La institución más singular de los germanos, era el com- 
promiso ó lazo personal de un Príncipe con sus ambacti ó clíeñ^ 
tes como los llama César, con sus comités como los denomina 
Tácito. 

Habia, dice, grande emulación por tener muchosyvjalientes 
comités; eran la dignidad en la paz, la defensa en la guerra, y 
el origen de gran consideración, no sólo en su razad tribu, sino 
apud flmtífrias cívitates. En la guerra era vergonzoso para el 
príncipe ser vencido en esfuerzo y valor por los comités; para 

estos el no igualar en estas cualidades al príncipe. «.Jam ve7'0 

* 

iiifame i)i omnem vitmn ac proirosmn swperstitem prlncipi suo 
ex acíe recessise: illmn defender e tiierí sua qiioquefor tía f acta 
ffloricB eJi'S asíg]iare, iwecipuum, sacramentum est. Principe pro 
victoria pugnan t comités piro prinape.» 

Esta famosa institución de que se supone derivarse el feu- 
dalismo que se desarrolló después de la invasión de estos pue- 
blos en el Imperio, se conocia y estaba en uso entre los españo- 
les en la singular institución de los devotos. Estrabon (libro 3), 
dice: «Es muy ordinario en los iberos consagrarse al jefe 
cuya amistad y causa adoptan hasta el punto de no poder 
sobrevivirle y de darse voluntariamente la muert'e.» 

Plutarco dice que muchos españoles se hicieron devotos de 
Sertorio, le salvaron en muchas batallas á costa de su vida, y 
después de su muerte se suicidaron dejando consignado en 
inscripciones que aun se conservan, tan singular hecho y eos- 



LKfCION R10(¡lJNl)A 45 

tuinhre. ViilciMo Máximo habla taiiibicu niuclio de olla coino 
de una institiuiion ])r()i)ia do los ospañolos. Ctisar la atri- 
buye tauíbiou á los ^"ilos coinarcaiiog do España. « Adcanta- 
110, dice, jofo suprouio do los soUatos^ sali(3 con íiOO decotos , á 
quienos olios llaman soldarios; la condición do estos devotos es 
ligarse con a(piellos cuya amistad abrazan por toda la vida , 
tanto para lo próspero como para lo adverso. Si á sus jefes les 
sucede alg'una desgracia, ó sucumben con di, ó se dan volun- 
tariamente la muerte. Y no hay memoria de hombres que se 
haya hallado alguno de ellos que se excusase de morir habiendo 
muerto aquel á cu^'^a amistad se había consagrado.» 

Sin llevar el empeño tan adelante , los príncipes y nobles 
tenian muchos clíeíites que los seguían a la guerra. Cuando 
Escipion devolvió intacta la esposa al joven Alucio (hazaña 
cuya alabanza prueba lo que era entonces la guerra y la con- 
quista), este príncipe se presentó á auxiliarle con 1.400 caba- 
llos, eleg'idos, según Tito Livio entro sus clientes ( delectu 
clkíítíum habito). 

En todas estas naciones había ya también una aristocracia 
más ó menos poderosa, que constituía lo que los historiadores 
romanos llaman Príncipes, ReguU y á veces Reyes: tales eran 
Alucio, Indívil, Mandonío, etc. La influencia de éstos se había 
apoderado en algunas ocasiones del mando supremo. Tito Li- 
vio llama á Mandonío vir iiobilis qiU antea ilergetiim R^gulus 
fuerat. De Coica dice ditodetriginta opidis regnanteiu, y ahora 
vamos á ver á Corvís y Orsua disputando en duelo judicial el 
señorío de la villa ó ciudad de Ibe, como heredado de sus an- 
tepasados. Polibio llama á Andabal tirano del país, y de Ace- 
duce cuenta que era de la primera nobleza por su sangre. 

Tácito dice que los germanos en la paz no tenian ningún 
magistrado común : los príncipes elegidos en la Junta ó Asam- 
blea administraban justicia por las barriadas ó pagos: en las 
ciudades de las Gallas donde influía la aristocracia, había ya 
Sewídos, es decir, alguna clase de ciudadanos que eran magis- 
trados permanentes. En España, ó á lo menos en la Celtiberia, 
sucedía lo mismo : el cónsul Catón, queriendo arreglar el me- 
dio de afianzar la paz y evitar rebeliones, convoca senatores 



46 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

omiiium cimíatum de la Celtiberia; y después de varios alter- 
cados hace arrasar todas las murallas de los pueblos. Este Se- 
nado, según todas las apariencias, se componia de los prínci- 
pes de las ciudades. 

No quiero llevar más adelante esta comparación : bástame 
hacer ver que es exacta y observar que quizá con lo que César 
y Tácito dicen de los g-ermanos y de los galos se pueden com- 
pletar las escasas noticias que tenemos de los españoles. Pero 
no omitiré con todo una especie ó noticia singular que contie- 
ne Tito Livio: el duelo judicial de la Edad Media,atribuido á la 
idea del juicio de Dios y al cristianismo, lo hallamos consigna- 
do en Tito Livio^ cerca de 200 años antes de Cristo, en Es- 
paña. 

«Algunos, dice este historiador hablando de los españoles 
vencidos, que no habian podido ó querido concluir sus con- 
troversias, determinaron, para terminar sus discordias, con- 
fiar su resolución á la espada, seguros de que la razón asisti- 
ria al que venciese ; y no fueron sólo hombres de condición 
oscura los que recurrieron á este medio, sino varones precla- 
ros é ilustres y parientes próximos entre sí como Corvis y Or- 
sua, los cuales, disputándose el principado de la ciudad de 
Ibe, terminaron la querella con las armas. Corvis era mayor 
de edad, y el padre de Orsua habia sido el último príncipe que 
habia ejercido el principado á la muerte de su hermano ma- 
yor; y queriendo Escipion terminar amistosamente la reyerta 
y calmar los ánimos, le dijeron que ya habian negado esto á 
sus comunes parientes, y que ni entre los hombros ni entre los 
dioses tendrian ya más juez que Marte. Era el mayor de los 
combatientes fuerte por su gallardía, el menor por su juven- 
tud, y deseando ambos morir peleando antes que someterse el 
uno á la soberanía del otro , no pudiendo nadie apaciguarlos, 
presentaron al ejército un gran espectáculo y un gran ejemplo 
al mismo tiempo de los males que la ambición y el deseo de 
dominar produce entre los hombres ; por último, el mayor, 
más astuto y más diestro en el manejo de las armas, abatió 
fácilmente los inconsiderados alardes de su joven adversario.» 
Y no filé sólo el duelo de Corvis y Orsua, como se ha creido 



LECCIÓN SEGUNDA 47 

goücralnuniic, sino í'uoroii taiubicMi ütro.s iiiuclios lus (jihí í\i- 
vioron lugar en estos tiempos, lo que prueba era una cos- 
tumbre arraigada ou aquellos pueblos. 

Hemos visto, pues, observando el r('giinen y costumljies 
primitivas de los pueblos septentrionales de líspaña qu(í te- 
nían un gobierno de razas guerreras, pueblos libres con jun- 
tas populares, príncipes y aristocracia, y guerras continuas. 
Kn tales condiciones, la resistencia á los romanos tuvo que ser 
y fud en efecto larga y gloriosa; pero al fin debian sucunil^ir 
y sucumbieron por falta de cohesión y de unidad. 

Como veremos al tratar de la conquista, así lo reconocen 
todos los escritores que tratan de estos sucesos. 



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LECCIÓN TEFíCEf^A 



España antes de los roiiiaiios.- 



Estado de estos pueblos antes de la venida de los fenicios: antiguas tradiciones 
de España.— Colonias establecidas en la Península: los fenicios: los griegos: los 
cartagineses. —Tres clases de pueblos en el Litoral: primera, las Colonias feni- 
cias ycartaginesas.- Idea del gobierno de Cartago según Aristóteles y l'olibio: 
gobierno aristocrático.— La Aristocracia: sus graduaciones y condiciones: per- 
fección de la aristocracia inglesa. — Gobierno de Cádiz y de Cartagena. —Legis- 
lación de los fenicios.— Segunda clase: la.s Colonias griegas; gobierno y pobla- 
ción de Ampurias según Tito Livio.— Tercera clase: los pueblos indígenas: su 
régimen y gobierno.— Conclusión y epilogo; resumen de este periodo. 



Los pueblos meridionales j orientales de España debieron 
hallarse, poco más ó menos, en el mismo estado en que hemos 
visto se encontraba el resto de los españoles antes de la llega- 
da de los fenicios: así lo dice Justino al hablar de los curetes. 
Pero con la venida de los fenicios comienza para ellos y para 
España una nueva era. Por la pobreza de su suelo, y por su 
situación en el mar mediterráneo , poseían los fenicios entre 
todos los pueblos orientales una civilización en alto grado ex- 
pansiva, y uno de los primeros países á que hubo e'sta de co- 
municarse en grande escala fué á España. 

España, en efecto, es uno de los pueblos de Occidente que 
primero se divisan en la historia; aparece en la noche de los 
tiempos y en los confines más remotos de la fábula con la 
realidad histórica, debiéndose esto principalmente á la bondad 
de su clima meridional, y á que en sus costas se hallaba el 
pasaje de las columnas de Hércules. Todas las tradiciones, 



50 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

todos los poetas é historiadores antiguos hablan en sus versos- 
de España; en ella colocan los Campos Elíseos y el país de los 
Bienaventurados; Velazquez ha reunido todas las tradiciones 
antiguas en que se comprueba esta observación. 

Los fenicios, los griegos y los cartagineses son, como es 
sabido, los pueblos que vinieron en este período á fundar co- 
-lonias en España. 

Los fenicios son los primeros que arriban á la Penínsu- 
la. Habitaban primitivamente las llanuras de la Caldea; culti- 
tivaban ya el comercio y las artes, y se hablan establecido en 
Siria 22 siglos antes de Jesucristo. La Fenicia ó tierra de Ca- 
naam, Palestina y Siria, según la Biblia, aparece en los pri- 
meros tiempos de la historia rica , populosa y en un estado 
muy adelantado de civilización material. En el Libro de Eze- 
quiel y en otros del Antiguo Testamento, se hacen grandes 
ponderaciones de la riqueza de sus ciudades. La invasión de 
los hebreos en Canaam (1452 antes de J. C.) seguida de la 
toma de Jericó, Itai, Gabaon, Jerusalen, Betel, etc., ciudades 
interiores, produjo grande impulso social. Los habitantes fu- 
gitivos se acogen á Tiro Sidon, Biblos,.Arade y demás ciuda- 
des litorales que rebosan en gente, y emigran por primera vez 
á fundar colonias al África, donde se establecen, al Ática, Pe- 
loponeso, etc. Son un pueblo pacífico que defiende mal su ter^ 
ritorio, y que se dedica casi exclusivamente al comercio. En las 
costas de España principian por fundar á Gades {C'káiT.) gadir, 
lugar cercadt), murado. Navegan por los rios, y señaladamen- 
te por el Bétis; se internan en el país con el que siempre vi- 
vieron al parecer en paz, y asocian España al movimiento de 
los pueblos civilizados antiguos. 

Los fenicios, después de la invasión de los hebreos, co- 
lonizaron y civilizaron la Grecia europea. Los habitantes 
de esta región navegan hacia el Asia, como lo revelan 
entre otras la famosa expedición de los argonautas , y el 
sitio de Troya. Familiarizados con el mar Egco, envian colo- 
nias al Asia menor, y se apoderan de la P]olia, Jonia, Dóri- 
da, etc. Por los años 1000 antes de J. C, estaba ya consti- 
tuida esta segunda 6 nueva Grecia Asiática, superior en civili- 



LECCIÓN TERCERA 51 

zncioii, ciilturay riqueza á la (Irecia Kuropoa. Homero, Tales, 
Herodoto, padres de la poesía, d(i la filosofía y de la historia, 
eran g-rieí^'os asiáticos, la arquitectura dórica y jónica, es de- 
cir, el fundamento del ornato, naci<) vu la Grecia Asiática. 
Rodas es la ciudad asiática cólebre en la navegación y por 
sus leyes. Rodas, como las ciudades catalanas en la edad me- 
dia, funda desde las Olimpiadas (776) á Rosas. Los de Samos 
pasan el Estrecho; los focenses se establecen en Marsella, y 
desde allí se extienden á España donde fundan á lím¡)oriuii, 
(3 internándose navegando por el P^bro, á Dianium, Dénia y 
otras dos colonias cuyos nombres se ignoran. 

A los griegos pertenecían también los pueblos más célebres 
que habitaban las costas de Valencia; allí poseian un terreno 
fértil cubierto de ganados y abundante en trigo y vino, dedi- 
cándose al trasporte de la mercaderías extranjeras por el rio 
Ebro. 

Los cartagineses vienen también á fundar colonias, pero 
al mismo tiempo á hacer conquistas, dando esto un nuevo 
aspecto á los sucesos. La relación original de una expedi- 
ción cartaginesa dirigida á fundar colonias, nos puede dar 
una idea de cómo se hacian estas expediciones. El cartaginés 
Himilcon emprendió viajes marítimos fuera de las columnas 
de Hércules, con el objeto de fundar colonias en la costa de 
España; pero su relación se ha perdido. Con el mismo objeto 
navegó Hannon á las costas de África, como se consig^na ve- 
mos en su famoso Periplo, y en el siglo v antes de J. C, fun- 
daron los cartagineses á Barcelona y á Cartagena. 

Todos estos extranjeros se mezclan con los naturales y los 
civilizan, aunque algunos de éstos, como los turdetanos, te- 
nían ya literatura, historias y poemas antiquísimos, gran ri- 
queza, adelantos en la naveg-acion, etc. 

Tres clases de pueblos había, pues, establecidos en el lito- 
ral de España: las colonias fenicias y cartaginesas: las colo- 
nias griegas y los pueblos indígenas. 

Las colonias fenicias formaban una especie de liga Anseá- 
tica á cuyo frente estaba Cádiz. A esta liga se unió Car- 
tago, y la arrastró en pos suyo por ser de un mismo origen y 



52 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

tener unos mismos intereses en sus querellas con las colonias 
g-rieg-as , especialmente con Marsella y con Roma aliada de 
estas. El gobierno de las colonias fenicias debia ser semejante 
al de Tiro y Sidon: no habia, sin embargo, establecidos 7'egu- 
los como habia en Fenicia; las colonias de los Estados mo- 
nárquicos siempre son repúblicas^ como en la actualidad su- 
cede en América. 

Del Gobierno de Cartago sabemos por los testimonios de 
Aristóteles y Polibio. Aristóteles dice que era una RepúiUca 
bene constitiita, semejante en muchas cosas á Esparta, y am- 
bas á Creta, que se diferenciaba de las demás. Añade que tie- 
ne muchas cosas bien ordenadas, y que es grande ventaja 
suya el que el pueblo permanece en su esfera y no ha hecho 
sediciones ni formado tiranos. Hay allí, dice, 104 Senadores 
sacados de los Optimates, que ejercen una autoridad semejan- 
te á los éforos de Esparta. Estos eligen dos Basüeos, Reyes 
ó Emperadores, y á los suffetes, elegidos según Tito Livio y 
Nepote, non secimdum genios^ sed sectmdum virtutem. Los suffe- 
tes y el Senado, continúa Aristóteles, estando acordes entre sí, 
llevan ó no, según lo estiman conveniente, los asuntos ante el 
pueblo; si están discordes, el pueblo decide soberanamente; y 
no sólo decide, sino que puede desechar los pareceres del uno 
y del otro poder y arbitrar por sí lo que estime oportuno, cosa 
que no sucede en ninguna otra república y está mal ordenado. 
Es verdad, añade, que se remedia este mal popular enviando 
á las colonias y ciudades dependientes una parte de la plebe; 
pero este remedio es de la casualidad, no de la ley depende, 
de la suerte y del poder accidental, no de la constitución es- 
table de la república, si falta la suerte y hay división entre el 
pueblo y sus magistrados, no hay remedio legal para estable- 
cer la armonía.» Rara sagacidad la de Aristóteles, sucedió lo 
que él temia, pues después de la segunda guerra Púnica, es 
decir, cuaado falta la suerte dominó el pueblo, según vamos 
á ver cuenta Polibio. Pero si la constitución de la república, 
concluye el estagírita, se inclina en esto demasiado á la de- 
mocracia, en otras cosas se inclina demasiado también al go- 
bierno, no de los Oj^timates, sino de los pocos.» 



LFCCION TKRCKRA 53 

Polibio (li(*o 1)01" su i);irto Iiablando de Cartag-o: «La repú- 
blica cartag'inesa estuvo al principio bien constituida; la auto- 
ridad principal era del Senado de los nobles y del Rey; el pue- 
blo la tenía en aquellas cosas que h) pertenecian. Así, bajo su 
aspecto general, era semejante á la romana. Pero desde la se- 
gunda guerra, Púnica se alzó Roma y descendió Cartago, y la 
razón fuó porque en Cartago con las revoluciones podia más el 
pueblo, y en Roma la mayor autoridad era la del Senado. Y 
por eso fueron mejores los acuerdos de los romanos que los de 
los cartagineses; por eso e'stos fueron y debieron ser vencidos » 

Vemos, pues, que Aristóteles y Polibio celebran los gobier- 
nos aristocráticos; y como esta es una de las preocupaciones 
de nuestro siglo, es necesario detenerse un poco á fijar las ideas 
sobre este punto. ¿Qué es aristocracia? En los escritores grie- 
gos antiguos con la palabra apstwv.aptaToc se designa general- 
mente el más fuerte física y materialmente. Homero, Hesiodo, 
y aun Sófocles, lo consideran así. Después, cuando la sociedad 
se desarrolla y prevalecen otras causas de superioridad, esta 
palabra griega designa el más poderoso, el más considerable, 
el más rico, pr¿?icipes, cualquiera que sea la causa de su poder 
ó de su crédito. Más tarde entre los filósofos la palabra «p'-jtoc 
depurada ya la idea de superioridad, significaba generalmente 
el mejor, el más virtuoso, el más capaz, la superioridad moral 
é intelectual, optimates. 

Así, pues, la fuerza física, la preponderancia social, la su- 
perioridad moral, esta es la escala de las graduaciones aristo- 
cráticas. Si vemos prevalecer la aristocracia de la fuerza, re- 
trocedemos; si la del poder social, adelantamos; si la de aque- 
llas clases que valen más moralmeiite, estamos en camino de 
la perfección. Sea esto un bien ó un mal, la aristocracia es in- 
extinguible; cortáis uno de sus vastagos, retoñan otros nue- 
vos. Así el distinguido traductor francés de Adams, decia en 
1792, fundado en esto, que sobre las ruinas de la aristocracia 
antigua nacería otra; y en efecto, algunos años después la 
fuerza se convirtió en aristocracia en los nuevos títulos y dig- 
nidades del imperio francés. 

No hay sociedad sin aristocracia: el objeto de las legisla- 



54 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cienes debe ser que la aristocracia que predomine sea la aris- 
tocracia moral, es decir, la de aquellas clases cuyas condicio 
nes de moralidad son mayores, y que las aristocracias tengan 
influencia, pero no mando despótico; esto es, que haya libertad 
pública. 

En Inglaterra la aristocracia tiene riqueza y poder social, 
pero esto no bastaria, como no bastó á las demás de Europa. 
Así es que se hizo mejor que las demás moral é intelectual- 
mente y se educa, ya para mandar los ejércitos, ya para go- 
bernar el Estado y hablar en el Parlamento ; á ella debe In- 
glaterra la serie de grandes hombres que la han ilustrado y 
han elevado tan alto su poder. Es además expansiva, se nutre 
de todas las ilustraciones de la nación; si no lo hiciera, pronto 
se formarian fuera de su seno otras aristocracias que dismi- 
nuirían su influjo ó le extinguirian. Para evitar esto, apenas 
sobresale algún Iiombre eminente en armas , elocuencia , g*o- 
bierno, etc., se le apropia y le introduce en su seno , y así se 
hace nacional, no de casta ó de privilegio. Está al frente de 
los dos partidos, el wigh (liberal) y el tory (conservador), y 
así conserva siempre la popularidad, que es otro elemento de 
poder. Y el resultado de todo es que Inglaterra es la región 
más libre , más adelantada y de más estabilidad de toda 
Europa. 

Volviendo ahora al régimen que hemos visto estaba esta- 
blecido en Cartago, diremos que en Cádiz habia un gobierno 
semejante. Tito Livio menciona expresamente los suffetes de 
Cádiz como los principales magistrados, y aunque su aristo- 
cracia se mantuvo siempre fuerte, el pueblo intervenia en los 
asuntos públicos hasta el punto de disculpar los suffetes con 
su influjo y decisión el haber roto la alianza cartaginesa y 
negado la entrada á Magon, general cartaginés. A éste, sin 
embargo, no debió parecerle admisible la disculpa, pues hizo 
morir en una cruz á los suffetes. 

Cartago Nova (Cartagena), aunque colonia dependiente de 
Cartago, tenía un gobierno parecido ; habia allí un jefe carta- 
ginés y no suffetes. Tito Livio dice que en la toma de Cartago 
Nova so apresaron quince senadores. 



LECCIÓN TERCERA. í)i) 

Es de presumir que entre los fenicios españoles hubiese 
las mismas leyes que entre los de Asia, de que hablan varios 
autores, pero sería muy difuso referirlas, y esto nos impediría 
avanzar á dpocas más ciertas y provechosas. 

La otra clase de pueblos litorales la constituian las colo- 
nias griegas : á su frente en Jíspaña estaba Ámpurias, y en 
todo el Océano occidental hacia cabeza Marsella. Así como los 
cartagineses se hicieron aliados de las colonias púnicas ó fe- 
nicias, así los romanos formaron alianza con los griegos, riva- 
les naturales en el comercio de los cartagineses y fenicios , y 
que formaban por sí otra liga ó ansa. Marsella, la principal y 
más poderosa colonia griega mercante, hizo alianza desde 
luego con los romanos como en España lo hicieron Sagunto y 
Ampurias , en cu^'o punto se recibe á los romanos al desem- 
barcar por primera vez en España , Rhodas ó Rosas }■ otras 
varias. Estas colonias griegas , principalmente las focenses, 
como por ejemplo Ampurias, tenian un gobierno semejante al 
de Marsella, que procedia del mismo origen. Hé aquí como 
describe este gobierno Estrabon (iv, 5). 

«La Constitución de Marsella, dice, con su forma aristocrá- 
tica puede ser citada como un gobierno modelo. Hay un pri- 
mer Consejo , que consta de 600 miembros vitalicios llamados 
timonques. Esta Asamblea es presidida por una Comisión su- 
perior de 15 miembros encargada del despacho de los asuntos 
ordinarios y presidida á su vez por tres de sus miembros, que 
bajo la dirección de uno de ellos ejercen el poder soberano. 
Para ser timonque es preciso tener hijos y pertenecer á una fa- 
milia que en el curso de tres generaciones haya poseído el de- 
recho de ciudadanía. Sus leyes son las leyes jónicas , y están 
siempre expuestas al público.» A su vez Cicerón (pro Olac- 
co 26) elogia en estos términos el gobierno de Marsella : «Mar- 
sella, dice, cuyo gobierno y costumbres se deben en mi con- 
cepto anteponer, no sólo á los de las ciudades de Grecia, sino 
también al de todas las demás naciones , está gobernada tan 
cumplidamente por el Senado de los príncipes ú optimates que 
sus instituciones , más que de imitación , son susceptibles de 
alabanza. » 



56 DEL GOBIEENO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Como se ve, habia allí Senado y pueblo, como en todas las- 
repúblicas de la antigüedad , pero prevalecian el Senado y la 
nobleza. En Sagunto, colonia délos de Zacinto (griegos), de las- 
islas Jónicas , sabemos que el Senado y el pueblo formaban el 
gobierno. Tito Livio cuenta á este propósito que Alosio , sol- 
dado de Aníbal, pero amigo de Sagunto, es introducido en el 
Senado submota celera multítiidinem : que el pueblo invadió- 
entónces el Senado y quedó así permistiim Senatus etyo])uli 
GoncíUum. Hay también una lápida en la que el Senatus ei jpo- 
piUus Saguntinorum ofrecen una estatua al emperador Claudio, 
lo que parece ser tradición de aquel pueblo confederado de Ro- 
ma, pues en las demás ciudades la corporación de los más pu- 
dientes se llamaba Ordo curia ^ Ordo decuriarum, etc. , i^evo 
nunca Senado , palabra que fué quedando para significar el 
Supremo de Roma, no teniendo ya por otra parte el ^opulus ó 
pleds autoridad ninguna. 

Tito Livio describe el gobierno y población de Ampurias- 
en estos términos: «En Ampurias, dice, habia dos ciudades- 
divididas por un muro , la una era de los griegos , oriundos, 
como los marselleses , de la Focia, la otra de los españoles. 
La ciudad de los griegos, que miraba al mar, tenía un muro- 
de poco menos de 400 pasos de extensión ,* en la parte de los 
españoles, la extensión del muro más retirado del mar era de 
3.000 pasos. Se agregó después á este territorio una tercera 
parte de habitantes colonos romanos, mandados por César 
cuando venció á los hijos de Pompeyo. Ahora viven todos con- 
fundidos, habiéndose otorgado la ciudadanía romana, primero 
á los españoles, después á los griegos. Mucho debia haber ad- 
mirado hasta entonces cómo pudieron sostenerse estos grie- 
gos, expuestos por una parte á un mar abierto, y por la otraá 
los españoles, nación fiera y belicosa. Custodia de su debilidad 
fué la disciplina, medio casi único de mantener el respeto y el 
orden entre la gente fuerte y poderosa. Así la parte de muro 
que daba al campo estaba muy bien fortificada, y no habia 
por aquel lado más que una puerta, custodiada siempre por 
alguno de los magistrados. Por la noche una tercera parte de 
los ciudadanos daba la guardia sobre los muros, no sólo para 



LECCIÓN TERCERA 57 

obíMlcccr á la ley 6 costumbre establecida, sino para velar vi";'!- 
laiido con tanto cuidado como si roiilniciite tuviesen el cnemi- 
g'O á las puertas. No recibian en I;i ciudad á ningún español, 
ellos mismos no salian sin muclia cautela; sólo por el mar 
tenían el tránsito libre. No pasaban nunca de la puerta que 
mira á la ciudad de los españoles si no eran bastante numero- 
sos, si no Ueg-aban próximamente á la tercera parte de los 
que la noche antes liabian custodiado los muros. Y la causa 
por que salian era porque á los españoles, poco prácticos en 
la navegación, les convenia comerciar con ellos, comprándo- 
les los artículos que venían de fuera embarcados, y exportan- 
do ó vendiéndoles los frutos de sus campos. El deseo de lograr 
esta recíproca ventaja hacia que la ciudad española estuviese 
siempre abierta á los griegos. Y e'stos estaban tanto más se- 
guros, cuanto que se amparaban á la sombra de la amistad 
romana, y aunque inferiores en fuerzas á los marselleses, les 
eran tan leales cómo éstos.» 

La tercera clase de pueblos litorales en este período es la 
de los indígenas : ésta se habia civilizado é ilustrado con el 
trato de los extranjeros y colonos. De los turdetanos dice Es- 
trabon, que tenian literatura y gramática, j que lo mismo te- 
nian gramática otros pueblos, aunque diferente de la de los 
turdetanos. De su civilización dan muestras aun hoy sus me- 
dallas de letras desconocidas, su comercio, navegación, ri- 
queza, etc., seg'uu se puede ver en nuestros historiadores. Su 
gobierno parece que era bastante semejante al de las colonias, 
por lo menos guardaban analogía en haber ya formado cuerpo 
los nobles ó p'íncipes y constituir una especie de Senado. A ve- 
ces tenian reyes ó caudillos de grande autoridad, y de aquí 
vienen las tradiciones de Argautonio , Gargoris, Abides, los 
Geriones y otros de que hablan Justino y los escritores griegos. 

Deduciendo, pues, para terminar, la conclusión que resulta 
del estudio de este período, vemos que entonces España tenía 
unidad: que se gobernaba por razas : que su estado en el in- 
terior y el Norte era distinto del del Mediodía y el Oriente: que 
se componia toda ella de pueblos libres , porque predominaba 
ya mucho en esta época el gobierno y la influencia de los prin- 



58 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cipales de los optimates. España en este estado, no podia nun- 
ca elevarse como nación. Para esto era necesario serlo real- 
mente y tener la unidad debida, y para conseguir este objeto 
habia que acabar con la vitalidad de las razas y con la fuerza 
délas localidades; habia que hacer convergentes á un punto 
todos los elementos de la vida social. Esta empresa , aunque 
con miras interesadas, fué la que llevaron á cabo los romanos, 
pero acabando con la libertad é independencia de los pueblos 
españoles. Para recuperarla fué precisa, como veremos en las 
lecciones sucesivas, otra revolución, otra conquista : la que 
trajo consigo la venida de los godos. ■ 






LECCIÓN CUAF^TA 



Doiiiiiiiieioii i'oiiiaiiii. — la coiKiiiisla. 



Importnncia del periodo de la dominación romana en España.— Idea sucinta de 
Roma y t>u gobierno. —Plan de las lecoion-^s consagradas al estudio del 
período romano en España. — !. a conquista: diferencias entre de las conquistas 
antiguas y modernas.— Caracteres de las conquistas en los tiempos antiguos y 
en especial de la conquista de líspaña por los romanos. —Resumen histórico de 

■ esta conquista: guerras de Sertorio: carácter y política de este caudillo.— 
Guerras cantábricas: sumisión de España. —Enumeración y descripción de los 
principales medios de conquista empleados por Roma en España- 



El seg'undo período en que liemos dividido la historia del 
gobierno y legislación de España, ó sea el de la dominación 
de los romanos, tiene grande importancia. Primero, porque 
€n él se acabó con la fuerza y vitalidad de las razas de las lo- 
calidades, y se estableció en cierto modo la unidad nacional 
de la Península, obedeciendo en su consecuencia á unas mis- 
mas leyes, teniendo una misma religión y hablando una mis- 
ma lengua: segundo, porque entonces se establecieron leyes 
é instituciones que aún duran después de tantos siglos, que 
atravesaron tantas revoluciones, y prevalecieron contra las 
invasiones délos godos y de los árabes. En este tiempo tam- 
bién se introdujo la lengua que aún hablamos con poca va- 
riación, y al observar que este fenómeno se verifica en la 
mayor parte de Europa, no podemos menos de preguntar- 
nos: ¿qué pueblo es este que no sólo conquista una gran 



60 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

parte del mundo, sino que tan profundamente lia impreso en 
ella el sello de sus leyes, de su literatura y de su lengua? 

Daremos una idea sucinta de Roma y de su gobierno, sin 
perjuicio de los pormenores en que habrá que entrar en lo 
sucesivo. Roma era una ciudad independiente, una municipa- 
lidafi, mejor dicho, un Concejo libre, domo serían los de Es- 
paña en la edad media suprimida la dependencia del poder 

9 

real; como lo eran lis ciudades anseáticas sin el lazo federal 
que las une; como lo eran las demás de Italia en aquel tiem- 
po; como lo fueron, según hemos visto , las de la España pri- 
mitiva. Su gobierno era municipal, predominando en él la 
aristocracia, pero la Asamblea popular tenía gran autoridad. 
Por su carácter guerrero subyuga el pueblo romano á todas 
las demás ciudades en Italia; empieza á dirigir sus miras fue- 
ra de esta Península; lucha con Cartago, y hace alianzas con 
las colonias griegas contra los cartagineses en España, con 
motivo del sitio de Sagunto por Anníbal y de la destrucción de 
esta colonia, desembarca Escipion en Ampurias, se une con 
los españoles enemigos de Cartago , y después de varios y no- 
tables sucesos conocidos de todos, arroja á los cartagineses de 
España. Los españoles comprenden por fin que los romanos 
quieren dominarlos, y comiénzala resistencia que dura 200 
años. Al cabo de ellos Roma establece su completa dominación 
en la Península, é introduce la legislación, el gobierno y las 
instituciones cuya historia vamos á trazar, y que duran hasta 
principios del siglo v después de J. C. 

Para proceder con el método posible al recorrer campo tan 
dilatado y tan lleno de interés, trazaremos de antemano el 
plan que pensamos seguir al hablar de la dominación roma- 
na en España, dando una idea general que sirva siempre para 
enlazar entre sí los pormenores á que hemos de descender. 

Principiaremos por hacer una reseña sucinta, y en cuanta 
conduce á nuestro propósito, de la conquista romana en Es- 
paña. Sin conocer este hecho importante que , como hemos 
dicho, duró nada menos que 200 años, sería imposible com- 
prender las instituciones que de él se originaron. 

Entraremos después en el examen de la historia del go- 



LKfClON CUARTA 61 

biorno romano cu l^ispafia, que tiene dos partes. La liistoria 
del g'obierno supremo ó político de l<]spaña y sus provincias 
ejercido por magistrados romanos, y la historia del g'obicrno 
interior ó municipal de las ciudades ejercido por sus curias y 
magistrados municipales. 

]<]n la primera parte trataremos sucesivamente: de las di- 
versas autoridades supremas que hubo en la Península duran- 
te la dominación romanía, de sus agentes y de su autoridad, 
según las alteraciones que sufrieron la república y el imperio; 
de la división del territorio español en provincias, conventos 
jurídicos, etc.; de la administración de justicia y del drden ju- 
dicial; del sistema militar, y de las colonias militares, legio- 
nes y presidios; de la administración económica y de las leyes 
sobre impuestos, cor^ercio, industria y navegación. 

En la segunda parte, relativa al gobierno municipal, tra- 
taremos: del diverso derecho de los pueblos de España, según 
eran, colonias, municipios, ciudades confederadas ó estipen- 
diarlas y demás progresos hacia el sistema común de unifor- 
midad entre todos ellos establecido en tiempo de Antonino Ca- 
racalla; de la administración municipal y de los duumviros, 
defensores, curias, decuriones y demás magistrados municipa- 
les; de la decadencia y opresión de las curias ó corporaciones 
municipales y de la influencia de esta opresión. 

Terminado el examen del gobierno é inslituciones refe- 
rentes al orden político , pasaremos á hablar de la legisla- 
ción, en cuanto esta se relaciona con el orden social y el 
derecho privado; pero fácil es de advertir que á estas explica- 
ciones debe necesariamente preceder no sólo, como hemos di- 
cho, la reseña del gobierno político, sino una exposición su- 
cinta del estado de la sociedad y de su ilustración y cultura. 
Así trataremos previamente: del estado particular y social de 
los ciudadanos y de sus hábitos y costumbres; del estado de la 
propiedad territorial, del comercio, industria y navegación; 
del estado de las bellas artes, de la literatura, lengua, etc., y 
de la enseñanza pública; de la religión pagana; del cristianis- 
mo, de su introducción y progresos en la Península, etc. 

Dada esta idea sucinta del estado de la sociedad y de su 



62 DEL GOBIERNO \' LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

civilización, pasaremos ya á tratar más especialmente de la 
legislación, y en estas explicaciones hablaremos: de la histo- 
ria de los diversos Códigos romanos hasta el Código Teodosia- 
no, último de esta nación que tuvo autoridad en España; del 
espíritu, desarrollo y último estado de la legislación, en cuan- 
to se refiere á las personas, las cosas ó bienes, al modo de ad- 
quirirlos, los delitos y penas, sin olvidarlos delitos religiosos. 
Y finalmente, para preparar la entrada del período siguiente 
que abraza la conquista y gobierno de España por los godos, 
presentáronlos en un resumen la idea general del estado pro- 
gresivo del gobierno, de la sociedad y de la legislación hasta 
la irrupción de los bárbaros del Norte. 

Según este plan, debemos comenzar ahora por la con- 
quista. 

La conquista de una nación es siempre un hecho profundo 
y trascendental, y lo es más según que son más bárbaras las 
naciones entre las cuales se verifica. En la actualidad una con- 
quista no trae, sin embargo, consigo ni una mínima parte de 
los trastornos de las conquistas antiguas. Hoy una conquista 
apenas significa otra cosa que sustituir un gobierno á otro go- 
bierno, el gobierno del conquistador al gobierno del conquis- 
tado. Las leyes, la fortuna, el estado, y aun la influencia so- 
cial de los particulares, queda casi la misma. 

No sucedía así en los pueblos antiguos, que eran más fero- 
ces, y en los que peleaba la masa de la población, y no como 
ahora una pequeña parte de ella ordenada en milicias. Se pe- 
leaba generalmente por desposeer, esclavizaryáun exterminar 
al pueblo atacado. 

No se reconocía el jus belli ni ningún derecho al vencido, 
y todo era lícito contra él. Una conquista era por lo común un 
trastorno completo del orden público y social del Estado y de 
la fortuna de los particulares. Esto explica también la barba- 
rie y ferocidad de las resistencias. 

Hoy que el derecho de gentes y las costumbres han intro- 
ducido inás suavidad y dulzura, podemos con dificultad for- 
marnos idea de una conquista antigua y de aquellos actos fe- 
roces, cual era, aun entre los romanos, exterminar toda una 



LKCCION CUARTA C/S 

raza ó pueblo, trasladándola do su país natal á otro muy dis- 
tanto, vcndorla como osclava, despojarla de sus tierras y re- 
partirlas á los soldados, hacer á los pueblos do las montañas 
abandonar sus habitaciones y fijarlas en las llanuras. Como 
tampoco podemos comprender bien aquellos actos de resisten- 
cia desesperada de que nos dejaron ejemplo Sag-unto, Numan- 
cia, los cántabros, etc., en que se les ve incendiar sus habita- 
ciones y morir en ellas y darse voluntariamente la muerte an- 
tes que rendirse. 

Estos hechos dan á una conquista antigua un carácter pro- 
fundamente diverso de las modernas; la hacen un aconteci- 
miento mil veces más hondo, trascendental y perturbador. 

Pues bien: todos los hechos que acabo de referir se han ve- 
rificado en más ó menos dilatada escala en la conquista de Es- 
paña por los romanos, á pesar de que éstos, como observa un 
ilustre escritor moderno (1), adoptaron en sus conquistas un 
sistema diferente del de los pueblos antiguos, que por lo ge- 
neral invadían el suelo ajeno para establecerse en él y buscar 
una patria en que vivir, y exterminaban ó esclavizaban á los 
antiguos habitantes; los romanos, que volvían siempre á Ro- 
ma y que sólo querian dominar, se contentaban con tomar las 
medidas conducentes á este objeto. 

Pero si las conquistas iban acompañadas siempre de cala- 
midades y trastornos, en la de España debieron concurrir aún 
mucho más estas circunstancias. Las Gallas, la Grecia, la Eri- 
tania, la Siria, etc., fueron dominadas rápidamente. César solo 
conquistó las Gallas; pero en España tardó doscientos años, y 
fueron en este período tan variados los sucesos y vicisitudes, y 
tan permanente el uso arbitrario de la fuerza, que la conquista 
romana ha debido dejar entre nosotros huella más profunda 
que entre los demás pueblos. 

Hagamos ahora un resumen histórico de esta conquista en 
la Península. 



(1) Guizüt, Essiús sur Vhist. de Frunce, I. 



64 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 



Alianza con las colonias g-riegas y coa los celtiberos: Expulsión délos cartagine- 
ses: Los españoles reconocen los intentos de los romanos: Indibil y Mandonio 
se alzan y son vencidos: Guerra Celtibérica: Guerra lusitínica: Viriato: :^u- 
mancia. 

La caída lamentable de Numancia consternó á los es- 
pañoles; se reconoció la inutilidad del valor contra los es- 
fuerzos de un pueblo poderoso y constante en sus resolucio- 
nes, y toda la Península se sometió á los romanos, á excep- 
ción de las provincias septentrionales, cuya pobreza y fero- 
cidad las habian hasta entonces libertado del yugo extran- 
jero. El amor á la independencia ardia sin embargo en todos 
los corazones^ y convencidos de los inconvenientes de la des- 
unión, deseaban con ansia que se les presentase una opor- 
tunidad en que pudiesMi marchar al combate bajo una mis- 
ma bandera. Cincuenta años duró esta paz simulada y esta 
engañosa tranquilidad; hasta que las divisiones intestinas de 
la república la turbaron, y hasta que el fuego de la discordia 
civil vino á encender la oculta ruina. Mario y Sila se habian 
disputado el mando de la república con un furor sin ejemplo; 
después de haber hecho correr rios de sangre en los combates, 
las horribles proscripciones decretadas por el vencedor Sila 
• contra los partidarios de Mario esparcieron el llanto y el ter- 
ror por todo el imperio. La persecución, como acontece casi 
siempre, engendró la desesperación , y la desesperación la re- 
sistencia; tal fué el origen de la guerra con Sertorio. Habia 
sido este personaje uno de los principales partidarios de Mario; 
puesto su nombre en las tablas de proscripción, se habia visto 
obligado á andar errante y oculto en el África, en las Baleares 
y otros puntos, sin hallar en ninguno seguridad ni sosiego: 
noticioso , por último , del descontento de los españoles , corro 
á refugiarse entre ellos, ardiendo en deseos de venganza. Los 
valerosos españoles, dice el historiador Floro, fácilmente se 
avinieron con el valeroso Sertorio. Le eligieron por su general 
y caudillo, y bajo su mando se elevaron á un grado tal de 
poder que durante varios años, según afirma Veleyo Patércu- 
lo, se dudaba cuál de las dos naciones, si la romana ó la espa- 



i.iornox riiARTA í>5 

ñola, ora mits ixxlcrosa, y cuál siijotaria ;i la otra á su ¡ni])C- 
rio. S(M'tori() no (mm solainiMitc un ^-ran cai)itan; era además un 
lionihro de Kstado consumado; no se contentó por lo mismo 
con crear ejc^^rcitos que peleasen con los de Koma, sino quo 
opuso á dsta un nuevo gobierno, en todo parecido al de aque- 
lla república: España tuvo entonces un Senado, tribunos, 
prefectos y pretores y todos los demás mag-istrados necesarios 
para la constitución de un g-obierno regular, que fuese el cen- 
tro de todas las operaciones y que alejase de Sertorio cualquie- 
ra sospecha de ambición personal, lín los ejércitos introdujo 
la disciplina militar de los romanos , como habia introducido 
su gobierno en las provincias, y lo que es aún más notable, 
estableció escuelas y academias en que fuese educada la ju- 
ventud española en las artes de la paz j de la guerra. De este 
modo consiguió reunir bajo una misma obediencia la mayor 
parte de los pueblos independientes de España y creó, por de- 
cirlo así, una nación. El sagaz gobierno de Roma conoció 
al momento todos los peligros á que le exponía la nueva orga- 
nización de los españoles, y se dispuso á hacer los mayores 
<3sfuerzos para conjurar la tempestad. Pero Sertorio afianzó su 
dominación con repetidas victorias alcanzadas sobre los ejér- 
citos más numerosos de la República, mandados por los dos 
lamosos generales Mételo y el gran Pompeyo; los derrotó en 
varias ocasiones, entusiasmó á los pueblos, los interesó en la 
registencia, se ligó con los reyes y naciones aun independien- 
tes, y logró dar consistencia y solidez al gobierno que presi- 
dia. Todo hacia esperar que en España encontraria la huma- 
nidad un rival de Roma v un baluarte contra la esclavitud 
universal con que la amenazaba la ambición insaciable de 
aquella orgullosi república. Pero estas esperanzas desapare- 
cieron desgraciadamente bien pronto; Roma, que conoció toda 
la extensión de Sus peligros y que para lograr sus intentos ja- 
más examinó la moralidad de los medios, hizo asesinar á Ser- 
torio, y consiguió de este modo dar en tierra con el edificio de 
que aquel insigne general era el cimiento y la clave. Con la 
muerte de Sertorio faltó el principio de la resistencia, cesando 
la unión que ya no fué posible consolidar, y la lucha espiró 

5 



66 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

con SU Último aliento como en tiempo de Viriato ; la resisten- 
cia se hizo entonces como antes, aisladamente, j tuvo los mis- 
mos resultados , como se vio en la de los cántabros y astu- 
rianos. 

Después de la muerte de Sertorio toda España, fuera de la& 
provincias septentrionales, se sometió al vencedor, y aunque 
sus campos se vieron muy luego teñidos otra vez en sangre y 
se dieron sobre su suelo terribles y obstinadas batallas, en 
ellas no se trataba ya de sostener ú oprimir la independencia 
española; saber quién había do mandar en Eonia, si César y 
sus parciales ó Pompeyo y los suyos, era el objeto de tan san- 
grienta lucha. España era un campo de batalla en el qne los 
diversos partidos en que ardía la República se disputaban el 
poder; pero para los españoles el éxito del combate era ó debió 
haber sido bien indiferente. César fué el vencedor, y sepulta- 
dos en Munda los últimos restos del partido de Pompeyo, que- 
dó aquel caudillo arbitro supremo de los destinos de Roma. 
Después de su muerte, Octaviano Augusto, como hemos visto, 
le sucedió en la principal autoridad; y declarado más adelan- 
te por la disolución del triunvirato jefe único y supremo del 
imperio y desembarazado de todos sus enemigos interio- 
res, la situación de España no pudo menos de llamarle la 
atención. 

La libertad española se habia refugiado á las ásperas mon- 
tañas del Norte, y no podía haber buscado mejor asilo; tres 
pueblos generosos y valientes, los gallegos, los astures y los 
•cántabros la guardaban en sus reducidos límites y esperaban 
una ocasión favorable para extenderla por las demás provin- 
cias de España, que tenía vueltos sus ojos hacia aquel rincón 
aguardando de él su salud. El sagaz Octavio supo apreciar 
el peligro en que la libertad de los cántabros y asturianos po- 
nía á España y aun tal vez al Imperio, y se dispuso á acome- 
ter á estos pueblos. Convencido de la importancia do la em- 
presa, no quiso fiarla á nadie y pasó el mismo á dirigir la 
guerra en persona. Cinco años duró esta nueva y sangrienta 
lucha, y no es fácil calcular cuál hubiera sido su término y 
resultado, sí aquellos tres pueblos hubiesen sabido unir y en- 



LKCCION CUARTA 67 

lazar sus esfuerzos; poro incapaces ])()r su rudeza de combinar 
un plan arre<»lado de defensa, S()lo s;il)iaii morir con lasi arniag 
en la mano y llevar á todas partes la desolación y la muerte. 
K\ éxito, pues, de la contienda no ])odia ser dudoso; sus di- 
ficultades y peligros dis<^ustaron con todo á Octavio, quien 
desesperanzado de obtener el fácil triunfo que se habia pro- 
puesto, se retinj á Tarragona, donde enfermó de pesar, y la 
guerra fué confiada a sus generales. Agripa acometi(5 á los 
cántabros, los cuales , después de la resistencia más heroica y 
desesperada, reducidos á la extremidad, se dieron á sí mismos 
la muerte, prefiriendo un fin tan desastroso á la humillación 
de sujetarse á los romanos; la misma resolución tomaron los 
gallegos, cercados y estrechados por Firmio y Antistio en el 
monte Medulia, y sólo faltaba reducir á los astures, á quienes 
no atemorizaba la catástrofe de sus vecinos. Publio Carisio se 
dirigió contra ellos; dividiéronse los astures en tres cuerpos, 
esperando fundadamente envolver y sorprender á Carisio; pero 
vendidos por sus confederados los tregecinos, que dieron se- 
creto aviso á los romanos, se vieron divididos, envueltos y sor- 
prendidos por sus enemigos, que causaron en ellos una espan- 
tosa matanza. Sus restos se refugiaron á la ciudad de Lancia, 
donde después de una heroica resistencia y viéndose des- 
amparados de toda España, se rindieron á los romanos. Así 
feneció la terrible y obstinada lucha de los españoles contra 
los romanos; lucha en la cual fueron tan varios los sucesos 
y los trances tan dudosos, que en los 200 años de su duración 
hubo muchas ocasiones en que la independencia española 
pareció sostenerse contra el torrente impetuoso que llevaba 
la esclavitud por el mundo entero. Los mismos escritores ro- 
manos hablan de esta lucha con admiración , y ningún es- 
pañol puede leer sin un sentimiento de org'ullo nacional el si- 
guiente pasaje de Veleyo Patérculo : «Doscientos años , dice 
este historiador, se peleó en estas provincias con un derrama- 
miento increible de sangre : en aquellas guerras perdimos 
ejércitos y generales , y lo que es más terrible , nos cubrimos 
en muchas ocasiones de infamia y deshonor, habiéndose visto 
más de una vez al Imperio por su causa al borde del prccipi- 



68 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cío. Las provincias de España fueron las que acabaron con los 
Escipiones, las que en tiempo de Yiriato fatig-aron por 20 años 
á Roma con gran mengua; las que durante la guerra de Nu- 
mancia hicieron temblar á todo el pueblo romano; las que 
obligaron á Q. Pompeyo á una capitulación yergonzosa, y á 
Hostilio Mancino (aquel cónsul con tanta ignominia entrega- 
do) á un tratado aun mucho más vergonzoso; las que hicieron 
perecer á tantos cónsules y pretores, y finalmente las que ele- 
varon á Sertorio á un grado tal de poder, que durante cinco 
años no se supo cuál de las dos naciones era la más poderosa, 
si la romana ó la española, y cuál lograria someter la otra á 
su imperio.» 

Así sucumbe España, ensangrentada, mutilada, á los pies 
del vencedor. Así acabaron los gobiernos locales y la yitalidad 
de las razas. 

Veamos aliora los medios de conquista usados por Roma 
en España. Fueron e'stos sucesivamente la alianza con los 
pueblos, con las colonias griegas, con Cádiz, que se opuso á 
admitir la prefectura romana, y con otros pueblos del Medio- 
día que Estrabon dice se iban haciendo romanos aprendiendo 
la lengua de Roma. Con los demás pueblos de la Península 
hicieron también alianzas, pero éstas duraban poco. 

La fundación de colonias, fué otro de los medios más pues- 
tos en práctica por la política de los romanos para extender 
y asegurar su imperio; así decia Séneca {De consolat. 7.): Hic 
denique 'populas quot colonias in provintías mis si t? Ubiciim- 
que vicit Romanum haditat. Las colonias se establecian gene- 
ralmente, á lo menos al principio, en ciudades á propósito, 
desalojando á los antiguos habitantes ú obligándoles á partir 
sus casas, tierras y posesiones con los colonos. Virgilio, al ha- 
blar de Mantua, hecha colonia romana, describe las grandes 
calamidades que sufrieron sus habitantes. Conviene observar 
á este propósito que hubo gran diferencia en los tiempos an- 
tiguos entre las colonias griegas que se separaban de la me- 
trópoli y las romanas que afianzaban al contrario su domina- 
ción. Consistía esto en que la colonia latina siempre era más 
6 menos partícipe del jus romamim, siempre era romana. El 



LECCIÓN CHA UTA 69 

colono í^'i'ic^'O, Jil contra rio, vvii traíjulo [)()r l;i iii(;tr(')|)()]i con 
(losi)roc¡() y dureza, y casi nunca podia recobrar el rang-o y 
clase (lo ciudadano do (.[uo. hahia disfrutado su padn;: así se su- 
blevaba y se separaba de su denominador. Entre las colonias 
de Kspaña, la primera fu(^ Cartagena, colonia latina fundada 
en el año 171 antes de Jesucristo. Tito Livio consigna el mal 
trato que se dio á los antig-nos liabitantes; lo mismo sucedió 
en Córdoba, que fuó la primera colonia romana; les quitaban 
hasta el nombre antig-uo, pero prevalecía por lo general sobre 
el nuevo. 

Entre los medios violentos de conquista encontramos los 
siguientes: 

Destrucción de ciudades. Hemos visto á Catón en la Celti- 
beria arrasar en un dia los muros de muchísimas ciudades 
que eran ricas y florecientes sogun Plutarco, que se refiere á 
Polibio. El pretor Sempronio (568 a. J. C.) destruyó 300 pue- 
blos según Estrabon; según Floro 150; y Pompeyo, en los tro- 
feos que colocó en el Pirineo, aseguró haber tomado desde los 
Alpes al fin de la España citerior 846 pueblos. 

Matanzas y destrucción de pueblos. Sin contar con las des- 
* trucciones y matanzas de la guerra, Galba degolló á traición 
á 30.000 lusitanos que habían venido á e'l en son de paz , y 
llamados al efecto , vendiendo además otros muchos: Catón, 
puso también en venta pública muchos habitantes de los pue- 
blos bergitanos ó del distrito de Berga y de otras partes; cán- 
tabros, astures y galaicos se dan la muerte en gran número 
para evitar tan triste suerte. 

Las matanzas en las guerras, inmensas según Tito Livio, 
que escribía teniendo á la vista los partes originales, podrían 
ser exajerados y jactanciosos, como los de ahora, pues si se 
suman los muertos ascienden á un número increíble, pero 
siempre prueba que serian bastantes. 

Traslación de los liabitantes de un país á otro. Estrabon 
nos habla de muchos pueblos trasladados así; los celtas y lu- 
sitanos habitaban cerca del Guadiana, trasladados allí desde la 
otra parte del Tajo; á los habitantes de Jere'i se les pasó á 
África, ocupando su ciudad colonos italianos; á los astures 



70 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

y g-aláicos, se les obligó á trasladar sus pueblos de la montaña 
á la parte llana, y así á otros muchos. 

Despojo de la propiedad territorial. Después de lá con- 
quista se confiscaban las tierras en gTan parte, dejándolas 
unas veces mediante un canon á los antiguos propietarios , y 
poniéndolas otras en arrendamiento. 

Tales fueron, entre otros, los medios empleados en la con- 
quista de España por Roma, y ellos bastan para revelarnos el 
profundo trastorno que padeció la sociedad en esta época. Así, 
ya no se ven más aquellas naciones enérgicas como Numancia 
y Sagunto, ni aquellos pueblos célebres como los celtíberos, 
lusitanos, cántabros y astures : se acaba la pública libertad, 
se acaba la vitalidad de las razas y de los pueblos; todo se 
iguala, todo se nivela y se allana, y todo facilita el estableci- 
miento del gobierno romano y de su legislación , como más 
adelante veremos. 



^ 






].ECCION QUINTA 



Goliieriio pulítico.— Aiigiisl». 



Extensión y apogeo del poder de llonia.— Dos épccas en el gobierno político d^í 
Boma en España— España, provincia romana en tiempo déla repViblica: los pre- 
tores. —Revoluciones interiores de Konia que dan lugar á la creación del impe- 
rio: l")s gracos, Vario y Sila, Tesar y Pompcyo: Augusto —Consecuencias dees- 
te cambio: provincias del Emperador y del Senado.— Divisiones territoriales de 
España.— Diferencias de organización entre el gobierno de la Bética y el de las 
provincias imperiales: procónsules y legados: gobernadores de las provincias, 
sus facu'.tades. —Tribunal del pretor.— Conventos jurídicos: te.«tinionio dePlinio. 
— Sistema judicial romano en España.— Prefectos delegados de los gobernado- 
ras. —.\pelaciones: cuesto:-es ó procuradores.— Agentes del fisco.— Extensión de 
su autoridad. —Frumentarios. 



En la locciou anterior liemos visto cómo se quebrantó la 
unidad de las razas, veamos ahora cómo se estableció la uni- 
dad social, cosa más difícil, pues como dice Floro á este pro- 
pósito: «Plus est ¡)rovíncíam rctiiiere quam faceré.» 

Cuando los romanos vinieron por primera vez á España, su 
dominación apenas se extendía fuera de los límites de Italia, 
pero durante los dos siglos de la lucha con los españoles so- 
metieron á su mando una gran parto del mundo entonces co- 
nocido ; Italia y sus islas, África, Grecia, la Iliria y el Asia 
IM^enor, Siria, Egipto, la Germania y las Galias liabian sido 
sucesivamente subyugadas y agregadas al inmenso imperio 
romano; las fuerzas de este coloso fueron las que los españo- 
les, divididos y sin formar cuerpo de nación, supieron contra- 
restar durante doscientos años. Tan grande es el poder de los 



72 DEL GOBIEUNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

pueblos cuando se resuelven á defender su libertad é indepen- 
dencia. 

Con la sumisión de los cántabros y asturianos concluye la 
guerra de España. En Roma se celebra con solemnidad este 
acontecimiento, que deja en paz al mundo entero, se cierra 
con gran ostentación el templo de Jano, y la humanidad se 
dispone á emprender nuevas vías. Entretanto España entra 
toda ella en el imperio romano y forma una de sus provincias: 
su historia no le pertenece ya, y debe estudiarse en la de aquel 
inmenso pueblo. Allí se verán las revoluciones por qae pasó, 
concurriendo todas ellas á los profundos designios de la Pro- 
videncia. Unas veces el imperio se vé gobernado por los más 
atroces tiranos; otras por soberanos relativamente recomenda- 
bles y justos. A bis guerras civiles más terribles y desoladoras 
sigue la trasformacion lenta é irregular de la república y del 
imperio de Roma, en una inmensa monarquía casi hereditaria 
en laque se confia el mando, con frecuentes excepciones, á una 
sola familia con arreglo á leyes determinadas y ciertas, y se 
ostenta en todo la mayor unidad, creándose como consecuencia 
de ella la civilización más portentosa. Entretanto el imperio ro- 
mano se convierte, por una variación digna del más profundo 
estudio, en el mundo romano; las diferencias de curias, prefec- 
turas, municipios y colonias desaparecen sucesivamente; la 
ciudadanía romana, privilegio antes de una sola ciudad, se 
hace universal ; en el mundo romano cesa toda desigualdad y 
diferencia de territorio, y llega así á constituirse un gran Es- 
tado de lo que antes eran solamente los dominios de una ciu- 
dad. Urhem fccisti qucE prius ovhis erat. 

Hemos dicho que habia que estudiar dos partes en el go- 
bierno de España como provincia romana. 

Primera: el modo como Roma regía la Península por me- 
dio de sus autoridades. Segunda : el aspecto y régimen inte- 
rior de sus pueblos, según eran colonias, federados ó conquis- 
tados. En la primera división hay que considerar dos épocas. 

Hasta Diocleciano y Constantino la primera, y desde Cons- 
tantino hasta las invasiones de los bárbaros la segunda. 

El modo como desde Roma se gobernaba este inmenso im- 



LECCIÓN QUINTA 73 

])rr¡ü es, por más (|uc ofrezcn. puiitotí muy coiisuriiljlcs , muy 
• (li^iio do admiración, i)r¡iicii)almontc si se atiende á que todo 
el imperio estaba compuesto de ciudades , de localidudtiH, ¡jo- 
dcrcs excéntricos á quienes dejal)an su «^ohierno ¡nt(!rior. Ha- 
bia, pues, dos clases de g-obicrno, v\ muii¡c¡[)al y el romano ó 
político, y t^ste le ejercía Roma en las .provincias conquistadas 
por medio de sus generales al principio, despuds por magis- 
trados de diferente carácter, seg-un las circunstancias. 

En España, Cornelio Escipion g'obernó, como lugartenien- 
te, leg-ado del Cónsul su hermano, Publio C. Escipion. Con- 
cluido el año de su consulado, vino este último y ejerció hasta 
su muerte el mando con el título de procónsul. La organiza- 
ción de España como provincia romana data solamente, sin 
embargo, del año 197 antes de J. C, en que se verificó la di- 
visión de la Península en Citerior y Ulterior. El gobierno de 
cada una de estas partes de España estuvo a cargo de un pre- 
tor, investido casi siempre de la potestad proconsular, hasta 
la dpoca de Sila. Cada pretor solia tener á sus órdenes uno ó 
varios legados ó lugartenientes. A contar desde Sila, en vez 
de estar el gobierno de cada una de estas provincias á cargo 
de un pretor nombrado al efecto, estuvo encomendado á un 
propretor, ó sea á un pretor que, habiendo cesado en el des- 
empeño de este cargo en Roma, solia prorogársele por un año 
el mando confiándole el gobierno de una provincia. 

Esta org-anizacion duró hasta Augusto, en quien se com- 
pletó la revolución que acabó con la república y constituyó el 
imperio. 

Principia esta crisis con la lucha de los dos principios po- 
líticos, el aristocrático y el democrático, contienda útil, vivi- 
ficante, mientras no se apeló á la violencia; pero pronto un 
partido domina al otro, y entonces ya no hay orden , ni hay li- 
bertad , ni lucha, hay sólo quietismo, muerte y tiranía. An- 
tes se habia apelado ya algunas veces á la violencia, como en 
tiempo de los gracos; pero la lucha principal y armada fué 
entre las parcialidades de Sila y de Mario. Venció el principio 
aristocrático coa Sila que se hizo dictador y después renunció, 
y restituyó á Roma la libertad. ¿Fuó abnegación personal ó 



74 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

fué consecaencia forzosa de ser su jefe aristocrático? Me in- 
clino á esto último. Si Mario hubiera vencido, hubiera segui- 
do el ejemplo de César. Casar, aunque noble, se hace jefe po- 
pular, se pone al frente del partido de Mario por oposición á 
Pompeyo que estaba al frente del Senado: siendo Edil sola- 
mente para llamar sobre sí la atención de la plebe, hace le- 
vantar las estatuas de Mario derruidas por Sila; el pueblo se 
decide por él, y él á su vez le eleva á las magistraturas su- 
premas, y propone y hace recibir casi á la fuerza la' ley agra- 
ria, en cuya virtud se distribuyeren al pueblo las tierras de 
Italia que aún pertenecían al Estado como ager fiihUcus, y que 
se reparten entre doscientas familias decididas desde entonces 
por César. Persigue á Catón y á Cicerón, subleva al popula- 
cho contra el cónsul Bílbulo su colega; se hace dar, á insti- 
gación de los tribunos, el gobierno de las Galias, la Iliria y 
la Galia trasalpina: conquista las Galias, escribiendo sus fa- 
mosos comentarios: acumula grandes riquezas, j compra á los 
tribunos, señaladamente al violento y faccioso Curien, que se 
manifestaba decidido enteramente por el pueblo, y que fué de 
los que más le allanaron el camino. Si el Senado disgustado le 
retira el mando de las Galias y del ejército, César se resiste y 
pasa el Rubicon; entra en Roma entre los aplausos del pueblo; 
vence después en Farsalia á Pompeyo, y se hace dictador so- 
berano. Muere á manos de sus enemigos, pero Octavio Augusto 
le sucede en representación de su partido, y después de varias 
guerras, queda dueño de la república fundando el imperio, 
acabando con la libertad, y apoyándose para ello, como todas 
las tiranías, en los partidos populares. 

El influjo de este cambio en el gobierno de las provincias 
no podia menos de ser notable. En Roma quedaron los mis- 
mos magistrados de la república, pero sin la misma autoridad 
{eadem magistratum vocalula). Las provincias iban ganan- 
do en que Roma estuviese sujeta como ellas. Tácito lo dice ex- 
presaniente: Nec ¡irovincícc ilhiinrerum statum ahnuevant, etc. 

Pero el resultado político principal de estos sucesos fué 
para las provincias romanas su división entre el emperador y 
el Senado. 



LKCC'IO.N QUINTA 75 

Fueron j)rovinc¡ag del Sciindo Afrira, Asia, Acnva, l)al- 
macia, MacAulonia, Sicilia. Cerdefia, Creta y Ciroiiáica, Uiti- 
lüa y el Ponto, y la Bética. 

V provincias del enii)erador la Tarraconense, Lusitanin, 
las Galias, Narbonense, Lugdunenso, Aqnitania y B('lg-¡ca, 
la (íorninnía superior 6 inf(TÍor, y laCilicia, Chipre y J<]f^i})to. 

Como se ve en esta división, en J<>spaña so mencionan tres 
provincias, Bt'tica, Tarraconense y Lusitania. El g-obicrno de 
la primera pertenecía al Senado, el de las otras dos al empe- 
rador. Anteriormente la Península se hallaba, como liemos 
visto, dividida en las dos provincias Citerior y Ulterior; sir- 
viéndoles el libro de límite, división imj)eríecta y sólo tolera- 
ble al principio de la conquista. Aug-usto la dividió en las tres 
que hemos nombrado. Los límites de estas provincias eran 
¡lara la Botica, el Guadiana hasta arriba de Medellin en Lusi- 
tania, Almadén, Andújar, la Guardia, Guadix y Vera de la 
de la Tarraconense; y para la Lusitania, el encuentro del Due- 
ro con el Tormos. Ciudad-Rodrigo , Plasencia y Cyriadiema 
en Medellin de la Tarraconense. 

Esta división era imperfecta por la magnitud desproporcio- 
nada de la provincia Tarraconense; pero en ella Augusto, fiel 
á su política, se quedaba con las provincias guerreras en que 
habia tropas, y dejaba la Bética al Senado. Así esta última si- 
g'uió gobernándose por un ¡)roprcetor con el título de ^yrocónsul, 
mientras que las otras dos, como provincias imperiales, se re- 
gian por Icgaüos aiig lístales^ es decir, por delegados ó encar- 
gados del emperador, llamados también presides^ nombre con 
que después se designó á todos los gobernadores de las pro- 
vincias. 

Los gobernadores de las provincias senatoriales eran ele- 
gidos por suerte de entre los que habian desempeñado cuando 
menos cinco años antes el consulado ó la pretura, según que 
se tratara de provincias consulares ó pretorias: su gobierno 
duraba ordinariamente sólo un año. Los gobernadores de pro- 
vincias consulares tenian generalmente á sus órdenes tres te- 
nientes {legat'C) del orden senatorio, nombrados por el Senado, y 
llevaban delante de sí doce lictores: los de las provincias preto- 



76 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

rias no tenían de ordinario más que uno, é iban precedidos de 
seis lictores. 

Los delegados del emperador eran elegidos por él de entre 
los miembros del orden consular ó el pretorio, tenían á sus 
órdenes uno ó varios tenientes elegidos por el emperador, y 
llevaban delante de sí sólo cinco lictores si antes no habían si- 
do cónsules; pero duraban en su mando los años que el Em- 
perador quería lo que era un grande beneficio para las pro- 
vincias: tenían además la plenitud del mando militar y el de- 
recho de vida y muerte sobre los soldados. 

Según este sistema, las provincias senatorias eran las pa- 
cíficas, y las imperiales las que ocupaban las legiones. 

Por lo demás, esta división de provincias entre los empe- 
radores y el Senado fué violada muchas veces por los empera- 
dores mismos, quienes mandaron legados suyos á la Bética en 
muchas ocasiones. 

La autoridad y carácter de los gobernadores de las provin- 
cias puede definirse diciendo que acumulaban en su persona 
todos los ramos de mando y de jurisdicción, que en Roma es- 
taban diseminados entre los cónsules, pretores, ediles, etc.; es 
decir, que bajo la dependencia primero de la República y des- 
pués de los emperadores ejercían un mando casi despótico y 
absoluto, principalmente en los primeros tiempos de la con- 
quista. 

Los abusos de esta autoridad omnímoda fueron grandes^ 
principalmente durante la conquista y durante las guerras ci- 
viles de César y Pompeyo y de sus hijos y partidarios. Augus- 
to dictó muchas disposiciones para enmendar estos abusos y 
mejorar el estado de las provincias; ya tendremos ocasión de 
notar las principales. 

Los gobernadores tenían facultad para sentenciar á muerte 
y á las minas en su tribunal; pe*ro sin consultar al emperador 
no podían condenar á nadie á la deportación: podían también 
publicar bandos, leyes ó edicta (que este era su nombre), en los 
que fijaban el modo y las reglas con que pensaban gobernar; 
era lo que se llamaba Jurisdictio ó facultad de señalar reglas 
do derecho. Como jefes de la justicia, conocían de todas las 



LECCIÓN QUINTA 77 

causas civiles y crimiiialos, ya c\\ i)rimor:i instancia, ya cu 
apelación de sus V'gados (> tenientes y de los nia^-istrados mu- 
nicipales, y cjerciiiii laiuhien notos do jurisdicción voluntaria, 
como dación de tutores, libertad do esclavos y otros. 

Entre sus facultades estaba además la d(í fallar en su tri- 
bunal, liste era público (^omo (d de los pretores en Roma, y se 
reunia donde dstos residian habitualmcnte, ó en los sitios que 
al efecto desig-naban á su arbitrio y sin regda fija al principio. 
Así dice Estrabon que el gobernador ó i)refecto de la Tarraco- 
]iense solia pasar el invierno en la costa, abriendo su tribunal 
unas veces en Tarragona y otras en Cartago nova, y que por 
el verano recorria el resto de la provincia juzgando y corrigien- 
do los abusos. 

Esta designación arbitraria de los lugares donde se juzga- 
ba estaba sujeta á grandes corruptelas é inconvenientes; Au- 
gusto, para evitarlo, fijó los lugares ó ciudades que en cada 
provincia debian servir al efecto con los distritos que á ellos 
debían concurrir, y estableció así en Es})aña 14 conventos ju- 
rídicos. 

Según Plinio, que dá amplias noticias sobre el particular 
Y sobre el estado de los pueblos de P]spaña en esta época, ha- 
bía en la Bética cuatro conventos jurídicos, Cádiz, Córdoba, 
Astigi ó Ecija, y Sevilla, y 175 ciudades, á saber; nueve colo- 
nias, 10 municipios, 29 ciudades que gozaban del derecho la- 
tino, seis libres, tres confederados y 120 estipendiarios ó tri- 
butarios. 

En la Tarraconense ó ulterior había siete conventos jurí- 
dicos, Cartagena, Tarragona, Zaragoza, Clunía, Asturias, Lu- 
go y Braga , contando por separado las islas. Comprendía 
179 ciudades, además de 114 en esta forma: aldeas sin o^pí- 
dum^ 12 colonias, 13 ciudades romanas, 18 latinas, una confe- 
derada y 135 estipendiarías. 

Los asturianos transmontanos y augustanos tenían 166.000 
hombres libres, y en 24 ciudades del convento de Bracara ha- 
bía 175.000 de la misma condición. 

La Lusitania estaba dividida en tres conventos, Mérida,. 
Pax Julia, hoy Beja, y su calabis cerca de Santarem, y cons- 



78 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

taba en tiempo de AugTisto de 46 pueblos, á saber : cinco co- 
lonia?, un municipio romano, tres ciudades latinas y 36 esti- 
pendiarias. 

Todos los conventos se celebraban en colonias, excepto el 
de Cádiz, que era municipio, lo que constituia un sagaz medio 
político para romanizar á los españoles. 

El modo de juzgar de los romanos era el siguiente : los 
pretores y demás magistrados designaban uno ó más jiídlccs 
jueces de hecho; esto era lo que se llamaba orclinaricB cogai- 
üones ; en algunos casos raros ó graves, el magistrado fallaba 
por sí aconsejándose con asesores , y e'stas eran las cognitioiies 
extraoríllrioe. Se fueron haciendo más comunes conforme cre- 
cía el despotismo, y acabaron por ser las únicas, como lo eran 
ya en tiempo de Justiniano, pues Diocleciano habia abolido 
por ley \osjud¿ces. Así, pues, el sistema judicial romano se pa- 
rece á los asslsses de Francia d Inglaterra. 

Los gobernadores podian delegar su jurisdicción, y es de 
creer que la delegaban con frecuencia. Estas delegaciones se 
hicieron con el tiempo más consistentes y se dio ya el nombre 
de prefeotí Jurldlciimdo á los delegados, á quienes se encargaba 
la administración de justicia en sus distritos. Algunas veces 
se les llamaba prefectos augus tales ^ quizás porque los nom- 
braba directamente el emperador. Por esta razón en las actas 
de los mártires, casi siempre el juez que los condena se llama 
prefecto . 

De los delegados ó prefectos se apelaba á los g-obernadores, 
de estos al emperador y al Senado al principio , aunque des- 
pués cay(5 esto en desuso. Los g-obernadores, á veces en cues- 
tiones difíciles ó por alargar las causas las remitian á la deci- 
sión del emperador, refereiaiit; otras les pedian únicamente 
su parecer y dictamen, coiisultahant. 

Para acabar de dar una idea de la administración romana, 
Iiablaré de otros funcionarios que, aunque tenian cargos es- 
peciales, solían inmiscuirso en la administración ó gobierno 
de las provincias. 

Los cuestores en tieuipo de la república eran magistrados 
nombrados por el Senado y pueblo romano para cuidar, bajo 



LF.rCION gilINTA 7í> 

el iniiiulo y (lopciidcMicia del prenses do la provincia, de los in- 
tereses del Erar ¿o \ los demás encargados de esta especie, como 
censitores, légate^ etc., eran nombrados por los pr(vs¿des\ Au- 
gusto establecií) [¡or [Junto general en sus ])r()vinc¡a3 que los 
nombrase el gobernador y despuds los nombraron los empíu-a- 
dores, llamándose entc3nces procuratores rerum piibUcarum ^ y 
más adelante, cuando los emperadores tenían rentas y patri- 
monio propio en las provincias, procuratores rerítmprívatai'nm, 
aunque á la voz administraban también las públicas (') fiscales. 

Recaudaban las rentas públicas, las administraban y dis- 
tribuían, y en una palabra, eran los jefes económicos los iii* 
íeudcíiúes de las provincias. Tenían también tribunal propio en 
los asuntos de su especialidad; y en tiempo de Adriano se creó 
un ahogado del fisco que defendía sus derechos en el tribunal 
del procurador. 

Estos procuradores hicieron grandes esfuerzos para exten- 
der su jurisdicción y mando, poniéndose en pugna con los go- 
bernadores. En tiempo de Claudio se les igualó en categoría á 
los procónsules y demás magistrados superiores, y á veces 
acumulaban en sus personas los cargos de gobernadores, y 
reunían las funciones gubernativas , fiscales y aun adminis- 
trativas: así vemos á Poncio Pílate, procurador de la Judea, 
condenar á muerte á Jesucristo en virtud de esta autoridad 
colectiva, que según Tácito se extendía á muchas provincias 
gobernadas exclusivamente por estos magistrados , á quienes 
hasta vemos colocados á veces al frente de los ejércitos. 

ho^ frumentarios en su origen , en tiempo de los empera- 
dores, eran los encargados de recorrer las provincias en busca 
del trigo con que debían contribuir á las legiones y hacerlo 
conducir á los almacenes y á los ejércitos. Como recorrían di- 
ferentes veces y á menudo las provincias y sabían cuanto en 
ellas pasaba, el gobierno y los emperadores les pedían datos y 
noticias; después les encargaron ya remitirlos periódicamente 
y se hicieron una especie de espías de los emperadores; se los 
confió la administración de los correos públicos, y por su me- 
dio comunicaban sus delaciones al emperador y recibían sus 
órdenes. 



80 DEL GOBIERx\0 Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Como se vé, las funciones de policía que ejercían estos fun- 
cionarios eran ocasionales, pero pronto fueron las efectivas v 
principales de su cargo, ejerciendo autoridad y causando celos 
y sospechas á los gobernadores de quienes no dependían, ^'á.- 
hi2i frumentarios de varias clases, pero todos formaban la po- 
licía secreta y eran odiados de las autoridades y de los pue- 
blos. Fueron suprimidos con grande aplauso por Diocleciano. 

Tal fué en general el gobierno de las provincias romanas, 
y en particular el de España hasta Diocleciano. Este y Cons- 
tantino, como veremos, hicieron en la Constitución del impe- 
rio grandes alteraciones que refluyeron en el gobierno de las 
provincias, y por lo tanto en el de la Península, sujeta como 
tal á la dominación romana. 



-^J^^r^n^^í^-^-''-- 



LECCIÓN ^EXTA 



Goliei'iio político. — Diocleciaiio. 

Caupas que produjeron las variaciones en el rég-imen político del imperio.— Medio55 
de dominación de Augusto: su política; sus sucesores en el imperio.— Anarquía 
militar: los Antoninos: los pretorianos: origen y apogeo de su influencia en el 
imperio: los prefectos del Pretorio: sucesión de los emperadores hasta Dioclecia- 
no.— Política de este emperador; variaciones y reformas que introduce: divide 
el imperio: priva de su capitalidad á Roma: introduce la i)ompa oriental; abate 
á los pretoriano.s y al Senado: crea los Augustos y los Cesares: s\i5 sucesores: 
Constantino concluye cou el poder de los pretorianos. 

El r(^g'imen que acabamos de describir siguió en la apa- 
riencia hasta Diocleciano, en cu^'o tiempo empezó ó se desar- 
rolló un nuevo orden de cosas , perfeccionado por Constantino 
y sus sucesores. 

Para comprender esta variación, hay que examinar las cau- 
sas que la produjeron. Este estudio histórico tiene importan- 
cia en sí mismo; pero no entrariamos ahora en él, sino tuvie- 
ra enlace con nuestras lecciones por haber sido España una 
provincia del imperio romano; y porque además se hace nece- 
sario para comprender muchas instituciones adoptadas por los 
godos. La Constitución romana, hollada y rota por César bajo 
apariencias de legalidad y de libertad, fué acabada de destro- 
zar por los triunviros, quedando Octavio único dueño del des- 
tino del mundo. 

Veamos ahora cuáles fueron sus medios de dominación. 
Estaba, en primer lugar, á la cabeza de 44 legiones (cerca de 
270.000 hombres), legiones compuestas de veteranos envane- 
cidos con sus triunfos y su fuerza, acostumbrados á la vida li- 

6 



82 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

bre de los campamentos, á derramar la sangre de sus conciu- 
dadanos en las guerras civiles, llenos de desprecio hacia los po- 
deres públicos y hacia la Constitución del Estado, y decididos 
por Octavio de quien habian recibido tantas recompensas y es- 
peraban recibir aún más. 

Después el Senado, aquel Cuerpo respetable que pudiera 
contrabalancear su autoridad, estaba lleno de militares eleva- 
dos en las discordias civiles y aun de bárbaros; obra astuta de 
J. César, llevada á cabo con el doble objeto de quitar á este 
Cuerpo su prestigio y de tenerle á su disposición. Al mismo- 
tiempo las familias históricas de Roma, defensoras de la liber- 
tad, habian sido exterminadas, y los republicanos celosos 
muertos en las discordias civiles. Por último, el cansancio de 
todos por tanto desorden; las provincias contentas con el aba- 
timiento de la orguUosa ciudad, y el bajo pueblo ganado por 
los donativos y distribuciones, y satisfecho además con el aba- 
timiento de la aristocracia sirvieron también á sus fines. 

Augusto, pues, no tenía ya enemigos , y desde este mo- 
mento cambia de conducta : no es ya el feroz triunviro que 
derramó tanta sangre; hasta deja el nombre de Octavio, que 
podia recordar sus excesos, y se hace dar el de Augusto , co- 
nociendo con todo esto que efectuada la revolución , para afir- 
marla eran necesarios otros medios. 

Sin perder de vista los intereses de su dominación, dá real- 
ce y decoro al Senado espeliendo de él á los senadores que le 
desacreditaban; se hace dar por este Cuerpo el dictado de 
Princeps Sena tus , nombre ya conocido; toma en la forma 
acostumbrada el título de cónsul; retiene el derecho tribuni- 
cio ó de tribuno perpetuo , cargo dado por el pueblo á César 
cuando éste era su jefe, y se alza así con la principal autori- 
dad. Afecta después renunciar á ella, y comparte con el Sena- 
do el gobierno de las provincias; vive como cualquiera senador 
opulento, yon una palabra, establece un régimen absoluto ba- 
jo las formas y apariencias republicanas, poniendo su empeñO' 
en ocultar, más bien que en hacer ostentación de su poder. 

Esta política era sabia y prudente, faltaba sólo completar- 
la dándola estabilidad. Es siempre un momento crítico en las 



LECCIÓN SEXTA 83 

monarquías clcctivaí?, la muerto del príncipe; no tienen en 
esto la g-ran ventaja de \i\i^ hereditarias. Augusto, sin enibar- 
g*o, no podia establecer un ])od(;r hereditario; los romanos no 
le hubieran comprendido, si hubieran ])odido com])rend(Tlo y 
aceptarlo, ¡cuántos males no se hu])icran ahorrado al iinindo! 
Idea entonces el medio de la adopción en la familia y de la 
asociación en (d mando. Así le sucedía Tiberio con grandes pre- 
cauciones, y con una autoridad incierta y mal definida, origen 
en g'ran parte de sus actos crueles y pdrfidos, y recibe la auto- 
ridad del Senado y del ejército, afectando también rehusarla. 
Tiberio aca])a con los comicios populares, cuya forma aún so 
conservaba; así pagM5 la familia de los Ce'sares al pueblo que 
los había elevado. Calígula, Claudio y Nerón, tres monstruos 
aborrecible?, sucedieron á Tiberio en su autoridad; pero sus 
crímenes, y señaladamente los del último, suscitaron varias 
rebeliones en las provincias, dando ocasión y origen á la lla- 
ínada anarquía militar que prevaleció durante el mando de 
Galba, Otón, y Vitelio. Entonces se vio ya que la Constitución 
no tenía fuerza, que el poder militar era el todo, y se hizo pa- 
tente el graii secreto del Estado, á saber: que podia procla- 
marse un emperador fuera de Roma. «Evulgato iriiperii arca- 
no.» Otro g-obernador de provincia, Vespasiano, se apodera 
por fin del imperio ó principado; restablece el modo de suce- 
der por adopción, y dá principio á la e'poca de los Trajanos, 
Antoninos y Marco Aurelios, e'poca relativamente feliz sólo 
interrumpida por el bárbaro y feroz Domiciano. Prevalecía, 
pues, el sistema de la adopción, reñejo pálido de la sucesión 
hereditaria, hasta que vino á suprimirle la muerte de Cóm- 
modo. 

Este emperador cruel y feroz-perece víctima de una cons- 
piración palaciega dirigida por el prefecto del pretorio Leto: 
los conjurados y Leto á la cabeza, deseando asegurar su auto- 
ridad, presentan á Pertinax, uno de ellos, á los pretoriauos, 
les hacen creer en la muerte natural de Cómmodo, les ofrecen 
una gratificación ó premio crecido, y les persuaden á que pro- 
clamen emperador á su candidato: así lo hacen, llevándole 
al Senado, que se ve' forzado á ratificar la elección. T.os preto- 



94^ DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ríanos comprendieron entonces toda su fuerza é importancia; 
conocieron que tenían en sus manos el imperio del mundo y 
la facultad de sacar al adjudicarle grandes provechos. Esta 
teoría quisieron luego reducirla á la práctica: á los ochenta y 
cuatro dias asesinan á Pertinax, se encierran en su campo, y 
desde lo alto de sus muros anuncian que darán el imperio al 
mejor postor, al que les dé más por él: se presentan varios lí- 
citadores, pero Didio Juliano, rico Senador, ofreció á cada pre- 
toriano 6.250 dracmas, más de 20.000 rs., y le proclaman em- 
perador, le ponen á su frente, atraviesan con él la ciudad y 
le llevan al Senado, que ratifica la elección. 

Veamos ahora aquí lo que eran los pretorianos y los pre- 
fectos del Pretorio. Aug'usto, temiendo ser asesinado como lo 
fué Julio Césai% obtiene del Senado, contra las máximas anti- 
guas de la República, una guardia para su persona, da á los 
que la componían doble paga que á los leg-ionarios ó demás 
soldados, y además varios privilegios, estableciéndolos en un 
campo atiincherado colocado en un sitio desde donde domina- 
ban á la ciudad. Augusto, procediendo en todo con modera- 
ción, la formó sólo con 9 á 10.000 hombres, j aun éstos los di- 
vidió en nueve cohortes, dejando sólo tres en Roma y el resto 
en las ciudades vecinas; pero Tiberio los trajo todos áRoma, y 
Vitelio aumentó su número hasta 16.000. Después de la muer- 
te de Calígula y de la elección de Cómmodo, en que tuvie- 
ron ya harta inñuencia, empezaron á conocer los pretorianos 
que la capital del imperio, el Senado, el Tesoro público, todo 
en realidad, estaba en su poder, y comenzaron á sentir su im- 
portancia; se les trataba con indulgencia, y al advenimiento 
de un emperador se les repartía el donatívum, á que creían ya 
tener derecho. Sin embargo, como Augusto, aunque estable- 
ciendo su poder militar había afectado siempre ejercer una au- 
toridad civil, recibida del Senado, y como sus órdenes se ex- 
pedían bajo la majestad y autoridad de este cuerpo, como pa- 
ra los lances críticos de faltar un emperador se habia ideado 
el medio pacífico de las adopciones, tardaron los pretorianos 
en descubrir toda su fuerza y toda la flaqueza de la autoridavl 
civil, principalmente en el tiempo do los Antonínos, tan que- 



LKCCION SKXTA 85 

ridos y rcsixitudus dol piKíhlo y ávA ¡iiiixü'io. Lii elccciou y ia 
muerte do Periiiuix vinieron á rev(darl(ís piitontenicnte este 
fatal secreto. líl i)refecto del Pretorio en su orígon fué sola- 
mente el comandante ó jefe militar de esta fuerza, pero ludgo 
(imi)ezaron á s(m* funcionarios de los más importantes del Esta- 
do, y más tarde la segunda persona de di. Tal era la milicia y 
el jefe que elevaron á Didio Juliano. 

Cuando en Roma y en las provincias se supo la ignominia 
con que los prctorianos habían elegido á Didio Juliano, la in- 
dignación no tuvo límites: los gobcrnado-ies de las provincias 
se negaron á reconocer á semejante emperador, y el de la Iliria. 
Severo marcha con sus legiones sobre Roma. Juliano, desam- 
parado de todos, paga con la vida su necia ambición, y el Se- 
nado ratifica el mando de Severo. Este castiga á los prctoria- 
nos y los disuelve y destierra; pero esto, que debiera haber aca- 
bado con ellos, sólo sirvió para darles más influencia é impor- 
tancia. Severo los organiza bajo más amplia base: antes eran 
sólo italianos; desde entonces se tomaron de la Macedonia, Es- 
paña y otras provincias; antes eran un cuerpo separado de las 
legiones; ahora se sacaron de ellas, fueron el modo de premiar- 
las, y quedaron como los representantes del orden militar en 
la cabeza del imperio: antes eran á lo más 16.000 hombres; 
ahora fueron 50.000. Severo quería de este modo tener cerca 
de sí un ejército adicto que le sostuviese contra los gobernado- 
res de las provincias, que por experiencia sabía podían destro- 
narle, y porque además ya meditaba asegurar el trono en su 
familia. 

El prefecto del Pretorio fué entonces Plautiano, grande 
amigo y después yerno de Severo. Esta circunstancia y el des- 
precio que Severo, criado y elevado éntrela milicia tenia hacia 
el Sqnado, quitándole el conocimiento de muchos asuntos que 
le habían dejado los demás emperadores, aumentó extraordina- 
riamente la autoridad del prefecto del Pretorio, de suerte que 
éste vino á ser la segunda persona del Estado, y no sólo esta- 
ba al frente de la milicia, sino de la administración de justicia, 
do las rentas y aun de la legislación , pues Alejandro Severo 
concedió fuerza de ley en ciertos casos á los edictos promulga- 



86 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

dos por los prefectos del Pretorio. Eu una palabra, era ya tal 
su poder, que siendo Plautiano amigo y yerno de Severo, 
cuando éste quiso deponerle por sus tramas, no ¡Judo, aunque 
lo deseaba mucho, conservarle la vida. 

Desde este momento es tan importante la institución ó mi- 
licia de los pretorianos, que no se puede perder de vista un mo- 
mento en la historia del gobierno del imperio romano. Severo, 
siguiendo la política de los sucesores de Augusto, pero exage- 
rándola, se asocia á sus dos hijos Caracalla y Geta, y el impe- 
rio t^e vé por primera vez mandado por tres emperadores , que 
ocupaban de conformidad un mismo trono. Caracalla y Geta 
suceden á su padre, pero el primero asesina á su hermano 
Geta en los brazos de su madre, y como Geta era el ídolo de 
los pretorianos, derrama Caracalla entre ellos, para contener- 
los, los tesoros del Estado, y no siendo esto suficiente extiende 
á todo el orbe romano el derecho de ciudadanía para que todos 
paguen los tributos, elevando al 10 por 100 el impuesto sobre 
las herencias, que antes ascendia sólo al 5 por 100; hecho 
importantísimo y trascendental, de que en jlas lecciones suce- 
sivas trataremos con más detenimiento. 

Caracalla es asesinado en Asia por los conspiradores diri- 
gidos por el prefecto del Pretorio, Máximo, quien le sucede ele- 
gido por los pretorianos y aprobando su elección el Senado, bien 
á su pesar, porque el elegido no era del orden senatorio. No 
pudo continuar Máximo las locas profusiones de Caracalla, y 
así los pretorianos le abandonan y dan muerte, proclamando en 
su lugar á Eleogábalo; asesinan después también á éste y eli- 
gen á Alejandro Severo, quien valiéndose del prefecto del Pre- 
torio, el célebre jurisconsulto Ulpiano, trata de regularizar é 
introducir reformas en la organización de los pretorianos. Estos 
asesinan en sus brazos á Ulpiano , y más tarde al mismo Ale- 
jandro, y eligen al bárbaro y gigantesco Maximino, cuyos ex- 
cesos y atrocidades sublevan contra él las provincias, el pue- 
blo y el Senado , que le declara traidor á la patria y elige en 
lugar suyo á los emperadores Máximo j Balbino. En la guerra 
civil suscitada con este motivo, los soldados abandonan á la 
muerte á Maximino y se unen álos emperadores del Senado. 



IJÍCCION SKXTA 87 

V]\ Senado rccoljra cntiMHu^s su autoridad anticua , rcua- 
<'¡ondo la esperanza de un orden de cosas más estable; ])ero 
los pretoriíinos, celosos de la autoridad del Senado, se suble- 
van nuevanuMilc», asesinan á los (imperadores, y nombran á 
Gordiano, á quien asesinan i^oco tiempo después á instigación 
del prefecto del Pretorio Filii)() , á quien dan el imperio. Los 
gobernadores de las provincias se indignan con semejantes 
trastornos, y las legiones de la Mtesia se niegan á reconocer á 
Filipo, proclamando á Decio y marchando sobre Roma. Los 
preteríanos entonces abandonan á Filipo y le sacrifican igual- 
mente que á su hijo; Decio reina por fin pacíficamente y se 
-dispone á defenderlos límites del imperio contra los bárbaros, 
marchando con sus legiones contra los godos, y muriendo con 
su hijo en una batalla que perdieron los romanos. 

Humillado el orgullo de las legiones por este gran revés y 
desastre, permiten la elección al Senado, el que, siguiendo su 
política de dividir la autoridad suprema para aumentar mejor 
la suya, y teniendo quizá presentes los recuerdos de los dos 
cónsules, elige dos emperadores Hostilianoy Galo; por muerte 
de Hostiliano, Galo queda solo, y trata no muy ventajosamen- 
te con los bárbaros; las legiones de la Pannonia se indignan 
y aclaman á Emiliano, vencen á les bárbaros y marchan sobre 
Roma; los pretorianos abandonan y asesinan á Galo y á su hi- 
jo, y se unen á Emiliano; pero Valeriano, al frente de las legio- 
nes de las Galias, se presenta tardíamente en auxilio de Galo, 
y los soldados asesinan á Emiliano y se unen á Valeriano, que 
es reconocido emperador, y asocia al mando á su hijo Galieno. 

Entregado así el imperio al primer ocupante, los goberna- 
<lores de las provincias, apoyados en sus legiones, se procla- 
man emperadores, y se entra en la época llamada de los 
treinta tiranos , época en que llegó á su apogeo la anarquía 
militar en el imperio. 

Aureliano, con una fortuna sin ejemplo, los reduce á todos 
y entre ellos ala famosa Zenobia, reina de Palmira, que no 
fué de los enemigos menos temibles que tuvo; Aureliano reina 
con equidad y firmeza, pero muere asesinado en una conspi- 
Tacion en que no tuvieron parte los soldados. 



88 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

El ejército, reformado por Aureliano, ruega al Senado que- 
nombre sucesor, y el Senado, entre absorto , temeroso j des- 
confiado, decreta que la elección se haga por el orden militar; 
insiste el ejército y lo mismo el Senado , produciéndose un in- 
terregno admirable y pacífico de ocho meses, dirigido por las 
autoridades, dejadas por Aureliano. 

El Senado elige por fin á Tácito, senador anciano y vene- 
rable, y este cuerpo entra otra vez en la mayor parte de sus 
antiguos derechos; Tácito reina con justicia, pero muere entre 
los insultos de los pretorianos según unos, ó asesinado por 
ellos según otros; la misma suerte cabe á Horacio y á Probo; y 
era tal ya el hábito de dar muerte á los emperadores, que des- 
pués del asesinato de Probo, sus mismos matadores le lloran y 
manifiestan el mayor arrepentimiento y dolor por lo que haa 
hecho. 

Con la muerte de Probo acabó la autoridad del Senado, y 
los soldados eligen al prefecto del Pretorio Caro, y después de 
éste á sus hijos Carino y Numeriano; este último, al cabo de 
algún tiempo, muere de un modo misterioso. El prefecto del 
Pretorio, Aper, su suegro^ oculta su muerte y aspira ásuceder-^ 
le; los soldados descubren el cadáver de Caro y sospechan de 
Aper; se le somete á éste ajuicio, le hacen comparecer ante 
un tribunal militar ordenadamente y sin tumulto, pues la diá 
ciplina se habia restablecido algún tanto; se junta en Caledo- 
nia una asamblea general; los jefes y tribunos de las legiones 
se reúnen en medio del ejército y erigen un tribunal al que 
conducen al prefecto del Pretorio cargado de prisiones. En- 
tonces un dálmata, hijo de padres esclavos en Roma, quien 
por su valor y ferocidad se habia elevado por los grados de la 
milicia hasta el de jefe de los domésticos y guardas de palacio., 
y que por este concepto podia y aun debia recelarse de él en 
la muerte del emperador, se adelanta en medio del gran círcu- 
lo que formaban los asistentes, sube intrépidamente al tribu- 
nal, y dirigiendo su vista al sol, protesta de su inocencia, íija 
sus miradas en el desgraciado Aper, y manda como si fuera ua 
juez ó un soberano, que le conduzcan al pié del tribunal. Hecho 
esto, exclama: «este hombre es el matador de Numeriano,» y 



LECCIÓN SKXTA 89 

sin más prueba 11 ¡ i)ro<'(»S() , dosoiiviiiiia su ospadn, atraviesa 
con ella el pecho del prefecto, y es en aqu(d mismo acto acla- 
mado enipcírador. liste dálniata, este hijo de esclavos, este 
juez, (?ste emperador era Diocleciauo. Contábase en Roma á 
este propósito que el m()vil principal do e¡^te arrebato fud una 
profecía en la (jue se le anunciaba que matando á Aprum 
(javalí) sería emperador, y después de haber dado en vano 
muerte con este motivo á muchas de estas fieras, se le ocurrió 
que la muerte del prefecto Aper podría dar cumplimiento á la 
anunciada profecía, como en efecto así se verificó. 

Diocleciano es más conocido como perscg-uidor de los cris- 
tianos que como hombre de Estado; sin embargo el comenzó, 
ideó y echó los fundamentos de la nueva Constitución del im- 
perio que perfeccionaron después Constantino y sus sucesores. 

Veamos cuál fue la base y cuáles fueron los medios de que 
se valió para esto. 

Primeramente asocia á su poder á Maximiano, dividiendo, 
no el mando sino el imperio, cosa nunca vista en Roma; él se 
reserva el Oriente y dá á Maximiano el Occidente. Esta división 
era necesaria para defender las fronteras , y reconocia entre 
otros fundamentos, para llevarla á cabo del modo que se hizo, 
la separación y diversidad de las dos lenguas latina j g-rieg^a, 
que respectivamente predominaban y estaban en uso en las 
dos divisiones efectuadas en el imperio. 

Diocleciano entonces fija su residencia en Nicomedia y la 
de Maximiano en Milán, dejando de ser Roma la cabeza del 
imperio y no apareciendo ya el emperador como el magistrado 
del Senado y de la república romana; suceso que tuvo grande 
influencia, como que con él pierde el Senado casi toda su au- 
toridad é importancia. Introduce además en el imperio la pom- 
pa oriental y asiática. Antes los emperadores, representando 
un simple magistrado de la república, no se distinguian de los 
Senadores sino por su manto de púrpura (los Senadores sólo 
llevaban en la toga una franja ancha de este color), y conver- 
saban familiarmente con todos sin ningún aparato exterior. 
Diocleciano adoptó los trajes de seda y oro de los orientales, la 
diadema tan odiada de los romanos, y el calzado lleno de per- 



90 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

las; se encerró en su palacio, y todos los que se llegaban á ha- 
blarle, sin excepción de ninguna clase, tenían que proster- 
narse ante él en el suelo j adorarle al estilo oriental ; hasta 
cambia los hombres , haciéndose llamar Jovlus, y á Maximia- 
no Hercicleus. 

Disminuye en seguida poco á poco el número de los preto- 
rianos, les quita sus privilegios é influencia y los sustituye en 
la guardia de su persona con dos legiones de confianza, los 
jovianos (Diocleciano Jovius) y los herciileos (de Maximiano 
Herculeus). 

Receloso después del Senado, persigue bajo varios pretex- 
tos á los Senadores influyentes y les quita el nombramiento de 
los magistrados. Y temiendo también el demasiado poder de 
los gobernadores de las provincias, divide á éstas en partes 
pequeñas, aumenta su número y debilita todos los antiguos 
funcionarios despojándoles de muchas de sus atribuciones y 
creando nuevos cargos. 

Por último, para completar la reforma era preciso dar es- 
tabilidad y regularidad á la sucesión del imperio y se la dio 
de esta manera. 

Estableció dos emperadores con el título de Augusto , uno 
en el Oriente, olro en Occidente. Cada uno de estos Augustos 
tenía que eleg-ir un César subordinado al emperador, y destina- 
do á ser su sucesor legal; éste, en llegando á ser Augusto, de- 
bia á su vez nombrar otro César. 

La defensa del imperio estaba así dividida entre cuatro per- 
sonas, contra las cuales no era fácil que prevaleciese ningún 
conspirador particular, y así subdividió también en cuatro par- 
tes el territorio, dejando el Oriente y la Iliria á cargo de los 
Augustos y encomendando á los Césares la defensa del Rhiu, 
el Danubio y las provincias adyacentes. El supremo poder ci- 
vil se imponía sin embargo y residia proindiviso en los Au- 
gustos. 

Cada uno de estos cuatro monarcas elogia su prefecto del 
Pretorio, quedando también debilitado así este grande y pe- 
ligroso cargo. 

Tal era en general la forma de gobierno establecida por 



LECCIÓN SKXTA 91 

Diüclociano ; ln(*<j,-() Jiljdicí') ol iiiiindo (' liizo :ib(l¡('iir á su colrj^a 
Maxim ¡ano. Sabidas soii las revueltas y trastornos que esto 
produjo ; la elevación de Maxencio, hijo de Maxiniiano , la 
vuelta de t^ste al imperio, y lo mucho que le ayudaron eti este 
])ropósito el Senado de Koma, (|ue veia con indig-nacion lle- 
vada, á otra parte la capital del imperio, y los pretorianos, que 
on esta ocasión unieron sus quejas á las del Senado y de Ma- 
xencio, sucumbiendo gloriosamente en su defensa. Constanti- 
no, poT último, dispersa los restantes entre las legiones, ar- 
rasa su campo atrincherado y extingue de raiz esta famosa 
milicia. Algunos años después se hizo dueño universal del 
imperio y ultimó y perfeccionó el plan de Diocleciano, 



-oOjí»<r 



LECCIÓN ^ETIMA 



Gol)ieriio politice. — Conslaiitiiio, 



IVofundas modificaciones introducidas por Constantino en el imperio: nueva ca- 
pital: nueva relig-ion: nuevo g-obierno.— Carácter civil de la monarquía cr(>ada 
en este periodo: necesidad en toda monarquía de ir acompañada de una jerarquía 
ó nobleza: aristocracia ó j-^rarquia social creada por Constantino: clases de que 
constaba. —Organización dada por Constantino al gobierno: jerarquía civil: mi- 
litar: administrativa.— Insignias y distintivos.— Organización de España como 
provincia romana en esta época; funcionarios que habia en ella: división de E^- 
paña en seis provincias: limites y gobierno de estas provincias.— Carácter cuasi 
hereditario y división definitiva del imperio.— Conclusión. 



En la lección anterior hemos visto cómo Constantino aca- 
bó con los pretorianos, y cómo llegó á hacerse dueño de todo 
el imperio. Varaos ahora á examinar las reformas que intro- 
dujo y la nueva organización que dio á su poder. 

Constantino dá al imperio una capital nueva, una religión 
nueva, un gobierno nuevo; la revolución no pudo ser más 
completa. 

La situación de Constantinopla, como nueva capital del 
imperio, no podia ser más hermosa y conveniente. Colocada 
en los confines del Asia y de Europa, podia fácilmente vigilar 
á los bárbaros que habitaban entre el Danubio y el Tañáis, y 
á la monarquía de los persas , estando además en medio del 
grande ejército necesario al efecto , cuidando de cerca de su 
bienestar y contento y pudiendo al mismo tiempo dedicarse al 
comercio, que ya en tiempo de Polibio la habia hecho celebre 
entre las colonias griegas. Además su clima, su feracísimo 
terreno y otras ventajas naturales, parecía que la tenian des- 



94 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

tinada á ser la capital de un grande imperio. Constantino la 
embellece y engrandece , la otorga privilegios mayores aun 
que los de Roma, viniendo á fijarse en Constantinopla las 
principales familias romanas , y quedando la antigua capital 
del imperio con su Senado y su pueblo reducidos á la mayor 
insignificancia. 

En cuanto á la nueva y verdadera religión reconocida por 
Constantino, como separadamente hemos de hablar de ella 
y de su establecimiento en el imperio y en España , bástenos 
decir ahora que el cristianismo con sus dogmas , y la Iglesia 
con su jerarquía y constitución, contribuyeron en gran mane- 
ra al grande y profundo cambio que experimentó el imperio 
en esta época. 

Veamos ahora más detenidamente cuáles fueron las pro- 
fundas modificaciones ó reformas introducidas por Constanti- 
no en el gobierno del imperio. 

La monarquía de Augusto y sus sucesores era una mo- 
narquía militar con formas republicanas que iban desapare- 
ciendo precipitadamente. Diocleciano y Constantino acaba- 
ron con la monarquía militar, y sobre sus ruinas estableció 
Constantino definitivamente la monarquia civil. Para esto 
fue necesario, ya que se repudiaba el apoyo del orden y je- 
rarquía militar, apoyarse en las clases y jerarquías civiles, 
pero como la antigua jerarquía civil republicana no podía 
adaptarse al nuevo orden de cosas; como además habia muer- 
to y desaparecido, quedando reducida á una pura sombra y 
ficción, Constantino so vio precisado á crear otra nueva, sin 
despreciar por eso los elementos más ó menos robustos y apa- 
rentes que existian ya en la sociedad, sino por el contrario 
conservando, como todo reformador prudente, todos aquellos 
que podian contribuir á afirmar su política, desarrollándolos, 
aumentándolos , regularizándolos y fundando sobre ellos su 
sistema de gobierno. 

En efecto, una monarquía en medio de una sociedad total- 
mente nivelada, en la que no hay clases, órdenes ó jerarquías, 
es una planta exótica, sin apoyo cuando es flaca , sin freno y 
sin contrapeso cuaado es fuerte y robusta. Por lo mismo, para 



LECCIÓN SIÓTIMA 95 

sostenerse tiene que ;i[)('l:ir ;i modios violentos y tiránicoR, 
como sucede aún hoy en Constantinopla, donde todos son 
¡guales ante el dí^spota, y eso (|uo liasia hace poco ticniíx) , el 
orden militar y los visires y genízaros hacian aUí his veces de 
los prefectos del Pretorio y los pretorianos. 

Una monarquía necesita, pues, para su apoyo, para su con- 
trapeso y para estar asentada sobre sus naturales bases, una 
jerarquía social que suba por g-rados desde lo más ínfimo de 
la sociedad á su cúspide, que es el monarca. De este modo la 
monarquía es una institución social encarnada, infiltrada en 
toda la sociedad, y el monarca no es más que el remate, la 
clave, el complemento del edificio, el centro adonde vienen á 
unirse y á reconcentrarse los poderes y las fuerzas de la socie- 
dad, que de otro modo serian divergentes y contrarios. Con- 
siderada así la monarquía, desde luego se vé que es la insti- 
tución política más grande y magnífica, y la más conforme á 
la tendencia progresiva de las sociedades humanas hacia la 
unidad y la concentración. 

Y esta jerarquía necesaria á la monarquía es, ó la nobleza 
que Montesquieu mira como su imprescindible apoyo, ó las 
diferentes clases de corporaciones, electivas unas, otras de 
nombramiento real, y otras hereditarias, con que en los tiem- 
pos modernos se ha querido reemplazar la antigua aristocra- 
.cia. A^í vemos que donde quiera que se levanta una monar- 
quía por necesidad, se levanta y se aproxima á ella una jerar- 
quía social, una nobleza de cualquier género que sea; así se 
formó la nobleza de la Edad Media; así nosotros, que hemos 
visto reproducirse en pocos años los fenómenos que antes se 
verificaban sólo en siglos, hemos podido contemplar á Napo- 
león , que al querer establecer su monarquía quiso también 
crear una nobleza acomodada á su índole y la formó de mili- 
tares, sin tener en cuenta más que sus servicios; como tampo- 
co tuvieron otra cosa en cuenta en su formación las antiguas 
noblezas de Europa. 

Pero vamos ya á exponer el sistema de Constantino. 

Conocedor por experiencia ó por instinto de la verdad que 
dejamos indicada, creó, al levantar su monarquía, una amplia 



96 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

y dilatada jerarquía, é hizo de ella la base de su gobierno: 
consistia ésta en diversas y graduales dignidades, que sin ser 
por su título parte de la administración ni del gobierno, daba 
al EUado los principales magistrados y funcionarios del im- 
perio, formando una aristocracia de influencia que podremos 
llamar aristocracia social. 

Constaba de las clases siguientes : los nobíUsslmi , título 
dado sólo á los parientes del emperador, es decir, á los prínci- 
pes de la familia imperial; los palritii, patriciado, que no era 
como el antiguo, es decir, hereditario y con funciones públi- 
cas, sino un nuevo título de honor muy distinguido y acumu- 
lable con las grandes dignidades activas, como el consulado, 
la prefectura del Pretorio, etc.; los iliísfres, specíadlles, claris- 
simij perfecúisshnij egregii^ títulos de otras tantas jerarquías 6 
clases, superiores unas á otras, por el orden que van enume- 
radas, perteneciendo la última al orden más inferior entre los 
titulados. De estas clases salian los funcionarios civiles, los 
militares y los de palacio, que formaban las, categorías civil, 
militar y palatina; y según era la importancia del cargo públi- 
co que desempeñaban, así se tomaba el magistrado de la cla- 
se primera ó segunda ; los prefectos del Pretorio, por ejemplo, 
eran ilustres; los vicarios subalternos inmediatos suyos, spec- 
iahües, y los rectores províntiarum, que venian después, cla- 
rissimi. 

Habia además un orden de cortesanos, consejeros ó com- 
pañeros del príncipe que se llamaban comités^ y su reunión ó 
cuerpo comitatVjS. Unos tenian cargos en el palacio imperial y 
se llamaban palatini; otros tenian mando en las provincias y 
tomaban el nombre de ellas, como por ejemplo, el Comes Egiji- 
tii, el Comes Híspaniarum 

Además de estas jerarquías, nobiliaria, civil, militar y pa- 
latina habia la jerarquía eclesiástica, de mucha importancia é 
influencia á la sazón. 

El emperador estaba en la cúspide de estas jerarquías que 
íeunian en sí toda la influencia social, política y aun moral 
en el imperio, y le servían á la vez de apoyo y de límites y 
contrapeso. 



l.Kf'C'ION SKTIMA 97 

Hi^ aquí ahora ccnuo orj^-aiiizó Constantino el j^ohiiíruo: 
Do los antig'uos ina^'iatrados de la ro])úl)l¡oa sólo conscr- 
\aban alg-ini prestigio lt)s cóiisales ^ dosdcí Diocleciano los 
nonibraba el oinporador, no teniíin antoridad nin<>-nnn, s(! chí- 
^">'iaii todos los ¡iños y tomaban posesión de su cargo con gran 
pompa,, pero á esto so reducía su podcu*, so nombraban como 
un recuerdo y aun como un modo do computar los años i)or 
los consalados. Así, pues, estos magistrados no contaban 
reabnente para nada en esta nueva Constitución pob'tica. 

Constantino dividió ol imperio en cuatro prefecturas; las 
prefecturas en diócesis y vicariatos; estos en provincias, te- 
niendo éstas además autoridades locales en las ciudades. 

Las cuatro prefecturas eran las de Oriente^ ¡liria, Italia y 
las Galias; al frente de cada una de ellas habia un prefecto 
del Pretorio romano igual al correspondiente al sistema de 
Diocleciano, de los dos Augustos y dos Césares. Constantino, 
creyendo aún á estos magistrados demasiado poderosos , les 
-dejó solamente la autoridad civil, privándoles de la militar, 
que érala primitiva. Roma y Constantinopla tenian prefectos 
especiales que no estaban sujetos á los del Pretorio. 

Cada prefecto del Pretorio tenía bajo su autoridad diferentes 
Ticarios; el de las Galias, por ejemplo, tenía al vicario de las 
Kspañas, al de las diez y siete provincias, y al de las Bretañas. 
De los vicarios dependían á su vez los fresides de las pro- 
vincias, que eran á la sazón muchos, pues viendo Constantino 
su propensión á rebelarse, no sólo les quitó el mando militar, 
sino que para disminuir su inñuencia aumentó el número de 
las provincias. España, por ejemplo, que tenía tres provincias, 
fué dividida en seis. 

Así, pues, los prefectos del Pretorio, los vicarios y presiden- 
tesó gobernadores de las provincias formaban la jerarquía civil. 
• Para el mando militar, quitado á los prefectos del Pretorio, 
y completamente separado del mando civil , se crearon dos 
Qnagistri míUtwm, uno para la infantería, magister ^peditum^ 
otro para la caballería, m%gister cquitum, con la misma auto- 
ridad sobre el ejército que tenian antes los prefectos del Preto- 
rio: más tarde se aumentó su número. 

7 



98 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Los magistri mílíhim tenían á sus órdenes en las pro- 
Yincias 35 jefes militares, llamados por lo común duces, de 
donde vino el nombre moderno de duques, diez de entre ellos, 
los más preeminentes, obten ian el rango y clase de comités y 
condes. 

De esta manera estaba organizado el gobierno civil y mi- 
litar del imperio, pero fácil es de observar que el simple esta- 
blecimiento de cuatro prefectos del Pretorio y de dos magistrí 
milítum, bajo el sólo y único mando del emperador, exigía 
necesariamente otros funcionarios que diesen al gobierno y á 
la administración , concentración y unidad. Estos funciona- 
rios, que formaban la alta administración y eran el Conseja 
supremo del príncipe, pueden reducirse á siete: el ^reposítas 
sacrí cudíciiU, especie de mayordomo mayor de palacio, que 
estaba al frente de las cuatro divisiones, de los comités f alatli 
et cubicularií, y cuidaba del orden, seguridad y abastecimiento 
de palacio: el magister officíoriim^ especie de ministro de lo in- 
terior, que recibia las apelaciones de las personas de^fuero pri- 
vilegiado no sujetas á la jurisdicción de los prefectos del Preto- 
rio; cuatro spectaiiles dirigian bajo sus órdenes á 148 secreta- 
rios, divididos en cuatro secciones, que tenian á su cargo las^ 
escuelas, las postas, arsenales y fábricas, cuidando además de- 
la policía, ejercida por 300 agentes sustituidos por Diocleciano- 
álos frumentarios: los comes sacrancm largitiomim. (Conde de- 
las recompensas ó dádivas sagradas), especie de ministro de 
Hacienda que cuidaba de las minas del Estado, de las mone- 
das, del comercio y de la industria; veintinueve recaudadores 
provinciales, rationaleSy tenian correspondencia con él, y ha- 
bia siete secciones de secretarios que llevaban la cuenta y ra- 
zón, y se intervenian y vigilaban mutuamente: los comes reí 
jprivatx ó reriim p'ivatarimi, cuyo cargo era administrar en 
las provincias por medio de los frocuratores rerum p^ivatariim', 
el patrimonio imperial, es decir, los bienes que el emperador 
poseia como ciudadano rico, como el producto de las confisca- 
ciones y otros emolumentos y rentas : el qiiestor^ gran juez y 
canciller del imperio, jefe de la jurisprudencia, que extendia. 
las ordenanzas y rescriptos del príncipe, y decidía las cuestio- 



LK ce ION SKTIMA 09 

nos (liulopns qno lo sonu^tian los jikícoh. Al iiriiioipio ol qncstor 
toiiía íi su oari;o fuiícioiies ccoiioniicas, poro dosdo Auji^iisto 
era solanioiito ol ([uo loia y oxtondia los discursos y docrotos 
del emperador al Sonado, y otras alriljucioncs aiiálof>-as. Por 
último, los comités domesticorum d(; caballoría ó iiifantííría, 
que mandahan los donu^sticos (3 g'uardas del ompíM-ador, com- 
puestos S()lo do 3.500 hombros, y ({uo oran oar^-os do míanos au- 
toridad sacados sólo dol (h'don de los spectaMles] pues estaba de- 
masiado reciente lamemoriade losPretorianos y sus prefectos. 

líl cuidado de los ejércitos y lo que pudiéramos llamar mi- 
nisterio de la Guerra, estalla á carg-o de los úvigístrí miUtam. 

Todas estas autoridades ó mag-istrados tenían sus insig- 
nias, ó como pudiéramos decir hoy, sus armas y distintivos. 
En tiempo d'^ la república los cónsules llevaban delante de sí 
los Uctores con Va.^ fasces , como guardia á la vez y señal de 
autoridad; otros magistrados tenian la silla curul. Vegecio ha- 
bla también de los emblemas que las cohortes llevaban pinta- 
dos en sus banderas \ escudos; pero donde se da mayor razón 
de este particular os en la Notílla dígiiitatitm, donde se des- 
criben gráficamente las insignias de cada dignidad. 

Estas insignias solian consistir en diferentes símbolos ó re- 
presentaciones. 

Unas veces eran las imágenes doradas de los príncipes, co- 
locadas en una columna, dorada también, que se depositaban 
en el Pretorio ó en otro edificio público, y se llevaban delante 
de la autoridad que tenía esta insignia, que al parecer sólo 
eran los que representaban la persona del príncipe, como el 
prefecto del Pretorio, los vicarios, y otros cargos análogos. 

Otras era el libro de -los decretos imperiales relativos al 
mando de aquella autoridad, puestos sobre papeles riquísimos, 
entre candelabros, y primorosamente encuadernados. 

Y otras una imagen de las provincias que estas autorida- 
des mandaban, representadas por matronas con bandejas lle- 
nas de monedas en las manos, significando el tributo que pa- 
gaban al imperio. 

Los distintivos eran relativos al cargo especial do cada 
autoridad; así el magister ofjicioriim llevaba lanzas, escudos, 



100 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

yelmos, corazas, porque estaba á su carg-o su construcción; 
el comes sacrarum larr/Uíonum bandejas llenas de monedas, 
bolsas y arcas de dinero, etc. , representando el encargo del 
comes, materia de las largitiones. 

Estas insignias pintadas ó de bulto, precedian algunas ve- 
ces al magistrado cuando salia en público, i^rocedehat , y á 
estos actos llamaban procesiones; otros las tenian colocadas 
en su audiencia para inspirar veneración y respeto. 

Vamos ahora á dar una idea más detallada de este gobierno 
y administración, sirviéndonos España de ejemplo, y contra- 
yendo á la Península la organización de una provincia romana. 

Descartemos, pues, el imperio de Oriente, cu^^a organiza- 
ción era igual á la que vamos á describir. 

El imperio de Occidente, donde habia ciento quince dig*- 
nidades, estaba dividido.en dos prefecturas, la de Italia y la 
de las Galias. 

Del prefecto de las Galias, que residia al parecer en Tréve- 
ris, dependian tres vicarios, el de España, el de las diez j sie- 
te provincias y el de las Bretañas. La autoridad del prefecto 
de las Galias se extendia á todos los órdenes fuera del orden 
militar, á la justicia, á las rentas, á la administración, al g-o- 
bierno, etc., como demuestra su officmm. Se le daba el título 
de vir clarissimus^ y á veces también el de illustre. 

Officmm ó dependencias del prefecto de las Galias eran: el 
])rinceps 6 pñmiscrinius offcii, el primero en el officimii que ci- 
taba ante el tribunal del prefecto, redactaba y dictaba las sen- 
tencias, daba órdenes de arresto y cuidaba de la exacción de los 
impuestos; el cornicularius ^ especie de secretario general, que 
promulgaba los edictos, órdenes y sentencias del prefecto, te- 
nía á sus órdenes el preco ó pregonero, y estaba al frente de 
una numerosa oficina, por el cuerno ó trompeta con que en lo 
antiguo imponia silencio se le llamaba cornicularius', el adju- 
toTy que parece ser el vice-cornicularius ó vice-socretario que 
ayudaba y sustituia al cornicularius y aun á los demás; el 
commentariensis ó director de las cárceles públicas y jefe de los 
encargados de llevar los reos á los tribunales, tenía por su 
cuenta la policía de las cárceles y el alimento de loá presos; el 



I.KCCION SKTI.MA lOl 

ah. acíio o acliuwluSj á cuyo cargo corrcspoiidia extender los 
contratos, testamentos, donaciones y demás actos destinadoR á 
hacer fé en los juicios, aun(|ue no los actos de éstos que corrían 
á cargo de los cxc( ptorcs,- estos actos se del)i,an liacer delante 
del magistrado, prefecto, vicario, ]}raises^ (> magistrado muni- 
cipal, eran los notarios de nuestros dias; los mcmcrarií^ el ])re- 
fecto de las Galias tenía cuatro, y estaban encargados de la 
contabilidad en todos los ramos de ventas, patrimonios, minas 
y trabajos públicos, cada uno de ellos tenía una dilatada ofici- 
na y dependía según su cargo, entre otros, del comes sacrarum 
l(ir(/ítloimr'iy del de rerum pr¿va£'irum, y del onagister ofjlcío- 
rmn; los sudadjtive, auxiliares del adjiítor; los curato?' ej^isíola- 
runí, encargados de llevar la correspondencia con el príncipe 
ó con otras autoridades, y encargados también de expedir las 
evectiones 6 licencias de correr la posta en los caballos públicos, 
cosa á que en el imperio se daba gran importancia; el referen- 
darius, encargado de dar cuenta de las peticiones de los admi- 
nistrados al prefecto y redactar las respuestas; los exceirtores, 
que extendían las actas judiciales en los juicios de apelación y 
demás de que conocía el prefecto, los adjutores singulares] 
singulares ducenarií ^ centenarii, etc., guardia armada, or- 
ganizada militarmente, que tenia el prefecto para ejecutar 
sus órdenes, exigir las contribuciones, prender los delincuen- 
res, etc: era una verdadera gendarmería al mando de la auto- 
ridad civil, pues el ejército, como hemos dicho, no estaba á sus 
órdenes; se llamaban también cohortales, y á su cabeza estaba 
el Vicario de las Españas^ que algunas veces era conde, y se . 
llamaba Comes Ilispaniarum: su título era el de Spcctahilis^ y 
su Officium semejante al del prefecto, aunque sólo tenía á sus 
órdenes dos numerarios. 

España estaba dividida en seis provincias: Be'tica, Lusita- 
nia. Galléela, Tarraconense y Cartaginense (subdivisión de la 
Tarraconense) y las Baleares: con la Tingitania ó de Tánger 
eran siete. 

La Gallecia tenía por límites con la Lusitania el Duero, el 
Occéano por Norte y Occidente, y por Oriente desde el fin de 
la montaña, una línea harto incierta que corta el Duero junto 



102 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

á Zamora. Compreudia el territorio de entre Duero y Miño, 
Galicia, Asturias y Santander. 

La Cartaginense, separada de la Bética por la línea de Ve- 
ra, Mediterráneo, Guadix, La Guardia, Almadén y Guadiana 
-junto á Medellin^ y luég*o la línea de separación de Lusitania 
hasta el Duero junto á Zamora, de allí á Fuentibre, y de la 
Tarraconense otra línea que partiendo de Peñíscola á Daroca, 
Soria, Burgos y Fontibre, comprendia la costa del Mediterrá- 
neo desde Peñíscola al cabo de Gata, Murcia, Valencia, parte 
de las dos Castillas y de León. 

El resto de España quedó siendo de la Cartaginense. 

Estaban estas provincias gobernadas, unas ^ov corisulareSj 
otras por simples prcesides; en esto no liabia regla fija, y se- 
gún las necesidades del g'obierno exigian, tenían mayor ó me- 
nor consideración los gobernadores. En el tiempo á que se re- 
fiere la Notitia dígnitatiim, la Bética, Lusitania y Gallecia te- 
nían consulares, el resto prcesides. 

El officimn de los 'prxsídes era análog-o al de los prefectos 
y ricarios en su organización, pero no era ilustre,- una ley del 
código Teodosiano (134 de Decur) le llama oscuro: prcBsidialis 
officii ohsciiritas. 

El imperio se hizo entonces también casi hereditario, intro- 
duciendo este grande y poderoso elemento en su constitución, 
lo que le dio más estabilidad y firmeza, aunque siguió divi- 
diéndose, hasta que finalmente se hizo la separación definitiva 
en imperio de Oriente é imperio de Occidente. 

No todas estas variaciones y reformas se han debido á Cons- 
tantino, algunas, aunque las menos, fueron obra de sus suce- 
sores, que siguieron el espíritu de sus principios. 

Tal fué el estado del gobierno y de la constitución del im- 
perio hasta su fin en Occidente, y la ocupación de nuestra pa- 
tria por los godos, habiendo sido en resumen una monarquía 
absoluta y hereditaria. 

Réstanos hablar del sistema militar, económico y de admi- 
nistración de justicia, de las cosas particulares á España como 
provincia, y de su régimen interior. 



LECCIÓN OCTAVA 



Gáicriio iiiililiir j finiiiíiiiico Je Roma. 



Orgfanizacion militaren g-eneral en tiempo de la república y del imperio.— Divi- 
siones y clases militares según Vegtcio: caballeiia, infanteiia y marina.— La 
legión romana: sü importancia, naturaleza y vicisitudes: sus divisiones: cohor- 
tes: manipula y centurias: las vexillationes: los auxilia.— La f/í/.v-^fs ó armada 
entre los romanos.— Fuerza total militar del imperio —Organización financíela: 
el censo de Augusto: el libelluni.— Gastos del imperio: diversas apreciaciones 
sobre la suma total á que ascendían.— Sistema tributario de los romanos.— 
Rentas públicas de Roma: aduanas: impuestos sobre las rentas y las heren- 
cias.— lientas de las provincias: propiedades del LstíiQo: contribuciones direc- 
tas: impuestos indirectos: impuestos sobre el comercio, industria y de otras 
clases: patrimonio imperial.— Administración, distribución y recaudación de 
las rentas. -Conclusión. 



Al referir las revoluciones y vicisitudes del gobierno roma- 
no, hemos expuesto algunas ideas generales acerca del siste- 
ma militar; vamos ahora á completarlas brevemente. Es im- 
posible, como llevamos dicho y repetido^ comprender el go- 
bierno de España en todas sus partes en esta época sin remon- 
tarse al conocimiento de la organización del imperio de que 
formaba parte, pero esto sólo lo hacemos y hemos hecho en 
general y á grandes rasgos, abandonando los detalles que son 
propios del estudio especial de la historia del gobierno ro- 
mano. 

Hemos visto que en tiempo de la república sus magistrados 
mandaban los ejércitos, y que existia ya la distinción entre 
los magistrados civiles y los militares. 

En tiempo de los emperadores, imj}er atores , generales, el 



104 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

imjierator era un cargo de carácter mixto, y quien lo desem- 
peñaba, además de ser jefe de los ejércitos, poseia las atribu- 
ciones inliereiites en el orden civil, las dignidades de cónsul,, 
pretor y otras, etc., que en sí acumulaban; entonces, como 
hemos visto, los procónsules y demás autoridades enviados an- 
tes por el pueblo romano, se convirtieron en legados del em- 
perador. 

Los prefectos del Pretorio á su vez , desde simples coman- 
dantes de la gaiardia pretoriana llegaron á disponer de todo el 
ejército, y ya hemos visto cómo Constantino les quitó el man- 
do militar y creó en su lugar los dos magistvi milítiDU ^ uno 
para la caballería, otro para la infantería. 

También hemos visto que estos magistri militum tenian á 
sus órdenes en tiempo de Constantino y sus sucesores treinta 
y cinco comandantes militares, de los cuales unos eran duces y 
otros comités, es decir, tenian este título y dignidad. 

Vamos ahora á descender á algunos pormenores sobre el 
sistema y organización militar de los romanos. 

Vegecio (1) dice que res militaris, el sistema militar, se 
dividia en tres partes, eiptítes, i)ecUtes , classis, caballería, in- 
fantería y marina; y en seguida refiere en pocas líneas la na- 
turaleza de estas tres armas. «La caballería, dice, se llama «to 
porque protege al ejército por ambos lados á manera de ver- 
daderas alas , hoy, añade, le damos el nombre de vexllationeSy 
tomado de la palabra velas , porque usan de velos, es decir, 
banderolas, hay otra especie de caballería que llamamos legio- 
naria porque forma parte de las legiones, y á ejemplo é imita- 
ción de ésta se ha creado la demás caballería. La marina ó ar- 
mada es de dos clases, una la que constituyen las naves lla- 
madas libitrnas, otras las lussoí'ias. Liburnas eran las naves 
que operaban en los mares y combatían en ellos, lussorias"las 
que guardaban los grandes rios. 

Con la caballería, continúa Vegecio, defendemos los cam- 
pamentos, campi, con la marina los mares y los rios, pero con 



(D Vegecio, escritor del siglo IV , dedicó su obra al emperador Valentiniano. 
iJb. 11, cap. I, 



LKCCION OCTAVA K).") 

lii ¡nfaiiíería rcsj^uardaiiios las iiioiiiañas , las ciudades, los 
terrenos llanos y los ásperos y (-orlados , de lo eiial S(í s¡í>'uo 
cuánto más necesaria es á la república la. ¡iifanlcría, (pie j)uc- 
de emplearse en todas ])arles y ([Ikí periniie mantener mayor 
níimcro de soldadcs con menores ^'astos y exiiensas. 

J<]| exercitus tonu) su nombre d(í la naturaleza d(; sn insti- 
tución y de sus ocupaciones, es decir, de la palabra cxcrcicio, 
para que nunca pudiese olvidarse de cuál era su deber y su 
objeto. 

La infantería, pedlíes, so divido en dos cuerpos, á saber: 
auxiliares, auxilia, y legiones. Los auxiliares eran los que an- 
tes enviaban las naciones aliadas (5 amig-as, pero el valor y pu- 
janza de los romanos se ostenta principalmente en las le- 
giones.» 

Tenemos, pues, según este pasaje de Vegecio , y dejando 
aparte la marina, dos clases de caballería, la legionaria, divi- 
dida en legiones, y las vexilaciones (5 escuadrtnies sueltos, 
creada á imitación de la legionaria, y dos clases también do 
infantería, los auxilia y las legiones. 

Veamos ahora lo que era la legión , de la que Yegecio di- 
ce : Romana virtus prxcipue in legionum ordinatione prepollet. 
La legión al principio fue' la única organización ó cuerpo mi- 
litar romano. Solo la componían los ciudadanos acomodados 
que tenian una patria y patrimonio que defender; los proleta- 
rios estaban excluidos de ella. Esto duró mientras se peleí) 
cerca de Ro-ma; pero cuando se llevó la guerra lejos de la ciu- 
dad, fué debilitándose este principio, y se empezó á atender 
más á las cualidades intrínsecas de fuerza, agilidad y resis- 
tencia en la campaña. Mario durante las guerras civiles admi- 
tió en las legiones á la plebe, y después fueron admitidos has- 
ta los que no eran ciudadanos romanos. La legión constaba 
de 6. ICO infantes, j;íí?//í?,y y 726 caballos, equites; su fuerza te-- 
tal era, por lo tanto, de 6.826 hombres. Se dividía en diez co- 
hortes, la primera, llamada miliaria, constaba de 1.105 infan- 
tes y 132 caballos, las (iemás de solo 555 infantes y 66 caba- 
llos. En esta primera cohorte se reunia lo más selecto de la 
legión por linaje, riqueza, saber, ilustración personal y otras 



105 , DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cnalidades: tenia á su cargo las águilas é imágenes del em- 
perador. 

La cohorte se dividía asa vez en secciones de 100 hom- 
bres ó centurias, y éstas en contubernia ó manipula de diez 
hombres cada una. Al frente de la legión habia un iwefectws 
legionis comandante de la legión; las cohortes estaban man- 
dadas por tribiDil, tribunos, y las centurias por centuriones. La 
caballería legionaria se dividia en turmas ó secciones de 32 
caballos, á las órdenes de un decurio. 

La legión constaba además de carpinteros, herreros, pin- 
tores, arquitectos, etc., para diseñar, fabricar y construir las 
armas, máquinas y demás útiles necesarios en una campaña. 
Tal era la organización de la famosa legión romana, que Ve- 
gecio se complace en describir minuciosamente. 

Las vsxildtioms 6 escuadrones sueltos, eran cuerpos de ca- 
ballería algo irregular, compuestos por la mayor parte de li- 
cenciados, reclutas y demás personas que no podian entrar en 
las legiones, como por ejemplo, los libertos. En los siglos del 
bajo imperio las vexilaciones se convirtieron en cuerpos ó es- 
cuadrones de caballería. 

Los auxilia eran los cuerpos auxiliares que mandaban los 
pueblos ó naciones amigos 6 tributarios de Roma: conserva- 
ban sus armas, su organización y su modo de pelear, y se em- 
pleaban^ con arreglo á sus condiciones, en los parajes y sitios 
á propósito. Los auxilia se unian siempre á las legiones en 
número igual ó poco mayor al de los legionarios, y servian 
en ella como tropas ligeras. 

La legión con los auxilia constaba, pues, en tiempo de los 
emperadores de unos 12.500 hombres, de los cuales 6.800 so- 
lian ser romanos. 

En tiempo de la república, concluida la campaña, las le- 
G:iones se disolvían v los le;>'ionarios se retiraban á sus lioo:a- 

■O 4/ O O 

res, y entraban en el orden civil; pero cuando cambió la for- 
ma de gobierno, cambió también el sistema militar Aug-usto 
al organizarlo con arreglo á sus fines, estableció veintiocho 
legiones perpetuas ó permanentes para defender los límites 
del imperio, después se fué aumentando su número, y se esta- 



LKCCMON OCTAVA 107 

l)loc¡oron SüdoiitiiriaiiuMite cu 1:ih (lilahuliis íVi)iil,(;r;i8 (1(í la do- 
niiiiacion roinann. 

Kn tiíMiipo do Adriano lial)ia treinta Icí^iones colocadas do 
r»ii\ nunu^ra: tros en Hrotaüa, dioz y sois en ol Uliin y ol Da- 
nubio, ocho Vil ol Eufrates, una en África, otra en líspaña, pa- 
cífica ya y lejos de las fronteras, y otra, ])nv último, en Italia. 
]ín todo treiiita le<>-iones, que componen un total de 375.000 
liombres. Fué después aumentándose en número hasta cin- 
cuenta y ocho, y cuando ya no bastaron, se tomaron á sueldo 
á los mismos bárbaros que acabaron así por invadir y destruir 
fácilmente el imperio. 

lOn cuanto á marina, los romanos nunca tuvieron una ar- 
mada proporcionada á su poder, pues aunque la aumentaron 
durante las guerra? con Cartago y demás naciones marítimas, 
en los tiempos del imperio tenian solamente dos classes ó ar- 
madas en el Mediterrano , una en el Adriático y otra en la 
bahia de Ñapóles. En los grandes rios de los confines del im- 
perio habia apostaderos de las naves, que Yegecio y el Código 
Teodosiano llaman Insorias. 

Si á esta fuerza de las legiones se anadian los pretorianos 
primero, y después los cuerpos comitatenses ó que acompa- 
ñaban al emperador , los cohortales ó gendarmería que asistia 
-á los prefectos, vicarios y presides, según hemos visto , los 
bárbaros á sueldo, la marina, y otros, no bajaba el cuerpo mi- 
litar romano de 450 á 500.000 hombres (1). 

Pasemos ahora á estudiar la organización económica y fi- 
nanciera del imperio. 

El sistema tributario de Roma no padeció en esta época 
tantas alteraciones como el político. Augusto, al establecer su 
nuevo plan de gobierno sobre la ruina de la república, lo mis- 
mo que alteró el sistema político y el militar, alteró también el 
-económico, pero le estableció sobre bases tan sólidas que sus 



(1) En Veg-ecio, en Frontino y Eliano, y en el Perantliton de Godofi-edo al 
libro VII del Códig-o Teodosiano de Re milíLaris, y en sus leyes, hallará más noti- 
cias el que desee enterarse á fondo de esta materia. 



108 LEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

sucesores no hicieron más que ampliarle y modificarle seguii 
las exigencias de los tiempos. 

Para esto hizo formar el famoso Censo, en que se contenia 
la estadística en el sentido que hoy damos á esta palabra en 
casi toda su latitud, y en el que constaba lo que cada uno po- 
seia y lo que debia pagar por tributos, obra inmensa que sirvió 
siempre de base para las operaciones sucesivas: como este censo 
coincidió con el nacimiento de Jesucristo, hay larga mención 
de él en todas las historias eclesiásticas y en los Evangelistas. 
No debe confundirse con el Lihdlum que según Tácito (1) le- 
gó Augusto al Senado, y en el que él mismo habia inscrito la 
fuerza, legiones, socios, los impuestos, etc., del imperio. Este 
documento, cuya pérdida con tanta razón se deplora, nos se- 
ría grandemente útil para poder adquirir nociones algo ciertas 
sobre puntos de tanto interés, nociones que de otro modo no 
pueden fijarse aproximadamente sin recurrir á grandes digre- 
siones incompatibles con el fin que nos proponemos en estos 
estudios: sólo daremos, pues, algunas ideas generales, prime- 
ro acerca de los gastos, después acerca de los rendimientos del 
imperio. 

Los principales gastos eran el sostenimiento de 450 á 
500.000 soldados en tiempo de paz y el de las diversas armadas 
que habia en el Mediterráneo y en los rios fronterizos,* los emo- 
lumentos, el fausto y lujo de los vicarios, fríBses, y demás au- 
toridades provinciales, y de sus largos oficios ú oficinas; el in« 
menso boato de la casa imperial; las postas, caminos, fábricas 
de armas, edificios, etc.; los gastos del culto déla religión del 
Estado y las distribuciones de trigo y otros artículos hechas al 
pueblo de Roma primero, y después al de Constantinopla, an- 
tes de César eran 300.000 hombres los que recibian el trigo de 
balde, después se aumentó extraordinariamente su número. 

Estos gastos ascendian á cantidades inmensas, ya en espe- 
cie, ya en dinero. 



(1) Opes publicff, continehanlur quantum civium sociorumque in armis: qmt classes, reir- 
na, provinlia, tributa, aut vcstigalia, et necessilales ac largitiones; qua cunda sua mamt 
perscripserat Aiiguslus. Tac. Ann. 



LECCIÓN OCTAVA 10!) 

Vosi)Jis¡aiio (1) iiíiriujihii ({110 la K'cjjúhlica 110 podía sost(!- 
iiorso sin una ronta anual de cuarenta mil ihíIIouíís de sester- 
ciof», (lue viíMKMi ;í. s(M' i)i*()XÍinani(Mite 31.3()() iiiilloníis d(í rs. 

Hay que advertir, sin (Mnl)arj2,'(), qutí j)l<;-u nos escritores pre- 
tiMidcii (][\o dondí^ S(; 1(m* cuaront;i mil millones de sestercioa, 
(lobo leerse solamente cuarenín, millones, en cuyo caso el pre- 
sni)uesto d(d imperio no pasaría de 3.13G millones, es decir, 
sería aún menor de lo que lo es en la actualidad el de Francia, 
teniendo en cuenta que el valor de la moneda es hoy tres veces 
menor que entonces. Otros, como Naudet, para hacer probable 
la primera suma cuentan con las contribuciones en especio, 
que ascendian á valores inmensos, y hay quienes, como el mo- 
derno autor de la Economía política de los romanos, M. Dureau 
de la Malle, hacen otros cálculos, suponiendo que en el presu- 
puesto imperial no se incluíanlos enormes g*astos que pesaban 
sobre las administraciones municipales, juzgando admisible 
sólo bajo este aspecto el cálculo de Gibbon, que presenta úni- 
camente como rédito anual de las provincias 1 800 millones de 
reales. Supone además el autor que hemos citado, que el cál- 
culo de Yespasiano era solamente para reparar los males de 
la g'uerra civil en todos los ramos y poder empezar un nuevo 
orden de cosas. 

De cualquiera manera que esto sea, basta mirar la enor- 
midad del presupuesto de gastos para convenir en que debió 
ser enorme el presupuesto de las rentas necesarias para cu- 
brirlo, sobre todo si se tiene en cuenta que además de los gas- 
tos ordinarios arriba referidos habia los extraordinarios de los 
donativos ó largitiones á los soldados y al pueblo, los de los 
grandes espectáculos, juegos y festines dados al advenimiento 
de los emperadores, y en otras ocasiones solemnes, y los tri- 
butos pagados á los bárbaros en el tiempo de la decadencia. 

Veamos ahora con qué se cubrían estos gastos, ó en otros 
términos, qué rentas producía el imperio. 

No entraré en grandes pormenores en un campo tan vasto, 
baste decir que cuanto en los tiempos modernos se ha ideado 

(1, Vesp. ! 5. Profeisusqutiirigenties milHes,ul Respiólica slare possct. 



lio DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

en materia de imposiciones, tributos y de su administración, se 
encuentra en el sistema tributario de los romanos. Níliil no~ 
viwi sul solé, dice con este motivo el moderno historiador de la 
Economía política de los romanos. Para proceder con orden 
hablaré primero de las rentas publicas de Roma, y después de 
las de las provincias, hasta que unas y otras se confundieron 
casi totalmente. 

Los romanos establecieron al principio pocas contribucio- 
nes, el botín recogido en sus expediciones y el servicio militar 
sostenido por los ciudadanos, no exig-ia grandes impuestos, y 
éstos se hicieron sólo necesarios cuando se llevaron las expe- 
diciones más lejos. El sitio de Veies, que duró diez años, crea 
la nece-:idad del sueldo para las tropas, sueldo que se repartió 
á todos los ciudadanos en razón de sus facultades. 

Durante las primeras guerras púnicas se aumentaron con- 
siderablemente los impuestos , pero fueron otra vez aminorán- 
dose con las riquezas recogidas en Sicilia, España y Cartago. 
Por fin en el año 586 de Roma (164 de J. C), habiéndose apo- 
derado L. Emilio del tesoro de Perseo, rey de Macedonia, que 
pasaba de ciento ochenta millones de reales, se extinguieron 
del todo en Roma les impuestos, bastando las rentas de las 
provincias conquistadas para .dejar libres de pechos al pueblo 
imperante, al pueblo vqj. 

Augusto, por instinto monárquico ó por su intento político 
de ir abatiendo al pueblo rey y procurar atraerse el afecto do 
las provincias, al plantear las grandes reformas en el g'obier- 
110 de que hemos hablado, sujetó nuevamente á Roma al pago 
de los tributos. 

Estableció ó conservó primeramente el derecho de adua- 
nas, por el que se pagaba desde la cuarta á la octava parte del 
precio de cuanto se introduce en Italia. Creó también un im- 
puesto moderado, que generalmente era el 1 por 100, sobre 
toda clase de ventas, impuesto que excita descontento y que- 
jas, pero sin el que Tiberio declara solemnemente que no se 
puede mantener el ejército, bastando esto para acallar todas 
las quejas ; sus productos se destinaron al fisco ó tesoro espe- 
cial del ejército, á diferencia del IiJrarium , que era el Tesoro 



LECCIÓN OCTAVA 1 1 1 

(le la República (') del lOrítadu, auu([ue andando el t¡ciii[)o am- 
l)os se confundieron. 

Percib¡() adeni.-'is la \ij;-(^sim:i parle, ó sea (d 5 por 100 sobre 
las herencias y le<i,-ados, excliivíMido las directas y las ni(kli- 
cas. lista (•oníribucion daba j^'raiidíís productos por su natura- 
leza y por la (wtension que se iba dando á la concesión de la 
ciudadanía; los que adquirian esto dereclio pag-aban con gus- 
to el inii)ucsto, por gozar de las ventajas de ser ciudadanos 
romanos. 

Caracalla, queriendo hacerla producir más para saciar la 
sed de oro de los pretorianos indignados por la muerte que 
habia dado á su hermano Geta, hizo ciudadanos romanos á to- 
dos cuantos vivian en el orbe romano, y exigió de todo la vi- 
gésima parte que él llevaba hasta la décima, aunque no dur(3 
este aumento más que por el tiempo de su reinado. 

La consecuencia de esta concesión á los provinciales debía 
ser eximirles de las demás contribuciones que no pagaban los 
ciudadanos romanos, pero no sucedió así. 

Alejandro Severo aminoró después esta injusticia rebaján- 
dolas á la trigésima parte de su valor, y de este modo preparó 
la igualdad de todas las provincias y provinciales con Roma y 
con Italia. 

Veamos ahora cuáles eran las rentas de las provincias. 

En los primeros tiempos de la conquista, los generales im- 
ponían á su antojo contribuciones arbitrarias para sostener 
los ejércitos, y el Senado castigaba con ellas á los pueblos que 
se resistían ; esto produjo^ mil estorsiones y sublevaciones; so- 
lamente en España 17 gobernadores llevaron á Roma en trein- 
ta años seis millones y medio de pesos fuertes, después de ha- 
ber hecho á costa del país g^uerras muy dispendiosas y sin in- 
cluir en esta ottas grandes- sumas, según cálculo detallado de 
Masdeu. 

Pero conforme el país se iba aquietando se iban regulari- 
zando las exacciones , y prescindiendo de los abusos y críme- 
nes de los Yerres y otrcs magistrados igualmente inicuos j ra- 
paces, vinieron á quedar las rentas reducidas, poco más ó me- 
nos, á estas cuatro clases: 



112 DEL GOBIERNO Y LSGISL.\C10N' DE ESPAÑA. 

Propiedades del Estado; contribuciones sobre bienes y so- 
bre las personas; impuestos indirectos sóbrelas transacciones 
y contratos; y los impuestos sobre el comercio. 

Estudie'moslas separadamente. 

Propiedades del Estado. Ar/rí puMlcí fructiiarií. Los ro- 
manos coruscaban á los pueblos vencidos, unas veces todas 
sus tierras, otras una gran parte: Cicerón atestigua en varios 
pasajes de sus obras que los españoles fueron agris stlpe/idío- 
que mulclatl. Estos campos, unas veces se daban á las colonias 
romanas, otras á nuevos habitantes, y á veces se dejaban á los 
antiguos dueños, pero sujetos siempre al pago del vectigal 6 
renta que era mayor ó menor, quedando siempre también en 
el dominio del Estado, que en casos apurados los vendía. 

Minas, canteras, pesquerías, etc. El gobierno se apodera- 
ba también de ellas, y en España le producian rentas inmen- 
sas. Sirvan de ejemplo las minas de plata de Cartagena, que 
se extendian (1) por el espacio de 12 leguas, y ocupaban ha- 
bitualmente 40.000 obreros, que extraían por valor de 25.000 
dracmas al dia, es decir, unos 36 millones de reales al año; 
las minas de plomo de la Bética, que estaban arrendadas en 
800.000 reales al año, -^ de las que según Plinio, el arrenda- 
tario Antoniano sacaba 400.000 libras anuales; las de cinabrio 
ó azogue en la Bética, que daban también al Estado una ren- 
ta que Plinio no especifica; y otras muchas minas que eran 
de particulares^ pero que pag^aban al Estado una contribución 
como las de hierro y plata de la Cartaginense, sometidas al 
tributo por Catón el Censor, según Tito Livio. En tiempo del 
imperio todas las minas se trabajaban por cuenta del Estado. 

Contribuciones directas sobre bienes y personas Stlpen- 
íZi?ím. Además de tomar las tierras .en la forma referida, los 
romanos impusieron á los españoles, lo mismo que á las de- 
más provincias, el stli^endíitm 6 vectigal stlpendíariiim^ Ilts- 
pams agris stlpendloque mulckttos, dice Cicerón, y en otro 
pasaje, añade: Qiiod sí A^ris, sí Sxrdís^ sí Hísimnis agrís st¿- 



U) Polibio, citado pov Estrabon, libro T. 



LECCIÓN OCTAVA 113 

jíendíoque mnJctatís virtutc adepisci licet civilatem, etc., se Wa- 
ini\]y,v .<tt¿pe>id¿ar¿iim porque servia liara. i)n<>ar el cstiiiendio d(; 
las Ic^í^MoiK'í!. l'iii líspaña, á (liTcrciicia (1(! Sicilia, dondo esta 
contribución consistía en una parte alícuota de los frutos, esta- 
])a fijada on una cantidad determinada. Jlíspanis certum vecti- 
gal inipositnm qiiod stípendiarinm dicitur, dice Cicerón, y el 
mismo asegnira que entre nosotros consistia este Iributo en la 
vigdsima parto de los cereales, y décima frugum minutarurUy 
en otras provincias no bajaba del diezmo 6 frumentum decu- 
ouanum; España era en eslo la favorecida. 

Velevo Patérculo dice, que en tiempo de Augusto fud he- 
•cha estipendiaría toda España, sicd Augusto Ilisjpania univer- 
sa stipeMliaría facta estj pero esto tiene sus excepciones, pues 
había muchos pueblos que no eran estipendiarios, sino colo- 
nias, municipios, federados y otros, como explica minuciosa- 
mente Plinio, y expondremos después. El vectig-al estipendia- 
rio se pagaba por lo general en especie , y había la obliga- 
ción de llevarlo á los almacenes destinados al efecto, así se 
llamaba vectigal, á vehendo, porque habia que transportarlo, 
después se pagaba, á lo menos una gran parte, en dinero. Frii- 
menta eí pecu'/iia ■vectigalis, los llama ya Tácito, habiendo sido 
Augusto el autor de esta importante mudanza. Las ventajas 
que de esto reportaron las provincias fueron muy grandes, 
pues los portes eran costosos j sujetos á vejaciones. Tácito 
(¿}i Agrícola) habla de los presides que sin necesidad, y para 
sacar dinero, obligaban á llevar el vectigal á tropas que esta- 
ban lejanas, dejando sin él á las próximas. En España, fuese 
por lo mucho que se celebrara este suceso según Mariana y 
•otros, ó por cualquiera otra causa, el hecho es que se comen- 
zaron á contar desde entonces los años, y este es el origen de 
la famosa Fra española, que data treinta y ocho años antes 
<ie la vulgar, y que estuvo más ó menos en uso entre nosotros 
hasta el siglo xiv. 

En cuanto á los tributos en oro, plata, trigo, caballos, ves- 
tidos y otras especies, según las producciones de cada provin- 
cia. España, s^igun Justino, contribuía principalmente coa 
trigo, vino, vestidos y caballos. Esto debió continuar durante 

8 



114 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

mucho tiempo, según se colije de un texto de Elio Lampridio^. 
escritor del siglo iii de la Iglesia, y aun parece que en tiempo- 
de Constantino se conservaba todavía la costumbre de pagar 
alg'unos sueldos en especie, y que esto no cesó del todo en 
Oriente hasta el siglo v. 

La capitatlo era el tributo personal , no bien definido ni 
comprendido aún por los escritores modernos seg'un ellos mis- 
mos confiesan, era diferente en las diversas provincias, y le 
pagaban todos en reconocimiento del señorío de Roma, en al- 
gunas partes aparece que se pagaba ex censu 6 en proporción á 
los bienes, y sus rendimientos eran grandes. 

Respecto á los impuestos sobre los contratos, transacciones-- 
civiles, etc., ya hemos dicho que Augusto estableció la vigé- 
sima de las herencias y legados, y el tanto por ciento en las- 
ventas para los ciudadanos romanos; cuando todos gozaron de- 
este derecho, á todos so hizo también naturalmente extensiva, 
esta carga. 

Los impuestos sobre el comercio, industria, etc., eran innu- 
merables. Además de la renta de aduanas, procedente de lo& 
derechos que se pagaban al pasar los graneros de una provincia 
á otra, y que consistian por lo regular en la cuadragésima 
parte de su valor, se pag-aba contribución: por las provisiones 
y géneros que entraban en Roma, ó derecho de consumos, por 
el número de esclavos y de eunucos y por su venta y emanci- 
pación, por los lagos de pesca, minas y canteras, por los gana- 
dos, pastos, etc., por los pleitos y actos judiciales, por los acue- 
ductos, letrinas y materias fecales, por las puertas y ventanas, 
por las tejas y chimeneas, por el ejercicio de las artes y ofi- 
cios, como nuestras patentes, por la prostitución de los dos 
sexos, por los ganapanes ó mozos de cuerda, por el celibato, 
por la viudez, y por todos los artículos de lujo en g^eneral. 

El Estado tenía también el patrimonio imperial, y ade- 
más de estas rentas públicas habia el patrimonio ó res yrí- 
vata del emperador, que consistia en los últimos tiempos en 
parte de las antiguas propiedades del Estado, muchas de las 
cuales habian sido vendidas ó donadas, en minas, canteras^ 
salinas, rios, etc., en los bienes vacantes, en las multas y con- 



LKCriON OCTAVA 115 

íipcacioncs, qno eran ¡iniionsaa sop^iin las iiiuclias faltas á que 
ac ¡inponia osta odiosa ¡xMia, (mi los bienes particularoa do los 
cmporadoros, que so ag-rcg-aban al ])atrimoiH() ásii advonimien- 
tü al imperio. 

Dig-ainoa ahora sucintamente cómo se administraban estas 
rentas. 

Kn tiempo do la República las rentas del Estado se arren- 
daban á publícanos que oprimian y vejaban escandalosamente 
;i lo> pueblos. Augusto con su tacto y moderación acostumbra- 
dos, al reducir el sUpendinm á metálico, puso las rentas en ad- 
ministración, con grande aplauso y ventajas de los pueblos, 
en las provincias cuyo mando le correspondia. Mit^ntras tanto 
las del Senado quedaron sujetas á la opresión y á los agios de 
los publicanos, hasta que los emperadores más tarde consiguie- 
ron someterlas todas al mismo re'gimen administrativo. 

La distribución se hacía por el gobernador romano á las 
ciudades respectivas, y por las curias y magistrados de éstas á 
los particulares. 

La recaudación se llevaba á cabo por las curias, y en Es- 
paña ya en tiempo de la República, cuando los españoles, co- 
mo hemos dicho al hablar de los RecuperatoreSy acudieron en 
queja al Senado, se dio una ley ne yrcefecti ne oppida sua ad 
cor/endas pecunias imponer eiitiir (T. Llvio, 43-2/ 

Las ciudades llevaban por su cuenta el tributo en metálico 
ó en especie á los tesoros ó depósitos provinciales, y los gober- 
nadores á los designados en la extensión del imperio. 

Los RatioiíaleSy Procciiratores y otros funcionarios subalter- 
nos cuidaban de la cuenta y razón y de la administración de 
las rentas y del patrimonio bajo la inspección y dirección del 
prefecto del Pretorio, y después bajo la que hemos dicho ejer- 
cían el Comes sacrarum largitíomim y el Comes rerwn priva- 
tarum. 

Tal es el cuadro del sistema económico de los romanos, rá- 
pitlamente y á grandes rasgos descrito. Con él pongo fin á la 
historia del gobierno romano, del que España era una provin- 
cia. Réstanos ahora hablar del régimen municipal ó gobierno 
de sus ciudades. 



LECCIÓN NOVENA 



(ioliieriio iiiiiiiii'iiiai, 

Gobierno johtico y gobierno municipal: vitalidad inextinguible de las localidades: 
diferencias entre los intereses generales y los locales.— Ojeada general sobre la 
historia de las municipalidades.— Vicisitudes de excesivo poder ó excesiva opre- 
sión.— Independencia y poder de las localidades en España antes de la conquis- 
ta de Roma —Diferencias en el modo de ser gobernadas las localidades en tiem- 
po de los romanos.- Ciudades estipendiarlas: contributas: libres: confederadas: 
municipios: colonias: pueblos latino»: el jus Lalii.— Elección de magistrados mu- 
nicipales: concurrían á ella el Senado y el pueblo en las ciudades.— El Senado 
de las ciudades o curia: los curiales ó decuriones: magistrados que elogian.- 
Diferencias según Savigny entre el gobierno municipal de España é Italia y el 
de las demás ciudades. 



Hemos dicho en las lecciones anteriores, que el examen 
del gobierno de España en el período de la dominación de los 
romanos abrazaria dos partes : la primera, referente al gobier- 
no supremo ó político desempeñado por magistrados romanos; 
la segunda, acerca del gobierno municipal ó interior de las 
ciudades, ejercido por magistrados ó corporaciones munici- 
pales. 

Hemos expuesto rápidamente en la primera la índole, va- 
riaciones Y vicisitudes del gobierno romano, tanto en su cen- 
tro como en las provincias, y señaladamente en España hasta 
la época de la ruina del Imperio en la Península y en Occi- 
dente. Re'stanos ahora exponer la historia del re'gimen muni- 
cipal, su origen, progresos y decadencia entre nosotros, ma- 
teria de suyo muy importante y digna del más atento estudio. 

En la lección relativa al gran hecho de la Conquista y tam- 



118 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

bien en las lecciones sucesivas, hemos visto por qué medios 
tan duros y violentos se acabó con la vitalidad enérgica de las 
tribus hispánicas j con la fuerza de las localidades, sometién- 
dolas violentamente á un centro de poder, de acción y de uni- 
dad común. Todas aquellas ciudades independientes entre sí, 
sucumben por los efectos de esta misma desunión é indepen- 
dencia y se refunden en el inmenso todo del Imperio, en el que 
pierden , y se anega , por decirlo así , su vida y existencia 
propias. 

Sin embargo, la localidad no murió del todo, porque no 
puede morir, porque se reproduce siempre y sin cesar bajo to- 
das las formas políticas y bajo todas las clases de gobierno, 
porque la comunidad es de todos tiempos y lugares, y la ciu- 
dad es un ser real y efectivo que los gobiernos pueden cierta- 
mente modificar, pero nunca destruir. El simple hecho de la 
vecindad de las habitaciones dá lugar á una multitud de inte- 
reses especiales y privativos de los vecinos, intereses que es 
preciso administrar y que nadie puede sin embargo hacerlo, 
ni nadie quiere tomarse este trabajo y molestia más que aque- 
llos á quienes atañen, razón por la que estos intereses deben 
estar siempre al cargo de la comunidad. 

Pero ¿cuáles son los intereses especiales déla comunidad y 
cuáles los generales del Estado? Su índole y naturaleza los de- 
terminan: aquellos que sólo interesan á la localidad , que no 
afectan á la generalidad, aquellos que sólo la localidad pue- 
de administrar y cuidar, esos son los que deben estar á su 
cargo, los demás deben estar á cargo del gobierno supremo; 
en una palabra, todo lo que interesa á la comunidad como co- 
munidad pertenece á su cuidado, lo que le interesa como par- 
teado la nación ó del Estado, á éste atañe administrarlo y cui - 
darlo. Sólo en tiempos de violenta reacción ó de absurda tira- 
nía se priva á las ciudades de la administración de sus intere- 
ses especiales, como sólo en tiempos de anarquía social ó de 
un grande trastorno en las nociones más comunes de la ciencia 
del gobierno , se mezclan las localidades en los negocios del 
Estado y aspiran á ejercer derechos políticos. 

Esta verdad importante y trascendental la veremos cons- 



LECCIÓN NOVENA 119 

tjmtemcnto, dominar convcrtidií on licclios, oii ol estudio que 
vamos á omprcMidor do la liistoria dcA rógimcii municipal en- 
tro nosotros. Desi)U(^s del r(^{^-imoii in(le])ond¡onte de las razas, 
veremos á la Couíjuista, tiránica y violenta siempre en su pri- 
mer período, oprimir i)esadamentc á las municii)alidades ; ve- 
remos, i)asado el primer ími)etu , ir restituyéndoles sus natu- 
rales derechos en tiempo de los emperadores suaves y templa- 
dos de los Nervas, Trajanos y Antoninos; las veremos después 
liumilladas, esclavizadas y convertidas en un instrumento de 
opresión en tiemi)0 de la anarquía militar, del régimen preto- 
riano y del gobierno que surgió de su seno. 

Y si quisiéramos desde ahora lanzar una mirada fuera del pe- 
ríodo que nos ocupa, veríamos también alas localidades levan- 
tarse poco á poco en la anarquía feudal de la Edad Media, for- 
mar parte de la jerarquía social y política de este período y ad- 
quirir una importancia é influencia incompatibles con todo go- 
bierno regular; las veríamos después decaer y reducirse á sus 
funciones administrativas cuando sé fueron consolidando los 
gobiernos de Europa sobre las ruinas del poder feudal, lo mis- 
ino en la libre Inglaterra que en la monarquía absoluta de 
Francia ; las veríamos durante la revolución francesa y la 
■anarquía á que ésta dio lugar, aspirar á mandar en el Estado 
causnndo mil crímenes y trastornos, y por una reacción natu- 
ral aunque excesiva, desaparecer casi completamente en tiem- 
po del Directorio, cuando el gobierno republicano quiso regu- 
larizarse y subsistir, volviendo sólo al ejercicio, de sus natura- 
les funciones, después de la revolución de Julio, en la famosa 
ley de que tanto se lia hablado en estos últimos tiempos. 

Las veríamos también entre nosotros y en medio de nues- 
tros disturbios querer seguir é intentar el mismo camino que 
en Francia; veríamos á los hombres cuerdos y amaestrados por 
las lecciones de la historia querer reducirlas á justos límites, 
y sucumbir en la empresa, y surgir otros que caerán también 
sin remedio bajo su oposición y esfuerzos disolventes, 6 ten- 
drán que seguir á su vez las huellas y las doctrinas de sus ad- 
versarios, si es que por una reacción natural no adoptan la 
■conducta de la República y del Directorio oprimiéndolas y aho- 



120 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE EbPAÑA 

gándolas por complelo, lo que sería un grave mal y el g'-e'rmeit 
de una nueva reacción en sentido opuesto. 

Tal es y tan grande la importancia política y social de las 
instituciones municipales, cuya historia entre nosotros vamos 
á trazar, y cuyas vicisitudes y progresos formarán constante- 
mente en todas las épocas ó períodos que recorramos uno de 
los puntos principales de nuestras lecciones. 

Hemos visto que España no formaba antes de la conquista 
una nación, sino que era un agregado de tribus ó ciudades, 
hemos visto que estas ciudades eran todas ó la mayor parte re- 
públicas independientes entre sí, que en ellas gozaba de gra:i 
autoridad la Asamblea ó Concilium del pueblo, pero que en las 
más adelantadas y en todas las de origen fenicio, griego ó car- 
taginés habia además un Senado, compuesto de los nobles, 
de los Optimates, y que habia también magistrados, heredi- 
tarios, como lo fueron Corbis y Orsúa, ó electivos, como los 
SuffetesdLQC-káÁz y los magistrados de las colonias griegas. 
]<]stas ciudades, lo mismo que Eoma, que tampoco era en su 
origen más que una ciudad, ejercian toda la plenitud de su 
soberanía, tanteen su régimen interior como en sus relaciones,, 
guerras y alianzas con los demás pueblos. Eran antes de la 
conquista pequeñas naciones independientes, verificada ésta,, 
debió cambiar necesariamente su condición. 

La conquista por sí misma debió crear diferencias conside- 
rables entre estas ciudades, y en su modo de ser gobernadas., 
Roma no podia tratar lo mismo á los pueblos que le habian 
auxiliado en sus guerras y á los que se habia visto precisada á 
conquistar y vencer en luchas sangrientas. Ampurias, abrien- 
do sus puertas al ejército y armada de Escipion, Sagunto pe- 
reciendo víctima de su fidelidad á Roma, no podian sufrir la. 
misma suerte que Numancia, vencida á costa de torrentes de 
sangre romana, y que Cartagena, tomada á sus fundadores y 
pobladores los cartagineses. 

De esta diferencia de conducta de los pueblos españoles coii 
los romanos nació á su vez la diferencia entré ellos y sus di- 
versas relaciones con Roma. Bajo este concepto eran los pue- 
blos ó ciudades de España libres, confederados, municipios^ 



LKCriON NOVKN/V 121 

latinos jinti<2,mos, colonias y osíipondiarios. Así diccPli'nio quo 
(MI la H('ti(!a 011 su ticMnpo había seis cin dados libros, tres con- 
federadas, ocho municipios, veintinueve latinos antiguos, 
nueve colonias y ciento veinte ciudades cstipondiarias. 

Knipecenios ])or el exánion de las ciudades cstipondiarias 
que oran las dol derecho común y asc(Midian en ]']spaña en 
tiempo, (5seg-un la descripción de Plinio, á trescienta treinta 
y cinco; así comprenderemos las diferencias y ventajas de las 
demás privilegiadas. Las ciudades estipendiarlas eran las ciu- 
dades vencidas y rendidas, por decirlo así, á discreción: se les 
despojaba de la propiedad, del todo ó parte del territorio, y se 
les sujetaba al stlpendiicm 6 pago del sueldo de las tropas, y á 
los demás tributos, se les privaba asimismo de sus magistra- 
dos 6 instituciones, y estaban sujetas á un comandante mili- 
tar ó prefecto que tenía sobre ellas oijus gladíi, y cuyos edic- 
tos en lo relativo á la administración de justicia llevaban con- 
sigo fuerza de ley, si bien podía apelarse de ellos á los i^resi- 
des ó pretores á quien estaban sujetos aquellos magistrados. 
Los romanos al principio tendían á establecer estos prefectos 
aun en las ciudades confederadas, como sucedió en Cádiz, pero 
los gaditanos acudieron al Senado. (Liv. 32, c, 2.) peteiites ne 
prefecíus Gades mitteretur, conforme á lo pactado conL. Martio 
Séptimo al establecer su alianza con los romanos, y así se de- 
cidió. PJstos g*obiernos se llamaron después prefecturas y fue- 
ron muy comunes en el imperio, aunque no en España, por 
razones que luego veremos: la Curia ó Corporación municipal 
existia bajo su presidencia, pero en general sin magistrados 
municipales. 

Las ciudades coiitributas eran las que pagaban el stipen- 
dium, y estaban encabezadas con otras de las cuales se supo- 
ne que en algún modo dependían. De estas había en España, 
según Plinio, doscientas treinta y cuatro, formando con las 
simples estipendiarías un total de seiscientas veintinueve. 

Eran ciudades libres las que conservaban aún su sobera- 
nía é independencia en el gobierno interior por virtud de una 
concesión especial del Senado Romano, y confederadas las 
que habían hecho tratados con Roma sobre el modo como se 



122 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

habían de auxiliar en sus guerras, empresas y alianzas. No se 
diferenciaban éstas de aquéllas sino en que las ciudades confe- 
deradas estaban sujetas ol/cedios ó pacto de alianza con Roma. 
Unas y otras conservaban sus leyes, instituciones y magistra- 
dos, pero mientras las ciudades libre> estaban sujetas al pag-o 
de los impuestos, las confederadas se liallaban exentas de esta 
carga. Dos solían ser las cláusulas principales de los pactos 
cenias ciudades confederadas, la de tener los mismos amigos 
y enemígaos del pueblo romano eosdem qms j^opulws romanus 
hostes et amlcos h.ideant, y la de guardar siempre el debido 
respeto á la majestad de este pueblo m%jesUiUm i)opuU roma- 
ni slne dolo (Cicerón dice comiter) conservando, cláusula esta 
última más usada en los tratados inequales. (C. Tít. Liv. 39, 
1, 38, 11.); estos pactos se conservaban en el Capitolio en 
planchas de bronce. Los magistrados romanos y hasta los em- 
peradores al entrar en estas ciudades, deponían los signos de 
su autoridad, lictores, guardias, etc., en señal de que allí no 
tenían jurislíccion ni mando (Suet. Callg., 3.) Esta indepen- 
dencia y libertad de las ciudades confederadas, como no tenía 
garantía que las asegurase fué desapareciendo gradual y su- 
cesivamente. 

Los municipios eran las ciudades libres ó confederadas á 
que Roma concedía participación en los derechos de ciuda- 
danía. Esto aparece en el pasaje clásico de AuloGelio (XVI-13) 
que fija así su condición jurídica: «Munícipes son, dice este es- 
critor, los ciudadanos romanos que se gobiernan por sus leyes 
y su derecho, partícipes con el pueblo romano solamente del 
derecho honorario, no adscritosal pueblo romano por ninguna 
otra obligación ni ley, á no ser que los hubiesen aceptado vo- 
luntariamente.» Municipes ergo siuit cíves Romani ex municí- 
])ilSy legihiis suis, et suo jure iitentes, munerís tantitm cwm populo 
Romano honor arii participes-, nullis aliisnecesitatibus, ñeque ulla 
lege populo Romaiio adscripti, si populus eorum fundus factus 
est. Los municipios, pues, por regla general, no sólo conserva- 
ban sus lej^es, gobierno é instituciones propias, la elección de 
sus magistrados, la inmunidad de impuestos y otras exencio- 
nes, sino que participaban además del poder 6 derechos políti- 



LKCCION NOVENA 12ÍJ 

eos lU'l puol>lo romano, ])ii(1¡(mi(1() sus li:il)ilaiif(>s concurrir á 
los comicios romanos á elog-ir los mag'istrados, á votar leyes, á 
])rescntarso candidatos, etc.: podían también ingresar en las 
'leg-ioncs romanas, mientras (iu(! los oxtr;injeros s.Uo i)üdian in- 
corporarse en los auxilia. OonstM'vabaii los ninnií-ipios sus 
leyes i)roi)¡as y no obedecian á las roiminas, dice Aulo (íe- 
lio, nisi i)opahts conim fumhis factus est, es decir, si no adop- 
taban expresa y voluntariamente la leg'islacion romana, quo 
segal n la frase ó fórmula técnica era nbifandus ei le{ji factus 
crat. 

Las colonias, como hemos dicho en lecciones anteriores, 
fueron un medio político de que se valió Roma para afirmar 
sus conquistas; se colocaron, dice Cicerón {Agrar. 2, cap. 27} 
en lugares á propósito co)itra susipiciomm i)ericiiU. ut esse, non 
oppida Italio&j sed propugnaciila iMperii tñdcantur: ya hemos 
visto también cómo se establecían, fundando un pueblo nue- 
vo, como sucedió con la colonia Emérita Augusta^ hoy Mérida, 
ó apoderándose los soldados, ciudadanos romanos ó latinos, de 
las casas de los antiguos habitantes, intimándoles el vetevés 
migrate coloni de Virgilio: así sucedió en Córdoba, Sevilla, 
Oartag'o nova y otras. Habia además colonias latinas ó que 
sólo gozaban ^\q\jus Latii, del que hablaremos después: Car- 
teia fue la primera en España, formada por los hijos de los sol- 
dados romanos y de las mujeres españolas, latinam eam esse 
libertinorumque appelldri. Pero en general, las colonias eran 
romanas, se gobernaban enteramente por las leyes de Roma, 
estaban sujetas á sus magistrados, y los colonos conservaban 
a ciudadanía romana. Debo advertir también, que no todas las 
que en las inscripciones, medallas y memorias se llaman co- 
lonias tuvieron esta procedencia, pues algunas ciudades pidie- 
ron y obtuvieron ser colonias ó gozar AeXjus coloidanim como 
una concesión, así sucedió en la famosa Itálica, que solicitó y 
])arece que obtuvo ser convertida en colonia, de municipio que 
antes era. 

Los colonos ó habitantes de las colonias gozaban, como he 
dicho, del derecho de ciudadanos romanos, pero habia tam- 
bién en las colonias otra clase de habitantes que no tenían 



124 DEL GCEIEENO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

esta condición, éstos eran los llamados incol(E , en contraposi- 
ción á coloni : así se yé en -varias lápidas, y señaladamente en 
una de Sevilla, cuya inscripción dice que los coloni et mcolce 
romulenses erigieron una estatua á su duumviro ó magistrado 
L. Blatio (Rodrigo Caro, pág. 15). Después hablaremos del ré- 
gimen y gobierno interior de las colonias, fundamento y mo- 
delo del derecho municipal romano. 

El derecho ójií,s coloniarum era envidiado al parecer hasta 
por los municipios; así pretendió el de Itálica obtener los fue- 
ros de colonia, pretensión cuyas ventajas no debían ser muy 
notorias cuando el emperador Adriano, natural de la misma 
Itálica, extrañó en una arenga al Senado que este y otros mu- 
nicipios quisieran tener el jiis coloniarum. « De cu^^a opinión 
tan errónea dice Aulo Gellio (íVoí?^. AíL, lib. 16, cap. xiii) habló 
admirablemente ol emperador Adriano en la oración que diri^ 
gió al Senado acerca de los de Itálica, donde él habia nacida^ 
diciendo que se admiraba de que los mismos italicenses y al- 
gunos otros municipios antiguos, entre ellos el de Utica, pu- 
diendo gobernarse por sus costumbres y leyes se empeñasen 
en adquirir el derecho de colonias.» Pero á pesar de esta ex- 
trañeza, resulta de inscripciones copiadas por Rodrigo Cara 
que Itálica se convirtió en colonia. • 

Veamos ahora lo que eran los llamados pueblos latinos. 

Plinio, describiendo los pueblos ó ciudades de España, di- 
ce que en la Bética habia veintinueve ciudades, laúio antiqíii- 
tus donatx, que en la Tarraconense habia diez y ocho latino- 
rum veterum, y en Lusitania tres Latii antiqíU^ y por último 
que Vespasiano concedió á toda España el jus latii. Univer- 
sos Hispanioe Vespasianus jactatiis 'procellis reiyublice Latii jus 
tribiiit (lib. 3, iv). 

Tenemos, pues, necesidad de examinar en qué consistía 
este derecho que, comunicado primero á varias ciudades, aca- 
bó por extenderse por toda España en tiempo de Vespasiano. 
En un principio, el derecho de ciudadano romano lo poseian 
solamente los habitantes de Roma , lo^ cives , los quirites.j 
consistía en formar parte de los comicios, en votar y poder ser 
votado en ellos para todas las magistraturas, servir en las le- 



LECCIÓN NOVKXA 125 

^'ionos, etc., etc. Veamos iiliora cómo so extcudiíj este do- 
reclio. 

Cuando Roma omprondií) (mi torno suyo sus i)r¡m(;ras con- 
quistas, se liallaba Italia ])ol)la(l;i (U^ ciudades iudopendientes, 
y no atreviéndose á doj;ir cu ellas á sus lial)i1;nites los traslade') 
á Roma, demoliendo la ciudad conquistadn,, 6 reduciéndola á 
colonia con ciudadanos romanos, dcspu('s, afirmado ya más su 
poder, admitió como aliada j hue'sped á la ciudad de Core, de- 
cretando-?^^ cum Ceretíbus imblícé Jiospitiumjieret. 

Cere quedó, pues, con sus leyes y magistrados y recibió 
algunas de las prerogativas que constituian la ciudadanía ro- 
mana. Prevaleció entonces ^ se fué desarrollando este siste- 
ma, y las ciudades de Italia tenían ó quedaron todas con sus 
magistrados y gobiernos interiores, pero unas no tenian el de- 
recho de ciudad, otras lo tenian, pero sin la facultad de votar 
cititas síiie snffragio, como le llama Tito Livio (8, cap. xiv), 
y algunas, aunque pocas, disfrutaban de el por completo. 

En esta situación de las ciudades latinas, eljiís Latii con- 
sistia principalmente en dos cosas , en tener magfstrados y 
gobierno propio para el rég'imen interior, pues ya se concibe 
que los derechos de guerra, paz y otros análogos perecieron 
con la sumisión á Roma, y en que los magistrados de estas 
ciudades, por el solo hecho de serlo se hacían ciudadanos ro- 
manos (1). Así dice Apiano hablando de Como, «que César ad- 
mitió al derecho del Latió á la nueva Como, y que los que en- 
tre ellos ejercían la magistratura anual adquirían la capacidad 
de ciudadanos romanos, pues tal fuerza tuvo el derecho lati- 
no. <iNovi(^m Comum Ccesar ad jus Latii redegit, apiíd qiios qui 
unmium gessisent magistratum cives romaiiijlcbciiit, Jiaiic eiiim 
vim kaduil laliíiiías. (Ap. Lib. 2^). 

Pero estos derechos no contentaban á los pueblos latinos, j 



(1) El privilegio de las ciudades cuyos mag-istrados, por el solo hecho de serlo, 
adquirían el derecho de ciudadanía romana, se denominaba miiius Laiinm. Se decia 
que gozaban del Lalium majus aquellas otras en que no f-ólo los magistrados , sino 
también los decuriones, adquirían el derecho de ciudadanía romana. Esta distin- 
ción, desconocida hasta hace poco tiempo, ha sido puesta en claro por la revisiou 
del palimpseto de Gayo debida al filólogo alemán Studemund. (N. del C.) 



126 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

el partido democrático en Roma, para aumentar su número é 
influencia en los comicios, hizo causa común con ellos, preten- 
diendo sin cesar que se les diese la ciudadanía romana ciim 
suffragio y demás preeminencias. Hubo con este motivo dis- 
turbios y muertes en Roma, el Senado se niega á estas exi- 
gencias y estalla la guerra social, la ley Julia (662 de Roma) 
concede e\Ju9 La til á los que no tomaron parte en ella, la ley 
Porcia y otras lo extienden á todos los italianos, el derecho 
nuevo de las ciudades de Italia se llamó jas muaicípíormn^ y 
las ciudades recibieron el nombre de municípia. «Con razón 
dice Ulpiano (lib. 1 ad Mitiiícipalem) se llamaron así, porque 
IJarticipan del derecho micnerís y son recibidos en la ciudad 
para que tengan el derecho común con nosotros. Proprie 
quidem mimiclpes appellantar, muiieris participes receptl in ci- 
vitatem, lU muñera noHscum facer ent.» 

Al derecho antiguo de las ciudades de Italia antes de ser 
municipios, antes de la guerra social, es al que llaman Pli- 
nio y otros escritores j2í^ LcUii veterís, y es el mismo que otor- 
gó Vespasiano á mediados del siglo i á toda España, es decir, 
á todos los pueblos que no le poseian ya, ó que eran munici- 
pios ó colonias romanas. 

Il^Ijus italicum, que no se concedía á las personas sino á 
las ciudades, consistia en algunas prerogativas más que eljits 
Lata veteris y en la inmunidad ó exención de ciertos tributos. 
Gregorio López en su Comentario de las Partidas (Glos. 12, 
tít. 21, Part. ii), y con él otros escritores, suponen que la voz 
hidalg-o se deriva de italiciis, pero ya García en su Tratido de 
NoMUtate (Glos. 18^ n. 37), impugnó una etimología tan infun- 
dada que alg^unos, sin embargo, han querido sostener reciente- 
mente como un nuevo descubrimiento. 

Por la Constitución ó concesión de Vespasiano resulta, 
pues, que todos los pueblos de España por aquel tiempo de- 
bieron tener magistrados propios ó municipales para su go- 
bierno interior, y que debieron cesar de hecho y de derecho 
las prefecturas y demás magistraturas romanas de las ciuda- 
des que antes mandaban en los pueblos estipendiarios. Des- 
pués, en tiempo de Caracalla, se concedió á todos los habitan- 



LECCIÓN NOVENA 127 

tes del orl)C romano ol dorccho do ciudadanía, y dobioron d(;H- 
aparocer así las diferencias entre las diversas ciudades d(í I*].s- 
])aña. Sin onibar^-o, debo tenerse presente que esta loy por lo 
¿general no alteró la Coiisfiiucion do las ciudades, lo qiu; liu- 
biera sido un «^mmii trastorno, sino el estado personal (b; los in- 
dividuos, dando el derecho de ciudadanía á los que no le po- 
seian. Esta es á lo menos la opinión que hoy prevalece, aun- 
que otros creen que esto inñuyó también en la uniformidad de 
las ciudades y en que desaparecieran como desaparecieron las 
denominaciones de colonias, municipios, y demás. 

Pasemos ahora á examinar la Constitución de este gobier- 
no interior 'de las ciudades del Jtis LaUi y del jas ¡talicum 
cuando tuvo ya alguna uniformidad, pues antes, claro es que 
lo mismo en Italia que en España dcbia haber algunas dife- 
rencias. 

Hemos dicho que su principal rasgo y carácter distintivo 
consistía en la elección de los magistrados municipales, lla- 
mados así para distinguir á los romanos ó elegidos en Roma, 
de los elegidos en los municipios. Hacian esta elección al prin- 
cipio el pueblo y el Senado de cada ciudad, así en el Munici- 
pio de Sagunto vemos figurar al Senaéiis pop¡díis:]ue saguntino- 
rutriy según una inscripción todavía del tiempo de Claudio, y así 
debería suceder en Cádiz y en todas las demás repúblicas anti- 
guas que conservaron sus instituciones y sus leyes. Esta inter- 
vención del pueblo en las elecciones de sus magistrados muni- 
cipales, se ha probado además por un insigne monumento des- 
cubierto en el siglo pasado. Nos referimos al Plebiscito consig- 
nado en la tabla de bronce hallada en Heraclea en el golfo do 
Tárente, y conocida por lo mismo por el nombre de Tabla de 
Heraclea (1). En el se establece ó expresa repetidamente que 
todos los ciudadanos activos del municipio ó ciudad Itálica, 
concurrían á la elección de los magistrados y aun á dictarlas 
leyes del régimen interior de la ciudad. Eran restos de la an- 
tigua constitución independiente que debió luego desaparecer 



(1) Este pkbif-cito no es otra cosa, según ha demostrado Savigny, que la cé- 
lebre ley Jxúia trnnücifalis dictada por César. 



128 DEL GOBERNÓ Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ante el gran hecho de la conquista y ante la imitación de lo 
sucedido en Roma en tiempo de Tiberio, época en que conclu- 
yeron los comicios y se trasladaron las elecciones al Senado. En 
efecto, tanto en los municipios y ciudades itálicas del Lacio, 
como en las de España, se ven muy luego funcionar solamen- 
te al Senado y á los magistrados, residiendo en estos entonces 
toda la administración interior de un modo semejante á los 
concejos de la Edad media. 

Tanto entre este Senado como entre estos magistrados, res- 
tos ambos de las antiguas constituciones, debió haber al prin- 
cipio naturalmente algunas diferencias en su organización en 
los distintos pueblos, diferencias pequeñas sin embargo, pues 
en todos había Senado y magistrados, y con el tiempo todos 
debieron amoldarse sin dificultad al régimen de las colonias 
que era el reflejo de la Constitución romana, como lo es siem- 
pre la legislación colonial de la de su Metrópoli. Para distin- 
guir este Senado de las ciudades, del Senado de Roma, se le 
llamó, primero en las colonias y después en los municipios, 
ordo decitríomim, y más tarde curia, porque curia, según Fes- 
to fi?i voce curia) locits est ii^bi píidlicas curas gerelaiit, y curia 
llamó Propercio (Lib. ]v, 1), al mismo Senado romano en este 
sentido. 

Curia, i^rx testo quoi nunc nitet alta Senatu 

« 

PeVitos hadiiit, rustica corda Paires. 
Los senadores se llamaban decuriones y después curiales, 
porque pertenecían á la curia; la etimología del nombre decu- 
rio es incierta, en general parece que quiere decir el que está 
al frente de diez hombres ó soldados, y bajo este concepto di- 
cen algunos que tuvo origen de que en las colonias militares 
se formó el Senado tomando de cada diez soldados uno á quien 
se dio el nombre de decurio. Por lo demás, adv^ierto desde 
ahora, que curiales, como dice San Isidoro (Orig, 9, c. iii), es 
lo mismo que decuriones idem et decuriones, lo que sin funda- 
mento se ha querido negar, fundándose en que en tiempos 
muy posteriores, la palabra curiales tenía ya otra significa- 
ción: también se llamaban i)ossesores porque eran los más 
ricos. 



LECCIÓN NOVKNA 129 

Advierto también (jno con bast;intc frocuencia se llama S(;na- 
<loy Sonadores á las curias y á los decuriones do las ciudades. 
Como por este sistema lo más ilustre de cada ciudad era 
(juicn formaba el Senado splendissimus ordo, los que no eran de- 
curiones eran llamados ¡ilebei, plebeyos, miembros de la plebe, 
nombre que se encuentra con frecuencia en las leyes, monu- 
mentos 6 inscripciones de P^spaña. Este cuerpo de regidores 6 
decuriones tenía la facultad de nombrar de su mismo seno, co- 
mo hemos dicho, á los magistrados que habian de administrar 
la comunidad como los duumviros, censores, curatores, ediles 
y otros cargos. Pero antes de pasar á exponer las funciones de 
estos magistrados y las de las curias á que pertenecían, creo 
que debo detenerme en un punto importante. Trátase de saber 
si el gobierno municipal de España y de Italia era diferente del 
de las demás provincias. M. Savigny en su Historia del derecho 
romano en la Edad media lo afirma así respecto á Italia, pero 
las razones que aleg-a son igualmente extensivas á España. Si 
el hecho es cierto y exacto, no podría menos de ser muy tras- 
cendental y de servir de explicación suficiente á otros muchos 
hechos excepcionales que andando el tiempo se verificaron en 
Italia y en España, á diferencia de otras provincias en que no 
tuvieron lugar. Savigny supone que sólo lospueblos que goza- 
ban áeljus italicum, diOljus Latii, tenían magistrados muni- 
cipales, pero que los demás, tanto al principio como después y 
en los últimos tiempos, tuvieron siempre magistrados romanos 
nombrados por el Gobierno romano, y afirma que éste era el 
carácter general del régimen municipal en las provincias. Si 
esto fuera así, España, en cuanto al régimen municipal se re- 
fiere, se hallaba en el mismo caso que Italia, lo que se prueba, 
tanto porque desde Vespasiano gozaban todas sus ciudades del 
jxis Lacü, cuanto por la multitud de inscripciones y medallas 
en que se hace méritode los duumviros, quatuorvirosy demás 
magistrados, como se puede ver en la colección de Masdeu. 

En la lección inmediata expondré los derechos, obligacio- 
nes y facultades de los magistrados y decuriones, y de las cu- 
rias, su organización, las alteraciones que sufrió el régimen 
municipal, su decadencia y causas que la motivaron. 

9 



i 



LECCIÓN DÉCIMA 



(íobiei'iio iiiiiDiápal. 



Resumen déla lección anterior.— índole y naturaleza del régimen municipal ro- 
mano en España: su diferencia y semejanzas con los municipios de la Edad 
Media y el municipio moderno. —Facultades de los municipios en España en este 
periodo: modo de ejercerlas —El TpueWo plebs: sus primitivas facultades en Ro- 
ma y en España.— La curia Ordo Decurionum: el censo: medida de la capacidad po. 
litica entre los romanos: número, edad y elección de los decuriones.— Los magis- 
trados municipales: su elección, sus clases, duumviros, Censor, Edil, etc.— Bases 
sobre que descansa esta organización municipal en sus primeros tiempos y be- 
neficiosos resultados que produjo . — Prosperidad y brillo de los municipios 
en España. 



Ed la lección anterior hemos empezado á entrar en el exa- 
men de la segunda parte de la historia del gobierno romano 
en España, ó sea el g-obierno municipal ó interior de sus ciu- 
dades. Comenzamos exponiendo en teoría la índole y naturale- 
za de este régimen en un gobierno bien establecido, y dijimos 
que consistía principalmente en la libre administración por la 
localidad de sus intereses especiales, pues los generales no de- 
bían nunca corresponder sino al Estado . Pasando á la parte 
histórica, vimos los hechos en virtud de los cuales se fué des- 
de la localidad soberana é independiente á la localidad mu- 
nicipal, á consecuencia del gran acontecimiento déla con- 
quista, que reunió en un haz todos los pequeños Estados ó tri- 
bus de España. Expusimos después, cómo en virtud del diver- 



132 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

SO modo como los pueblos españoles se sometieron á Roma, 
así gozaban de diverso régimen, y explicamos en qué consis- 
tia el de las ciudades estipendiarlas, confederadas, libres, colo- 
nias, municipios y pueblos del Jm latii. haciendo observar 
que la uniformidad debia orig-inarse de la fuerza del gobierno, 
de los recuerdos de las antiguas Constituciones y del ejemplo 
de las colonias. 

Hemos dicho que fuera lo que hubiere sido el régimen 
municipal en otras provincias, en España habia sido gene- 
ral el Jns lata d italicum^ que llevaba consigo más inde- 
pendencia, que encerraba en su seno el elemento electivo, que 
después adquirió y está adquiriendo tan grandes desarrollos; y 
hemos dicho también que consistia principalmente, en que los 
individuos participaban por medio de las magistraturas, del 
poder político que daba el ser ciudadano romano, y en que las 
ciudades podian elegir sus magistrados. Hemos visto, por últi- 
mo, á los antiguos Senados republicanos de las ciudades con- 
vertidos en cunas ó corporaciones administrativas, y al concl- 
Imm ó asamblea popular ir desapareciendo , y quedar consti- 
tuido el régimen municipal, en las ciudades en que antes exis- 
tia el régimen independiente ó soberano. 

Expuestos así los interesantes pormenores y hechos que 
enlazan la localidad soberana con la localidad municipal y 
dan origen á este régimen, vamos á exponer su índole, natu- 
raleza é historia. 

Desde que la localidad soberana se hace subdita de Roma, 
pierde necesariamente muchas de sus facultades y derechos, y 
retiene otros, estableciéndose una verdadera división de poder 
en la que una parte de éste, se traslada al pueblo conquistador 
ó soberano, y la otra queda al pueblo subdito ó vencido. El po- 
der político se reconcentra enteramente en Roma; sólo allí se 
ejerce la soberanía en toda su plenitud, sólo allí se votan y se 
dan leyes, sólo allí se nombran los grandes funcionarios del 
Estado, y en una palabra, sólo allí residen los elementos do 
la vida política. En las ciudades no queda nada de esto, que- 
dan puramentente las facultades administrativas, de los mu- 
nicipios, el derecho de administrar con más ó menos latitad 



I.lXJCIüN DKCIMA \'V'\ 

los intcrcsos especiales de la localidad, como fal localidad ó 
corporación. 

l<]stas inuiiicii)alidades. so diferenciaban de las de la Edad 
media, en ({ue estas últimas tenian poder político, votahanleyes 
V contribuciones por medio de sus procuradores en las C(5rtes, 
administraban justicia, levantaban tropas, etc., y se parecian á 
las modernas en que estas sólo tienen la administración de 
sus intereses locales, pero sin ninj^una participación como ta- 
l(^s ciudades ó corporaciones en el gobierno político, sin que se 
opong-a esto á que sus vecinos tengan como ciudadanos del Es- 
tado, derechos políticos activos y pasivos, como los disfrutan 
eula actualidad en los países constitucionales, como los tenian 
en aquel tiempo los vecinos de las ciudades de España que 
eran ciudadanos romanos. Es decir, que entonces como ahora, 
las ciudades sólo tenian facultades administrativas para cuidar 
de sus intereses especiales, pero que como ahora también, sus 
vecinos, ciudadanos del Estado, tenian como individuos sus 
derechos políticos sin más diferencia, que entonces se ejercian 
solamente en Roma, y ahora se ejercen en las mismas ciuda- 
des, por haberlos difundido el derecho electoral y el gobierno 
representativo. 

Partiendo de esta base, históricamente inconcusa, y en sí 
misma acertada y perfecta, vamos á examinar que facultades 
propias tenian las ciudades de España y cómo las ejercian. 
Estas facultades eran las siguientes: la elección de los magis- 
trados municipales de que hablaremos luego; el cuidado y 
sostenimiento del culto y ceremonias y fiestas religiosas, elec- 
ción de sacerdotes, flamines, etc., pues el culto en la Roma pa- 
gana no era como en los pueblos modernos, una atención del 
Estado, sino de la localidad, como ya observaremos; la admi- 
nistración, cuidado y aumento délos bienes que la ciudad po- 
seia como corporación ó persona civil autorizada para adquirir 
y poseer los edificios públicos de utilidad ó adorno, y para or- 
ganizar las fiestas, regocijos y diversiones públicas, todo por 
medio de magistrados creados al efecto; la policía y cuidado 
de la tranquilidad interior, hasta ciertos límites, porque como 
este cargo se roza mucho con los intereses generales del Es- 



134 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

tado, y más bien que á la ciudad debe corresponder á la gene- 
ralidad ó Estado, los magistrados municipales lo ejercian sólo 
por declaración, como lo comprueba que en los delitos y demás 
actos que turbaban la tranquilidad pública, sus facultades ¡se 
reducian á defender al culpable y entregarle á la autoridad del 
preses; otra de las facultades de la ciudad era la de ejercer por 
medio de sus magistrados alguna parte del poder judicial, co- 
mo luegc veremos ; y por último, la de repartir y cobrar las 
contribuciones públicas, derecho al principio de gran utilidad 
y ventaja porque libraba á las ciudades de los publícanos, cala- 
midad fatal según nos dice Tito Livio, udi pudlicmms estautjus 
pvMicum vamim ^ cmt líber tatem sociis multam ^<y<y^ ( lib. 45, 
cap. 18 ) , y como lo comprueba la ley ó decreto del Senado 
mandando, á petición de los españoles, que no se pusiesen pre- 
fectos ó encargados por las ciudades ad femnias cogendas. Pero 
este cargo de cobrar las contribuciones públicas y la oblig'a- 
cion subsiguiente de responder de ellas , fué con el tiempo 
origen fecundo de grandes males, y del envilecimiento y muer- 
to del régimen municipal. 

Tales eran en general las facultades y derechos que ha- 
bian quedado á las ciudades. Veamos ahora de qué modo se 
ejercian. Ya hemos dicho que las ciudades podian considerarse 
interiormente divididas ú organizadas como lo estaban antes, 
habia la masa del pueblo que se solia juntar en su coricilüim, el 
Senado compuesto de la nobleza y llamado ya curia, y los ma- 
gistrados, cónsules, suffetes, etc. La ciudad, pues, constaba, 
según las denominaciones comunes de este tiempo, de pueblo 
flebs, de curia ordo d.eciirioimm, y de magistrados decuriones o 
curiales. 

El pueblo , como hemos dicho , tuvo al principio interven- 
ción en el g'obierno interior de las ciudades en sus juntas ó 
concilium, según lo demuestra la tabla de Heraclea relativa á 
los pueblos de Italia, y según muchas inscripciones referentes 
á los de España. Así en Arcos de la Frontera se erige una es- 
tatua á Calpurnia Gaba, decreto deciirioimm et 'popnli^ en la co- 
lonia Marcia (Marchena) se levanta otra á Tito Marcelino por 
el ordo decurionum populo imperante ; y en Sagunto el Senatus 



l.KCCION DKCl.MA Djü 

€Ú populus S'f^Uíiíidonim dccrotan otra al ciiqx'rador (Uau- 
<lio (1): así los nnmicipes et Íncola', do Lora erig-cn también una 
í'statna á su edil y duuniviro C. Juvencio (2), qI populus de Se- 
villa hace lo mismo con li. Horacio «TI viro bis oh 2)leniss¿- 
mam miuiificentlam crga patrlam et populnm (3); el ordo miini- 
cípU FlavU Salpensani decreta en favor de L: Marcio «laudatio- 
nCiU, hciim sepulturcz, impeiisamfnneris, clupeum, staluam fe- 
des trem. et órname íita decur lona tas; omnes honores a ^populo et 
incoUs hahiti siint^ » el pueblo ratifica todos estos honores 
concedidos por el ordo (4). Pero esto , como ya hemos dicho, 
fué cayendo en desuso en todas las ciudades, principalmente 
desde el tiempo de Tiberio, quien acabó en la misma Roma 
con la autoridad dioi pueblo, quedando por lo tanto sólo las cu- 
rias y los magistrados. 

Formaban las curias, ordo deciirioniun ó simplemente ordo, 
los principales habitantes, y los mayores propietarios y contri- 
buyentes, llamados también por eso possesores. Los romanos, 
cuyo tino y sabia política están suficientemente acreditados 
por haber prevalecido contra tantos pueblos, y por la obra 
monumental de su admirable legislación no confiaban los de- 
rechos políticos sino en razón del interés que habia en ejer- 
cerlos bien, en razón de la propiedad que cada uno poseia, y 
del impuesto con que contribuía para sostener las cargas del 
Estado. La medida para la capacidad política, judicial, militar 
y otras capacidades, era en Roma el census. Desde la Consti- 
tución primitiva de Servio Tulio, que dividió al pueblo roma- 
no en clases según sus riquezas, dando el poder en proporción 
de estas, hasta que el despotismo imperial echó todo por tier- 
ra y confió el poder á libertos y á eunucos, el censué siguió 
siendo siempre la medida de las capacidades políticas. Así de- 
cía Séneca: Senatorwm gradiim census ascendit: censas equitem 
romanum á plebe seceniit. Census in castris ordinem promovet; 
censu jtí'dex in foro legitur (ConiroY. lib. 2, Declamat i). 



0) Masdeu i, (5, inscrip. 703, 821 y 823. 

(2) R. Caro, Antigüedades de Sevilla, ^^ág. 91.— Masdeu, inscrip. 6~l, 

(3) R. Caro id., págf. 93. - Masdeu, inscrip. 688. 
■'i\ R. Caro id., pág. 146. 



136 LEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Siguiendo este principio, que después de varias vicisitudes-- 
lian vuelto á adoptar los pueblos modernos en sus censos elec- 
torales, los decuriones debian tener una cuota de propiedad fija 
ó asignada. Plinio el Menor , escribiendo á su amigo Firmo, 
natural como e'l del Nuevo Como, le decia : esse tihi centum 
miliimi censum^ satis indicat qitod apud nos decurio es (lib 1^, 
cap. 19). iVlgunos han creído que estos cien mil nummi , que 
hacen 1.000 áureos, sobre 100.000 rs. de nuestra moneda, era 
el censo de los decuriones en todas las ciudades , pero otros 
sostienen que aun no se ha podido averiguar á cuánto ascendia.- 
Yo creo que este censo variaba en cada ciudad según su impor- 
tancia, población y otras causas, en una palabra, que en esto, 
como decia Trajano contestando al mismo Plinio (Ub. 10, 
ep. 114), aunque sobre otro asunto, sequetidam cicjusque civi- 
tatis legem puto. 

El número de los decuriones que 'brmaban la curia es otra 
de los puntos importantes que hay que examinar: si éstos fue- 
sen mu}'' pocos, constitairian una oligarquía, si demasiados, 
vendria á ser inútil la precaución del censo. Un escritor mo- 
derno que trata con el mayor desprecio y desden á casi to- 
dos nuestros historiadores, M. Romey, en el tomo ii, pá- 
gina 39 de la Historia de Esyañci que está publicando, en- 
tre mil equivocaciones extrañísimas é indisculpables en quien 
tan acremente censura á los demás , dice que « las ciuda- 
des de España en este tiempo se administraban por una 
junta llamada curia, compuesta de diez miembros ó decurio- 
nes.» No puede darse cosa más absurda é infundada, así como 
si fuese cierta no podria darse tampoco nada peor combinado. 
Savigny (tomo i, pág. 74) juzga que por lo común y legal- 
mente, una curia debia constar de cien decuriones , aunque 
confiesa que esta regla no se seguia ni general ni riguro- 
samente. Pero yo creo que el número de los decuriones va- 
riaba según la importancia de las ciudades, aunque habia 
fijado uno determinado, para cada una de ellas. Plinio, en 
una de sus cartas á Trajano, siendo gobernador de la Biti- 
nia, dice que la ^indulgencia imperial permitió añadir algu- 
nos decuriones sw^er legitimíim numerimi (lib. 10, ep. 13). 



LECCIÓN DKCIMA I .'{ / 

Esto sucodia al principio y en los tiempos florecientes del 
rdg'imen municipal; (l(;si)iids so obli<>'() á serlo á todos los íju<* 
poseian cierto censo, auro cel peciuiia ¿do?ie¿; medida que hu- 
biera sido útilísima, sin otras causas de que hablaré despu(*s. 
Kn este estado la curia hubiera sido hi Asamblea, el concejo 
de todos los contribuyentes, á no ser por los privilegiados que 
ya existían y en <»ran número. 

La edad exigida para entrar en el (írden de los decuriones 
futí al principio la de treinta años, según vemos en las cartas 
de Plinio á Trajano (lib. x, ep. 83), después se fué rebajando 
conforme disminuía la importancia y consideración de las cu- 
rias, quedando i)or último fijada en diez y ocho años, según 
vemos en el Código Theodosiano. Los decuriones al principio 
eran hereditarios como la mayor parte de los antiguos Sena- 
dos á que sustituían, es decir, se sacaban de las familias se- 
natoriales ó decurionales, aunque en casos extremos saliaii 
también de la plebe, así lo da á entender Plinio (lib. x, ep. 83; 
cuando dice: alíquanto mel'ms est honestorum homhmm liheros^ 
quam é ylehc in ciiriam admitti. Después se estableció que los- 
hijos de los decuriones lo fuesen necesariamente en teniendo 
diez y ocho años, y como además se elegían de entre la plebe 
los que tenían las cualidades requeridas por la le}', se pudo 
decir con verdad que los decuriones aut nascuntur aut fiunt. 
La elección se hacía y tenía lugar cuando faltaban decurio- 
nes: la curia se juntaba, citada al efecto por el magistrado. 
el censor,, según vemos en Plinio, ó el duumviro, según la 
costumbre de la ciudad, proponía á los que podían ser elegi- 
dos con arreglo á las leyes, la curia le votaba, y aprobándolo 
el Frases, es decir, el representante del poder central, que- 
daba hecho curial ó decurión. Parece que ya desde el principio 
se otorgaba este honor y distinción aun á los que no le que- 
rían admtir, y en la carta de Trajano á Plinio ya citada se ha- 
bla de los que inviti fiunt decuriones. Después fué 3^a de dere- 
cho común y corriente, que los cargos curiales eran obliga- 
torios. 

Hemos dicho que cualquiera que fuese el derecho de otrr.s^ 
provincias en cuanto á la libre elección de sus magistradost 



138 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

municipales, las ciudades de España, como que gozaban del 
ji(;S Latiiy tenian la facultad de elegirlos. Wljus Laiii llevaba, 
pues, en su seno el germen del elemento electivo que tanto 
desarrollo habia de adquirir más tarde. 

La curia elegia los magistrados municipales, y la elección 
debia hacerse exclusivamente entre los decuriones. Is qui non 
sit decimOj dice el J. C. Paulo (1. 7, § 2, D. de Decur.) dímm- 
virato veialiis honor ihus fungí non'jiotest, quia decur miiím lio- 
noribns ^lebeií fungí ])roMbeiitiir. La elección se hacía de este 
modo: reunida la curia, á lo menos sus dos terceras partes, 
en las Kalendas de Marzo, el magistrado que iba á cesar, in- 
dicaba ó señalaba, nominahat bajo su responsabilidad, al que 
creia á propósito para sucederle, y la curia entonces procedia 
H su elección ó aprobación, creatio. De manera que la inicia- 
tiva, nomínatío, pertenecia al magistrado saliente, el que por 
este hecho quedaba responsable en primera línea de su buena 
gestión, y la elección, creatío, correspondia ala curia, respon- 
sable igualmente, aunque en segundo lugar, dando esto gran- 
des garantías de acierto. La elección necesitaba ser confirma- 
da por el Preses de la provincia, el que también podia anu- 
larla. 

Los magistrados municipales eran varios según las ciuda- 
des, y aun algunas magistraturas suelen en ellas tener dife- 
rentes nombres; sólo hablaré por su orden de los que consta 
hubo en las ciudades de España. 

Los duumvirí, eran los primeros. Aunque á veces solían 
tener otros nombres, como diclaior, frmtor, se llamaban co- 
munmente llmrí, porque en general eran dos, ó á imitación 
de los dos cónsules romanos, ó porque fuese resto de antiguas 
instituciones; á veces también eran cuatro, y entonces se lla- 
man en las lápidas é inscripciones IV víri, Qwatmr mrí. Su 
cargo duraba generalmente un año, así consta en varias le- 
vos, y entre nosotros en el canon 56 del famoso concilio Ili- 
beritano celebrado á fines del siglo iii, que dice así: magistra- 
tum vero uno anno quo agíít duumvíratum, froliíhendum flacuit 
nt se ab Ecclesía coliíheat. prohibición fundada en que siendo 
magistrados tenian que mezclarse en las fiestas del paganismo. 



I.EOnON DÉCIMA 139 

J)dbo íicl vertir aquí, que en las moniorias 6 inscripciones (!<• 
Kgpafia se enciientnm nombrados con frecuencia los dnumvirí 
/juinquemihs (> solamente los quinquenales, que muchos supo- 
nen que tastos eran los daumviros nombrados por cinco años, y 
otros, entre ellos Savigny, sostienen que era una maí>;¡stratu- 
ra diferente., igual á la del censor; sería muy prolijo entrar en 
la aclaración de este punto, que no es i)or otra parte de g-ran 
intert^s. Los dimmviros se parecian bastante á nuestros alcal- 
des, presidian la curia, dirigian la administración general, ejer- 
cnian en lo civil una jurisdicción más ó menos reducida, pues 
sobre esto hay discordancia entre los escritores, y en lo crimi- 
nal, podian imponer algunas psnas correccionales á los escla- 
vos, y arrestar provisionalmente á los demás ciudadanos. 

Del censor, que era el segundo de los magistrados municipa- 
les, no hay memoria en las ciudades de España, fuera de una 
.lápida de Sevilla, reproducida por Rodrigo Caro (pág. 17), y 
copiada de Grutero, en la que se menciona á Lucio Cesio, que 
fué censor y dumnviro de Sevilla; pero si admitimos que el qu¿7i- 
quennalis es lo mismo que el censor, entonces ya tenemos mu- 
chas noticias de él. Era esta magistratura muy elevada y bajo 
cierto aspecto superior al duumvirato, y así la vemos nombra- 
da en primer término en la lápida de Sevilla. Plinio habla de 
los censores, de las ciudades de la Bitinia, que tenían, entre 
«tros, el cargo de designar á los que debian ser decuriones, y 
expeler de la curia á los que no debian por alguna causa for- 
mar porte de ella,, en una palabra, imitaba al censor de Roma, 
donde era un cargo muy importante, con toga, lictores y silla 
curul. El censor formaba el censo, corregia las malas costum- 
bres aun en los magistrados, reprendia y castigaba ciertos ex- 
cesos y ejercía otras atribuciones análogas: Savigny dice que 
«e elegian de cinco en cinco años, y que por esto se llamaban 
quinquenales. 

El (zdilis. magistrado inferior por lo común al dmoyivir, te- 
nía á su cargo la inspecion de los edificios, calles, abastos, pe- 
sos y medidas., y su nombre se encuentra mencionado con fre- 
cuencia en nuestras inscripciones. El curator reipuMicx 6 civi- 
tatis también conocido en España^, corría con la administra- 



140 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cion económica de la ciudad, arrendaba las heredades del con- 
cejo, cobraba las rentas, tomaba ó prestaba dinero, etc. El 
a^ens mees II virí cediUs, etc., era la persona en quien el dum- 
YÍro ó el edil, delegaban en ciertos casos su autoridad, pero era 
un magistrado á parte. Habia además empleados subalternos 
que obtenían los mimera las magistraturas, los honores: estos 
eran el susceptor perceptor de las contribuciones nombrado por 
los curiales bajo su responsabilidad, los irenasche^ especie de 
comisarios de policía encargados del descubrimiento de los de- 
litos y de las primeras diligencias, los ciiratores^ ó encargados 
de alguna cosa en especial, como el curator aiinoiKB, vel fru- 
mentí el curator calendarü, los scriboe, exceftores, tabelUones, 
amanuenses ó cancellarii^ pues todos estos nombres con peque- 
ñas diferencias y según los tiempos, se usaron para designar 
unas mismas funciones, eran los encargados de llevarlas ac- 
tas, registros y libros de las corporaciones y personas públi- 
cas; las curias tenian también un exce^tor ó scriba. 

De propósito no he mencionado entre los magistrados mu- 
nunicipales al defensor civitatis, á pesar de su autoridad e' im- 
portancia: esta magistratura pertenece á otros tiempos y á 
otro orden de ideas y aun á otro sistema diverso del que va- 
mos hablando, _y no se comprenderá bien el motivo y objeto 
de su institución, sino cuando lleguemos á la época en que 
fué creada á fines del siglo iv aquí, sólo tratamos en este mo- 
mento del sistema municipal en su forma primitiva. 

Si examinamos ahora este sistema de organización interior 
de las ciudades, no podremos menos de reconocer que descan- 
sa sobre bases anchas y acertadas, y que afecta todas las for- 
mas de libertad comunal admitidas aun hoy como buenas. 
Los propietarios ó poseedores de una renta que garantice su 
independencia, que suponga cierta ilustración, y sobre todo 
que pruebe su interés en el buen manejo de los intereses co- 
munales, forman una asamblea, un cuerpo ó concejo en que 
están refundidos y representados todos los derechos y todos los 
intereses de la ciudad como corporación ó persona civil. A 
esta asamblea corresponde el derecho de administrarlos, y á 
cada uno de sus miembros el de intervenir en dicha adminis- 



LKCCION I)Kí:II\IA 141 

trjicioii, iiü iiidircctavnüiitü y votando un (íoncí^jn (> nyuntu- 
luionto poco numeroso scguin el sistema niodííriio, sino dinic- 
tamentc y por una ])artic¡pacion inniediaía en la decisión d(! 
los neg-ocios. Y como una. corporación tan numerosa Jio puede 
administrar por sí misma, eran precisos y lo son siempre ma- 
gistrados, éstos los elogia todos la curia, pero los elegía por un 
tiempo corto, y respondian con sus bienes de su administra- 
ción. A su voz el poder central , que uo tenía gran interés 
como tal poder, en mezclarse en el régimen de las ciudades, 
desde que éstas sólo tenian y cjercian funciones meramente 
administrativas, velaba con todo sobre ellas, así aprobaba la 
elección de los decuriones, podia anular la de los magistrados y 
sus acuerdos y deliberaciones, y tenía otros medios de influen- 
cia que fueron creciendo con el tiempo de un modo abusivo, 
que dieron lugar á las innumerables disposiciones contenidas 
en los Códigos Teodosiano y Justinianeo, y que fueron la cau- 
sa de la ruina del sistema municipal. 

Pero en los primeros tiempos produjo este sistema grandes 
bienes y adelantos: las curias y magistraturas municipales 
eran cargos honrosos, los ciudadanos más ilustres se honra- 
ban con su desempeño, y hasta los emperadores y los reyes, 
principalmente en nuestra España, se hicieron duumviros y 
quinquenales de sus ciudades. Masdeu, refiriéndose á las ins- 
cripciones y medallas que inserta en su colección y que á mi 
ver no siempre explica con acierto, afirma de varios que fue- 
ron, según él, duumviros ó quinquenales de varias ciudades 
de España. Así, en Cartagena, por ejemplo, el rey de la Mau- 
ritania Juba, el de PJgipto Ptolomeo, el triunviro Marco An- 
tonio, el emperador Calígula, los Césares Druso j Nerón, 
sin contar otros que lo fueron en otras muchas ciudades. 
Y esto al parecer no era una mera formalidad, sino que lo 
tenian á grande honor, así á lo menos lo dice Festo Avieno, 
del rey Juba, que se hizo duumviro de Cádiz. Las curias se 
llamaban entonces ordo clarüsimus. spleíididissimtis, amplis- 
simus, nohilissimus, levantaban estatuas á sus magistrados, y 
acuñaban monedas ó medallas en su honor, en una pala- 
bra, los decuriones ó curiales, después tan abatidos, tan mi- 



142 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

serables y esclavizados, eran entonces las personas más ilus- 
tres y de mejor posición social en las ciudades de Italia y dé- 
las demás provincias del imperio. 

Bajo los auspicios de este excelente régimen municipal y 
durante la época de los primeros siglos del imperio y los úl- 
timos de la república, España se vio llena de ciudades ricas y 
florecientes, las artes y las ciencias prosperaban hasta compe- 
tir nuestros escritores con los romanos, los ciudadanos de sus 
municipios brillaban y eran muy considerados en Roma, un 
hijo de Cádiz, llamado Balho, fué el primer extranjero admiti- 
do á los honores y dignidad del consulado romano, otro del 
mismo municipio y apellido es el primero á quien entre los ex- 
tranjeros se otorgaron los honores del triunfo, y Trajano, vecino 
del municipio de Itálica, fué el primer emperador que las pro« 
vincias dieron á Roma. Parecia que España era el punto de 
enlace del mundo con la ciudad eterna, y la puerta por donde 
las dignidades de la gran república se comunicaban á las de- 
más provincias. El número de los habitantes de la Península 
admirado ya por Cicerón, ñeque numero hisjpanos superamus , 
creció con las dulzuras de la paz y con el buen gobierno de los 
municipios y de los emperadores que precedieron al hijo de 
Marco Aurelio, llegando España á tener, según algunos, más 
de cuarenta millones, ó sea el triple de la población actual, 
cálculo á todas luces inexacto. Entonces tomaron también un 
gran incremento las explotaciones de las minas y la acuñación 
de la moneda, que se verificaba en noventa y seis de nuestras 
ciudades; entonces se construyeron los circos, las naumaquias, 
los acueductos y los puentes que aún hoy admiramos en pié 
después de tantos siglos. El famoso puente de Alcántara le 
costearon en tiempo de Trajano los pueblos lusitanos, Mmiicí- 
pía províncícB lusidame stipe coiilata opus poiitis perfecerunt^ 
como dice la inscripción que aún se conserva; y tan arrogan- 
tes eran y tan satisfechos quedaron de su obra, que estamparon 
en su frente este verso 

Pontem perpetid mansurum sécula mundi. 

Diez y ocho siglos han pasado, y hasta ahora no han he- 



LKOCION DKCIMA ] V.i 

dio más quo confirmar el urro^niito pronóstico de aquella al- 
tiva •i.-eneracion. 

^.(Jüuio estos municipios y ciudades tan ricas y tan lloro 
cientes decayeron despuc^s de su ^-randeza, y se convirtieron 
casi en cadáveres de ciudades? ;,cómo sus curias nobilísimas^ 
amplísimas j esplendidísimas, se redujeron primero á desiertos 
y después á prisiones en que <^'emian lig-ados los infelices cu- 
riales? ¿C(5mo aquellas magistraturas que envanecian y daban 
lustre y honor á los emperadores y á los reyes, vinieron á. ser 
confiadas después á las últimas clases sociales, á los libertos, á 
los judíos, y hasta por castig'O á los criminales, como se ve 
en una ley del Código Teodosiano quo lo prohibe? Esto es lo 
que como un fenómeno digno del más atento y meditado estu- 
dio, como un acontecimiento de grande importancia y trascen- 
dencia en la historia y prog*rcso de la humanidad, expondre- 
mos en la próxima lección. 



V 



^ftrí^--4< 



LECCIÓN UNDÉCIMA 



(¡(iMiíriift iiiiiiiicipíil. 



Tres periodos en la historia del régimen municipal romano.— Resumen del primer 
periodo.— Si^gundo periodo: decadencia y opresión en el imperio —.-Vurnento 
de lascarlas públicas. — Responsabilidad personal de los curiales. — Conse- 
cuencias desastrosas de esta medida. -Odiosidad de las curias. —Privilegios 
d3 exención —Deserción en las curias.— Disposiciones contra los curiales.— 
Inclusión forzosa en las cuwas. —Degradación del régimen municipal.— El cris- 
tianismo acaba de eclipsar la vida de las curias.— Tercer periodo: reformas de 
Constantino en las curias.— Cargas y privilegios de los curiales.— Kl defensor 
eiviíatis: origen, elección é importancia de estos magistrados: sus atribuciones: 
jurisdicción que ejercían.- I^'in del régimen municipal en Oriente y su trasfor- 
macion en Occidente. 



Hemos expuesto ya la índole del poder ó régimen munici- 
pal en nuestra patria, y los trámites por que pasó hasta adqui- 
rir consistencia \ uniformidad en el primer siglo del imperio; 
y hemos visto también el grande desarrollo y prosperidad so- 
cial, debidos en gran parte á su influencia: tócanos ahora con- 
tinuar su historia. 

Estudiar atenta y especialmente la vida de una institución, 
su origen, su desarrollo, su decadencia y sus vicisitudes, es 
uno de los adelantos de la historia en nuestros días. De este 
modo se apodera, por decirlo así, el historiador de una institu- 
ción al nacer, la sigue paso á paso en su infancia, crecimien- 
to y desarrollo, examina las causas de su progTeso, los gérme- 
nes de decadencia que lleva en su seno, su fuerza de resisten- 
cia contra los hechos que quieren ahogarla, su influencia en 
la sociedad, v la reacción en ella del resto de las institucio- 

10 



146 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

nes, dando de este modo una especie de personalidad á la 
institución y esparciendo sobre la historia de sus vicisitudes, 
ó más bien sobre la vida de la institución misma, el más vivo 
y profundo interés. Este intere's debe crecer y ser aún mayor 
cuando la institución de que se trata ha llegado hasta nuestros 
dias, vive aún, por decirlo así, entre nosotros, y lleva impreso 
en su fisonomía, y oculto en su esencia, el sello y los recuerdos 
de los pueblos y de las generaciones que se han anegado en la 
inmensa inundación de los siglos. Tal es la historia del régi- 
men municipal. 

Si, como g^eneralmento suele hacerse, dividimos esta mo- 
nografía del régimen municipal romano eh tres períodos, ha- 
llaremos que ya hemos recorrido el primero. Este comprende 
en efecto, según los escritores modernos, desde que la división 
del poder en la localidad, antes Estado independiente y sobe- 
rano, se efectúa, á consecuencia de la conquista, hasta el fin 
del reinado de los Antón inos, es decir, hasta la época de la 
anarquía militar y régimen de los pretorianos, que podemos 
fijar en la muerte de C(5mmodo (192). El segundo período se 
extiende desde esta época hasta el reinado de Constantino y 
consolidación del gobierno interior del imperio; y el tercero 
llega desde Constantino hasta la invasión de los bárbaros .y 
caida del imperio en Occidente (500) y en Oriente hasta León 
el Filósofo (886), época en que concluy(3 allí el régimen muni- • 
cipal. 

Eíi el primer período, según hemos visto, se forma la mu- 
nicipalidad partiendo de la localidad soberana, sujeta al pue- 
blo romano, y pasando por las formas de municipio, colonia ro- 
mana, colonia (5 pueblo latino, y demás, hasta constituirse y 
uniformarse las curias y los magistrados municipales. El mu- 
nicipio adquiere en este período toda su importancia y brillo: 
sus magistrados y ciudadanos principales influyen como ciu- 
dadanos romanos que son, en los negocios generales del Esta- 
do y garantizan y afianzan los derechos de sus respectivos 
municipios. Después, cuando la vida política en Roma se recon- 
centra en los emperadores y en el Senado, los municipios ad- 
quieren otra especie de aumento y esplendor, los ciudadanos 



I.KCnON UMIKCIMA 117 

¡níluyonios entran (mi hiy ciu(lu(l(?s y (mi sus curias y ejorccu 
en la localidad la iiiíluoiicia (jiu; no i)ucdcn ya (íjorc(;r on Roina. 
JOntcHicos lloreccMi las ciudades, son honrosísimos y Ijuscados 
los carg-os municipales, se acuñan monedas y medallas, se eri- 
g-eu templos y estíltuas, puentes, acueductos, circos y nauma- 
([uius, como ya hemos visto en la lección anterior. 

Mn el segundo pcu-íodo el poder central se ve hecho presa 
de la más encarnizada anarquía militar: las cargas del imperio 
se aumentan con las inmensas donaciones con que era preciso 
aplacar la insaciable codicia de la soldadesca, que disponía del 
trono imperial, tantas veces comprado y tantas veces profana- 
do cuando el do?ia¿¿vicm, las largitíones, no contentaban á los 
l)retorianos; se aumentan también con los desórdenes en la ad- 
ministración con lo que pudiéramos llamar el «presupuesto de 
la anarquía,» según una expresión felicísima de uno de nues- 
tros estadistas y más distinguidos oradores, Presidente que ha 
sido de esta corporación, presupuesto que es siempre el más 
subido por lo que derrocha y desperdicia, porque acaba con la 
administración y con los elementos productivos; se aumentan 
con la defensa del imperio, empezado á embestir ya por los 
bárbaros fronterizos, que más tarde le habían de inundar y 
destruir; y se aumentan, por último, por otras causas secun- 
darias de grande influjo y trascendencia en su multitud y en 
lo diario y continuo de su acción y eficacia. En la lección en 
que hemos hablado del sistema tributario del imperio hemos 
visto las enormes cantidades á que ascendía el presupuesto, 
y los infinitos medios á que se apeló para cubrir su de'ficit. 

Ahora bien, las ciudades y sus curias y magistrados, por 
una de sus atribuciones de que he hablado ya anteriormente, 
sufragaban los gastos de su administración interior, y apor- 
taban al Estado las contribuciones que se imponían á las ciuda- 
des. Como consecuencia precisa de esto, las curias, que admi- 
nistraban los bienes de la ciudad y repartían y cobraban los 
impuestos, eran responsables de la cobranza con sus bienes; y 
digo consecuencia precisa, porque teniendo las curias la fa- 
cultad de repartir el impuesto ordenadamente 3- según les pa- 
reciese oportuno, y la de obligar á la cobranza por medio de 



148 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

magistrados tomados de su seno, no sé yo qué disculpa podrían 
alegar para no concurrir al Estado con la cuota asignada á la 
ciudad. Este sistema, que al parecer no tenía grandes incon- 
venientes mientras las cargas fuesen moderadas, era sin em- 
bargo fatal y ruinoso; en primer lugar, porque en tesis gene- 
ral lo será siempre el que las autoridades municipales cobren 
y respondan de los tributos del Estado, confundiéndose las 
dos administraciones, poniéndose en oposición los intereses 
del Pastado con los de la localidad, la que, fuera de los perío- 
dos de anarquía, saldrá siempre vencida, después por la enor- 
midad de las cargas que empezaron á pesar sobre las ciuda- 
des, y en último término, porque el despotismo imperial en 
sus apuros habia privado á las ciudades de la ma3^or parte 
de los bienes con que hacian frente á las cargas municipales. 
Entóneoslos lionoratli^ lo^ decuriones ^ el ampUssimus ordo, 
los curiales todos, se encontraron en una situación embara- 
zosa y fatal. Por un lado tenían que servir de instrumento á 
la tiranía imperial para arrancar al pueblo^ á los plebeyos lo 
que éstos difícilmente podían pagar, haciéndose así odiosos y 
aborrecibles: así decía el presbítero Salviano en su libro de 
GobernaUone Del: «tenemos sobre nosotros tantos tiranos como 
curíales.» Qiwt curiales tot tiranni (v. 5). Pero por otra parte 
ellos se veían su vez vejados, oprimidos y despojados de sus 
bienes, que respondían de las contribuciones y de las cargas 
públicas. 

Veamos ahora cómo el despotismo cuando entra en una 
mala senda jamás sabe retroceder en ella, y cómo aumenta sus 
males por los mismos esfuerzos que hace para remediarlos. 
Dueño absoluto de sus acciones, juzga que todo lo puede re- 
mediar con la fuerza y con la violencia, y lo que consigue es 
matar, privar de la \ida á cuanto le rodea, hasta que inficio- 
nado, por tanta mortandad, muere él mismo, y desaparece en 
medio de las ruinas que ha causado. 

Obligadas las curias á tiranizar al pueblo y á verse á su 
vez tiranizadas, cuanto habia en ellas de noble, generoso y 
elevado procuró á toda costa abandonarlas; el honor anti- 
guo se iba convirtiendo en una carga intolerable de que todos 



LECCIÓN UNDÍ:CIMA 140 

querían eximirse. Kntónccs ol despotismo produjo otro de sus 
funestos frutos, el privile^-io. Los poderosos, los influyentes, 
los favoritos del euiperador ó de sus cortesanos obtuvieron (d 
])rivileg-io de no ser curiales, despulas se concedió esta exención 
á clases enteras, y la carga, antes común, pesó ya sólo sobre 
ciertas clases. Con la salida de los privilej^iados, las curias per- 
dieron en consideración y al mismo tiempo crecieron sus car- 
gas, respojisabilidades y compromisos, y se aumentó el deseo 
de salir de ellas. Los que no pudieron conseguirlo por un ])r¡- 
vilegio, trataban de eludir la ley de cualquier modo y las cu- 
rias quedaban desiertas, quoiüam curias desolari co(/nov¿mits 
decia ya Constantino el año 326 en la ley 13 del Código Teo- 
dosiano (de Decicrionibus) , lo que prueba lo antiguo del mal y 
lo poco acertados que andan los que pretenden que este tuvo 
principio en su tiempo. Las leyes entonces trataron de evitar 
este estado de cosas que privaba al gobierno de sus agentes y 
la fisco de sus bipotecas, y entonces empezó aquella serie de 
disposiciones restrictivas cuyo objeto era impedir la salida de 
la curia, j que acabaron por convertir á e'sta en una verdadera 
prisión. El despotismo imperial no se tomó el trabajo de subir 
al origen del mal , vio que las curias quedaban desiertas , vio 
que las necesitaba, y desplegó todas sus fuerzas para obligar á 
los curiales á permanecer en ellas, sin tratar de aliviar en nada 
su suerte y condición. ¿Huian los curiales al campo? la ley les 
fuerza a volver á la ciudad. ¿Quieren mudar de domicilio? la 
ley les obliga á ser curiales en el antiguo y en el nuevo. ¿Quie- 
ren entraren las carreras que eximen del decurionato? la ley 
los arranca de ellas y los vuelve á las curias. ¿Quieren enaje- 
nar sus bienes para perder la cualidad que los obliga á ser de- 
curiones? la ley prohibe al curial la libre disposición de su pro- 
piedad, y no le permite enajenarla sin permiso del emperador 
ó de sus autoridades. Pero estos medios no eran todavía sufi- 
cientes para que estuviesen pobladas las curias, y fué preciso, 
no sólo impedirla salida á los curiales, á quienes no se queria 
conceder este importante privilegio, sino obligar á entrar en 
ellas á los que por su fortuna podian llenar los fines que el des- 
potismo imperial se proponia. Entonces se sentó por principio 



150 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

la inclusión en las curias de todos los plebeyos que tuviesen el 
censo requerido en cada ciudad. Qiiicumrpie ex numero plehej o- 
rurn^ agro v el 'pecunia idoiiei convprodantur, numiis curialílus 
adque gentur (1), borrándose así cuanto liabia de honorífico en 
el decurionato y extendiéndose la esfera de destrucción del des- 
potismo imperial. Desde que no se atendió más que á la riqueza 
para conferir el decurionato . fué fácil dar otros pasos^ así se 
agregaron los judíos ricos á las curias y quedaron éstas man- 
chadas^ se les agregaron después como pena á los criminales 
y quedaron infamadas. Y la prueba de que estos males se des- 
arrollaron antes de los emperadores cristianos la encontramos 
en el hecho de que muchos cristianos fueron condenados en 
pena de su religión á ser decuriones ( Heinecii, Antiq. Rom., 
Apeud. ad tit. 10, líb. P). Después se estableció también *la le- 
gitimación per ohlatlonem curie. Así el despotismo y el privile- 
gio se aunan para oprimir y envilecer á las curias, que eran ya 
toda la clase media por la agregación de los plebeyos ricos. El 
privilegio arranca á las curias la consideración honorífica, el 
poder, las riquezas, y organiza fuera de ellas y aparte una aris- 
tocracia. El despotismo tiene que redoblar su acción para obli- 
gar á los curiales á permanecer en las curias, aumenta sus car- 
gas en la misma proporción que el privilegio, degrada su con- 
dición y los incita á desampararlas. 

Estas causas eran por sí suficientes para acabar con las 
curias, para degradar el régimen municipal y privarle de su 
antigua consideración, pero habia además otra de gran influjo 
y trascendencia, esta era el desarrollo del cristianismo, la 
constitución de la Iglesia. El privilegio habia quitado á las 
curias la consideración, el poder, las riquezas y el brillo de las 
altas clases sociales. La Iglesia y el cristianismo les quitaron 
la vida y la acción, que reconcentraron en su seno, y la popu- 
laridad y el afecto de las clases del pueblo. Efectivamente, 
cuando el cristianismo, cundiendo sin cesar, empezó á atraer 
á su seno, según los designios de la Providencia, á todas las 



(1) Ley 138. C. Thed. de Decur. 



LKCCION IINDKOMA 151 

tilmas de templo superior y osc()p,'¡(l(). n lodos los hombres de 
vi;;-ory do acciíMi, cuando al hido d(í l;i oun'a so orfi;aii¡'/(') la 
parroquÍM, cuiiudo ó^Ui cmixv^*) ;! touor bicuos, administración 
YJcfos, cuando (Mn])oz() á socorrer á sus miembros pobres, á 
recibir las donaciones do los ricos, y finalmente, cuando al 
lado del duumviro, abatido ya y desconceptuado, se erig'ió el 
obispo, eleg'ido por la universalidad del i)ueblo y jefe de aque- 
lla g-rande y enérgica asociación, las curias y sus mag-istrados 
se oscurecieron ante la parroquia y ante el obispo, la orga- 
nización g-entil se eclipsó ante la organización cristiana. La 
Iglesia era la única asociación entonces, que procuraba á sus 
adeptos los goces de la vida contemplativa interior, nun- 
ca más llena de encantos, de elevación y de poesía que en 
aquella época corrompida y prosaica en que gobernaba al 
mundo una soldadesca brutal sin grandeza y sin dignidad, y 
en que los vicios más infames y abyectos y la corrupción más 
vil y grosera se habia extendido con los ejemplos de los Tibe- 
rios, Cómmodos y Heliogábalos. Desde entonces ya no se in- 
vierten las donaciones de los ciudadanos ricos en construir 
circos, estadios ni acueductos, ni en erigir estatuas, las lar- 
guezas de los hombres opulentos han tomado otra dirección, 
y se edifican templos cristianos, hospitales y asilos de caridad 

V de beneficencia. Y pasando del orden intelectual v moral al 
orden material de los hechos, vemos que la Iglesia formaba en 
todas las ciudades una ciudad aparte, que si no era la legal, 
era la fuerte, la g-raude, la llena de esperanzas y de porvenir 

Y la que dejaba á las curias acompañadas de sus flamines, 
pontífices y seviros celebrar sacrificios á dioses falsos y ridí- 
culos en medio de templos profanados y desiertos. Por fin la 
victoria del cristianismo se revela aún más que se efectúa 
en la conversión de Constantino , que la proclama religión 
del Estado, y este hecho produce importantes variaciones en 
el gobierno . 

Entonces empieza la tercera época ó período de la vida del 
régimen municipal, que como hemos visto, llega á ella sin 
dignidad, sin fuerza y sin consideración. Es un error históri- 
co de mucha monta, el suponer que en esta época , es decir. 



152 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

desde Constantino tomó desarrollo la decadencia de los muni- 
cipios, mil hechos y documentos nos persuaden de lo contra- 
rio, y sólo pudo dar origen á este error la circunstancia de que 
la infinidad de disposiciones que inserta el Código Teodosia- 
110 relativas á las curias y decuriones, son todas de Constanti- 
no y de sus sucesores. Pero esto tiene fácil explicación, pues en 
aquel Código sólo se recogieron y compilaron las Constitucio- 
nes de los emperadores cristianos, y se omitieron las anterio- 
res de los gentiles, en que sin duda se hallaban consignadas 
muchísimas disposiciones, que Constantino y sus sucesores no 
habian hecho más que rectificar. Basta leer las Constituciones 
de este emperador que inserta aquel Código, y se verá en su re- 
lato que las curias estaban desiertas, que los decuriones huian 
de ellas por todos los medios que estaban á su alcance, y que 
ya habian tenido su completo desarrollo las causas de su deca- 
dencia y degradación. Respecto á España tenemos un hecho, 
para mí muy significativo. Desde el emperador Cómmodo no 
se halla ninguna lápida en que se haga mención de duumvi- 
ros, ediles, ni decuriones, siendo así que hasta aquella época 
tanto abundan. Faltaron con el abatimiento de las curias las 
dedicaciones, las estatuas, las obras públicas, y de consiguiente 
faltan las inscripciones que trasladaban á la posteridad estos 
hechos. Y no se crea que no existian por eso las curias ni los- 
duunviros, los hallamos en el Concilio Iliberitano (303), los 
encontramos también, al me'nos las curias, en el Breviario de 
Aniano, que se recopiló por el rey godo Alarico para el régi- 
men de los españoles romanos en el año de 506, y en otros do- 
cumentos. Para mí, pues, es un hecho indudable que al adve- 
nimiento de Constantino el régimen municipal habia llegado á 
su último grado de decadencia, es decir, que estaba ya en ple- 
na postración, aunque esta se haya acrecentado dspués, con- 
forme se fueron desarrollando con el tiempo los gérmenes de 
destrucción y muerte que llevaba en su seno, ó más bien , en 
sus relaciones con el Estado. 

Pero Constantino y sus sucesores que verificaron la gran 
reforma en el gobierno, que hemos visto en las lecciones ante- 
riores, no podian menos de volver la vista al régimen de la& 



I.1':CC1()N L'NDKCI.MA 15:} 

ciiulados y procurar siicarlo dcíl abaüiniciito en (juc se halla- 
ba. Para esto adoptaron varios remedios; se proliil)¡<), (;ntre 
otro?, auincnlar las curias con criininalos condenados á ellas 
por sentencia, ife quis jndex est'tmet enrice loco s'Upl¿c¿¿ quem- 
qmim dcpiUauditin (L. xxwiir, de Decur.); se expulsó de las cu- 
rias á los judíos, dejándolos con todo sujetos á las carg'as de 
curiales; se declaró que ciertas dig-iiidades no eximían (Ud dc- 
curionato, y se aumentaron los privilegios de los curiales qi.c 
estaban reducidos á los siguientes: a no poder ser atormenta- 
dos sino en negocios graves; á la exención de ciertas penas 
aflictivas d infamantes, como las minas, la horca, el ser que- 
mados vivos, teniendo sus hijos igual privilegio; á que los que 
después de haber recorrido gradatlm et per ordinem, todos los 
cargos del municipio, fueran aprobados por la curia, quedasen 
libres del decurionato, gozando de algunos honores y muchas 
veces deltítulo de condes; y á que si quedaban reducidos á la 
miseria fueran alimentados por las curias. 

Pero poca indemnización era esta para sus muchas cargas 
y gravámenes, que recordaré ligeramente para que resalte la 
diferencia y se vea lo escaso del remedio. Tenian los curiales 
que administrar los bienes y asuntos del municipio, respon- 
diendo con sus bienes no sólo de su administración, sino de la 
de aquellos que nombraban al efecto ; respondían en la forma 
que he dicho de la cobranza de los impuestos; no podían ven- 
der sus propiedades sin permiso ñ.e\ preses de la provincia, y 
si lo hacian la venta era nula; tenian que reservar la cuarta 
parte de sus bienes á la curia cuando morian y sus herederos 
no eran curiales, y lo mismo sucedía cuando sus hijas ó viu- 
das se casaban con persona que no fuese curial; si no tenian 
hijos no podian disponer más que de la cuarta parte de sus 
bienes, el resto pertenecía á la curia; tampoco podian ausen- 
tarse de ella, ni aun por un tiempo limitado, sin licencia del 
preses de la provincia; y cuando huian y no podian ser habi- 
dos, sus bienes se confiscaban en provecho de la curia. Aliado 
de estas cargas y gravámenes, poco á la verdad podian figu- 
rarlos privilegios y honores con que la ley quiso, no romper, 
sino dorar sus cadenas. 



154 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Pero el remedio más importante para dar vida á las cinda- 
cles, y al mismo tiempo el que más revela el abatimiento de la 
curia, Y el poder de la parroquia ó sociedad cristiana creada al 
lado de la curia, es la institución del defensor cívítatis de que 
dije el otro dia, que no debia enumerarse entre los demás ma- 
gistrados municipales porque pertenecia á otra época, á otro 
estado del régimen municipal, y á la aparición de otro orden 
de ideas. Mas ahora ha llegado ya el caso de hablar de esta 
importante magistratura. 

A poco que observemos la curia ó corporación municipal 
en el estado que tenía en el tiempo de que vamos hablando, 
notaremos que fuera de ella existiau un gran número de per- 
sonas influentes y ricas, que gozaban del privilegio de no ser 
curiales. Estos eran, desde luego, todo el ejército, desde el 
magisler militum hasta el último cohortal, todo el clero, todos 
los funcionarios públicos activos ó cesantes que habian conse- 
guido el título ó jerarquía de clarísimos, todos los ilustres, es- 
pectabiles, clarísimos, etc., y todas las clases inferiores del 
pueblo. La curia en este estado no era ya la junta de todos los 
contribuyentes, ni representaba ya de hecho á la ciudad, ni 
aun sus intereses especiales. Era más bien una corporación de 
ag-entes forzados del gobierno central, aprisionados en la curia, 
sin el voto ni la participación de la mayor parte de sus con- 
-ciudadanos, y era ya preciso idear un medio de que la ciudad 
verdadera tuviese representación, tuviese un agente y un ma- 
gistrado suyo propio. Por otra parte, la Iglesia, la parroquia 
con su obispo de elección popular al frente, y llevando en su 
seno toda la democracia cristiana, y todas las almas de temple 
y de acción pedia naturalmente, luego que sedeclaró el triun- 
fo del cristianismo, participación en el régimen de las ciuda- 
des como ya le había pedido y conseguido en el régimen del 
Estado. Estas causas reunidas y otras de menos importancia 
dieron origen al cargo de defensor civitatís (1), fUMs loci etc., 
que produjo en la organización de las ciudades una variación 
esencial. Al principio, y hasta el tiempo de Constantino, el de- 

(1) En gric^'O ¿vot/.o^ ó síndicos. 



LECCIÓN UNDIÓCIMA 155 

fensor clvitalls no sig-nifical):! un carg'o pornuinonio, sino nna 
comisión temporal dada ])ara alg-un no^-ocJo d(i la ciudad, poro 
en el año 3(15 va encontramos este carg'o temporal transforma- 
do en permanente, sin que i)odamos fijar con exactitud el año 
])rec¡so do esta importante variación. Debemos creer (juc; la 
institución del dcfoisor pertenece á la primera mitad del si- 
*;-Io IV, es decir, ala dpoca en (|uo se declaró el triunfo del cris- 
tianismo. De todos modos, en la manera y forma de su elección, 
y en sus atribuciones y condiciones, vamos á ver i)rácticamente 
que á su creación presidieron las dos causas que arriba expu- 
se, la necesidad de que la generalidad fuese representada, y la 
de que lo fuese también la parroquia 6 la Iglesia. 

El deftMisor no era elegido por la curia, como los demás 
magistrados, sino por la ciudad entera, es decir, por los pri- 
yilegiados, los curiales y la plebe, volviendo así á aparecer el 
Ooncilium. El clero tenía gran parte en estas elecciones, no 
sólo por estar al frente del pueblo de las ciudades, sino porque 
las mismas leves le reconocían ó concedian esta intervención. 
Defensores^ dice una ley del Código de Justiniano, ita precipl- 
mxis ordinaria ut sacrís orthoclox(B religionis imbuti misterüsy re- 
terendissimorum cpiscoporu'in, nec non clericoriim, et hoiiorato- 
rnm ac possesorum et curialium decreto coRstitimntur. Y como 
el clero era el único que en aquellos tiempos de degradación 
y tiranía poseia energía, crédito é influencia, la institución 
de los defensores vino á recaer casi siempre en sus manos 
en todas partes; siendo de notar que en nuestra patria se 
llegó á revelar esta influencia, andando el tiempo, de tal 
modo, que el defensor era elegido indistintamente ó por el obis- 
po ó por el pueblo, como si fuese una misma cosa e' idéntico el 
resultado; así aparece de una ley (Lib. 12, t. i, 1. 2) del Fuero 
Juzgo, que dice: Defensor qui clectiis ad episcopis tel popuUs 
fuerit, commissum perarjat officimn. ¡Tan estrecha era ya la 
alianza de la Iglesia y del pueblo! Fundada en tan diferentes 
principios esta magistratura, las demás debian ir perdiendo su 
importancia delante de ella, y el modesto defensor fiel) i s debia 
acabar poniéndose al frente de la ciudad y aun de la curia, 
tomando á los mismos magistrados y curiales bajo su protec- 



156 DEL GOBIERNO Y LE-GISL ACIÓN DE ESPAÑA 

cioii. Así sucedió en efecto, como vamos á ver en la enumera-* 
cion de sus atribuciones principales. 

El defensor debía ser elegido fuera de la curia, los curiales 
no podian ser defensores; le confirmaba en su cargo, no el 
Preses de la provincia ni el vicario, sino el mismo prefecto del 
Pretorio, previo un solemne juramento de arreglarse á las le- 
yes y guardarlas ; su elección se hacía al principio por cinco 
años, después se rebajó este tiempo á dos, y entre nosotros 
llegó á ser elegido cada año, anmia vice, dice la ley citada ar- 
riba del Fuero Juzgo. Sus atribuciones principales eran las de 
defender á la ciudad, á la curia misma y á la plebe de las ve- 
jaciones de las autoridades imperiales, del Preses, vicario, etc., 
y de los poderosos y malhechores, las de velar por la tranqui- 
lidad y apaciguar los tumultos, cuidar de los abastos ó miñona 
pública, prestar auxilio á los exactores de contribuciones, et- 
cétera, etc. Para todo esto necesitaban tener los defensores 
alguna jurisdicción, y la tuvieron. Así, en lo criminal co- 
nocia el defensor por sí mismo y castigaba los delitos meno- 
res, en los graves era una especie de fiscal que prendia á los 
reos, reunía las pruebas del delito, y remitía uno y otro 
como un acusador público al tribunal ó Pretorio del Preses 
de la provincia. En lo civil tenía la jurisdicción contenciosa 
y la voluntaría en estos términos. En la contenciosa, conocía 
y fallaba los pleitos 'y cuestiones de la gente rústica ó del 
campo , que según la calidad do los que entonces vivían 
fuera de las ciudades , debían ser de poca monta , en los 
demás asuntos conocía en primera instancia y con apelación 
al Preses de los pleitos que no pasaban de 500 áureos, aunque 
en el principio fué más reducida la suma. En el orden de 
la jurisdicción voluntaria, se insinuaban ante él ó se ex- 
tendían y otorg-aban las donaciones, contratos, testamentos y 
demás instrumentos públicos, nombraba tutores, etc. No entro 
en más pormenores sobre su jurisdicción, pues no es materia 
que pertenece á este lugar, y sólo la menciono para hacer ver 
la importancia de esta nueva magistratura, que acabó ponién- 
dose al frente de la curia y de sus magistrados, expresándose 
así en los actos públicos, y llegó á ser una especie de Preses ó 



Li:f*CIO\ UNDKCIMA 157 

goboniador en la ('.¡luhiil. vc.hU Pre^sides i)rov¿tit¿(e íii urbe, viccs 
(/erebat, como dice una ley del Código de Justiniano. 

Pero todos estos remedios para realzar las curias, p.ira res- 
tituir la vida al municipio. (> eran ineficaces, 6 scrviaii h()1() 
para acrecentar el mal, para neahar de aniquilarlas. La insti- 
tución de los defoisores, por ejem})lo. lejos de favorecer y dar 
importancia á ios curiales, no hizo más que poner en evidencia 
su falta de poder y descrédito, arrebatándoles la poca autoridad 
que les quedaba. La raíz del mal era el privilegáo por un lado, 
y la falta de libertad por otro. Todo poder sin límites abusa 
necesariamente de sus medios, y en esta fatal senda de desi)0- 
tismo y de tiranía ningún gobierno marcha más de prisa que 
el que debe su origen á la fuerza material, á la victoria de las 
masas armadas sobre los poderes civiles. Los preteríanos coa 
8u anarquía y tiránico dominio inocularon en la sociedad gér- 
menes de destrucción y de muerte, y cuando se quisieron re- 
mediar los males causados primero por Diocleciano y después 
por Constantino, sólo se trató de reconstruir fuertemente el 
poder central, que era la necesidad más urgente que aquella 
sociedad sentia. En esta gran obra se trabajó con acierto, co- 
mo hemos visto, pero quizá con exageración, multiplicando 
hasta el infinito los empleados públicos, no dejando respiro á 
los intereses locales, acabando, no con los restos, que ya no 
existian, pero hasta con las esperanzas de que pudiese resta- 
blecerse la pííblica libertad, sin la cual las naciones se estacio- 
nan, decaen y fallecen. 

Así perseguidas las curias , así aniquilada la clase media 
que las formaba, no quedando ya en las ciudades más elemen- 
tos de vida que la que les prestaba el clero y la Iglesia , las 
curias y el régimen municipal no podian continuar susbsistien- 
do de este modo, y era preciso, ó que un acontecimiento grande 
las emancipase de la tiranía del Imperio, 6 que por fin murie- 
sen y desapareciesen completamente. Ambas cosas sucedie- 
ron. En Occidente, la invasión de los bárbaros en el siglo v 
rompió bruscamente los lazos de las ciudades y municipios con 
el Imperio, llamándolas á una nueva vida, á un nuevo ser, 
que examinaremos á su tiempo y que presenta á su vez el ma- 



158 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

yoi* interés. En Oriente la agonía del régimen municipal se 
prolonga todavía por un gran período de tiempo en que si- 
g'uen desarrollándose los gérmenes de muerte y destrucción 
que le iban aniquilando^ hasta que por fin su muerte se pro- 
clama solemnemente á últimos del siglo ix por el emperador 
León el Filósofo, que de una plumada declara abolido en el 
Imperio todo, el régimen municipal. 

Tales fueron, señores, los trances y vicisitudes que sufrió 
el régimen de la localidad, el régimen municipal, desde que 
la ciudad primitiva, soberana é independiente se sometió al 
supremo dominio de Roma y entró á formar parte de su in- 
menso Estado, hasta que murió en Oriente, hasta que en Oc- 
cidente y señaladamente en nuestra patria, vienen los pue- 
blos septentrionales á romper el curso natural de los sucesos 
y á darle una nueva dirección. 



5í^5^^ 



LECCIÓN DUODÉCIMA 



La civilización rniiiaiia cu Espaila, 



Necesidad de estudiar previamente Ims ideas que presiden al desarrollo politico 
intelectual y moral de un pueblo para conocer y juzgar su legislación.— Des- 
arrollo intelectual de la sociedad romano-española.— Aspecto material: fábricas 
yediíiciosde laautig-ua Roma: construcciones de Augusto en Roma y en las 
provincias: vias romanas, postas, periódcos ó acta í/íh/'/í«.— Desarrollo material 
en España: número, riqueza y población de sus ciudades: despoblación posterior 
según Festo Avieno.— Vias romanas en España: puentes: edificios notables.— 
Estado de las artes liberales en Roma y en España —Literatura romano-espa- 
ñola. —Escritores españoles: cultura hisi ano-romana.— Desarrollo moral: la 
esclavitud, base social de las sociedades antiguas: número de esclavos en el 
imperio: condición de los esclavos: clases inferiores: clases elevadas: lujo y 
corrupción.— Corrupción en España. —Salviano: costumbres de los españoles 
mejores que las de los romanos.— Asimilación de España á Koma. 



Siguiendo el propósito de nuestras lecciones, que tienen 
por objeto la historia del gobierno y de la legislación de Es- 
paña, y continuando en el estudio del período romano, que es 
el segundo de los seis en que hemos dividido desde el princi- 
pio nuestro asunto , hemos expuesto las variaciones y vicisi- 
udes del g-obierno supremo del Imperio y del particular de 
España como provincia de él, hemos dado asimismo una idea 
sucinta de sus instituciones militares y económicas, y descen- 
diendo despue's al g-obierno interior de los pueblos y ciudades 
hemos visto la índole, vicisitudes y decadencia del rógimen 
municipal. En una palabra, hemos hablado del gobierno y nos 
falta hablar de la legislación, hemos tratado de lo concer- 



160 DEL GOBIER?íO Y LEGISLA.C10N DE ESPAÑA 

cerniente al orden político , trataremos ahora de lo que se 
refiere al orden social y al derecho privado. 

Pero para comprender debidamente la legislación de un 
pueblo, no basta la exposición que hemos hecho de sa sistema 
político de g'obierno, se necesita además dar alguna idea acer- 
ca del estado interior de la sociedad, de su desarrollo intelec- 
tual j moral, de lo que con una palabra, ya hoy á fuerza de 
usarla yaga é indefinida, solemos llamar cimlizacion. Estudio 
vasto, grandioso, interesante, pero que ni entra directamente 
en el plan de mis lecciones, ni pudiera yo, aunque quisiera, 
abrazarlo en toda su profundidad y extensión. Sólo, pues, me 
propong'o hacer una exposición sucinta del estado de la socie- 
dad romana en general y en particular de nuestra España, 
para que sirva de complemento á las lecciones anteriores y 
como de introducción á las sucesivas, extendiéndome única- 
mente algún tanto^. respecto á la introducción del cristianis- 
mo y vicisitudes de la Iglesia entre nosotros, porque esta ma- 
teria tiene enlaces más íntimos y directos con la que sirve 
de argumento á estas lecciones. 

Tres grandes órdenes de ideas y principios sirven de base 
al régimen social tomando esta palabra en su acepción más 
lata y genérica, y nos revelan el grado de perfección á que la 
sociedad ha llegado, sus adelantos ó sus atrasos según la na- 
turaleza é índole de aquellas ideas, según son más ó menos 
verdaderas y exactas, según han recibido más ó menos exten- 
sas aplicaciones. Tales son las que presiden al desarrollo polí- 
tico, al desarrollo intelectual y al desarrollo moral de la socie- 
dad. Todas estas ideas fermentan siempre en el seno de las so- 
ciedades y pugnan por manifestarse y se manifiestan siempre 
también en aplicaciones y hechos exteriores ; las ideas políti- 
cas se revelan y manifiestan su índole y naturaleza en el modo 
como se organiza el poder público y en las garantías de la so- 
ciedad y del individuo, es decir, del gobierno y de la libertad 
de los ciudadanos, las que se refieren al desarrollo intelectual 
en sus aplicaciones al desenvolvimiento material é intelectual, 
á las artes, á la literatura y á las ciencias, y las que predomi- 
nan en el desarrollo moral, reflejándose en los hábitos y eos- 



LEOflON DUODKÍ'llMA 1^)1 

tnmbrcs do los pueblos, en sus ufcu^los y i)as¡0Mes caract(;rÍKli- 
ca.3 V príMlo minan tos , y más qno todo vu sn rolig-ioii y creen- 
cias. Además, sólo así con esto esfndio i)rdvio podremos jnz- 
o-ar de la oportunidad y bondad úc las leyes y de las institu- 
ciones, y darnos razón de su prog-roso, crecimiento y dcs- 
•arrollo. 

De los hechos que pudieran revelarnos las ¡deas y princi- 
pios do la sociedad romana, do que España formaba ])arte ea 
cuanto al desarrollo político, ya liemos hablado en las lec- 
ciones anteriores; réstanos ahora examinar los relativos alas 
ideas y principios que especialmente en España y en {i^eneral 
en el mundo romano, prevalecieron en el desarrollo intelec- 
tual y moral de la sociedad. 

Respecto á las ideas relativas al desarrollo intelectual, he- 
mos dicho que se manifestaban en las mejoras y aspecto ma- 
teriales de la sociedad, en las artes , en la literatura y en las 
ciencias. Vamos á examinarlas sucintamente bajo cada una 
de estas formas. En cuanto al aspecto material, las ideas 
grandes y elevadas en que desde los principios reposaba la 
sociedad romana, se descubren y revelan ya en sus primeras 
fábricas y edificios. Dionisio de Halicarnaso se extasía al con- 
templar las cloacas hechas por Tar(*[uino: «Se comenzaba ya, 
dice con este motivo Montesquieu, á edificar la ciudad eterna.» 
Augusto, que en todo puso mano y en todo dej(5 señales de 
grandeza y majestad, habitando el mismo una modesta vi- 
vienda, construyó sin embargo edificios inmensos y suntuosos, 
como el templo y la plaza de Marte el Vengador, el templo de 
Júpiter Tenante en el Capitolio, el de Apolo Palatino y sus 
grandes bibliotecas públicas, el pórtico y la basílica de Cayo 
y Lucio, los pórticos de Licia y Octavia, y el teatro de Marcelo. 
A estas grandes obras contribuyeron también grande y no- 
tablemente los cónsules y emperadores españoles, en quienes 
parece haberse encarnado más que en nación alguna el genio 
de Roma, y los Balbos de Cádiz, y los emperadores Trajano y 
Adriano de Itálica, levantaron fábricas portentosas que aun hoy 
revelan la altura de su espíritu y ostentan el sello de su gran- 
deza; la columna de Trajano, de 110 piós de elevación, igual 

11 



162 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

á la altura de la montaña que hubo que cortar para extraerla... 
llena de esculturas y relieves en que estaban g-rabadas las 
grandes hazañas del Imperio, se conserva aún hoy en toda su 
gran Jeza y hermosura al cabo de diez y siete siglos. Pero para 
formar idea de la mag-nificencia y ostentación material de Ro- 
ma, nada más á propósito que un pasaje de Amiano Marcelino, 
en el que este historiador cuenta la sorpresa y la admiración 
que causó aquella gran ciudad, al emperadorConstancio, elhijo- 
de Constantino el Grande, cuando visitó á Roma, donde nunca 
habia estado, por los años de 353, y eso que venía de Constan- 
tinopla y conocia el esplendor de las grandes ciudades del 
Oriente. Hó aquí este pasaje, según el extracto que de él haca 
Chateaubriand en sus Estudios históricos (t. ii). «Al recorrer 
las siete colinas cubiertas de monumentos en sus faldas y en 
sus cumbres, el emperador se figuraba á cada paso, que el 
objeto, que acababa de ver era inferior al que veia: el templo 
de Júpiter Tarpeyo, las termas semejantes á ciudades de pro- 
vincia, la mole del anfiteatro construido con piedras tiburtinas, 
y cuya altura fatigaba las miradas que querian abarcarla, la 
bóveda del panteón, suspendida corno el firmamento, las co- 
lumnas, coronadas de estatuas de los emperadores, y á las que 
se subia por gradas, la plaza y el templo de la Paz , el teatro 
de Pompeyo, el Odcon, el Stadio, ornamentos magníficos de la 
ciudad eterna. En el foro de Trajano, Constancio se detuvo 
confundido, paseando sus miradas por estas construcciones 
gigantescas cuya inefable belleza el historiador declara no po- 
der describir.» 

Pero la grandeza de Roma no se encerraba sólo dentro de- 
sús murallas, sino que se derivaba como de un manantial in- 
agotable á las provincias, y las llenaba también de grandes y 
soberbios edificios, de templos, de circos, de teatros, de nau- 
maquias y otros monumentos que aun en medio de nuestros 
progresos nos es más fácil admirar que imitar. De la plaza 
misma de Roma arrancaban una multitud de caminos mag-- 
níficos que atravesaban la Italia, penetraban en las provin- 
cias, se internaban en ellas, é iban á rematar á los confines 
más remotos del imperio. Todos ellos estaban divididos por 



LfcCClON D Tío I) KOI M A }(')'l 

coliiinnas miliarias (\'^cni[)iil()s;iiii('ii((' colocaílas cu línea roe- 
la, horadando cuando era preciso grandes montañas y atra- 
vesando por medio do g-ig-antcscas arcadas los i'ios más im- 
petuosos y extensos; de su solidez dan señalada ujuestra los 
esfuerzos de diez y seis siglos que no han bastado á destruir- 
los, listos caminos, dice Bergier en su obra sobre las vías mi- 
litares de los romanos, eran como grandes calles por medio de 
las cuales y de su enlace con Roma el mundo todo parecía 
cambiado en una sola ciudad, tal era la facilidad que propor- 
cionaban para correr de un extremo del mundo conocido al 
otro extremo. Roma, prosigue, abriendo sus grandes caminos, 
empedrándolos como sus calles, y dilatándolos hasta los últi- 
mos extremos del imperio, parecía haber cambiado su estado 
y condición de ciudad y haberse trasformado en un mundo. 
En efecto, en estos grandes caminos habia establecidas re- 
g-ular y ordenadamente postas ó correos que comunicaban con 
rapidez las órdenes del emperador á las provincias; de dos en 
dos leguas habia paradas de cuarenta caballos cada una, que 
servían para los correos y para correr la posta, evecHones, los 
autorizados para ello: la rapidez era portentosa, pues la jornada 
solia ser de treinta leguas por dia por lo menos, así en tiempo 
de Teodosio, el alto funcionario Cosario corrió las 220 leguas, 
725 millas romanas, que separan á Antioquía de Constantino- 
pla, en cinco dias y medio, lo que viene á resultar acerca de 
40 leguas por dia. Valiéndose de estos medios de comunica- 
ción corria con rapidez á las provincias la noticia de cuanto 
pasaba en Roma y en las demás partes del imperio, por medio 
de los periódicos públicos, ó acta diurna, que se establecieron 
en el último siglo de la República, y que según nos dice Táci- 
to se leian con ansia y avidez en las provincias y en los ^^év- 
c'úo^, (Uiiriia po¿)iiU romani 'pe7' ¡rrovintias^ per exercltiis ciira- 
tius leguntur. (Annalium xvi-22.) En estos periódicos se in- 
cluían las sesiones del Senado redactadas por personas de gran 
dignidad, entre las cuales se distingue Adriano, que después 
fué emperador, y contenian además todo lo que podia interesar 
á Roma y á las provincias, como noticias de los tribunales, 
sentencias^ ejecuciones, resultados de los concilios, nacimien- 



164 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA. 

.tos, muertes, divorcios y demás novedades del dia. Para re- 
4;^ctar estas actas y sesiones liabia actuarü^ estenógrafos ó ta- 
quiígrafos, que con grande ligereza y rapidez copiaban los dis- 
5piír§o^^ así decia el poeta Marcial. 

-i ai siíiv- 'jQ.Wvant varia Ucet manns est vclotíor illís 
oí) oihofíf 'NonditiVi lingud simm dextra fercejiü oims. 
smoirA'i obot ^hi\.: 

.io¡'Rlp<í>'i3J.'0ilG,i;Oji la. industria y las artes mecánicas liabian lle- 
ígadoi-tambieaaf á'un grado de prosperidad 3- de esplendor, que 
jaráihallar otro ig^ual és preciso buscarle, en el g-ran desarrollo 
4ifí das Sociedades ñioderiiias^ 

oí>r;.]Si'de-.este,;a3pect0 g'eríerál de Roma y de las provincias pa- 
^íím os al que nos ofrece España, cuyo estado social especial- 
-menttíaos interesa, hallaremos en ella el desarrollo material 
¡elevadó.áunagTandealtura). La Península, rica ya, culta y 
íoiviliza^a en su parte ©ríentaby meridional antes de los roma- 
nos, abundaba eii hombres y. en 'riqueza: , Plinio cuenta en 
>s(3lo la Bética ciento ;áetenta)y/,cin,co ciudades, las de toda Es- 
jpaña, eran, seg'un el mismo-.autor, más de ochocientas. La r¡- 
{qp?.zá;yípoblactGndGeátas ciudades era g-ránde. Cádiz. contaba 
,©n tiempo de JEstraboH quiíi^eritos caballeros, y ning-üna otra 
-ciudad por ¡aquel tiempo, fuera de Roma y Padua,lá i iguala- 
ban ni en Italia ni en las provincias. Así la población' general 
-de la Península era indudablemente g-íande y- mi;cho; mayor 
rque en el dia, no ta'nto. como alg-uúos han exag'erado, eleván- 
ídola hasta 'TO millones, pero ni tan poco seguramen^te comp 
lúltimaiiíente se ha querido rebajar, Cicerón decía ya;;^ /leó né- 
-meró hispanos, necvoln^e ff alias s7l][)emmüs{V)\ '''"■■ C'^ii'úlü ífni- 



(1) El francés. Viardotha calQijladq últimamsnte, que seria el triple de la ac- 

*tuál ló'qüe darla cuarenta y cinco millones, suponiendo quine? la población aitnal 

de España y Portug-al. Ni debe adinirarnos esto á p3s;ir de los cílculos de Gap' 

maní, pues Antillon obserya que poblada España nada ii^ás que como .lo est^n 

hoy alg-uhafe de siis prOvinfeiasdel Norte (íjiiipúzcoa, por ejemplo), qué corno W ga- 

• be.no s(?n las más ricas ni feraces, tendría España treinta y siete millones déhd- 

bitant.es y cincuenta y siete millones y medio si Ueg-ase á estarlo como la provin- 

'Cia portuguesa entré Duero >''MiA'o, lo qiíe' nadie i^¿i)u'tárá'iniposíblé'(iV/^e/'A.)- 

_Generítlmonte se f leñen l\oypór|-ñuy eXa¿-érado§ to.dps eptos cálculo?. \N. ikl.C.y- 



I.KCCION DUüDKCIMA K).") 

lista prosperidad luó en ainii(3nt() en los últimos tiempos de 
la rei)úl)li(*a y primeros sig'los del imptírio, pín'o (!m[)cz(j á d(í- 
caer al terminar la dominaeion de los Antoninos y tomar in- 
cremento el desg'obierno y l;i anar(|uía militar. Aquídlas ciu- 
dades ílorecieutes y populosas que existian en ^ran número en 
las costas del ()c('ano meridional y d(d Mediterráneo en los 
primeros siglos del imperio, lial)ian desaparecido casi por com- 
l)leto on el sig'lo iv, seg'un el testimonio de Fcsto Avieno en su 
l)oema de la Descripción de las costas mar i timas. 

De Cádiz, dice este poeta, á quien se tiane generalmente 
por español, que opulenta esta ciudad en otro tiempo, era en 
el suyo poco menos que un montón de ruinas. 

«Malta el oimleus civitas , 
Aevo vetusto, iiunc egeiía, nunc brevis, 
Nuuc destituid, nunc ruinarum, ager est.» 

A las costas de Málaga á Cartagena, tan habitadas y que- 
ridas de los fenicios, las presenta convertidas en arenales y 
desiertos incultos. 

« Porro in isto littore 

Stetcre, crehrce civilates antea 
Posnisque muí tus hahuit hos p'idem locos 
Inhospitales nunc arenas porrigit 
Deserta tellus : orha cultorum sola 
Squalent jacentqite » 

A la antigua Hemeroscopio junto al Ebro, abandonada y 
despoblada, y convertida en un mar de lagos y pantanos. 

«Hahitata pridem Me civitas, numjam solum 
Vactium incolartcm, lánguido stagno madet.» 

A Labedoncia, junto al Llobregat, abandonada también y 
asilo de reptiles y de fieras. 



166 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

«Adstabat istwm civitas Lehedontia 
Priore sc^culOy mmc ager vacuus lare 
Lustra etferarihm smtínet ciibilia.» 

Y así á varias otras. Pero esta decadencia cuyas causas 
principales he expuesto en otras lecciones, no desmiente, antes 
atestigua el gran desarrollo anterior. 

España se hallaba atravesada por magníficas vias mili- 
tares, que enlazándose en el Pirineo con el gran sistema 
de caminos del Imperio se defendían y dilataban por los 
ámbitos de la Península. Los puntos principales de unión de 
nuestro sistema de comunicaciones con el del Imperio, cuyos 
importantes y en gran manera utilizables pormenores, nos ha 
conservado el Itinerario de Antonino^ eran dos, Figueras en 
Cataluña y Jaca en Aragón. El camino de Figueras, que se 
difundía en diferentes y variadas ramificaciones pasando por 
Barcelona, Tarragona, Málaga, Cádiz, Córdoba, etc., formaba 
parte de la famosa vía Aurelia^ llamada así porque salia de 
Eoma por la puerta Aurelia. Desde Jaca se difundía el segun- 
do en varios ramales ^ que pasaban por Zaragoza, Navarra, 
Castilla, León, Astorga, Galicia, etc., y todas se entretejían 
con otros caminos trasversales que surcaban la España en to- 
das direcciones, ocupando entre unos y otros grandísima ex- 
tensión según el cálculo de Bergíer (1). De estos caminos 
quedan aún restos soberbios en los que se vé todavía su gran- 
deza y solidez, y la cuasi loca profusión con que, por valerme 
de la expresión de Andrés Resende, empleaban en ellos los 
grandes sillares y piedras de cantería , quadratis pene insana, 
jn'of lisio. Muchos de estos caminos tenían que atravesar gran- 
des montañas ó profundos y anchosrios,y entonces unas veces 



(1) Setecientas miliarias (piedras) itálicas de caminos reales que equivalen se- 
gún el mismo autor á 3850 leguas francesas. {N. del A.)— Sohve este particular como 
sobre todo lo referente á las vías romanas en España, véase el discurso magistral 
de D. Eduardo Saavedra al entrar en la Academia déla Historia, con el mapa que 
le acompaña, y la erudita contestación de D. Aureliano Fernandez Guerra 
(^. del C.) 



LKCCIOX DI ODKC'I.MA J í)7 

s(» horadaban las montañas, otras síí cortal)an y allanaban, y 
S(í lanzaban sobre las corrientes de los ríos esos puentes Süb(;r- 
bios y niag'nííícos que aun boy son objeto de adniiraeion y de 
envidia. 

Las ciudades estaban cercadas do fuertes murallas, y los 
teatros, los circos, las naumaíiuias, los anfiteatros, templos y 
acueductos, revelaban al mundo las g-raudcs y gigantescas 
ideas de aquella sociedad, líl i)uente de Alcántara, deque ba- 
bl(^ dias pasados al recordar su pomposa y arrof^ante inscrip- 
ción; el teatro de Sagunto, en que cabían diez mil espectadores 
sentados, y hecho con tan gran conocimiento de la acústica, 
que todos oian perfectamente la voz natural de los actores, co- 
mo comprobaron el P. Miñanay el célebre deán de Alicante don 
Manuel Martí, y como se puso aún en mayor evidencia cuan- 
do en el año de 1785 se representaron en él varias comedias; 
el anfiteatro de Itálica, tan célebre y conocido por la magní- 
fica canción de Rioja compuesta sobre otra de Rodrig'o Ca- 
ro, y finalmente, el admirable y portentoso acueducto de 
Segovia con sus ciento sesenta y un arcos y su extensión de 
tres millas, que después de tantos siglos aún continúa sir- 
viendo al objeto para que fué levantado, bastan por sí so- 
los para manifestar la altura á que habían llegado el desar- 
rollo material, las artes mecánicas, los conocimientos mate- 
máticos, la riqueza y poder de los pueblos que levantaron 
obras tan portentosas, y sobre todo , el fondo de grandeza y 
elevación que fermentaba en el seno de la sociedad romano- 
española. Estos edificios son hoy libros abiertos, páginas elo- 
cuentes en las que los que saben leer en ellas encuentran co- 
nocimientos y revelaciones que se esconden á la superficial 
mirada del valgo. Un poeta extranjero ha dicho con suma 
exactitud de una catedral antigua, que era una crómica dejpie- 
(Ira, y otro nacional y moderno ha deducido con razón de la 
obra portentosa del acueducto de Segovia la altura de miras y 
<le espíritu del pueblo que le edificó. 

Quien elevó á las nubes tu portento 
su espíritu elevaba más allá. ^ 



168 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

La magnificencia de los edificios que lie mencionado, nO' 
sólo da idea del poder y de la grandeza del mundo romano, 
sino del estado, de la arquitectura , de la escultura y demás 
artes liberales. Con sólo leer á Plinio se viene en conocimiento 
del grande honor y aprecio en que estas artes estaban. Habian 
venido, es cierto, de la culta Grecia, Horacio dice, Grecia cw^- 
t(ife7'itin víctorem ccepit et artes iniíilít agres tí Latió ', y cuando 
el ilustre Capitán romano que transportó á Roma los cuadros 
más afamados de la Grecia, encarccia su cuidado al jefe de la 
nave que los conducia, diciéndole que sino tendria que poner 
otros en su lagar, daba con esto idea de lo atrasados que en 
este punto estaban entonces los romanos. Pero luego se per- 
feccionaron, como lo atestiguan las esculturas, estatuas, relie- 
ves, mosaicos y grabados de monedas y medallas que ocupan 
hoy un lugar distinguido en los museos y en las academias 
donde se contemplan y estudian. Los descubrimientos de Her- 
culano y Pompeya hechos por el príncipe español que manda- 
ba en Ñápeles y fué después rey de España, han venido á po- 
ner en claro el gusto, la elegancia y la riqueza de las artes ro- 
manas. Excusado es decir que en este particular España estaba 
al nivel de las provincias más adelantadas, como lo prueban 
los restos artísticos de que hablan nuestros anticuarios, y se- 
ñaladamente el famoso mosaico de Itálica, de treinta y oclio 
pies de largo y veintisiete de ancho, en que se manifiesta el 
adelanto de nuestras artes. 

Otra expresión del genio y de la índole de aquella sociedad 
es la literatura romana, bien conocida para que me detenga 
á hablar de ella. Los nombres de Planto, Lucrecio, Terencio, 
Virgilio, Horacio, Ovidio, y tantos otros, prueban más por sí 
solos, que cuanto yo pudiera decir. La literatura española, en 
esta época, fué también del todo romana, España no conservó, 
á pesar de su portentosa antigüedad, nada de sus primitivos 
poemas y dialectos. La civilización turdetana desapareció com- 
pletamente ante la civilización romana, y desapareciendo 
aquella que era la más adelantada, con mayor razón habia de 
desaparecer la de los demás pueblos españoles menos cultos. 
La lengua romana fué la lengua común y vulgar en la Penín_. 



suhi; lístrabon dice, que ya en su tiempo, muchos pueblos ol- 
vidaban su primitivo idioma, y aunque es verdad que <;ntre bis 
gentes y i)ueblos rústicos de alg'unas re¿>-ioncs se conscrv() Jil- 
gun tiempo la len<^'ua primitiva, y en el país vascong-ado á lo 
que es de creer no muri(') nunca, en o.\ resto de JOspaña fud tan 
universal y común el uso de la romana, (|ue no s(í haljlalja 
otra ning'una. íle aquí un pasaje de Aulo Gelio en ([ue se ve 
á un español defender contra unos g'rieg-os, la lengua y litera- 
tura latina, reputándola como suya propia. Le leo con gusto 
porque además nos pone de manifiesto ciertos hábitos y cos- 
tumbres de aquella sociedad, objeto ahora de nuestro estu- 
dio. «Un joven asiático, del orden ecuestre dice Aulo Gelio (1), 
rico, jovial, amable y entusiasta por la música," nos invitó á ce- 
nar una tarde con sus amigos y maestros, en una pequeña 
quinta en los alrededores de Roma, en celebridad del aniver- 
sario de su natalicio. Vino con nosotros á este convite el retóri- 
co Antonio Juliano, maestro de la juventud en Roma, español 
elocuentísimo, y muy versado en el conocimiento de nuestra 
antigua literatura. Terminada la cena, y antes de entrar en las 
conversaciones de sobremesa, rogó Juliano al amable anfitrión 
que nos hiciese oir música, porque sabia que el joven caballero 
tenía en su casa excelentes músicos y cantores. Al momento 
varios jóvenes esclavos de ambos sexos nos cantaron himnos se- 
lectos de Anacreonte y de Safo, y algunas nuevas elegías hele- 
nicas modernas, llenas de sentimiento y de dulzura .. Concluido 
el concierto, varios griegos que eran de la partida, gente ama- 
ble y que cono^cia bastante bien la literatura roman.a, interpe- 
lan y atacan bruscamente al retórico Juliano, achacándole 
ignorancia y barbarie. Este español, decian, de seguro no es 
más que un declamador arrebatado y fogoso; sus lecciones y 
sus ejemplos no formarán nunca más que áridos disertadores, 
sin elocuencia, sin dulzura y sin gracia: ¿que piensa? pregun- 
taban á porfía, ¿qué piensa el orador ibero, de Anacreonte y de 
sus brillantes imitadores modernos? (^ue nos cite entre todos 
los poetas de Roma, unos versos en los que se respire como en 



(1) Xoct. Att. L. XIX, c. IX. 



170 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

los que acabamos de oir esa fluidez y languüdez deliciosas. 
Gatillo es el solo que podríais citarnos, y aun en Catulo lo 
mismo que en Calvus hay poco bueno; el resto de vuestras 
canciones no es más que una rapsodia grosera y sin gusto, en 
la que se encuentra á cada paso la oscuridad de TiCvio, la 
poca habilidad de Ortensio , la insulsez de Cinna y la asperi- 
dad de Memmucio. Al oir estas palabras el español, no menos 
indignado de ver ultrajar la lengua patria que si el insulto 
hubiera sido dirigido á sus lares, {irritato indignabundus ^ twm 
Ule ffo lingiia "patria ianquam pro aris et focis), perdió al 
fin la paciencia, y entregándose á todo el ímpetu de su in- 
dignación, exclamó, dirig-iéndose al provocativo grupo. Nin- 
gún empeño tendria en disputaros vuestra superioridad en ar- 
tes y géneros tan inm.orales y tan fútiles, y en declarar que 
así como nos vencéis en vuestro culto á las voluptuosidades, 
lio tenéis tampoco rivales en las cantinelas. Pero para que en 
vuestra ignorancia no condenéis como lo habéis hecho, ni aun 
en este género al nombre latino, permitidme que cubra pri- 
mero mi cabeza, como se cuenta lo hacia Sócrates, cuando 
oia cosas insulsas, y escuchad y aprended después cuáles fue- 
ron y cuánto valen nuestros poetas eróticos, anteriores aún á 
esos vuestros que citasteis. Medio recostado entonces Juliano, 
y cubierta con el manto su cabeza, principió á recitar con dul- 
císimo acento, versos del antiguo poeta Valerio ^dituo, de 
Porcio Licinio y de Quinto Cátulo, versos que en verdad ni 
Eoma ni Grecia los oyeron nunca, á mi juicio, más suaves, 
más correctos, más elegantes ni armoniosos.» 

Convertida así la lengua latina en lengua de los españoles, 
éstos la cultivaron con grande esmero, produciéndose una 
multitud de autores de los más notables de la literatura roma- 
na. Cicerón habla ya de los poetas cordobeses que se hicieron 
notar en Roma aun antes de Tácito, Virgilio y Horacio, tan 
precoz era la musa latino-andaluza: el ilustre orador les ta- 
chó de no sé qué acento hinchado y extraño, lo que prueba 
que la patria de Góngora producia ya poetas ampulosos y cul- 
terauos. Después, Lucano, Marcial, Séneca el trágico, Silio 
jtálico, Columela, Festo Aviene, Aurelio Prudencio, Juven- 



I.KCCION DIJODKCIM.V 171 

co, y otro?!, oinplojiroli la ])003Ía bitina con ^rnndo ('xito en 
sus rospoctivos asuntos, sin contar otros no miónos c(^lcl)ros, 
cuyas obras no han lloji^ado á nosotros. Vln otras diTííníntos 
clases (l(í osttulios florecieron, Qnintiliano Séneca el filósofo, 
los historiadores Floro y Paulo Orosio, el agrónomo Columo- 
la, el g'eógTafo Poniponio Mola, y otros que en diferentes gra- 
dos alternaban con Tito Livio, ('(^sar, Salustio y Tácito en la 
historia, ramo en el cual los romanos, en mi concepto, han 
superado á los griegos y demás naciones antiguas, y con Ci- 
cerón, Plinio, y Varron en la filosofía y en las ciencias. Todas 
las provincias del Imperio juntas no produjeron tantos escrito- 
res latinos de mérito como la sola España , su influencia en 
la literatura y el saber de Roma fué tal, que Tirabosehi, Beh- 
viells y otros, les han achacado la corrupción del gusto, im- 
pugnándolo Lampillas, Masdeu, Andrés y otros autores. Hoy 
mejor que proseguir estas polémicas debería examinarse lo que 
en los escritores españoles habia de original y de nacional, y 
los puntos de enlace y semejanza de esta literatura con la de 
siglos muy posteriores, en mi concepto, este sería un trabajo 
muy útil y de sumo interés. 

A pesar de estas diferencias, sin embargo, lo mismo en el 
desarrollo material que en el intelectual guardaba España con 
Roma y con Italia el más ajustado paralelismo, la más com- 
pleta uniformidad: por eso, como he observado en otras oca- 
siones, los españoles eran mirados en Roma casi como roma- 
nos, y por eso eran siempre llamados los primeros á la her- 
mandad romana, á disfrutar de las dignidades de la república 
y del imperio , como Balbo, que fué el primer cónsul extran- 
jero , como el otro Balbo, que fué también, como hemos dicho, 
el primero á quien se dieron los honores del triunfo, como 
Trajano, que fué el primero de los emperadores nacidos en las 
provincias. Insisto sobre este particular porque me parece im- 
portantísimo, porque él explica y aclara una porción de hechos 
posteriores y de suma trascendencia, que de otra manera no 
tendrían fácil explicación. 

Réstanos exponer la índole y naturaleza del desarrollo 
moral. 



172 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAXyV 

Al tratar de las costumbres y hábitos, de los afectos y pa- 
siones de la sociedad romana, al internarnos para ello en el 
interior de su estado social , nos encontramos con el grave y 
trascendental hecho que disting-ue á las sociedades antiguas 
de las modernas, con el sello que les impuso su carácter es- 
pecial, con la circunstancia que hay siempre que tener en 
cuenta al tratar de apreciar sus leyes, sus instituciones, sus 
costumbres y su estado moral, con la esclavitud. 

Para comprender la importancia de esta terrible institu- 
-clon, si tal nombre puede darse á la escandalosa violación de 
todos los derechos de la humanidad, es preciso fijarla propor- 
ción en que los esclavos estaban con la población libre. En 
estos últimos tiempos, no sé si por aquel espíritu mezquino y 
parcial, que conducía á disminuir los beneficios debidos al 
cristianismo, entre los cuales se cuenta la abolición de la es- 
clavitud, se ha querido rebajar en extremo el número de los 
esclavos que había en el imperio romano; pero aun los que 
más le han disminuido 'suponen que era igual á lo menos al 
resto de la población, á los ciudadanos libres, y esta es la 
opinión de Gibbon : todo indica, sin embargo, que tal vez. 
pasaba de los dos tercios del total de la población. Séneca di- 
ce que se renunció al proyecto de dar un traje particular á 
los esclavos por el peligro grande que habría en que éstos 
pudiesen contar el número de los libres, quantum periculiim 
inmiueret, sí servís nostri numerare nos cxpisent {De Clement., 
t. 1", cap. 24). Un acontecimiento lamentable y atroz que Tá- 
cito menciona, nos dá á conocer el número de esclavos de una 
sola casa, pues al decir que fueron todos ellos llevados al su- 
plicio por no haber sabido prevenir el asesinato de su amo, 
añade que los ejecutados fueron cuatrocientos; y por último, 
y por no alegar otras pruebas, encontramos en tiempo de Au- 
gusto, en el inventario de los bienes dejados por un liberto, 
las tres partidas siguientes : 3.6C0 pares de bueyes, 250.000 
cabezas de ganado menor y 4.116 esclavos. Estas citas, que 
pudiera sin dificultad aumentar con otras muchas, prueban 
que el número de los esclavos era mayor de lo que se preten- 
de por algunos^ pero aunque nos limitemos al cálculo más re- 



I,10fM'I()\ DTIODKCIM A \1\\ 

<ducido de que la esclavitud era. la. iiiihid de la población total, 
esto basta y sobra, para establecer como un liocho inmenso 
y de fi:randes y trascendentales consecuencias, el de que el úv- 
dcn social anti^'uo, que InS antig-uas sociedades descansaban 
como en una de sus g-randes bases sobre la esclavitud, lieclio 
que modificaba todas las instituciones políticas, á iníluia so- 
bremanera en las tendencias morales e intelectuales de la so- 
ciedad y en su sucesivo desenvolvimiento y desarrollo. 

¿Qué significan, por ejemplo, esas democracias antiguas tan 
ponderadas, si nos paramos á contemplar que siendo en ellas 
la mayoría grande de la población trabajadora y esclava, sólo 
intervenia en los neg'ocios públicos la minoría rica, ilustrada 
y bastante ociosa para poder acudir á todas horas al forum ó á 
la plaza pública? Si un régimen análogo se estableciese en 
nuestras ciudades modernas y excluyésemos de toda participa- 
ción política y del goce de los derechos civiles á las dos terce- 
ras partes de la población, á los cultivadores, á los artesanos, 
á los operarios, á los criados domésticos, y en una palabra, 
á las clases trabajadoras en casi su totalidad, ¿habría nadie 
que diese á este gobierno el nombre de democracia? ¿No diría- 
mos más bien que era una desigual, injusta y tiránica aristo- 
cracia \\ oligarquía? Pues las repúblicas y democracias an- 
tiguas, aun las más populares, no eran otra cosa. Véase, pues, 
cuan necesario es tener presente la g-ravísima circunstancia de 
la esclavitud, al tratar de apreciar el orden político y social de 
las naciones antig-uas, y cuan absurdos son los ejemplos toma- 
dos de ellas, si no se tiene en cuenta aquel hecho tan trascen- 
dental. 

La condición de los esclavos en la sociedad romana, lo mis- 
mo que en las demás antiguas, era miserabilísima; la ley no 
los consideraba como personas, sino como cosas, poco más que 
como animales domésticos. El dueño del esclavo podia por lo 
mismo venderle, castigarle, y aun darle muerte á su antojo; 
de estos derechos, si puede nunca dárseles tal nombre, nacían 
todos los demás que podian ejercerse sin llegar á estos extre- 
rifíó^.y y Ips, esclavos y sus hijas y mujeres no podian tener en 
realidad ni bienes ni seguridad, ni aun honor, porque todo es- 



174 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

taba á merced del amo, porque todo carecía de garantía para 
ellos. [Cuánto germen de degradación, de corrupción y de ti- 
ranía! (1) Asilos esclavos eran empleados sin misericordia, en 
los trabajos más duros y peligrosos', y para probarlo no aduci- 
ré más que un ejemplo tomado de lo que pasaba entre nos- 
otros, el del trato que según Diodoro Sículo se daba á los es- 
clavos en los trabajos de las minas de España. «Los esclavos, 
dice este historiador (Diod Sic. v. 38), que moran en estas pri- 
siones de metal, procurando á sus dueños increíbles riquezas, 
se ven afligidos dia y noche en estos subterráneos, con tan 
excesivo trabajo, que son machos los que sucumben á su peso: 
no hay para ellos intermisión ni descanso en sus faenas, antes 
bien al contrario, los capataces los azotan desapiadadamente, 
para forzarles á emprender los trabajos más difíciles y peno- 
sos, al rigor de los cuales se extingue pronto su miserable 
existencia. Algunos que tienen bastante vigor intelectual y 
físico para soportarlos viven largo tiempo bajo el peso de estas 
rudas fatigas, pero viven de tal modo, que prefieren con mu- 
cho la muerte á este género de vida.» 

El pueblo inferior de Roma y de las demás ciudades del 
imperio se componia; de la multitud de libertos á que por su 
gran número se puso coto por la ley Fusia Caninia y disposi- 
ciones análogas, que no permitian las emancipaciones sino en 
cierto número y en ciertos casos; de los ingenuos pobres ó pro- 
letarios, relegados ya por Servio Tulio á una sección de ciu- 
dadanos en que se anulaba su influencia en los negocios pú- 
blicos; y de los habitantes libres dedicados á las artes, al co- 
mercio por menor y á otras ocupaciones que los romanos mi- 
raban como poco decorosas. Desde el principio estas clases in- 
feriores vivian bajo laclientela de sus patronos, clientela á la 
vez útil al patrono y al cliente; á éste, por la protección que 
hallaba en el patrono para sus negocios, pleitos y demás asun- 



(1) Entre los trabajos fundamentales sobre este punto posteriores con mucho 
al tiempo en que estas lecciones fueron pronunciadas, véase l'ÍIistoirede l'Esclavage 
tlims l'Anliqniló de M. Wallon, obra ei uditisima y profunda, y la reciento monogra- 
fía de M. Paul Allard sobre los Esclavos en tiempo de los emperadores cristianos. 

(N. del C.J 



LKCCION DUODKClMA 175 

tos, y al patrono, |)or([uo disponia (h*. ir»ayor número de votos 
en los comicios. l*oro cuando aciil);iron los comicios y la in- 
lluoncia política do los pueblos, tanto cai el {^-ohiei'uo de Ro- 
ma como en el de las ciudades, los ylcJjeil perdieron la ])rotec- 
cion de los nobles y decuriones, y empezaron á ser vejados y 
maltratados por ellos de una manera análoj^a á aquella co- 
mo eran tratados los decuri()n(\s por los funcionarios del im- 
perio. De esto he hablado ya al tratar de la decadencia del ré- 
gimen municipal, y entonces cité el texto de Salviano, en que 
resultaba que los curiónos esclavizados en sus curias eran á 
su vez los tiranos de los plebeyos y clases inferiores. Por esta 
y otras causas la altivez y grandeza de los plebeyos romanos 
degeneró sucesivamente en abatimiento, en adulación y en 
convulsiones anárquicas. 

Las clases elevadas é influyentes presentan diferentes as- 
pectos bajo el punto de vista moral según los diversos tiempos 
en que las consideramos. Aquellos hombres austeros y virtuo- 
sos, de miras grandes y elevadas de los primeros tiempos, so 
convirtieron con el poder, con las conquistas y las riquezas, 
en tiranos desapiadados de los pueblos y provincias que man- 
daban; los republicanos eran en este punto los peores, y así es 
que, como ya he observado, las provincias ven con gusto el 
fin de la República y el establecimiento del poder de Augusto, 
más regular y templado. 

Con las riquezas y el poder se introdujo en Roma un lujo 
ruinoso en vestidos, palacios, jardines y convites. Después se 
adoptaron las costumbres afeminadas del Oriente, y con ellas 
los refinamientos del lujo asiático. Como este lujo ni siquiera 
fomentaba, como ahora se pretende, la independencia y rique- 
za de las clases pobre y media, porque estaba en su mayor par- 
te sostenido por los trabajos de los esclavos, era en estremo 
ruinoso, devoraba la sustancia pública, enervaba á aquella 
fiera y orgullosa nación, y la disponia á ser presa de los bár- 
baros. Juvenal no duda en afirmar que este lujo era más fu- 
nesto al poder romano que la guerra más cruel. 
Sevior armis luxioria imuhuit 
victumque ulciscitnr orhem. 



ITG DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

A este lujo ruinoso, á esta opresión por medio de la escla- 
vitud de la mayor parte de la masa de la población, y por me- 
dio del gobierno y de las autoridades romanas de la clase me- 
dia aprisionada y envilecida en las curias, y de las clases in- 
feriores tiranizadas á su vez por los decuriones j los soldados, 
habia que añadir una corrupción de costumbres y una desmo- 
ralización espantosa. Los gérmenes estaban sin duda en la 
naturaleza misma del politeismo, y en los dioses corrompidos 
Y viciosos que formaban el sistema de la teog'onía pagana, 
como demostrare cuando hable de la introducción del cristia- 
nismo. Y si la pobreza, las guerras y la rusticidad de los pri- 
meros tiempos pudieron neutralizar durante algún tiempo in- 
fluencia tan perniciosa, é impedir el completo desarrollo de 
tan mortíferos gérmenes, al fin y al cabo se rompieron todos 
los diques, y se difundió por todos los ámbitos del imperio la 
más desenfrenada corrupción de costumbres. La historia ha 
conservado en prueba de esta verdad la noticia de los escán- 
dalos y oprobios de los emperadores y de sus familias, de Ti- 
berio, de Nerón, de Calígula. de Eliogábalo, y cuando la cor- 
rupción y el desenfreno se ostentaban descarados y triunfan- 
tes en tan altos lugares, no hay que preguntar cómo estaría 
en regiones inferiores. 

Pero si nos faltasen estas y otras pruebas, bastaria para 
nuestro objeto la literatura, que como es sabido, refleja siem- 
pre el estado social de la época á que corresponde. Las obsce- 
nidades de los principales poetas y escritores del Lacio, son á 
la vez que un cuadro repugnante de cinismo y de deprava- 
ción, un testimonio insigne y significativo del estado de las 
costumbres del mundo romano bajo la influencia del politeis- 
mo; Catulo, Horacio, Marcial, Ovidio, Petronio, idean com- 
posiciones, presentan cuadros, que cubrirían hoy de rubor á 
los hombres más desmoralizados, y que seguramente nadie se 
atreverla á dar al público con su nombre; y no hay que decir 
que en otras épocas se han escrito también poesías obscenas, 
pues además de que siempre prueban bastante contra la mora- 
lidad del siglo que las aplaude ó tolera, las obras obscenas de 
los autores latinos tienen un carácter de cinismo y de torpeza 



LECnON DUODÉCIMA 177 

tw.n rc])u ^•llanto, qno los (lisi¡ii<;-iio en [i'nin iiiaiKU'n (1(» los IJo- 
caccios, los LafoniaiiKí y los ('asti. 

]<]n ]Ospaña la corriipcíüii había (Mindido tainbion bastantíí, 
Y s¡g'u¡cn;lo los mismos trámites que en Roma, principalmen- 
te en las ciudades g-randcís y i)opulosas. Horacio liabla ya en 
su tiempo de los ricos mercaderes y patrones de barcos que 
compraban á gran precio el honor de las damas romanas, y 
las farsantas y bailarinas de esta misma ciudad eran celebra- 
das por su arto y su desenvoltura. Respecto de los últimos 
sig'los del imperiO; la degradación de las clases medias 6 in- 
feriores y la corrupción de las privilegiadas era tal, que se- 
gún Salviano presbítero de Marsella: «el nombre de los ciu- 
dadanos romanos antes no solamente gTandomente estimado 
sino comprado también, ahora se rechaza y se aparta como si 
se tratara de la cosa más vil y abominable» (1). «¿Y qué más 
prueba de la romana iniquidad, añade este escritor, que el que 
la mayor parte de los españoles quieran más pertenecer á los 
bárbaros y acogerse á ellos que ser y llamarse romanos?» En 
efecto, ya se hablan presentado en la escena los jueces y los 
vengadores de la depravación romana, los bárbaros, y sobre 
todo los cristianos, liabian elevado ya una moral más pura 
para término de comparación. Pero en los campos y pobla- 
ciones pequeñas habia y se conservaban mejores costumbres. 
Los españoles tenian y afectaban cierta virilidad y fiereza en 
su modo de ser, y hacian de ella alarde oponiéndola á la 
afeminación griega y romana. Así Marcial en uno de sus epi- 
gramas (1, XV, lib. 10),, extrañando que haya quien le llame á 
él, español nacido en las orillas del Tajo, hermano de Car- 
meuion,' ciudadano de Corinto, le dice á este: ¿en qué nos pa- 
recemos? 

«Tihjlexd nitldm coma zagaris 
JTispaiiis ego contmnax ca¡nllís.y> 

Tú te ocupas cuidadosamente en arreglar y dar brillo á tus 

(1) Nomen civiiim romunoriun (antea) nom soliim maffiú estimaium sed eíiam eniplum 
«une ullra rcpndialur, ac fujilur nec vi le tanlum se pene abominabili hahclur. 

12 



178 DEL GOBIERNO Y LEGISLACÍON DE ESPAÑA 

cabellos, yo, como español, los dejo flotar rudamente en des- 
orden sobre mi cabera. 



«Levls dropaco' tu qv.otidiano 
Hirsutis egOy cruribus, genisque.» 

Tú te arrancas diariamente el vello de tu cuerpo , yo le- 
tengo abundante en mis carrillos y rodillas. 

«Os dlcesiim tibí dehiUsque Uiigua est 
Nobis filia fortius loque tur.» 

Tu acento es tan dificultoso y tu voz tan débil, que mi hija 
habla más varonilmente que tü. No cabe, pues, mayor dese- 
mejanza. 

«Tam dispar aqiiilm columba iioii est 
Nec dorcas rígido fugdx leoní.» 

Deja así ya de llamarme hermano, porque yo en todo caso 
sólo podría llamarte hermana. 

«Quare desíne me vocarefratrem 
Ne te carmemoiiy vocem sóror em.y> 

Roma y la Italia toda estaban en el desenfreno , y todavía 
entre nosotros era la vida más parca y arreg'lada; este mismo 
corrompido y obscenísimo Marcial, cuando de Roma volvia á 
su Bílbilis y á sus tierras,- respiraba otra atmósfera más pura, 
y sus versos, en vez de las profanaciones de Roma, pintaban 
la vida patriarcal de sus compatriotas. 

Muchos testimonios de que haré mención al examinar la 
influencia de la invasión de los bárbaros acreditan, á mi modo 
de ver, que España, aunque romana en la lengua, en la lite- 
ratura, en las artes, en el gobierno y en las costumbres, jamás- 
llegó al grado de corrupción y de envilecimiento á que llega- 
ron Roma é Italia, Constantinopla y las demás provincias del 



LECCIÓN DUODÉCIMA 17Í) 

()r¡(ínt(', circunstaiiciii que , como Ikí dií'lio y repito, es (h; 
j^Tuiulo magnitud y trascendencia y (|ue nos servirá i)ara la 
explicación do muchos liedlos en las lecciones sucesivas. Fue- 
ra do esto, en todo lo demás no liubo provincia (mi (pie más se 
encarnase el g-enio y la índole de la sociedad romana. 

• • 



»&^34í 



LECCIÓN DÉCIMA TERCERA 



El Gi'isliaÉiiio. 



Destino ulterior ck'l hombre.— Necesidad hietórica (le la religión.— Su enlace con 
las leyes y gobierno de un pueblo.— La religión: base de las sociedades; anterior 
•1 ellas.— Partes de la religión: dogma y preceptos.— Politeísmo y monoteísmo. — 
Influencia moral é intelectual del politeísmo.- Degradación moral del hombre 
romano.— El estoicismo.— El cristianismo: reseña de su establecimiento.— 
Pi'ogresos- -Persecuciones. —Triunfo de la iglesia: Constantino. — Reacción 
politeísta: Juliano.— Últimos momentos del politeísmo. —El arríanismo. —Esta- 
blecimiento del cristianismo en España.— Gran consideración de la iglesia espa- 
ñola.— Osio.— Influencia del cristianismo como creencia individual y como igle- 
sia—Constitución de la iglesia.— Separación del peder espiritual y temporal. ~ 
Uesiste la irrupción de los bárbaros.— Conclusión. 



En cualquier período de la Historia, después de haber ex- 
puesto las bases y condiciones del gobierno, de la sociedad y 
de la legislación, nos podemos preguntar si hemos acabado ya 
de ocuparnos en todo lo que al destino y á las necesidades so- 
ciales del hombre se refiere; si al salir e'ste de la sociedad hu- 
mana cumplió ya por completo su misión y su fin, ó si aun 
después de acabada su existencia sobre la tierra, le queda otra 
existencia ulterior, otra vida futura para la que deba prepa- 
rarse durante su tránsito en el mundo actual y visible... La 
razón, el instinto de la humanidad, el grito interior déla con- 
ciencia han revelado al ge'nero humano en todos tiempos, que 
esta vida no es, por decirlo así, más que la preparación para 
el destino ulterior del hombre , para una existencia nueva y 
desconocida, y que hay otras leyes además de las que se reía- 



182 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

cieñan con la sociedad humana. «Las sociedades humanas, 
dice Royer Collard, nacen, viven y mueren sobre la tierra, y 
en ella cumplen todos sus destinos... Pero las sociedades hu- 
manas no contienen al liombre por entero. Aun después de 
haber vivido en ellas , todavía le queda á éste, la más no- 
ble parte de sí mismo, aquellas facultades por cuyo medio se 
eleva hasta Dios, á una vida futura, á bienes desconocidos en 
un mundo invisible. Nosotros, como personas individuales é 
idénticas, como verdaderos seres dotados de la inmortalidad, 
nosotros tenemos un destino diferente del de los Estados y de 
las sociedades.» 

Hé aquí, señores, por qué en todos tiempos y en todas las 
naciones se ha reconocido la necesidad de otro orden de leyes, 
de deberes y de obligaciones que no guardan directa y preci- 
samente relación con la sociedad humana actual , sino con la 
sociedad futura , hé aquí por qué en todos tiempos y naciones 
se ha conocido instintiva y prácticamente la necesidad de una 
relig'ion. El hombre, en su tránsito sobre la tierra, al mismo, 
tiempo que cumple en ella su destino, reconoce que al cum- 
plirle no ha terminado su carrera y que aun le queda otro des- 
tino ulterior, para el que debe prepararse en esta vida, cum- 
pliendo otros deberes de orden superior, obedeciendo á las le- 
yes y preceptos divinos. 

Aunque la religión considerada así en su objeto parece á 
primera vista que no debia formar parte de los estudios sobre 
el gobierno y legislación de un pueblo, muy luego se reconoce 
que los puntos de contacto entre la religión y la sociedad y 
entre los deberes religiosos y los sociales son tantos j de tanta 
influencia los unos sobre los otros, que es imposible compren- 
der bien el gobierno y la legislación de un pueblo sin tener en 
cuenta la índole, tendencias é historia de sus creencias reli- 
giosas. Por eso he creido oportuno tratar en una lección apar- 
te, aunque breve y rápidamente, del estado, carácter y vicisi- 
tudes de la religión en la sociedad romano-española, y hablar 
del grande y trascendental hecho de la introducción en ella 
de la religión y de la Iglesia cristiana. 

Prevengo desde ahora que me voy á atener puramente á 



LIOCCION DKCIMA TIOKCKRA 18.*{ 

los lieclios exteriores y liuni;uios, prcsciiuliendo de las g-rsiii- 
des miras y de los arcanos de la Providencia, en el esta))]eci- 
miento del cristianismo. Yo voy á examinar solamente y bajo 
el aspecto histórico y filosóíico, lo que se suele llamar causas- 
segundas. Ahora, si más de una vez á travds de ellas se descu- 
bre casi patente la causa primera, el dedo de quien lo rig-e y 
lo dispone todo, seg-un los altos fines de su sabiduría, los h(í- 
chos, noyó, serán los (pie revelen esta dirección superior, este 
giro providencial de los sucesos. 

Aunque el fin primario de la religión sea preparar al hom- 
bre para la vida futura, todavía le es tan esencial en la vida 
terrena, que apenas podemos concebir sociedad humana sin 
religión; así es que los legisladores de los pueblos siempre han 
cimentado sobre ella la sociedad, siempre se han valido de ella 
para dirigir y civilizar á los hombres. Así la religión es siem- 
pre, si no anterior, coetánea al establecimiento de las socieda- 
des , y por esta razón la mayor parte de ellas se han formado 
en épocas rudas é incultas y han tenido que acomodarse al es- 
tado poco adelantado de la civilización. Los sistemas religiosos 
creados en estas épocas de atraso moral é intelectual, son im- 
perfectos é inaplicables á las épocas de adelanto y de progre- 
so , porque siendo sus leyes y preceptos por necesidad inva- 
riables, no pueden seguir á la sociedad en sus ensanches, á 
menos que no lleven en su seno ya desde el principio la pro- 
mesa y profecía de una renovación y mejora, como la judaica 
en la promesa del Mesías y de la renovación que este suceso 
debia efectuar en ella. Luego haré aplicación de estas obser- 
vaciones, ahora voy á examinar las partes de que se compone 
un sistema religioso. 

Toda religión consta de dos partes, de los preceptos, leyes 
y deberes que impone, y de las creencias acerca de la natura- 
leza de la autoridad sobrenatural en cuyo nombre se anuncian 
y predican. Las religiones son el gran depósito de verdades 
morales alcanzadas y conquistadas por la razón de los sabios 
y los legisladores antiguos, y predicadas á las masas incapa- 
ces de comprender sus fundamentos,, como inspiradas por una 
autoridad suprema, poderosa é infalible. Admitida la autori- 



184 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

dad, ¿quién rechazará ni se erigirá en escudriñador y arbitro- 
de sus preceptos? Lo que se predica para ser practicado es la 
moral ^ lo concerniente á la índole y naturaleza de la autori- 
dad, á la índole y naturaleza de la Divinidad es el dogma, pun- 
tos diversos en la apariencia, pero que tienen entre sí grandes^ 
enlaces. 

Hay dos grandes sistemas religiosos, el "goliteismo ó el culto 
de muchos dioses , y el que pudiéramos llamar monoteísmo ó 
culto de un Dios único. El politeísmo es el culto del hombre 
rudo, ignorante y salvaje, que teme ó espera de los seres que 
le rodean y los adora, es decir, los implora para que no le ha- 
gan mal, ó le hagan bien. El monoteísmo es el culto del hom- 
bre adelantado, inteligente y cuyo espíritu es capaz de elevar- 
se á buscar y reconocer una causa única que rige sin oposición 
al mundo. 

La influencia, tanto moral como intelectual de estos dos 
sistemas, es grande siempre, pero diversa, como que el uno es 
la verdad, y el otro es el error. 

La influencia moral del politeísmo es mala; de sus dioses, 
unos son buenos, como Ceres, el sol, la luz, otros malos, 
como los que mandan las tormentas, las hambres , las tinie- 
blas, los que presiden á los actos culpables, á la lascivia, á la 
prostitución-; otros son contrarios entre sí por ser de pueblos ó 
representar elementos distintos," que defenderán unos lo bue- 
no', otros lo malo , y tendrán afecciones y antipatías, y serán 
injustos, violentos, corrompidos y engañadores como lo son la 
mayor parte de los de la mitolog^ía pagana. Su ejemplo, y la 
moral creada bajo su autoridad é influjo, no pueden menos do 
ser funestos. Pudieran citarse mil ejemplos, como el culto de 
Venus, de Adonis, de Baco, de Priapo, pero me limitaré á pre- 
sentar uno solo tomado do Terencio, en su comedia í^'íímíícází,? 
(act. III, scen. vi). El joven Chorea, dudando en cometer una 
acción criminal á todas luces, y que en las legislaciones mo- 
dernas se castiga con la muerte, cual es la violación ó forza- 
miento de una mujer, se anima, viendo una pintura de Júpi- 
ter y Danae, con el ejerpplo del padre de los dioses, y comete 
el atentado. Hé aquí cómo hace hablar el poeta á su ¡lersona- 



I.KCTION DKÍ'IMA 'rilUCIlUA 18."> 

je: «Me puse entonces, dice Chorea, á mirar pste cuadro ((d do 
Júpiter y Danac), en el que se usaba una ficción semejante á 
la que yo iba á poner por obra, y el ejcímplo de un dios tras- 
formado en hombre y deslizándose furtivamente por las vivi(;n- 
das y tejados de la ciudad, para seducir á una mujer agcna, me 
causó animación y aleg-ría. ¡Y cuál dios! Nada míanos que 
aquel que con la voz del trueno conmueve la bóveda celeste. 
Y yo, mísero homl)recillo, ¿no liabia de atreverme á hacer 
otro tanto? Sí que lo haré, y sin ningún reparo.» 

¿F(/o liomuncio hoc non facer em? 
Fgo illud vero itafaciam ac lubens.» 

Si reflexionamos acerca déla fuerza y verdad del argumento 
de Cherea, y que esto se decia en un teatro público y en medio 
de lo más culto y floreciente de la sociedad romana, conoce* 
remos la influencia y trascendencia de los ejemplos de los dio- 
ses del gentilismo. El politeísmo es contrario tanil)ien al des- 
arrollo intelectual y á los progresos del esj)íritu humano, por- 
que es incompatible con éste, porque entre los dos hay en- 
tablada una lucha á muerte. Cuando en ella vence el politeís- 
mo, condena á Sócrates á beber la cicuta para sofocar los 
grandes vuelos del espíritu; cuando éste es el que prevalece, 
el politeísmo muere. Y así sucedió en efecto,- los sabios, los 
filósofos, los estadistas de la República y del Imperio, se bur- 
laban en secreto y aun en público y en sus escritos, del poli- 
teísmo, llegando hasta el exceso de confundir con él en sus 
burlas, las grandes verdades que como religión, aunque falsa, 
encerraba. Cicerón, en sus Tusculanas, hablando de la vida 
futura, dice por boca de uno de los interlocutores: «¿me juzgas 
por ventura tan necio, que crea yo en esas cosas?» Salustío 
nos ha conservado la oración de César en el Senado defendien- 
do á los cómplices de Catilina, y en ella abiertamente se pre- 
dica el materialismo y se contradice la inmortalidad del alma 
El poema de Lucrecio, de Rcrxim Natura, es todo él un curso 
de ateísmo, y tan extendido estaba ya en tiempo de Juvenal 
el descrédito del politeísmo, que este célebre escritor escla- 
maba: 



]86 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Esse alíquot manes et subterránea regna 
Nec piterí credimt nisi nóndum ere lahantur. 

Esta falta de creencias fundamentales, aumentaba la des- 
moralización que el politeismo' habia creado , y esto da lu- 
gar á la corrupción general de costumbres de que hablé en la 
lección anterior, y de que son buena prueba la obscenidad de 
la literatura, y las infamias de la familia imperial de Tiberio, 
Nerón, Mesalina, Eliogábalo y tantos otros. La degradación 
moral del hombre romano, la carencia de sentimientos nobles 
y elevados, después que con la república acabaron los gran- 
des resortes que constituyeron el patriotismo de aquella época, 
la gran pasión por los goces materiales, todo se esplica fácil- 
mente por estos antecedentes. 

Habia, pues, necesidad de una reacción que llenase el va- 
cío que en el corazón del hombre dejan siempre la falta de re- 
ligión y de creencias, la carencia de sentimientos elevados; 
y como cuando la exigencia de una reacción está en el fondo 
délas cosas se revela por todas partes, esta se reflejó en la 
fílosofía estoica, grande ensayo y último esfuerzo del hombre 
que aun elevándose apoyado únicamente en sus fuerzas, pro- 
duce grandes caracteres, como Catón, Marco Aurelio, los An- 
toninos. Pero el estoicismo era insuficiente; para restituir al 
hombre su grandeza y su elevación moral, para llenar el gran 
vacío de los corazones, era necesario el cristianismo, eran ne- 
cesarios sus dogmas sublimes sobre la naturaleza de la divini- 
dad y los preceptos y enseñanzas de su moral purísima. 

¡Fenómeno único en la historia de las naciones! Una reli- 
gión nueva, como el cristianismo, nace y se desarrolla y do- 
mina y acaba con el culto establecido en un pueblo civilizado 
rico y poderoso, y esto precisamente en el período de mayor 
esplendor de este pueblo. 

«Después de haber predicado el Evangelio, dice Chateau- 
briand, deja Jesucristo su cruz sobre la tierra, y en ella el mo- 
numento de la civilización moderna. Del pié de esta cruz, plan- 
tada en Jerusalem, parten doce legisladores pobres, desnudos, 



y 



LECCIÓN DÉCIMA TKUCERA 1S7 

coii un báculo en l;v iiiiino, v van á (Miseñar á. las naciouoH y á 
renovar la faz de los imjx'rioH. Un ])(;s(íador, enviado por un 
carpintero de vug'os y d(í arados, establece en el Capitolio 
este imi)erio que cuenta ya diez y oclio sigdos de duración, y 
que seg-un sus profecías debe durar liasta la consumación de 
los tiempos.» 

Hé aquí, en pocas palabras, la historia, la misión y el por- 
venir del cristianismo. Jesucristo nace en un i)ueblo despre- 
ciado de los demás, porque este pueblo como conservador del 
gran principio de la unidad de Dios, maldecia el politeísmo, y 
nace pobre, de clase humilde, y muere en un patíbulo afrento- 
so. ¡Extraño maestro, en verdad, para el pueblo re^^ y para los 
sucesores de los Césares! Sus discípulos se esparcen porel orbe 
á predicar el Evangelio, 3^ á poner en ejecución la fuerza ex- 
pansiva de su doctrina. Esta llenaba el vacío de los corazo- 
nes, predicando los dogmas más sublimes respecto de la na- 
turaleza divina, la moral más pura respecto del hombre y por 
estas causas, no por las que supone puerilmente Gibbon, hace 
grandes progresos, ilsí, San Justino, á principios del siglo 11, 
exclama: «^A^^ nnnquidem Natío, vcl Greca, vd Bárbara, jam 
üliena está Jesu Crucifixi nomine , tu nec preces, ñeque gratar um 
act iones in ea (Urígantur ad omnium <patrem',» así San Ireneo, 
que floreció en el siglo iii (202), y que dice en sus escritos que 
habia conocido á Policarpo, establecido obispo de Esmirna por 
los mismos apóstoles, cuyo Policarpo habia hablado con mu- 
chos discípulos que hablan visto y hablado á su vez á Jesu- 
cristo, nos da testimonio de que en su tiempo el Evangelio 
estaba extendido por todo el mundo , y cita las iglesias de la 
Germania, de las Gallas, de España, de Oriente, de África y 
de Egipto alumbradas escribe por la misma fé, como por el mis- 
mo sol; así Tertuliano, decia en el siglo iii á los gentiles en su 
célebre Apología aquellas no menos célebres palabras : «Los 
cristianos somo#, como quien dice, de ayer, y ya llenamos 
vuestras ciudades, vuestras colonias, el ejército, el palacio, el 
Senado, el foro, sólo os dejamos vuestros templos: sola relín- 
quiímts templa.» 

Estos progresos alarman al politeísmo y á la sociedad ro- 



188 DEL GOBIEIINO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

mana fundada sobre él, y se propalan las más atroces calum- 
nias contra los cristianos, á quienes se llamaba enemigos del 
género humano, y á quienes se achacaban los mayores críme- 
nes. Las persecuciones comienzan al momento; Tácito habla 
de la que Nerón suscitó en Roma contra ellos en el año 64, es 
decir, á los treinta años de la muerte de Jesucristo; después 
otros emperadores aumentan la persecución conforme progre- 
sa el cristianismo, y si algunos más tolerantes impiden hacer 
pesquisas contra les cristianos, mandan siempre castigarlos 
cuando se les acuse y convenza de su fe. Entonces se escriben 
las elocuentes y fervorosas apologías de Justino Tertuliano, 
Lactancio, Orígenes, y otros, vindicando á los cristianos de to- 
das las calumnias que se les dirigían. Por último, Diocleciano^ 
al querer acabar con la anarquía militar y establecer un go- 
bierno sólido, hace el último esfuerzo para exterminar á los 
cristianos, que en toda la extensión del imperio son atormen- 
tados y muertos. 

Esta gran persecución, en la que brilló el heroísmo de los 
cristianos y su fuerza con su conciencia luchando contra los 
tormentos, agotó las fuerzas del politeísmo, y puede decirse 
que el cristianismo quedó ya triunfante, hasta que por fin 
Constantino proclamó su triunfo y la paz de la Iglesia, permi- 
tiéndola extenderse y predicar con libertad. 

Algunos años después se verifica una reacción politeísta 
con la subida al trono de Juliano el Apóstata. El carácter de 
esta persecución fué en general distinto del de las persecucio- 
nes anteriores, se dirigió principalmente á desposeer á los cris- 
tianos de los cargos y consideración pública, á arrebatarles las 
iglesias y las escuelas, prohibiéndoles enseñar, y otras medi- 
das análogas. Además, como el politeismo no podía sostener 
ya la lucha ante el cristianismo, Juliano quiso modificar la re- 
ligión pagana; sus dogmas absurdos dijo, que eran puros mitos 
en los que se encerraba una verdad filosófica ^vera, y en cuan- 
to á la moral, la alteró también predicando una análoga á la 
de los cristianos, y aun exagerándola y ridiculizándola en su 
persona, pues depuesta la pompa imperial, vestía casi humil- 
de y suciamente, dejándose crecer la barba y ¡jcdiculos in ectr 



LECCIÓN DIOCIMA TKUCI'.IIA 18í) 

discurrientes, so^^niii nos dice ó\ iin'siiiio. (^)ii¡(;ro l/.iinhicii i'ímmIí- 
ílcar el templo de .IímmisiiIoh ]);n-n, conlrailiM'ir 1;». ])rorocí;i cris- 
tiana, y g'lobos (1(* fiií^^'o S(í lo iiiipiíloii s('<>'nn Amniano Marí^í- 
lino, viniendo ])or lin, sn imi(n'f,(\ á ])ro lucir el Irinufo dcíiniti- 
vo d(d cristianismo sobre (d ])olitcism(). Msto, en sus úlfiínos 
momentos, luchando contra (d decreto imperial qne mandaba 
arruinar sus templos, se defiende elocuentemente por ])oca de 
Sinmaco, prefecto de Roma, pero encuentra en San Am])rosio 
y en el poeta español Aurelio Prudencio resueltos y áin más 
elocuentes adversarios, quedando por fin (d politeísmo confi- 
nado á las aldeas ó pfffoSj de donde el nombre de paganismo 
y el de pag-anos que se ha dado á sus adeptos. 

Pero el cristianismo tiene después que vencer otros obs- 
táculos para consolidarse. Al salir de las catacumbas, al fal- 
tarle la cohesión que le daba la persecución, se divide por su 
misma fuerza y lozanía. Arrio predica que Jesucristo es una 
criatura del padre, sacada de la nada como las demás, inferior 
al Padre, y por consigmiente que no era verdadero Dios; se di- 
viden y agitan con estas disputas los ánimos, prevalece el sen- 
timiento de la unidad, se celebra el gran sínodo de Nicea, en 
el que se establece el símbolo ó fórmula de la fé, y se condena 
el arrianismo. Pero éste se rebela contra la autoridad del con- 
cilio y turba la Iglesia con el apoyo de varios emperadores 
perseguidores y arrianos, entre ellos Valente, que fué el que 
infestó á los godos con esta heregía, circunstancia grave y 
digna de mención para más tarde nuestro estudio. 

Tal es en general la historia del establecimiento del cris- 
tianismo en el imperio romano. Veamos ahora cómo se propa- 
gó y se estableció en España. 

Los críticos disputan mucho sobre la primera predicación 
del cristianismo en España por el apóstol Santiago; algunos la 
niegan, pero habiéndose verificado esta predicación de algún 
modo, y estando las tradiciones todas á favor de la venida de 
este apóstol, por mi parte la adopto sin reparo. Santiag-o el 
Mayor viene, pues, á predicar el Evangelio á España, de don- 
de regresa con siete discípulos á Jerusalen, y es allí degolla- 
do, volviendo éstos con su cuerpo á Galicia. Se supone tam- 



190 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

bien con fundamento que San Pablo, que habla en sa Epístola 
á los Romanos de su próximo viaje á Kspaña, estuvo también 
en la Península, y que regresó después á Roma. Después los 
siete discípulos de Santiago ó varones apostólicos son ordena- 
dos obispos de varias iglesias, la mayor parte en la Bética, y 
el cristianismo crece y se extiende por las provincias. 

Ya en tiempo de Nerón, aunque Gibbon y otros suponen 
que la persecución no pasó de Roma, Paulo Orosio dice expre- 
sameote, que per omnes provintías fcristianosj imri j)ersecutio- 
iie excruciari imperaml^ y hay una inscripción en España, aun- 
que de fé muy dudosa, la de Clunia ó Corinia, del conde Clau- 
dio Nerón, en la que se dice: «que dejó limpia á la provincia 
de malhechores y de aquellos que inculcaban una nueva su- 
perstición al g^énero humano. 

Pero la persecución más atroz y más cruel fué la de Dacia- 
no, gobernador ó Prceses de las tres provincias de España en 
tiempo de Diocleciano. Nuestros martirologios están llenos do 
actas y leyendas del martirio de los santos de esta época, en 
los que están muy á lo vivo retratados el furor de la persecu- 
ción y la exaltación del ánimo y de la fé de los mártires. Cada 
ciudad tiene los suyos: Toledo, Alcalá, Avila, Calahorra, Bur- 
gos, Cea, León, Astorga, Orense, Braga, Lisboa, Ébora, Heri- 
da, Córdoba, Arjona, Écija, Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada. 
Valencia, Tarragona, Barcelona, Mataré, Gerona, Lérida, 
Pamplona y Zaragoza celebran hoy la conmemoración de los 
mártires que en ellas murieron por la fé^, lo que prueba la gran 
extensión del cristianismo en España en este tiempo. Y cuando 
alguna vez la persecución disminuia y habia algún interregno 
de paz y libertad relativas, los obispos y principales cristianos 
se juntaban á deliberar sobre lo que convenia ala Iglesia. Una 
de estas reuniones fué el célebre concilio Iliberitano, celebrado, 
según la opinión más común, en el año de 300 ó 301, y en el 
que se estableció un canon privando del nombre de mártir al 
que, llevado de un celo excesivo, se arrojase á derribar los al- 
tares de los falsos dioses y sufriere muerte por ello. Prueba 
clara de que las persecuciones no habian ahogado un entu- 
siasmo que más bien era preciso todavía contener. 



LECCIÓN DKCTMA TERCERA 1 í) I 

fiJi T<2;los¡;i (le Mflpaña «^-oziiha ya ont(')nccfl entro Ior rriiítia- 
iios (le inucliji juitoridad, como lo acivíditii ol «^-raii icipcl que 
roprcf?('nt() uno dv. ^ua prelados, el C(^lo))rü Osio, obispo do ilúv- 
doha, (d jofe de los obispos occidontalos en los sínodos de Orion- 
te y el {i,ran consultor do la cristiandad. Para dai- nna idea de 
esta importancia y de la actividad de los obispos cristianos, 
liard un breve resumen de la vida de Osio. 

Osio padece por la fé en la cruel persecución de Daciano y 
asiste al Concilio Iliberitano, entre cuyas suscriciones se \é su 
firma; despue's Constantino le llama á su lado cuando ya ])ro- 
yectaba dar libertad á la Iglesia, y cuando el historiador gen- 
til Zosimo, impug-nando y censurando la conversión de Cons- 
tantino, dice que fué obra de mi (/¿¿ano español... la opinión 
común es la de que este español era Osio. Por su gran auto- 
ridad preside el gran sínodo de Ñicea, y extiende y promulga 
el símbolo famoso de la fé y la condenación de Arrio. Vuelve 
luego de Córdoba á presidir el Concilio de Sardica (347) en la 
Dacia, donde propone el famoso canon sobre las apelaciones á 
la Santa Sede, y regresa otra vez á España. Después, te- 
niendo 3'a cerca de cien años, los ai^rianos consiguen arran- 
carle á su Iglesia y es desterrado á la Pannonia: le atormen- 
tan en su cuerpo cruelmente, y sucumbe, según pretenden al- 
gunos, á comunicar con Ursacio y Valente, pero se arrepiente 
después y muere excomulgando de nuevo á los arrianos. Lue- 
go mencionaré su famosa carta al emperador Constantino, en la 
que se vé ya brillar en toda su elevación la independencia y li- 
bertad religiosa y aparecen establecidos los límites de las dos 
potestades. 

Así se extendió por el mundo en general, y en especial en 
España, la religión cristiana. Examinemos ahora rápidamente 
las circunstancias principales de su gran influencia en el 
mundo. 

El cristianismo no es una mera creencia individual, como 
lo era la filosofía de Platón y otros sistemas filosóficos, no es- 
taba ceñido á los estrechos líniites de lo espiritual , interno y 
mental, como con grave error se quiere sostener perlas sectas 
heterodoxas, es además una corporación constituida, es una 



192 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN ÜE ESPAÑA 

Iglesia visible con sus jefes, su jerarquía, su gobierno, y los 
grandes bienes que debe la humanidad al cristianismo se los 
debe bajo estos dos conceptos. 

Como creencia individual se apodera del hombre interior, 
ilustra su entendimiento con la filosofía más sublime acerca de 
la esencia de la Divinidad, eleva su alma á una vida futura, 
haciéndole mirar la terrena como transitoria, y para aspirar á 
ella le predica la moral más pura, el amor y caridad para con 
su prójimo, palabra enteramente cristiana y que encierra por 
sí sola un código entero de moral, y el respeto y obediencia á 
las leyes y autoridades constituidas. Como creencia indivi- 
dual, también, el cristianismo, cambiando al hombre inte- 
rior, ha cambiado la faz de las naciones, ha impreso su sello á 
las que le profesan, les ha dado esta superioridad moral que 
ha puesto á los paises cristianos de Europa al frente de todos 
los pueblos de la tierra. 

Pero en el plan de nuestras lecciones entra aún más direc- 
tamente el considerar al cristianismo como Iglesia constituida 
y visible. Sin entrar en esto en grandes pormenores , vemos 
muy á los principios las iglesias particulares establecidas en 
las ciudades del Imperio con la organización que después se 
fué desarrollando. Los cristianos de una ciudad se reunian á 
instruirse, á consolarse, á celebrar los ritos y misterios de su 
religión; estas juntas eran presididas por un vigilante ó ins- 
pector, episcopus, á quien asistian los más ancianos y conside- 
rados de los fieles, presbiterio los -bienes ó limosnas de esta aso- 
ciación y el cuidado de su servicio estaban á cargo de los diá- 
conos. Estas iglesias eran todas hermanas, todas hijas de un 
mismo padre y fundador á quien miraban como jefe y cen- 
tro de unidad reconociendo por su ausencia en la tierra como 
tal al que entre sus discípulos había dejado en su lugar y á 
sus sucesores y á los papas. Hé aquí la constitución y je- 
rarquía de la Iglesia en rudimento , en embrión todavía en 
aquellos primeros tiempos, pero ya seguramente formada y 
dispuesta á desarrollarse por trámites regulares y constantes. 
Los obispos eran elegidos por la asociación de los fieles á 
que presidian, y confirmados por los obispos de otras iglesias, 



I.MfCIOX DKCIMA TKUCIIUA líí.'i 

■circuiistiuici'n (U; iiiuclio bullo, y que es necesario teiKíi- pni- 
sciite para muchos luíclios de nuestra Iiistoria, señaladauíentíí 
cu el período g-odo. Loa obisi)ados abrazaron luego un territo- 
rio determinado, en las iglesias subalternas se pusieron ^i^irro- 
cos para regirla>í, \)ov los mismos obisi)03, y de este modo que- 
dó yii constituida la Ig-lesia como lo está sustancialmente en 
el dia. 

• l']l primero y mas grande efecto de la organización comple- 
ta de la Iglesia fu(^ la separación completa y profunda del po- 
der espiritual y el poder temporal. Esta separación era forzo- 
sa, era necesaria eu la situación de la Iglesia en los tres pri- 
meros siglos, cuando estaba perseguida á muerte por el poder 
l)úbl¡co, pero además estaba en las entrañas 3' en la esencia 
del cristianismo. Véase expresada con fuerza y libertad reli- 
giosa esta verdad en la célebre carta de Osio al emperador 
Constancio: «Á tí te dio Dios el imperio, á nosotros la Iglesia, 
le dice. Tidl Deus imperium commissít, nohis quce sunt Ecclesim 
concredidU. Y así como el que mira mal á tu imperio contradi- 
ce á la ordenación divina, del mismo modo guárdate tú de no 
liacerte reo de un gran crimen en adjudicarte lo que toca á la 
Iglesia. Dad, dice Dios, al César lo que es del César, y á Dios 
lo que es de Dios. Por tanto, ni á nosotros nos es lícito tener 
imperio en la tierra, ni tú, que eres emperador, gozas de po- 
testad en las cosas sagradas. Ñeque igiturfas est nohis in terris 
impei'ium lenere, ñeque 1 11 tliymiamatum et sacrorum potes tatem 
haljes Imiperator .y) 

Esta separación del poder espiritual y temporal, indicada 
ya en algunas religiones antiguas, pero llevada á cabo por el 
cristianismo y la Iglesia, ¿ha sido un bien ó un mal? los dis- 
turbios que de la lucha de los dos poderes se han seg-uido, 
^han sido recompensados debidamente por ventajas superio- 
res? (1) 

<cLa Iglesia, dice Mr. Guizot (2), iniciaba un gran hecho en 
la historia con la separación del poder espiritual y temporal: cs- 

(1) Rl autor hace en el borrador de estos apuntes una simple referencia á la 
discusión (le la lección de ciencias morales del Ateneo, donde al parecer se debatiu 
por aquellos años est;^ tema. (iV. del C.) 

(2) Cours de la ritilisalioii cuEurope, 2 leQon. 

13 



194 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ta separación es la fuente de la verdadera libertad de concien- 
cia. No tiene otro principio más que el que sirve de base á la li- 
bertad de conciencia comprendida en su sentido más rigoroso y 
más amplio. La separación del poder temporal y espiritual se 
funda en la idea de que la fuerza material no tiene derecho ni 
acción sobre el espíritu, sobre la convicción y la verdad; nace 
de la distinción establecida entre el mundo del pensamiento y 
el mundo de la acción, el mundo de los hechos interiores y el 
de los exteriores. De modo, continúa, que este principio de la 
libertad de conciencia, por el cual la Europa ha combatido y 
sufrido tanto, y que tanto ha tardado en prevalecer muchas 
veces contra el mismo clero, este principio estaba colocado, 
bajo el nombre de separación del poder temporal y espiritual, 
en la cuna de la civilización europea. La Iglesia cristiana, en 
su necesidad de defensa contra la barbarie, lo introdujo y lo 
mantuvo allí.» 

A esta separación, á este límite puesto al absolutismo de 
las monarquías europeas, se debe la elevación de su carác'ter 
moral y que no lo hayan degradado todo, como en Oriente,, 
conservando cierta libertad. Pero además de este gran bien, 
la organización independiente y fuerte de la Iglesia produjo 
otro inmenso, la salvación de todas las conquistas morales de 
la antigua sociedad en el gran naufragio en que perecieron 
todas las demás instituciones y mejoras, en la invasión de los 
bárbaros. 

«En primer lugar, dice á este propósito el mismo autor que 
hemos citado (1): la presencia de una influencia moral, de una 
fuerza moral, de una fuerza que reposaba únicamente en las 
convicciones , en las creencias y en los sentimientos morales, 
fué un inmenso beneficio en medio del diluvio de fuerza mate- 
rial que vino á caer sobre la sociedad en esta época. Si la Igle- 
sia cristiana no hubiera existido, el mundo entero se hubiera 
visto entregado á la pura fuerza material. Sólo la Iglesia ejer- 
cía un poder moral, es más, sólo ella manteniay propagaba la 
idea de una regla, de una ley superior á todas las fuerzas hu- 



(1) y¡. Gulzot id. id. 



LECCIÓN D1-:CI.MA TERCRRA ll).") 

luanas, PÓlo ella profcsaliacsta creencia iniidaiiiciital para, la 
salvación do la liunianidad, á saber: ([uo, hay por encima ílc 
todíis las leyes humanas una hn^ llamada, seg-nn los tiempos y 
las costumbres, la razón unas veces, el derecho divino otras, 
])ero ([U(» siemj)re y en todas partes la. misma ley bajo diversos 
nombres.» l<]sta í>'ran \(M'dad la, iríMiios viendo desarrollarse y 
patentizarse en el curso dó estas expli(íacioiies. 

Tal es, señores, lo que he creído deber decir cu g-eneral so- 
bre esta inmensa é importante materia, que sería de por sí 
asunto más que suficiente para un curso especial y de sumo 
interí^s: tales son las ideas principales que acerca de este 
asunto se deben á mi ver, tener presentes al tratar de conocer 
la historia, índole y vicisitudes del g-obierno y de la leg-isla- 
cion de nuestra patria. Frecuentemente tendremos que am- 
pliar aún algunas de estas indicaciones en las explicaciones 
sucesivas. 



\?^^^^^' 



LECCIÓN DECIMA CUARTA 



Lcíí'isliii'ioii 



líoiiiiiiia 



Ropúmen de las lecciones anteriores: suspensión de las explicaciones.-- Historia 
de la lepfislacion romana en España.- Historia interior é historia exterior.— ITis • 
toria exterior: las fuentes: las Doce Tablas: leyes en los comicios: derecho pre- 
torio: su origen: su carácter: el F:dicto perpetuo. —Colección de códigos: Gre- 
f?oriano, Hermogeniano, Teodosiano.— Breviario de Anniano.— Códigos justi- 
nianeos ó Corpus juris f?i77is.— Nuevas fuentes.— Historia interior.— Tres ob- 
jetos del derecho: personas: cosas: acciones: sistema penal — Carácter general 
dt' la legislación romana: la razón escrita.- Causas de ello— Duración y desti- 
nos de la legislación romana.— Fin de este periodo. 



Es necesario para continuar estas lecciones, después del 
largo tiempo que han estado suspendidas (I"», recordar suma- 
riamente el plan que hemos seguido y lo que hasta aquí he- 
mos tratado en ellas. Principiamos por dividir la materia obje- 
to de nuestro estudio en estos seis períodos; antes de los ro- 
manos, romanos, godos, restauración, y reconquista, dinastía 
austriaca, y dinastía de Borbon. 

De estos períodos hemos ya recorrido el primero y casi 
todo el segundo. En el primero ó anterior á los romanos he- 
mos hablado de la falta de unidad nacional, de las tribus his- 
pánicas, su gobierno, usos y costumbres y sus semejanzas con 



(1) l'lsia interrupción debió reconocer por causa la ausencia del autor de Espa- 
ña durante los primeros meses del curso de 1842. El 5 de Marzo de dicho año se- 
gún consta en el borrador de los apuntes de esta lección, volvió á reanudar con 
ella sus explicaciones. [N.delC.) 



198 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

las germánicas que describen César y Tácito , de las colonias 
fenicias, g-riegas y cartaginesas y de la colonización de los 
pueblos del Mediodía, su gobierno , leyes y costumbres hasta ■ 
la venida de los romanos. El carácter general de este primer 
período vimos que le constituía un espíritu de raza y de loca- 
lidad muy vigoroso y pujante, debido, además de las causas 
generales que indicamos, á las especiales topográficas de nues- 
tra Península. El estudio del período romano entre nosotros 
era muy importante , porque Roma extingue en España el 
espíritu de localidad, establece la unidad nacional, créala 
administración píiblica y común, nos dala lengua, la religión 
y las leyes. Esta gran trasformacion cuenta doscientos años 
de combates, produciendo durante este tiempo grandes tras- 
tornos materiales, como fueron, entre otros, el exterminio de 
las razas 6 tribus hispánicas, su traslación á otras regiones ó 
países y la fundación de colonias. En el gobierno de Roma en 
España hemos estudiado dos partes , el gobierno supremo ó 
central ejercido pbr mag^istrados romanos, y el municipal des- 
empeñado por .magistrados populares. Y aunque á primera 
vista parecia algo extraño á nuestro propósito tratar del go- 
bierno central, que tenía su asiento en Roma , en realidad no 
lo era, pues sin hablar de él hubiera sido imposible conocer 
el período más importante de la dominación romana y aun los 
sucesivos; sin embargo, hemos hecho con relativa rapidez este 
estudio, limitándonos á reseñar las variaciones introducidas 
por Augusto, la anarquía militar establecida por los pretoria- 
nos, los gobiernos de Diocleciano y Constantino, el sistema 
militar y la administración económica. En el gobierno muni- 
cipal hemos visto la trasformacion de la localidad primitiva 
soberana en municipalidad, la diferencia entre pueblos libres, 
colonias, confederados, municipios, estipendiarios y demás, la 
uniformidad posterior del gobierno municipal con -sus curias 
y decuriones, su decadencia sucesiva y la creación del defen- 
sor clvitatis , el último estado de las curias en Occidente y el 
fin del régimen municipal en Oriente. Para completar el cua- 
dro de estos poderes é influencias políticas y sociales , y para 
comprender mejor las explicaciones sucesivas, tratamos des- 



LMCflDN DKfl.MA flAllTA lí)í) 

])iu^s del desarrollo iual(>ri:il, moral (' iiifclccliial do 10.si)aña y 
d(í la sociedad romana de ({iie formaba jjarte , de la introduc- 
ción del cristianismo y de la iníluencia de la Ig-lesia catíílica. 

Hasta aquí habíamos llej^-ado en nuestras (í.\])li('aeiones; 
l'Miíamos, pues, estudiada la historia del gobierno en l'lspaña 
durante la dominación romana, nos faltaba reseñar la historia 
de la legislación durante est(^ mismo ])eríodo. 

La historia de la legislación de la sociedad española en el 
período romano forma parte de la historia del imperio de que 
España era provincia; hay pues, como dice á este propósito 
INIontesquieu , necesidad de volverá fijar la vista en Roma, 
pero lo haremos ligeramente sin embargo, pues no ignoro que 
este es un estudio aparte por más que se halle enlazado con 
el nuestro. 

Hay en el estudio de la historia de la legislación romana 
líos partes, la historia exterior, o historia de las fuentes ó mo- 
numentos en que está consignada la legislación , y la historia 
interior, ó sea la historia y carácter propio de esta misma le- 
gislación, su influencia en la sociedad y en las costum^ 
bres . 

Las fuentes para el estudio de la historia del derecho ro- 
mano son de dos clases, las conocidas hasta aquí, y las descu- 
biertas hace algunos años, y que han hecho una verdadera re- 
volución, en el estudio de esta ciencia. La. historia de estas 
fuentes se enlaza, como varaos á ver, con la historia de Roma. 
Roma estuvo al principio dirigida por el arbitrio y equidad de 
los reyes sin ley cierta, s¿?ie lege certa , sine jure certo (Pompo- 
nio 12, 1, D. de orig. Jur.) : esto era en las causas comunes, 
pues en las mayores intervenía la república ó raza, cosa que 
vemos sucede en todas las tribus semibárbaras, en las hispá- 
nicas, como en las germánicas, según Tácito. Rómulo y los 
demás reyes propusieron al pueblo leyes en los comicios, es- 
tos fueron organizados por Servio Tulio, y el objeto de este ar- 
reglo lo explica Cicerón en su tratado de Re'púhlica: Curavit 
que, dice, quod sem/per i¡i re ;piiU¿ca tetiendmn est ne jplurimwni 
raleant ¡üiirimi (H, 22). 

Con la expulsión de los reyes y la creación de los cónsules 



200 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

principió á sentirse la necesidad de tener leyes ciertas y fijas-: 
])ara ios asuntos comunes, y en la imposibilidad de que una 
asamblea numerosa pudiera formar un código ó cuerpo de de- 
recho, se comisionó á los decemviros para que formasen las 
leyes de las Doce Tablas^ fuente y monumento insigne del de- 
recho romano. ¿Fueron estas leyes traidas de Grecia? Cuestión 
es esta importante sobre la que se ha debatido mucho, pues si 
esto fuese cierto, descubriria un nuevo elemento de civilización 
griega en la Europa moderna, pero generalmente no se cree 
hoy dia en este viaje de los decemviros á Grecia, atestiguado 
sin embarg'o por los antiguos : su averiguación no es de este 
lugar. Las leyes de las Doce Tablas estaban redactadas en len- 
guaje conciso y enérgico, y sus disposiciones respiran rude- 
za y barbarie; eran la lima de un pueblo de hierro y necesita- 
ban ser de acero. Cicerón las tributa grandes elogios, llegan- 
do hasta decir que debian anteponerse á todos los libros de los 
sabios : ómnibus omniíim ])MlosopJioriun Biblíothecis ante^07ien- 
ditm (De Orat. i, c. 44), y Aulo (felio, que escribia en tiempos 
.posteriores á Adriano, disculpa y alaba hasta aquella de sus 
disposiciones que mandaba que los acreedores pudiesen des- 
cuartizar, al deudor insolvente. Estas famosas leyes estuvie- 
ron siempre en observancia y fueron tenidas en gran respeto, 
aunque variadas en la práctica por las costumbres y por el de- 
recho pretorio: so han perdido sin embargo en su mayor par- 
te, aunque los jurisconsultos del siglo xvi, y muy señalada- 
mente D. Antonio Agustin en España, han coleccionado é 
ilustrado sus fragmentos, que pueden verse ordenados y fiel- 
mente distribuidos por leyes en la obra de Origine juns de 
Gravina (1). 

Aunque estas leyes fueron hacie'ndose insuficientes, no por 
eso se dio un nuevo código, sino que se suplió su falta, con al- 
gunas otras que se daban en los comicios, y que versaban ge- 
neralmente sobre el derecho público, y con el llamado deroT 
cho pretorio, quO se referia al orden civil ó privado. 

(1) Posteriormente se han hecho otros muchos ensayos de restitución de estas 
leyes. El míis importante y considerado hoy como definitivo es el de SchoU publi- 
cado en Leipzig en 18(56. (-íV. del C.J 



I.KPflON IIKCIMA Ci:\UTA 201 

Veamos cuál fiu' el orí<>-oii del derecho pr(»t.<MM(). Los niM|>is- 
trados priiieipales teniaii la. laxíultad de i)ul)l¡car edictos en 
asuntos de su jurisdicción, yV.v dicen ^ los C()nsules adiniíiistra- 
ban justicia como una parte de la administración i)úbl¡ca y 
posteriormente se nombró un i)retor urbano ^ y despuds otro 
peregrino páralos extranjeros. Kstos pretores ai)licaban las le- 
yes escritas á los casos (jue ocurrian interpretándolas y ensan- 
chándolas para acomodarlas al estado de la sociedad, que iba 
creciendo en desarrollo: estas interpretaciones produjeron un 
nuevo derecho, que por incierto tenía g-raves inconvenientes, 
entonces los pretores empezaron á dar edictos exponiendo el 
modo con que aplicarían las leyes. Pero como los mudaban con 
frecuencia seg'un dice Dion Casio, iii r/ratiam odinmque certo- 
rum hominum, un senadoconsulto del año 585 de Roma, pre- 
vino que los edictos de los pretores fuesen im'jiétuúsQ inmuta- 
bles durante un año, disposición confiímada después por la 
ley Cornelia, y que dio fijeza y estabilidad al derecho pretorio. 
La misma ley hizo también inmutables los edictos provinciales 
dados por los pretores y procónsules de las provincias. Por fin, 
Adriano (884 de Roma) fijó de una vez la jurisprudencia ha- 
ciendo redactar por el célebre jurisconsulto Salvio Juliano el 
.Edicto perpetuo, en el que se recopiló y ordenó todo el derecho 
pretorio, y se fijaron la mayor parte de las cuestiones jurídi- 
cas. Este edicto se extendió á las provincias, y contribuyó á la 
uniformidad del derecho, en todo el orbe romano. 

El carácter del derecho pretorio fué la equidad, pues era el 
resultado de la lucha perenne entre el pretor, que queria aco- 
modarse á las circunstancias actuales de la sociedad, y los ju- 
risconsultos, que defendian palmo á palmo la letra y el espíritu 
de la ley antig-ua. Así, el derecho pretorio se separaba de la 
ley, pero sólo en lo preciso, en lo justificable á todas luces. 
Por eso el derecho romano tiene consigo mismo una conse- 
cuencia admirable, por eso es la equidad y la razón escrita, por 
eso es eminentemente práctico. El Edicto perpetuo se ha per- 
dido, sólo se conservan de él algunos fragmentos (1). 

(1) Estos ^fragmentos han sido publicados y ordenados por Rudorff en Leip- 
zig 1869, con el título de OUdicli perpiiui quw veliqua suut. {N. del C.) 



"202 DEL GOBIERNO \ LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Así siguió el derecho hasta Constantino, que introdujo 
grandes alteraciones, indispensables ]oor la mudanza de reli- 
gión; sus sucesores siguieron el mismo camino. 

Entonces se publicaron también los códigos Gregoriano y 
Hermogcniano, formados, el primero por el J. C. Gregorio ó 
Gregoriano, que recogió las Constituciones de los Antoninos 
y demás emperadores hasta Diocleciano, y el segundo por 
Hermogeniano , que parece haber recogido principalmente 
las Constituciones de Diocleciano y sus colegas en el imperio. 
Estos códigos, aunque formados de autoridad privada, fue- 
ron admitidos en los tribunales, y sus fragmentos aparecen en 
el Breviario de Aniaíio, dado por los godos á los romanos espa- 
ñoles. 

El Código Theodosiano es el monumento más celebre de la 
jurisprudencia antejustiniánea: fué publicado en 438 de Jesu- 
cristo por el emperador Teodosio el Joven, y comprende las 
Constituciones imperiales desde Constantino, es decir, las 
CoQstituciones de los emperadores cristianos, dispuestas y ar- 
regladas bajo cierto orden: no ha llegado hasta nosotros com- 
pleto. Tuvo gTan autoridad en Occidente, donde, á excepción 
de África y de Italia que admitieron el Corims juris de Justi- 
niano, se conservó siempre como ley. 

El Breviario de Aniano es otra de las fuentes de que habla- 
re'mos en el período siguiente. 

Pero el monumento más insigne de la jurisprudencia ro- 
mana le forman los Códigos ó el Corpus juris de Justiniano, 
compuestos del Código propiamente dicho, formado con lo más 
selecto de los tres anteriores. Gregoriano, Hermogeniano y 
Theodosiano; las Pandectas ó Digesto^ en las que se procuró 
redactar bajo cierto orden la doctrina legal contenida en los 
escritos de los antiguos jurisconsultos; y las lastitutiones^ en 
las que, siguiendo principalmente á Gayo ó Cayo, se expusie- 
ron en compendio los principios de la jurisprudencia romana. 

Estos códigos, compuestos y publicados sucesivamente, se 
reprodujeron después unidos en el año 533 de Jesucristo y con 
otras disposiciones posteriores, Novellas constitiUiones, forman 
\() que se llama el Corpis juris civilis, colección tan célebre, 



I-KCnOX DKCIIMA CU A UTA 203 

tan comentada, y do tan<:i iníluíMicia (mi los dcsünos do la civi- 
lización curojioa. 

Los jurisconsultos dcd si^^lo xvj y si<;niontcs no cono- 
cieron más que los monumentos que acabamos de nombrar 
y alg'unos otros de que no hicimos mención, pero últimamen- 
te se han encontrado otros de sumo intcrc's ])ara el conot-i- 
miento del derecho, ocultos en los i)alimpsestos de los sig'los 
medios. Tales son los Tratados de República de Cicerón, que 
aclaran muchos puntos de la Constitución romana, y que fue- 
ron publicados por primera vez en Roma por Angelo Maio 
en 1822, las célebres Instituciones de Gayo ó Cayo, de que sólo 
se conocían los fragmentos alterados que se incluyeron en el 
Rreviario de Aniano, los Fraf/mcnta Vaticana, el tratado de 
Lydus De magistratihis, el plebiscito encontrado en el siglo 
l)asado en una tabla de bronce cerca del golfo de Tárente, y 
llamado por lo mismo Talla de Ileradea, y la ley de la Galia 
Cisalpina (1). 

Al exponer ahora las partes ú objetos del derecho adopta- 
remos la excelente división en personas, cosas y acciones que. 
siguiendo á Gayo, establecieron las Instituciones de Justi- 
niano. 

La primera división de las personas es en Ubres y siervos. 
l'a hemos hablado de la esclavitud como de un hecho político 
y social, y de su influencia en las sociedades antiguas, résta- 
nos darla á conocer en sus relaciones con el derecho privado. 

El esclavo respecto del amo era en los principios una es- 
pecie de animal doméstico, era cosa, no ])ersona, podia ser 
vendido, dado en pago de daños cometidos, y su dueño podia 
<larle muerte á su capricho. Este horrible derecho fué miti- 
gándose poco á poco conforme se iban extendiendo la civiliza- 
ción y los principios del cristianismo. Antonino Pió autorizó 
para oir las quejas de los esclavos que, maltratados duramen- 
te, se acogían á los templos ó á las estatuas del Emperador, y 
ol cristianismo puso término á tan bárbara tiranía , de modo 



(l) Las Leyes nmuicipales de Salpensa y de ^lálaga, la Ley colonial de Osuna^ 
y otras de menos importancia, son, como es sabido, descubrimientos muy posle- 
I lores á la formación de estos apuntes. (i>'. del C ¡ 



204 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

que Jnstiniano piulo decir con verdad qne ya en su tiempo no 
se podían imponer rudos castigos á un esclavo sin causa leg'al 
justificada. Sed Jioc tempore nuIUs hominibus qui sub im]per¿o 
■uostro sunt, licet sine causa legiliis cor/nita ni servos suos sup'ío 
moclmn sxvire (hist. 8). Otra empresa más vasta acometió el 
cristianismo, la de acabar con la esclavitud, y aunque algunos 
niegan ó afectan poner en duda que se le deba este beneficio, 
no hay más que tender una mirada por el globo abarcando los 
líinites de la fe de Cristo para ver ¡singular fenómeno! que 
allí donde ésta acaba, existe todavía la esclavitud en su pri- 
mitiva rudeza. 

En España se reconoció la esclavitud en todo el pe^íodG^ 
romano, estando naturalmente regida perlas leyes comunes á 
todo el imperio. En lo sucesivo ya seguiremos á esta institu- 
ción en todas sus fases y vicisitudes hasta su completa des- 
aparición. 

La Constitución de la familia en Roma era fuerte y despó- 
tica, se veia en ella que la sociedad romana no era más que 
un agregado de sociedades patriarcales preexistentes , reuni- 
das para crear una fuerza con que protegerse. Cada una de 
estas sociedades tenía un jefe con todos los derechos de la so- 
beranía sobre sus subditos, v estos derechos los conservó en 
casi toda su integridad, al reunirse las diversas familias. Así,. 
en la sociedad romana la unidad social no era el individuo, 
sino la raza ó familia representada por su jefe, en tan alto 
grado, que en opinión de Vico (T. i, pág. 377), «bajo el nom- 
bro de padre de familia se comprendian en Roma todos los 
hijos y todos los esclavos.» 

Así se concibe y explica cómo la ley civil no estableció, 
sino simplemente reconoció, la exorbitancia del poder paternal 
romano, y porque, conforme fuó creciendo el poder social, fué 
menguando el patriarcal, aunque lentamente, por el apego 
do los romanos á sus tradiciones, ^y porque Justiniano decia to- 
davLa en su tiempo, que era cosa peculiar de estos aquella pa- 
tria potestad tan exorbitante; nullienim snnt homínes qu¿ talem 
i)i liheros Jiabeant jpotestatem qualem nos Jiabenms. (Inst. i, 9.) 

Así, pues, los derechos del padre de familia sobre los 



LECCIÓN DiaUMA CllAUTA ^2^^) 

individuos que la CDMipoiiian eran casi (kíspóticos; ya hemos 
visto sus derechos sobre los esclavos, veamos el que teniau so- 
bre los hijos. 

Los hijos (Man, con rehicion :i sus pjuhvis, com, re.s, podían 
castig*arlos crutdinente, venderlos, darlos (mi iioxa , exponerlos 
y matarlos, en una ])ala1)ra, respecto de sus jiadres eran como 
esclavos y aun de i)eor comlicion que éstos, ])ues el esclavo 
vendido y emancipado una vez, era liljre, y el hijo necesitaba 
serlo hasta tres veces para adquirir la libertad, y cuanto ad- 
quirían estando bajo la patria potestad era de sus padres. 

Esta potestad que no se exting-uia, aunque el hijo obtuviere 
las mayores dig-nidades, ni aun las supremas de la república, 
pasaba á los nietos y demás descendientes, de modo que cada 
padre de familia era el jefe, no de una familia, sino de una raza. 

Este derecho fué mitigándose después de la introducción 
del régimen imperial ó monárquico, y g-racias principalmente 
á los principios del cristianismo. En tiempo de Augusto fué 
tal el furor del pueblo romano contra Erixo que habia dado 
muerte á su hijo azotándole hasta exhalar el último aliento, 
que costó trabajo al emperador sustraer á este desnaturalizado 
padre, á la venganza popular. Pero Augusto aprovechó esta 
ocasión para reformar aquel derecho, y los padres, dice Gib- 
bon (ii, 184), que hablan ejercido hasta allí su imperio absolu- 
to y caprichoso sobre sus hijos , fueron reducidos á la grave- 
dad y á la moderación de jueces. Se creó, pues, un tribunal do- 
méstico en el que el padre pronunciaba sentencias, pero siendo 
aún este tribunal incompatible con el régimen monárquico, 
fué abolido por Alejandro Severo y por Constantino, quien 
sujetó á los padres que diesen muerte á sus hijos á la pena de 
parricidio, de que los habia eximido la ley Pompeya. La cos- 
tumbre de exponer y abandonar á los niños desapareció tam- 
bién ante el espíritu del cristianismo y las leyes de los empe- 
radores cristianos. 

El derecho de adquirir se modificó asimismo con la intro- 
ducción de los peculios profecticio, adventicio, castrense, y 
cuasi castrense, y la patria potestad quedó desde entonces re- 
ducida á los términos y espíritu que tiene en la actualidad en 



206 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

los países donde todavía se respeta á los padres j donde la re- 
lajación de la falsa filosofía, por una reacción exagerada, no 
ha violentado los límites de la naturaleza. 

En cuanto á la condición de la mujer, el matrimonio, esta 
institución sublime, elevada á sacramento, es decir, á algo más 
que humano, á algo divino por el cristianismo, esta institu- 
ción, que ha elevado entre los cristianos á la mujer á toda su 
dignidad, so resentia de la tiranía doméstica establecida en 
la familia. 

Las ideas místicas ó espirituales que presiden á las institu- 
ciones, dan de ellas y de su naturaleza una grande idea, pues 
influyen en todas sus consecuencias. El matrimonio entre nos- 
otros representa místicametite la unión de Cristo con la Iglesia: 
¡y cuánta benéfica consecuencia no ha producido este princi- 
pio de que tanta burla han hecho hombres inconsiderados! 
¿Sabéis, señores, lo que era el matrimonio entre los romanos 
primitivos? pues era la compra de la mujer ^or el marido. Este 
compraba por su precio , primero real, después fingido y sim- 
bólico , á la mujer y se hacía dueño de ella ; la mujer á su vez, 
por tres monedas de cobre compraba al marido el derecho de 
entrar en la casa y familia, y esta mutua coemptio 6 compra 
era la idea y fundamento del matrimonio. ¡ Cuánta degrada- 
ción no debia salir de aquí para la mujer! 

Verdad es que la religión intervenía en este importante 
acto, por la confarreatio, que consistia en que los sacerdotes, 
delante de los esposos, ofrecieran frutos á los dioses, y en que 
los casados presentes descansasen juntos en un lecho de pie- 
les y comiesen un pan de/rer, trigo, y de arroz, de lo que se 
originó el nombre de confarreatio^ pero la idea primitiva pro- 
ducía sin embargo sus consecuencias y las produjo mientras 
duró la humillante coemptio. 

La mujer era como una hija de familia y como una herma- 
na de sus hijos, estaba bajo el dominio de su marido, era res- 
pecto de él cosa, res^ y no persona, como lo prueba que se re- 
clamaba en justicia, por la posesión de un año y un dia; tenía 
además sobre ella su dominio despótico, podia castigarla arbi- 
trariamente, repudiarla, y hasta ejercer el derecho de vida, y 



LKCCION DKCI.MA Í'KARTA 207 

muerto. 1*-1 uso autorizubn, ;i los insiridos ])',\v:\ áuv muovk) ;! suh 
iiiuj(»ros, no S()lo ou el caso de adulterio, sino en (d (h; haber 
probatlo el vino, t) haber ro])ado al enveto la llave del sitio doud(» 
se g-uardaba. Plinio (lib. 14, tít. xiii) cita varios casos, y Aulo 
(íelio nos dice «que los escritores que hablaron d(í las costum- 
bres y niaiHM'a de vivir ;int¡<T,-uos (l(d i)U(d)lo romano, cuentan 
que en Roma y el Lacio las mujeres no bebían nunca vino, y 
que la costumbre de casarse entre parientes fu(^ introducida 
para descubrir por el olor del aliento á las que lo hubieran be- 
bido... Catón, continúa este escritor, no se limita á contar que 
las mujeres que habian bebido vino incurrían en la censura 
pública, sino que añade que se las citaba ante el tribunal de 
los magistrados y se las castigaba tan severamente como si 
hubieran cometido un adulterio... Kl hombre, concluye Catón, 
si no está divorciado, es el juez y el censor de su mujer, tiene 
sobre ella toda clase de imperio; por lo que la vea obrar mal la 
reprende y la castig-a; si ha bebido vino, si la ha sorprendido 
en amores con otro hombre, la condena (Aul. Gel., Not. Att., 
lib. 10, cap. xxiii).» Vzr cum divortlum fecit; muliere judex iwo 
censore est. Imperium quod vídetiir , hahet. S¿ quid perverse tve- 
treque factum est a midiere , miiUatur : si vimim hehit^ si cum 
alieno viro iirobri quid fecit, condemnatur. 

El matrimonio entre los romanos sufrió grandes alteracio- 
nes despue's de las guerras púnicas; las matronas romanas, 
pidieron con instancia y obtuvieron por fin que se mejorase su 
suerte. Lo primero que hicieron fué deshacerse de las antiguas 
fórmulas coem])tio et confarreatio que recordaban su primitiva 
dependencia, y eludian constantemente la prescripción del año 
y dia en posesión de su marido, ausentándose tres dias con sus 
noches de la casa marital; finalmente, el matrimonio vino á 
ser un contrato enteramente libre y voluntario en el que llega- 
ron á dispensarse hasta las ceremonias civiles y religiosas, la 
simple cohabitación entre personas de igual condición, pasaba 
por prueba suficiente de su existencia. Antiguamente el marido 
podia repudiar á la mujer, y ésta en ningún caso podia sepa- 
rarse del marido; por la nueva jurisprudencia los dos se sepa- 
raban voluntariamente, cuando querían. Las mujeres llevaban 



'208 DEL GOBIERr^íO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

osadamente su belleza, y sus riquezas de casa en casa toman- 
do hoy un marido y mañana otro, hasta el extremo de que nos 
habla Juvenal, de aque'lla, que en cinco otoños tuvo ocho ma- 
ridos. Sic siimit octo miriti. Qiiimque per aiUmnnos Se pa- 
só pues de un extremo al otro. 

Los males de esta licencia fueron tales, que los hombres 
huian del matrimonio, y Augusto que si se apoderó del Imperio 
le hizo bienes en todo, trata de refrenarlos con las leyes Julia, 
de Adv^Ueriis, con la Papia Poppea y demás conocidas, con las 
que procuró alentar á los hombres al matrimonio y dio á éste 
más fijeza y estabilidad. Aulo Gelio (i, 6) nos ha conservado 
un fragmento del discurso del Censor Mételo Numidico, en el 
que apoyando estas disposiciones y exhortando á los Romanos 
al matrimonio, usó de estas extrañas palabras. Sí sine uxore 
qi( ¿rites possemus esse: omnes ea molestia, car eremus. Sed qiio- 
nian ita natura tradidit lU nec cnm Ules satis conmode nec sine 
illis ullo modo xivi yosuit. saluti pjerpetue 'potiiis quam hrehi vo- 
luptati consulendum . 

Todas estas le^^es y las sucesivas de los Emperadores, ja- 
más consiguieron moralizar la familia, ni fundarla sobre sus 
l)ases sólidas y verdaderas: para esto era preciso cambiar al 
hombre romano, crear la idea del deber moral, formar al hom- 
bre interior, y á tanto no llegaban los esfuerzos de los sistemas 
políticos y filosóficos del politeismo, para esto era menester^, el 
Cristianismo que fue el que santificó el matrimonio, elevó á su 
mayor dignidad á la mujer humillada aún hoy en los países na 
cristianos, y dio estabilidad y consistencia á la gran institución 
de la familia. 

No me detendré á exponer el espíritu de las lej^es roma- 
nas relativas á otros particulares referentes á las personas, 
como tutelas, emancipaciones, y demás; son cosas de menor 
importancia para nuestro objeto y en sus disposiciones princi- 
l)ales, las practicamos hoy y las conocemos. 

Lo mismo digo relativamente á las disposiciones sobre los 
bienes, su naturaleza, medios de trasmitir su dominio, testa- 
mentos y contratos, todo esto ha pasado íntegramente á las 
legislaciones europeas y lo mismo en las Partidas del siglo xiii, 



LKf'CIOX DKCI.MA CUAKTA 209 

•qiio CU los CiHÜ^'oH iiioiluriios do los si^'los xviii y xix, no h(í 
han hocho más quo (copiar y tradurir las d¡s})osicione9 roma- 
nas, que vienen por lo mismo á límor la sanción de más de 
veintidós si^^dos. 

Sobre el modo de (Mijiiiciar y Jidmiiiistrar justicia, hemos 
<liclio ya lo suficiente al hablar del ri^^imen romano en ]<]s])a- 
ñay de las atribuciones d(* los mag'istrados, tanto del g-olnor- 
no central como de los munici})ales; cuando en las explicacio- 
nes restantes signamos la historia de este importante ramo de 
la administración, ampliaremos sucesivamente algo más aque- 
llas ideas, para enlazarlas con nuestra narración. Lo mismo ha- 
remos con el sistema penal, porque en su comparación con el 
de las edades sucesivas resaltará mejor su índole y naturaleza. 
Por ahora, baste decir que el sistema penal que rigió en Es- 
paña, en el período romano, tenía mucha semejanza y analo- 
gía con el que hoy rige en ella. 

Si de estas imperfectas nociones particulares, quisiéramos 
elevarnos á consideraciones generales y á buscar el carácter 
principal de la legislación romana, no podríamos hacerlo me- 
jor que dándole la calificación conocida y aceptada ya por 
nosotros de razón escrita. Las causas de haber alcanzado con 
razón tan glorioso dictado, fueron varias: la g-rande extensión 
de las transacciones civiles en un imperio tan dilatado y tan 
adelantado en todo género de cultura; el modo especial como 
se formó el Derecho en la lucha perenne del jurisconsulto y 
del Pretor, de la razón abstracta y de la aplicación constante 
y esperimental, que es lo que ha dado su carácter eminente- 
mente práctico al Derecho romano; el influjo del Cristianis- 
mo y de la justicia y equidad del Evangelio; y finalmente, 
aquel don especial de Gobierno que tenian los romanos sobre 
todos los demás pueblos que á su vez les habían aventajado en 
otras artes ó ciencias como sucedía con los griegos. Este sen- 
timiento profundo del carácter romano, era el que explicaba 
su gran poeta Virgilio, en aquellos inmortales versos en los 
que concediendo á Grecia la primacía en las artes y en las 
ciencias, la reclama á su vez para T?oma en el gran arte del go- 
bierno de los pueblos, diciendo: 

14 



210 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Otros tal vez con su cincel divino 
El bronce animarán; y bultos vivos 
Del mármol duro harán brotar, más fuego 
Tendrán en su elocuencia; y de la esfera 
Descubrirán mejor los luminares 
Y las inmensas órbitas que corren. 
Tú, empero, ¡oh Roma! no lo olvides, rige 
Con imperio y justicia el Universo 
Que éstas tus artes son, éste tu empleo (1). 

«Excudent allii ex^irantia moltius cera 
Credo equidem; vivos ducent de mar more voltus 
Orahumt causas melius: celique meatus 
Bescrihent radío et cadeiiüa sidera decent. 
Tu, regere imperio "populos Romane memento 

II(Z tibí erwit artes » 

Así, pues, este ilustre monumento de los romanos, perma- 
nece aún en pié y rigiendo á las regiones más cultas y ade- 
lantadas del globo, cuando ya han desaparecido casi todos sus 
otros restos; así ha resistido los trastornos y revoluciones de 
los siglos medios en que siguió observándose en gran parte 
este derecho como ha demostrado, entre otros^ recientemente 
el ilustre Savigny; así se ha sostenido en medio del espíritu 
innovador, y subversivo del filosofismo del siglo pasado en el 
que tanto se escribió y se declamó contra el derecho romano y 
contra su estudio; así cuando se trató en esta época de deseen- 
der á la práctica y á dar códigos á las naciones, no se ha po- 
dido menos de reconocer la gran sabiduría de aquellas leyes. 
Hé aquí sino como se explican los ilustres autores del Código 
civil francés en su discurso preliminar. 

«El derecho escrito que se compone de las leyes romanas,, 
dicen, ha civilizado á Europa La mayor parte de los auto- 
res que censuran el derecho romano con tanta acrimonia coma 
ligereza, blasfeman de lo que no entienden.» 



(1) Esta traducción en verso, del célebre pasag'e de Virg'ilio, debió ser, aunquo- 
en esta ocasión no lo indica, obra del autor de estas lecciones, pues se encuentran 
nitre sus papeles varias versiones suyas análog-as, de composiciones y pasages- 
de Horacio, Virgilio y otros poetas chísico". (N. del C) 



LECCIÓN DKCIMA CHAUTA 1^11 

Y en otra i)arto, concluyo uno do ('líos (Ij: «J<]ii la (u^iiidad, 
cu la conciencia, es donde los romanos han (nicontrado ese 
fUíM'po de doctrina (|ue hará inniortal su I(^^'islacion. Preveer 
casi todos los contratos á que el estado de los liomhres en 
sociedad puede dar oríg-en , discernir todos los motivos díí 
decisión entre los intereses más complicados y más opuestos; 
formular todo lo (¡ue la moral' y la filosofía contienen de más 
sag'rado y sublime; tales son los trabajos reunidos en este in- 
menso y precioso depósito que merecerá siempre el respeto de 
los hombres, que contribuirá á la civilización del mundo en- 
tero, y en el que todas las naciones cultas se congratulan en 
reconocer la razón escrita.» 

Tal es la legislación cuya historia acabamos ligeramentci 
de bosquejar y que rig-ió en nuestra patria en el período ro- 
mano, cuyo estudio con esto hemos por fin terminado. 

Una gran revolución inmensa y profunda concluyó entre 
nosotros, con la dominación de Roma, revolución producida 
por los bárbaros del Septentrión, que precipitándose sobre 
aquel vasto y dilatado Imperio, condenado á la disolución y á 
la muerte por los decretos de la Providencia, fueron causa de 
que empezase á regir en nuestra patria un nuevo orden de 
cosas, una nueva organización, nuevos usos, nuevas costum- 
bres, nuevo gobierno y nuevas leyes. Xovus sedorvui nasci- 
tur ordo. 

En la lección siguiente comenzaremos la exposición de 
este período. 



(1) Bigot-Preameneau en su informe sobre los contratos y oblig^aciones en ge- 
neral. Exposé des molifa du Code civil. Lib. ni, t. ni, núin. 59. 



-<í^fe^|^ 



^?- 



LECCIÓN DÉCIMA QUINTA 



M |iiH'lilos gn'iiiiíiiii'os ; los mks. 



Importancia de este periodo.— Resultados í>'enerales de las invasiones bárbaras.— 
Principia con ellas la historia y la sociedad moderna.— Resultados en España: 
efecto de la fusión de bárbaros y romanos.— El cristianismo fundente de ambos 
pueblos.— El mundo bárbaro: choque con el mundo romano. — Origen de las so- 
ciedades modernas.— Invasiones bárbaras: suevos, vándalos y alanos.— T-os 
<^odos: orioen de este pueblo.— Los germanos según César y Tácito: su reli- 
gión: estado social: gobierno y costumbres.— Los godos.— Estado de los godos 
al entrar en Pispaña. 



Llegamos ;i ana nueva época, á un nuevo período bien im- 
portante para nuestro estudio, pues en él se destruye aquella 
unidad Romana que parecía haber sillo el instrumento de la 
Providencia para acabar con las razas y difundir la cultura y 
el gran don del Cristianismo, y en él concluye también la his- 
toria antigua y comienza la vida de la sociedad europea, y de 
lo que comunmente se llama el espíritu y la civilización moder- 
na. Y además de este resultado general, en casi toda ICuropa, 
comienza entre nosotros en esta época, la nación independieji- 
te, formando España por primera vez un cuerpo de nación^ 
comienza también la monarquía que es coetánea, fundadora 
y autora de la nación, vaciándose é.sta cuando se forma en su 
molde, y desarrollándose y creciendo bajo su forma, comienza 
la legislación propia y peculiar de España, y comienza i)or úl- 
timo á triunfar y á manifestarse el espíritu español ó nacional. <• 



214 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Estos grandes resultados son efecto de la mezcla íütima y- 
profunda de los dos elementos, antig-uo y nuevo, el romano y 
el g-ermánico. Estos dos pueblos se funden en uno, apesar de 
tantas diferencias como los separan; no hacen lo que el Moro 
y el Cristiano, lo que el Turco y el Grieg-o, que lian coexistido 
sig-los y sig-los unidos sin mezclarse; pareciendo ley de la his- 
toria, que mientras sólo se unen y se mezclan fácilmente los 
pueblos que se hallan en un g-rado desigual de cultura, si am- 
bos están al mismo nivel y adelantados por igual, no se verifica 
6 se verifica con dificultad esta fusión. Los romanos refundie- 
ron en sí á todas las naciones de Oci dente incluso á los civili- 
zados turdetanos, todo el Ocidente se hace romano, y su ci- 
vilización y existencia se pierden en la civilización y existen- 
cia de Roma. En Oriente no sucedió así, los griegos tanto 
ó más cultos que los romanos no se funden con éstos, siempre 
conservan su lengona, su espíritu y su nacionalidad. 

En la invasión bárbara hay pues fusión, porque existe gran 
superioridad de un pueblo sobre el otro, pero hay de particular 
que uno de los pueblos no absorbe al otro. De la mezcla de los 
dos sale un compuesto diferente, tm tertimn qíiid que participa 
del uno y del otro, y que no es sin embargo ninguno de los 
dos, sale el hombre de la edad media, el europeo moderno. 

Esto ha consistido en el que el fundente principal de estos 
I)ueblos fué el Cristianismo, que á su vez ha entrado como un 
gran elemento en la nueva sociedad, en los nuevos hombres, 
en la nueva civilización. Así vemos al rudo g^ermano abrazar 
con entusiasmo la nueva creencia, modificarse según sus prin- 
cipios, y favorecer de este modo por la perfección moral del 
hombre ó del individuo la perfección y el desarrollo de la so- 
ciedad. Este gran fenómeno se verificó por la mezcla como 
hemos dicho del elemento romano y del elemento germánico. 
Hemos dado ya á conocer el romano, falta el germánico, pero 
antes es preciso dar una idea sucinta de los hechos que apro- 
ximaron entre nosotros á pueblos tan diferentes. 

Hemos visto al imperio romano extender sus confines y 
abrazar en su seno la Italia, la España, las Galias, la Gran 
Bretaña, la Hiria. la Grecia y la Dacia en Europa, el Asia me- 



LECCHiN DKflMA (^l INTA 21.") 

ñor y la Siria cu el Asím, c! ]íg'ij)í(), y toda la costa scjitoutriü- 
nal del África en esta ]);irte del inundo. Pero más allá de los 
confines de este Inii)erio. más allá de este orbe romano, había 
otro mundo, otro modo de vivir, otra cultura, otros pueblos que 
presentaban diversos caracteres, diversas condiciones, y (jue 
estaban destinados por la Providencia á hacer un gran papel 
en la historia y revoluciones eurojjeas. Y separando ahora 
nuestra vista de los demás confines que en (d África y en el 
Asia tenia el Imperio, fijémosla únicamente en los de Kuropa 
que son los solos que nos interesan . 

Si desde la desembocadura del Danubio en el Ponto Euxi- 
no ó marNeg-ro, seg-uimos la línea que forma su corriente 
liasta cerca de Ing-olstad, en el reino de'Baviera, y si imagina- 
mos la reunión de esta línea con la que forma la corriente del 
Hhin hasta su desembocadura en el Océano, tendremos exac- 
tamente trazado el límite que al principio de la era cristiana 
separaba en Europa el orbe romano del orbe bárbaro, la civi- 
lización, de la barbarie. A una parte de esta línea existian 
reunidas todas las ventajas y dulzuras de un clima benigno, 
-de una sociedad adelantada, y de todos los demás goces que 
l)roporciona la posesión de las ciencias y las artes ; á la otra 
parte, al contrario, al rigor y dureza de un invierno casi per- 
petuo, en un país lleno de maleza, de lagunas y de largos y 
dilatados bosques, se reunia la carencia de las cosas más pre- 
cisas de la vida, y hordas semisalvajes, sin comercio, sin in- 
dustria, sin habitación ni morada fija, estaban destruyéndose 
entre sí en continuadas guerras. De un lado una administra- 
•cion fuerte y vigorosa, en cuyas redes hemos visto presos y 
envueltos á todos los ciudadanos no privilegiados, un gobier- 
no ante el cual no eran nada las existencias individuales; del 
otro una sociedad en su infancia, en la que el individuo, la 
tribu lo era todo y la sociedad casi nada. Podría decirse, anti- 
cipando las ideas, que estos pueblos eran, con corta diferen- 
•cia , lo que hubieran sido los celtíberos, cántabros y astures, 
si en vez de haberse dado la muerte por no sucumbir á los 
romanos hubiesen tenido tierras adonde retirarse, como las 
tuvieron los germanos, mientras fueron inferiores á Roma. 



216 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Estos dos pueblos, mejor dicho, estos dos mundos, bárbaro 
y-romano, rozándose y estrechándose por todas partes, ejer- 
cían alternativamente sobre sí recíproca y grandísima influen- 
cia. Prescindiendo do otras invasiones de los bárbaros en el 
imperio, como las de los cimbrios y teutones vemos que en 
tiempo de Mario, César entra el primero en la Germania, atra- 
vesando el Rhin y derrotando á los bárbaros, que Druso sigue 
después sus huellas, pero que los bárbaros á su vez derrotan y 
exterminan las legiones de A^aro y de Sabino; que Trajano pa- 
sa el Danubio y conquista la Dacia, pero que su sucesor Adria- 
no se vé precisado á abandonarla, reduciendo el Imperio á los^ 
límites del Danubio. Estas continuas alternativas inspiraban 
el mayor temor á loshombres pensadores, y ya Tácito en el 
siglo I, describiendo las costumbres de los germanos y sus 
discordias, deseaba por la salud del imperio que continuasen 
siempre : maneat qiicBso díiret qtte gentibus si non amor nostri 
odium sui quando in gentihiis imperii fatis nil majus prestare 
fortuna ¡mtest quam liostmm discordiam. Así, pues, mientras 
el poder romano fué en aumento ó se sostuvo siquiera, habia 
ido sucesivamente estrechando á las naciones bárbaras, dedi- 
cadas éstas al pastoreo y á la caza, sufrían con impaciencia 
su estrechez, pero sus esfuerzos fueron fácilmente contenidos 
hasta la decadencia del Imperio. En este tiempo, rotos ya los 
diques lo invaden todo, el Occidente cambia totalmente de as- 
pecto, y la imaginación busca vanamente la unidad y el vi- 
gor de la resistencia del poder romano. De aquí se originaron 
las naciones modernas, pero como no es nuestro propósito es- 
tudiar este resultado general de los sucesos, vengamos á 
España que es la que llama especialmente nuestra aten- 
ción. 

España sufrió dos invasiones muy diferentes, la de los sue- 
vos, vándalos y alanos, y la de los godos. 

La invasión de los suevos, vándalos y alanos se verificó á 
principios del siglo v; veamos cuál era el estado de España en 
esta época. Ya hacia tiempo que los bárbaros invadían el Im- 
perio por Oriente y Occidente, que se aliaban con los romanos 
y que eran tomados sus cuerpos á sueldo por éstos, pero Espa- 



I.KCnON DKCIMA <»)i;iNTA 217 

ña había permanecido tranquila, y extraña á estos sucesos. Más 
tarde Constantino, g'cneral del emperador de Occidente Hono- 
rio, se re])ela en Inj^-laterra. hv. titula empcírador, proclaiiui 
('dsar á su hijo Constante, y pasan juntos á las Gallas y Msjia- 
ña,, no sin tener que vencer antes la resistencia de los españo- 
les fieles á Honorio, hijo del gran emperador español Teodosio. 
Constante confia la guarda de los Pirineos á Geroncio, que 
mandaba varios cuerpos de bárbaros á sueldo de los romanos: 
Geroncio se rebela á su vez, y despuds de varias perii)ecias 
muere en hJspaña á manos de sus soldados: entretanto el ejér- 
cito de Honorio sofoca la rebelión de Constantino y Constan- 
te, con muerte de estos caudillos. Mientras que tenian lugar 
estos sucesos, los bárbaros á sueldo, dejados por Constante en 
guarda de los Pirineos, llaman á los suevos, vándalos y ala- 
nos, que invaden á España en 409, la devastan durante do8 
años, y se la reparten entre sí, estableciéndose los alanos en 
la Lusitania, y los vándalos y los suevos en Andalucíay en 
<Talicia. 

La segunda invasión fué la de los godos, habiéndose dis- 
putado mucho sobre el origen de este pueblo, pues mientras 
para unos es germánico, para otros es asiático y procedente de 
las regiones que median entre el mar Caspio y el Ponto Euxi- 
no. Jornandes escritor godo del siglo vi, supone á los godos, 
germanos y originarios de la Escandinavia, y su testimonio 
nos parece decisivo. 

Tales son en compendio los sucesos que acabaron en Espa- 
ña con el poder romano, y sometieron la Península á la raza y 
gente nobilísima de los godos. En este gran drama van des- 
apareciendo los actores, desaparece Roma, desaparecen los 
vándalos, los alanos y los suevos, y quedan solamente los go- 
dos y los españoles, el pueblo vencedor y el pueblo vencido. 
Réstanos ahora exponer las relaciones de estos dos pueblos 
entre sí, los efectos de la conquista con relación al pueblo 
vencido, y el gobierno, la legislación y las costumbres que 
de estos hechos y de estas relaciones se originaron. 

Preciso e«, sin embargo, conocer antes á fondo, en cuanto 
nos sea dable, á estos ddrdaros, á estos (jcrmanos^ estudiando 



218 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

SUS costumbres y su modo de regirse, y gobernarse. César y 
'J'ácito serán para esto nuestras guias principales, y la analo- 
gía de estos pueblos con las razas hispánicas, aclarará los pun- 
tos dudosos. No haremos por ahora más que indicar en gene- 
ral los rasgos más notables de su fisonomía, reservándonos 
aclarar y extender estas nociones, en lo sucesivo, cuando la 
ocasión lo exija. 

César escribe sobre 60 años antes de J. C, y su narración 
incidental tiene un carácter conciso. Tácito escribe en 98 antes 
<lc J. C, y lo hace para ocuparse exclusivamente en el asunto 
que sirve de título á su obra. En las observaciones de Tácito 
hay gran mérito y exactitud, y sólo puede desconfiarse algo 
<le lá serenidad de su juicio, cuando atiende á sacar del con- 
traste de la sociedad romana con los bárbaros una censura 
<'ontra Roma. Lo que más llama la atención en su obra res- 
pecto á la de César, es el adelanto y progreso de la sociedad 
germánica, progreso que es de creer continuara en el tiem- 
1)0, que después medió, hasta las invasiones. 

Tracemos ahora con el auxilio de estos dos historiadores in- 
signes, los rasgos principales de la índole en general de los 
germanos. 

Según César, los germanos ni tienen druidas ó sacerdotes 
})ara el culto, ni celehran sacrificios ni cuentan entre los Dio- 
.ses sino á aquellos que ven y cuyo socorro ó ayuda, visible- 
mente esperimentan, tales como el sol Vulcano y la luna,- de 
los demás no tienen la menor idea. Tácito, dos siglos después, 
les supone ya religión conocida y sacerdotes con grande in- 
ñuencia y autoridad, y hasta las bárbaras prácticas de los sa- 
crificios humanos. Su teogonia se encuentra según el mismo 
autor en sus canciones populares, que son sus únicas historias 
y en las que se dicen descendientes de Tuiston hijo de la tier- 
ra y de sus tres hijos. 

Eran según César cazadores y pastores, pasando la vida en 
la caza y en la guerra, sin dedicarse á la agricultura, sin te- 
nor ninguno campo fijo y sin conocer la propiedad territorial 
más que imperfectamente por el cambio de tierras. Tácito con- 
íirma todo esto, aunque añadiendo que ya empezaban á culti- 



LEC;('1()X DKC'IiMA (¿UINTA 210 

vjirlas en Sil tieiiipo. Tjunpoco t(Mii;ui scja'uii este liistoriador, 
ciudades, yívícikIo (mi casas separadas unas de otras, observa- 
ción muy ini])()rtanto, pues explica la diferencia entre los cam- 
pos donde se acog-i() la sociedad <;('rm;n)ica, y las ciudades 
<idonde se acogúó la romana. 

Kn cuanto á su g-obierno, cada trilju tenía su jefe (¿ue la 
dirig'ia, y sólo en tiempo de g-uerra cleg-ian un caudillo ó jefe 
("omun. In pace mdlns communis magls tratas; sed príncipes re- 
(/¿omim, dice César. Tácito les da ya reyes y caudillos electi- 
vos, con escasa autoridad. Reges ex nohilitate ferunt. El 

rasgo distintivo de estas tribus ó pequeñas sociedades eran 
sus juntas ó asambleas, que César llama Concüinm. Cuando 
en el Consejo, añade éste, uno de los principales se decla- 
raba jefe de alg'una empresa, los que aprobaban sus desig-nios 
y consentian en reconocerle por jefe, se levantaban y prome- 
tían secundarle. Kn las cosas más importantes, según Tácito, 
deliberaban todos, en las pequeñas el principal, interviniendo 
éste también en aquellas que se referían á la plebe, como su- 
cedia en las razas hispánicas primitivas. Cada uno de estos 
principales seg'un César, administraba justicia y dirimia las 
contiendas en su provincia ó región; Tácito añade que se pe- 
dia también acusar ante el concilio y de causas capitales, ad- 
mitiendo las com2)osiciones por reses y ganados. 

Los lazos sociales eran débiles entre ellos, reemplazándo- 
los con el lazo personal de hombre á hombre, del que es una 
buena prueba la institución singular de los comités^ semejante 
á lo que era la clientela entre los romanos y á los devotos de 
los españoles y galos, de que hablamos antes. 

En cuanto á sus costumbres, las mujeres eran muy estima- 
das en el matrimonio, en el que se practicaba la monogamia: 
de aquí tuvo origen el culto de la mujer europea, desarrollado 
por el cristianismo y extremado entre nosotros por los árabes 
españoles. La patria potestad era limitada entre los bárbaros, 
y se salia de ella por la emancipación, cuya ceremonia tenía 
semejanza con la usada para armar caballero en la Edad Me- 
dia. Los esclavos eran criados como los hijos hasta la puber- 
tad, época en la que la edad los separa de los libres, á quienes 



220 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ilustra el valor. En materia de sucesiones, no conocian los tes- 
tamentoSy ni en materia de tráfico la moneda. 

Su aspecto y su carácter debia ser feroz, su estatura, ele- 
vada, su mirar, fiero, Ir v ees et ceniUi ocuU, magna corpora, 
dice Tácito; algunos de ellos, entre otros los suevos, celebra- 
ban como hemos dicho sacrificios humanos. Tan difíciles do 
ser vencidos en las armas como en el beber, trataban los ne- 
gocios en festines medio ebrios. Tácito hace observar también 
su afición á la holganza, y que preferian hacer conquistas con 
su sangre á obtener con su sudor les dones de la tierra. Jnga- 
ban cuanto tenian, hasta su libertad, y el pillaje era entre ellos 
lionrado, siempre que se ejerciera dentro de los límites de su 
tribu/ formándose públicamente expediciones para organizar- 
lo. Entre sus buenas cualidades se contaban la de la hospitali- 
dad, el respeto á la fé ofrecida y el valor personal. «El derecho 
de hospitalidad, dice Tácito, es para ellos sagrado: el que se 
acoge á él por cualquier motivo que sea, está seguro de encon- 
trar protección é inviolable asilo.» 

Hablemos ahora más en particular, aunque también suma- 
riamente, de los godos que invadieron á España. Según Pris- 
co, despreciábanla agricultura y no sabian cultivar la tierra, 
manteniéndose de la caza y ganadería. Durante muchos siglos 
no tuvieron reyes ó magistrados comunes, sino caudillos, Dii- 
ces, como las demás tribus germánicas, y estos caudillos, y lo 
mismo los reyes, eran elegidos en las Asambleas de la tribu ó 
de la nación. Su autoridad era limitada, aunque más tarde fué 
creciendo y desarrollándose, primero durante el largo estable- 
cimiento de los godos en la Dacia, y después en sus correrías 
])or el imperio. Así, cuando entraron en España, la autoridad 
de los reyes era ya grande. Iban vestidos estos reyes como los 
demás godos, y en las Asambleas se sentaban mezclados in- 
distintamente unos y otros, uso que lleg(3 hasta Leovigildo, 
según San Isidoro. 

Eran los godos independientes é insubordinados, de loque 
da una lastimosa prueba la suerte de sus reyes. Conocian la 
institución de los comités 6 compañeros del príncipe, ligados á 
él con un juramento especial de fidelidad, uso que conservaron 



LKCC'ION DKC'lMA (^IINTA "2'2\ 

dospuíís mucho tioinpo, como vcM'í'nios. (^(ílehrabjín AHainl)l(»a8, 
y Bidoiiio Apoünario asÍRto á una. (jikí describo en estos t('r- 
minos: «Seg'un su anti^-iia costuml)rc, dice, los ancianos S(í 
rciinon al lovantarso el sol, (l('S('u))ri(Mi(loso en ellos bajo (í! 
hielo de la edad el ardor ác la jii\ (';itu(l. ('ansa r(ípug*nancia 
ver la tela que cubre sns cuerpos descarnados; las pieles de 
que se visten les llegan escasamente á poco más de las rodi- 
llas; sus botas de cuero de caballo, que atan con un sini])le 
nudo al medio de la pierna, dejan al descubierto la parte sii- 
])erior de esta (1).» 

Tan bárbaros y feroces como los deniás germanos señala- 
damente en los primeros tiempos, Procopio (2) hablando de 
las crueldades cometidas por tallos, dice que no quiere especi- 
ficarlas, por no trasmitir á la posteridad monumentos y ejem- 
plos tales, de barbarie. En la Pannonia, cuando se rebelaron 
contra Yalente, exterminaron á todos los labradores y corta- 
ron la mano á los conductores de carruajes. En la Tracia, se- 
gún Paulo Orosio, no hubo medio devastador á que no apela- 
sen, j;^;* Thraciam sese miscentis simnl omnia^ mdihus , incen- 
(líis, rapliiisque fedarunt (3). No es extraño, por otra parte, 
que se enfureciesen viéndose A'endidos y condenados á morir 
de hambre; el mismo Paulo Orosio, dice que en la derrota de 
Radagasio fué tal la multitud que hubo de cautivos godos, que 
se vendieron como rebaños, iit mllisimarum ^ecuiam modo, 
síngulis aiireis passim gregcs Tiominum tmdereiitur (4). 

Esta ferocidad tiene á veces visos de grandeza, como su- 
cedió con Alarico cuando estrechaba el cerco de Roma, de la 
capital del mundo. Juan y Bragilio parlamentarios de la glo- 
riosa ciudad, le dicen que si insiste en tomarla tendrá que 
habérselas con una desesperada muchedumbre de soldados y 
ciudadanos: «La yerba espesa, replica el bárbaro sin alterarse, 
se siega con más facilidad, doisumfcnum rariore facilliis ;r- 
secahir.» Conviene, en fin en levantar el cerco pero pide á los 



(1) V. Chateaubriand, Etiides h'isl., t. in, p. 9:]. 

(2) De Bello Goth, lib.3, c. 10, Hist. Biz. t. i, pág-. 12f). 

(3) Paul Or., pág. 553. 
(1) ídem pág. TfiO. 



222 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

romanos que le entreguen todo el oro, plata, alhajas y muebles 
de precio y además todos los esclavos de raza bárbara. ¿Y que 
nos dejas entonces, replica el legado, á los que quedamos en 
la ciudad? «Ánimos^ la vida, » responde altivamente Alarico, 
respetando, á pesar de eso, al entrar triunfante en Roma, loí? 
vasos sagrados, los templos y á todos los que se acogieron á 
ellos (1). Muerto Alarico, los godos, para enterrarle, separan 
las corrientes del rio Busento, volviéndolas después á su an- 
tiguo cauce y dando muerte á los esclavos empleados en esta 
obra para que nadie descubriese ni profanase nunca el sitio 
en que quedaba sepultado su rey. 

Tal era el pueblo que estaba llamado por la Providencia 
para fundar entre nosotros la monarquía y la nacionalidad, si 
bien es preciso convenir que cuando entró en España al man- 
do de su rey ó caudillo Ataúlfo, pariente y sucesor de Alarico, 
era ya el más culto y civilizado de todos los bárbaros. Debía- 
se esto á su más antigua organización monárquica, al cristia- 
nismo que, aunque con la mezcla impura del arrianismo ha- 
bia abrazado, y á los cuarenta años que llevaba ya por esto 
tiempo viviendo entre los romanos. 

En la lección siguiente expondremos la conducta de estos 
pueblos bárbaros con el pueblo hispano-romano, y el gobierno 
y las leyes que comenzaron á introducir entre nosotros. 



(1) Esta supuesta moderación de Alarico al entrar en Roma enaltecida y tras- 
mitida hasta nosotros por los historiadores cristianos del siglo v, es negada con 
más copia de datos y más critica por los recientes historiadores modernos. Véase 
f!ntre otros, Thiersy (Amedeé). Rccíts deVHistoire Romaine aiiwel v siccles (N. 
del C.) 

\ 



— -<^*íja-^/^/9>j>' 



LECCIÓN DECIMA ^EXTA 



las iiivasiitiips.— Fiisioii ilc godos j españoles. 



Carácter g'cneral de las invasiones.— Destrozos cometidos por los bárbaros.— In- 
vasión de suevos, vándalos y alanos en España: testimonio de Idacio— Invasión 
de los godos.— Tratos entre los invasores y los invadidos especialmente con 
los godgs.- Resistencias que éstos encuentran.— Los obispos: su iníiuencia: 
su conducta en las invasiones.— Estado y relaciones de los dos pueblos hispano- 
romano y godo: sus diferencias en legislación, costumbres, lengua, religión, 
posición é intereses — El poder civil al frente de la sociedad goda: la Iglesia ai 
frente de la sociedad española.— Causas especiales que llevaron á cabo en ICs- 
paña la fusión entre estos dos elementos antes que en las demás naciones de 
Europa.— Marcha natural de este suceso en la legislación goda: leyes escritas: 
leyes personales: leyes comunes.— Causas por qué prevalece en España la le- 
gislación romana. 



Dada una idea de lo que eran los bárbaros, imaginémoslo.'? 
invadiendo las provincias del imperio, ya para saquearlas, ya 
para establecerse en ellas, ya para librarse de la furia de otros* 
bárbaros. Es necesario estudiar el hecho de la conquista, co- 
mo hicimos con los romanos, pues sin esto no se comprende la 
honda perturbación que estos pueblos causaron. En general, 
más que la invasión de un eje'rcito, fué la de una nación que 
cambiaba de asiento con sus hijos, mujeres, esclavos y gana- 
dos. No tenemos en los tiempos modernos , nada que pueda 
darnos idea por comparación, de estas invasiones. Mr. Guizot 
distingue la horda ó tribu dedicada á la vida sedentaria de la 
banda guerrera, unida bajo el mando y patronazgo de an jefe 
célebre; sin embargo, esta diferencia notable y exacta con rela- 
ción á la banda de francos que mandaba Clodoveo, y que so- 



224 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

gun el mismo autor (1) no pasaba de cinco á seis mil hombres, 
lio lo es con relación á los godos, que entre mujeres, ancianos 
Y niños pasaron el Danubio en número de un millón. Los ván- 
dalos á su vez venían cum snis famiUis, dicen Idacio y San 
Isidoro, y eran, contando los viejos, niños, mujeres, siervos y 
demás, según Víctor de Utica, ochenta mil. La destrucción 
era el carácter general de estas invasiones formidables, y al 
encontrarse tan diferentes sociedades y civilizaciones, el cho- 
que debió ser rudo y terrible, cometiendo en todas partes los 
bárbaros los mayores horrores. Unas veces exterminaban álos 
antiguos habitantes, otras los diezmaban, reduciendo el resto 
á esclavitud, y siempre y en toda ocasión los despojaban de 
sus tierras para recompensar y establecer allí á sus guerreros. 
Hé aquí cómo el ilustre Robertson describe las atrocidades de 
estas irrupciones en g'eneral: «Por donde quiera que pasaban 
los bárbaros, dice, marcaban con sangre sus huellas, saquean- 
do ó devastando todo en torno suyo, sin distinguir lo sagrado 
de ]o profano, sin respetar sexo, rango ni edad. Los que podian 
escapar del furor de esta primera inundación, perecian en las 
inundaciones sucesivas. Las regiones más pobladas y más fér- 
tiles se veían convertidas en desiertos, en los que sólo queda- 
ban algunas ruinas de las aldeas y ciudades, habitadas por los 
pocos y miserables pobladores que por casualidad se habían 

librado de la invasión y habían conservado la existencia 

Pero nada, añade, puede dar mejor idea de las destrucciones 
llevadas á cabo por los bárbaros, que el contemplar el cambio 
total que se opera en el estado de Europa hacia fines del si- 
glo VI, pues no es dado al poder, ni aun de los más grandes 
conquistadores, llevar á cabo tan grande y súbita alteración 
en todas las cosas sin antes haber hecho desaparecer, casi to- 
talmente, á los antiguos habitantes (2).» Esta última observa- 
ción es, hasta tal punto cierta, que según la mayor ó menor 
destrucción predomina más ó menos el elemento romano ó el 
germánico. 

Despreciaban profundamente los bárbaros á los romanos, 

(1) Civillsation en Europc, Lección 8.* 

(2) Robertson, Ilislonj of Charles V, Scet. i. 



LKCCIOX DÍX'IMA SKXTA 22.") 

y este dcpprccio de una raza ;1 otra aumenta, como sucedió 
con los indios y los neg-ros, la crueldad y la indiferencia por 
la suerte del vencido. Cuando queremos insultar á un enemi- 
j^'o, dice Luitprando, y darle apodos odiosos, le llamamos «ro- 
mano.» porque este solo nombre comprende el exceso de la co- 
bardía, do la corrupción, do la perfidia y de cuanto hay de 
más odioso en todos los vicios; lioc solo, id cst, quicqitid laam- 
riff, quícqutd mendatli, imo quicquid vitlonun est comp'ehen- 
ck)ites. 

En España, la primera irrupción fué la de los suevos, ván- 
dalos y alanos, irrupción cruel y devastadora en extremo. Hd 
aquí cómo la describe Idacio en un notable pasaje en que pin- 
ta las calamidades sin número que aflig'ieron á España en 
este tiempo. «Los alanos, vándalos y suevos dice, entraron 
en España en la era 457 (año 409), llevándolo todo á sangre y 
fuego. La peste, por su parte, no hacia menores destrozos, y 
á las rapiñas cometidas por los bárbaros y á los estragos de la 
peste, hubo que añadir las tiránicas exacciones de los agentes 
del fisco que, juntamente con la insaciable sed de botin, de la 
soldadesca desenfrenada, dejaban exhaustos á los pueblos. 
Llegó el hambre hasta el punto, de que se vio al hombre ali- 
mentarse con carne humana, sirviendo á las madres mismas 
de alimento el cuerpo de sus hijos, muertos y dispuestos para 
ser comidos por ellas. Las fieras habituadas á cebarse en los 
cadáveres, producto del hambre, de la g*uerra y de las enfer- 
medades que hacían estrago en los hombres más fuertes, iban 
lentamente acabando con el género humano. Así estas cuatro 
plagas, la guerra, el hambre, las fieras y la peste, por todo el 
orbe desatadas, vienon á cumplir las predicciones de los pro- 
fetas del Señor. Arruinadas las provincias españolas, continúa 
Idacio, por este cúmulo de males y movidos los bárbaros á un 
mejor estado de cosas por la misericordia divina, se repartie- 
ron por suertes las provincias Hispánicas. Los vándalos y los 
suevos ocupan á Galicia situada en la extremidad del Occéa- 
no, los alanos la Lusitania y cartaginense y los vándalos 
llamados silingos la Bética. Los españoles que sobrevivieron 
á todas estas catástrofes v habitaban en las ciudades y casti- 

15 



226 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

líos, se someten á la autoridad de los bárbaros que ocupaban 
sus respectivas provincias.» Por muclio que se rebaje de estas 
relaciones, quedará siempre lo bastante para horrorizar á todo 
corazón humano. España no fué, sin embargo, la que más pa- 
deció por causa de las invasiones, pues los alanos fueron luego 
destruidos, los vándalos pasaron al África, los suevos tuvie- 
ron que entrar en tratos con los antiguos habitantes, y los go- 
dos procedieron de diferente manera que los demás bárbaros. 

La segunda irrupción que sufrió España fué la de los go- 
dos, pero éstos entraron como auxiliares de los romauos ro- 
maninomíiiis causa como dicen Idacio y San Isidoro, y en vez 
de perseguir sistemáticamente á los antiguos habitantes, los 
favorecen y se ligan con ellos. Astorga les abre las puertas, 
pues venian, dice Idacio, fingiendo órdenes de Roma, specie 
romance ordenaüonis y esta circunstancia debia por sí sola dis- 
minuir los estragos de la invasión. Eran, además, pueblo ya 
más culto y civilizado, que tenia otras miras y otras inclinacio- 
nes, diferentes de las de los demás bárbaros, respecto á las 
provincias que ocupaban. Muchos escritores franceses, entre 
ellos Montesquieu, han desconocido esta importante circuns- 
tancia, los modernos, como Guizot y Thierry hablan ya de otro 
modo, siguiendo á Gibbon y á los historiadores españoles. 

Estos desbrozos de los bárbaros no podian ser de todas 
suertes, muy duraderos, pues ahuyentadas las autoridades ro- 
manas, los pueblos pensaron por sí en su defensa, y entraron 
pronto en tratos con ellos. Idacio nos presenta á los pueblos de 
Galicia, defendiendo los castillos fuertes de aquella provincia, 
en el año 430, es decir, veintiún años después de la invasión, y 
también hace frecuente mención, de las paces hechas con los 
gallegos, y de las guerras que cuando se rompia la paz, tenian 
entre sí. Por los años de 467, cincuenta años después de la in- 
vasión, todavía está el pueblo gallego aiinoiiem sem plebcm en 
guerra con los suevos , y lo que es más notable , ciertos pue- 
blos, así vejados por los suevos, recurren, en busca de protec- 
ción, á los godos; dos años más tarde, en 469, vemos á Lisboa 
entregada por traición á los suevos, regida y gobernada por 
4ino de sus ciudadanos cive suo qui üUcp'eerat, dice Idacio. 



i.EcnoN Di':rnrA rkxta 227 

VjW cuanto á los g-odos, desdo hu^go estrccliaroii lazos, con 
los romanos ó anti^-nos ha])itantcs, con cuyo auxilio entraron 
en l'^spaña, mandando en (Ula muclio tiempo como auxiliares 
de los romanos, con qnienes, sin embarg-o, estaban unas veces 
en paz y otras en guerra. Así, cuando los godos se resolvieron, 
á ser dueños definitivos, de las provincias que ocupaban, y de 
las regiones confinantes, el tránsito fué tan natural, que los 
historiadores suponen casi tan dueño de los dominios españoles 
á Ataúlfo y á sus sucesores, como á Eurico, que parece liaber 
sido el primero que se decidió á mandar por sí y en su nombre 
en España. Algunos pueblos españoles, sin embargo, se resis- 
tieron mucho tiempo: San Isidoro, dice, que Leovigildo se apo- 
deró de una gran parte de España venciendo á los cántabros eí 
¡jlicrtmce rehelUs nrhes, y confiesa que hasta entonces eran los 
límites de la dominación visigoda muy estrechos antea gens 
Gothorwm angustii finiius arctabatur. Los astures, los rucó- 
nos, los vascones y otros "poimli montivagi, como los llama San 
Isidoro, se mantienen independientes, ya en paz ya en guer- 
ra hasta el año 621, en el reinado de Suintila, en cuyo tiempo 
sog'un el testimonio del mismo santo Doctor, quedó sometida 
toda España á un mismo cetro: totíns Hispanice, infra Occéani 
fretum monarchia regni primns ídem potitns quod nuUi retro 
Priiicipum est collatiim. A pesar de este testimonio tan explíci- 
to, hay otros posteriores que suponen que aun mucho después, 
no estaban los pueblos españoles del todo sometidos, pero aun 
ateniéndonos á éste, siempre resulta la inexactitud con que ge- 
neralmente se asegura que los bárbaros germánicos se apode- 
raron con facilidad y sin lucha de España. Por el contrario, 
la lucha aun atenie'ndonos al testimonio de San Isidoro, duró 
más de doscientos años, y los godos tuvieron que hacer mu- 
chos tratos y concesiones á los naturales antes de que e'stos 
fueran sometidos; hecho importante y que no sé, que hasta 
ahora, haya sido debidamente apreciado. 

En estos tratos y transacciones entre los pueblos, hacían 
siempre después de ahuyentadas las autoridades romanas, el 
principal papel, los Obispos. Bien mirado eran estos los jefes 
naturales de los pueblos, y tenían ya mucha influencia en el 



228 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA. 

imperio, y en las ciudades, donde la parroquia habia sustituido 
á la curia, y el defensor era nombrado casi por ellos solos; 
esta influencia se habia hecho en este tiempo ma^^or, porque 
el pueblo, estaba huérfano de otros jefes, concurria á la elec- 
ción de sus obispos, y el arrianismo de los g-odos alejaba de 
éstos á los españoles. Bajo todos estos aspectos, eran los Obis- 
pos los jefes naturales del pueblo vencido, y los que debian lle- 
var su voz en las transacciones con los bárbaros. Así vemos 
que rota la paz entre los suevos y los gallegos en 431, éstos 
mandan un legado al general romano Aecio. y este legado es, 
seg'un el mismo nos cuenta, el 01)ispo de Galicia Idacio. Así 
vemos, que Hermerico rey suevo, concede la paz á los galle- 
gos á quienes pecuniariamente vejaba, qiios p'edadatur assi- 
due, por la intervención de los Obispos, sul) interventu episco- 
'pali datis ohsidibm^ y que este mismo Hermerico manda de en- 
viado cerca del conde Censorio al O.bispo Simplicio. Así vemos, 
también, que el rey godo Alarico, aunque Arriano llama á su 
consejo para dar leyes al pueblo vencido, á los sacerdotes ad- 
tistitis sacerdotilus. y les dice, que estas leyes fueron dadas, 
con el consentimiento de los Obispos, venerabilmni episcopo- 
o'umroloravit adsensiis. Los pueblos, pues, se acostumbraron 
á mir.ar como jefes, como protectores y como componedores de 
sus diferencias á los Obispos. Y si estos tuvieron una tan gran- 
de autoridad é influencia, con dificultad se hallara oríg^en más 
noble y más irreprensible para ella. Después, andando los 
tiempos veremos cómo la ejercieron, y cómo por ella el gobier- 
no tiránico, parcial y de casta y privilegio de los godos, se 
convirtió en un gobierno justo, equitativo y nacional. 

Para comprender bien, sin embargo, este hecho tan deci- 
sivo y trascendental , y otros muchos interesantes á nuestro 
propósito, hay que fijarse desde ahora en el estado y relacio- 
nes de los dos pueblos que ocupaban á España, antes de la 
conversión de los godos al catolicismo. 

Dejemos aparte los pueblos no sometidos, en los que es de 
creer que los obispos tendrian grande influencia, pero que no 
sería esta la sola, pues habia jefes civiles y militares, como 
consta de varios testimonios, entre otros el del Biclarense que 



LKCCION DKCI.MA SEXTA '220 

cita ;í Aspidio, jefe ó sénior (h; los areo-cnsos. Kn el resto de 
líspaña habia dos piiel)los ó razas separadas entre sí por las 
más fuertes barreras; sus leyes, costumbres, len^-ua. religión, 
intereses, posición social y política, todo era diferíuitc , todo 
contrario. Los g-odos se reg-ian por sus costumbres germáni- 
cas, reducidas ya á escritura por Eurico y Leovig'ildo, y los es- 
pañoles por las leyes romanas, recopiladas en el Breviario de 
Aniano. Las costumbres de los dos pueblos no podian sor, co- 
mo ya hemos visto, más opuestas, y mientras la lengua roma- 
na era la común de los españoles, los g*odos hablaban aún la 
suya propia y en ella tenían la Biblia escrita y traducida por 
el obispo arriano Ulfilas, quien inventó las letras necesarias 
para expresar las voces g-odas (1). Por su religión, los godos 
eran arríanos celosísimos, y los españoles católicos fervorosos; 
y en cuanto á lo que en punto á intereses y á posición social y 
política podia dividirlos, baste decir que los godos habían des- 
pojado á los españoles de todos los bienes que tuvieron por con- 
veniente y de las dos terceras partes de las tierras de cultivo, 
baste recordar que los godos eran la raza dominante y direc- 
tora, y los españoles la raza gobernada y vencida. Por último, 
para que la separación llegase á su colmo, los matrimonios en- 
tre godos y españoles estuvieron severamente prohibidos has- 
ta el reinado de Recesvinto, pudiendo creerse así que estaban 
cerradas para estos dos pueblos todas las vías de fusión. 

De este modo el gobierno civil estaba al frente de la socie- 
dad goda, y la Iglesia al frente de la sociedad española. El 
estado civil se organizaba fuera de la sociedad indígena, es 
decir, fuera casi de la nación, pues los españoles eran infi- 
nitamente más numerosos, más ilustrados, más ricos, y á su 
vez la sociedad española para su r(^gimen y dirección , según 
los tiempos lo exigian, se organizaba en Iglesia, y la Iglesia 
estrechaba así sus lazos con la nación, dejando fuera al estado 
y al gobierno. ¡Qué hecho tan importante, tan trascendental 
no debia ser este para cuando se verificase la inevitable con- 

(1) La Biblia de Ulñlas conservada hasta nuestros dias , impresa por Juan 
Christ. en 1800 con glosarios y comentarios. (Chateaubriand, Etud hhl. , t- m , pá- 
gina 121.) 



230 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

versión, la inevitable fusión de ambos pueblos! El cristianis- 
mo fué en todas partes el fundente de los dos elementos ro- 
mano y germánico, pero en España tuvo esto lugar más que 
en ninguna otra nación, porque el cristianismo estaba iden- 
tificado con la sociedad antigua entera representada por la 
Iglesia y organizada en Iglesia. Todas estas diferencias y an- 
tipatías, al parecer tan profundas y arraig^adas , van por fin 
y por sus pasos contados, á fundirse en el molde católico, 
para hacer aparecer en él, un solo pueblo, con una misma 
religión, leyes, lengua, y costumbres, presentando así á fines 
del siglo VI el espectáculo que el resto de Europa no nos ofre- 
ce hasta el siglo ix ó x. 

Las causas de este singular fenómeno, que hace á España 
marchar cerca de dos siglos delante de las demás naciones eu- 
ropeas, fueron, además de la mayor fuerza, del catolicismo 
entre nosotros; la mayor cultura de los godos respecto á los 
otros pueblos septentrionales, circunstancia que los preparó 
primero á la fusión; y dospués el mayor romanismo, si puedo 
expresarme así, de España, donde el elemento romano estaba 
más encarnado en la sociedad, como diferentes veces hice ob- 
servar, y que atrajo por lo mismo con más fuerza el elemento 
germánico. Sin embargo la fusión siguió, aunque en más 
breves períodos, la marcha general que en el resto de Euro- 
pa, marcha que, considerando los elementos que en ella en- 
traban, casi podria determinarse á p'lori. 

En efecto, los godos, entrando en España con sus costum- 
bres germánicas y propias de pueblos rudos y pastores, ni po- 
dian acomodarse á la legislación culta y refinada de los hispa- 
no-romanos, ni sujetar á éstos á sus rudas y semi-salvajes cos- 
tumbres. Así debian casi necesariamente dejar al pueblo ven- 
cido sus leyes, y regirse por sus hábitos y costumbres, como 
sucedió, no sólo en España, sino en el resto de Europa. Des- 
pués, cuando los godos pensaron seriamente en fijarse en el 
país, y se diseminaron por él adoptando un nuevo género de 
vida, sus costumbres debieron parecerles insuficientes y va- 
gas, y debieron conocer la necesidad de ampliarlas, de fijarlas 
y de escribirlas, es decir, debieron dejar el derecho consueta- 



LECCIÓN DÉCIMA SKXTA 231 

dinario por el derecho escrito. Kstc cambio, que parece insen- 
sible, es, sin cnibarf>'o, g'ig'antcsco por sus resultados, en la ci- 
vilización de los pueblos, pues fija lo que Insta allí ora varia- 
ble, y establece un monumento, una fuente viva de Icg-isla- 
cion á que siempre hay que atender en lo sucesivo, como vi- 
mos en las leyes de las Doce Tablas en Roma. Y así sucedió 
en cforío; líurico, que fué el que más extendió sus conquistas 
por Kspaña y el que quiso fundar un dilatado reino godo, es- 
cribió las leyes de este pueblo, antes sólo conservadas por 
costumbre, antea tantiim onoribus et consuetudine tenebantiir, 
dice San Isidoro. Los demás reyes bárbaros en Europa hicie- 
ron alo'o más tarde lo mismo, como se ve en las coleccionen 
de Lindenbrogio y de Canciani. Fijada así la legislación del 
pueblo vencedor, y debiendo necesariamente ocuparse ésta 
en arreglar la condición y derechos del pueblo vencido, debian 
las dos legislaciones hallarse discordantes en muchos puntos; 
y siendo contraria la del vencido, á la nueva dominación, era 
preciso modificarla y acomodarla al nuevo orden de cosas. Así 
lo hizo Alarico, el sucesor de Eurico, en el Breviario de AnianOy 
como veremos á su tiempo, y así sucedió en el resto de Euro- 
pa, donde el Breviario ó lex Romana fué la legislación común 
.de los antiguos habitantes. De estos hechos y de estas leyes 
escritas, resultó que la legislación era entonces personal no 
territorial, rigiéndose cada pueblo ó raza por la suya. En las 
Gallas donde las razas eran muchas y tardó más en verificarse 
su fusión, tuvo este hecho consecuencias importantes sin dejar 
por eso de producirlas también entre nosotros como veremos en 
lo sucesivo. Cuando los dos pueblos por el trato y roce cuoti- 
diano y demás causas expuestas se fueron aproximando y fun- 
diendo, cuando prevaleció la lengua, el culto y demás, de uno 
de ellos, debió naturalmente caminarse auna legislación co- 
mún á los dos pueblos, y así se verificó, primero en España, en 
el Código del Fuero Jv.zgo^ y después en el resto de Europa en 
otros Códigos ó Constituciones. 

Esta marcha general y uniforme debia con todo producir 
resultados diferentes según el elemento que predominaba en 
cada creación. Donde prevalecía la ley, la lengua y la civili- 



232 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

zacion de Roma como sucedía en Italia, eu España y en el Me- 
diodía de las Galias, la leg-islacion debia tener mucho de roma- 
ua, donde el romanismo habia echado pocas raíces como en la 
Gran Bretaña y en el Norte de las Galias debían prevalecer 
el derecho y costumbres g-ermánicas, y la lengua y el genio 
de aquellas naciones. 

Eq España correspondía esta preeminencia al derecho y 
legislación romana, por el mayor romanismo de los españoles 
respecto de las demás provincias romanas, por la mayor cul- 
tura y romanismo de los godos, respecto de los otros bárbaros, 
por la mayor influencia de los Obispos según hemos visto, y 
por la singular institución de los Concilios de Toledo en los- 
que se formaban generalmente las leyes y en los que domi- 
naba el pueblo hispano-romano. Así sucedió en efecto, y no 
debe sorprendernos en lo sucesivo encontrar esta preeminen- 
cia en las diversas instituciones que examinemos. Sin embar- 
go, y á pesar de los esfuerzos de los Obispos para impedir que 
el espíritu germánico prevaleciese, algunos rastros de él, de- 
bieron conservarse en esta legislación y se conservan en efec- 
to, en el Fuero Juzgo. Este Código no es con todo en mi opi- 
nión el representante fiel de todo el derecho germánico espa- 
ñol en aquella época, pues habia costumbres, leyes y prácticas 
de que no se hace en él mención y que, sin embargo, existían 
ya y existieron en lo sucesivo y se desarrollaron poderosa- 
mente cuando les faltó la presión de los Obispos, y la de la 
unidad nacional y cuando volvió el espíritu de localidad á re- 
vivir después de la invasión de los árabes, como procuraré de- 
mostrar á su debido tiempo. Tal ha sido en general la marcha 
natural de los sucesos que condugeron á un centro de unión 
á los dos pueblos. Falta ahora examinar en sus pormenores, 
su gobierno, sus instituciones y su legislación, pero esto será 
materia de las lecciones sucesivas. 



LECCIÓN DÉCIMA ^ETIMA 



fioliieriio lie los godos en Es|iíii1íi. — La iiioiiar(|iiía. 



Distintas apreciaciones de escuelas y partidos sobre el g-obierno de los godos: opi- 
niones de Marina, Valiente y Seinpere.— Idea g-enerul de la Constitución g-oda: 
partes que la componen.— La monarquía: sus excelencias y ventajas.— Elemen- 
tos que concurrieron á la formación de la monarquía visigoda en España: mo- 
narquía imperial romana: monarquías germánicas: la eltccion y la limitación: 
sus caracteres principales.— Monarquía visigoda: los Ámalos y los Baltos: índole 
y naturaleza de esta monarquía.— A larico y los piimeros reyes godos en España. 
—La monarquía visigoda en tiempo de Leovigildo— Carácter y política de este. 
rey. 



En las lecciones anteriores hemos explicado los hechos que 
precedieron y acompañaron á la invasión de los bárbaros, la 
conducta de éstos, el resultado general de la mezcla de los 
dos pueblos, y la marcha natural que siguió la fusión entre 
godos y españoles. Ahora vamos á descender á la explicación 
detallada del gobierno, de las instituciones y de la legislación 
que entonces se establecieron en España. 

Hasta ahora habiamos marchado por un terreno neutral, 
en el que la verdad se buscaba de buena fé, porque ningún in- 
terés del momento tenía empeño, ni llevaba ventaja en alterar- 
la, pero en lo sucesivo no sucederá lo mismo. La época de que 
vamos á hablar ha sido beneficiada como una rica mina por los 
partidos que dividen á nuestra patria, y todos sin excepción 
han tratado de presentarla bajo el aspecto más favorable á sus 
intereses y opiniones. 



234 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Eü el gobierno de los godos, han visto algunos afectos á las 
ideas liberales, casi el modelo de los gobiernos más populares 
y más libres. Los reyes, según ellos, tenian escasa autoridad 
y gran libertad los subditos, tanto, que faltaba poco á este ré- 
gimen para ser una república. Las Asambleas nacionales ejer- 
cían allí la autoridad legislativa y la soberanía, y los reyes no 
eran más que meros ejecutores de la voluntad general; era, en 
fin, un gobierno como lo hubiera modelado el autor del con- 
trato social, si entonces viviera. Oigamos á los escritores que 
se inspiran en esta tendencia. 

«Los visig^odos, cuya memoria dice Marina (1) será eterna 
en los fastos de nuestra historia, luego que hubieron consoli- 
dado acá en el Occidente del mundo antiguo, la monarquía de 
las Espaüas, cuidaron de dar leyes saludables á los pue'blos, 
de publicar su código civil, cuya autoridad se respetó religio- 
samente en Castilla por continuada serie de generaciones, y de 
organizar su coiistitucion política, asentándola sobre cimientos 
tan firmes y sólidos, que ni la veleidad é inconstancia de los 
cuerpos morales ni el estrépito de las armas y furor de la san- 
grienta guerra sostenida á la continua y con tanta obstinación 
eii estos reinos, ni los tumultos y divisiones intestinas y do- 
mésticas causadas por la ambición de los poderosos, ni las ex- 
traordinarias revokiciones de la monarquía en sus diferentes 
épocas, fueron parte para destruirlas del todo; antes se ha con- 
servado sustancialmente en el fondo casi la misma, y se ha 
perpetuado hasta estos últimos siglos. La jurisprudencia y go- 
bierno gótico, entre muchas circunstancias extraordinarias y 
objetos sumamente interesantes y dignos de meditarse y estu- 
diarse por los españoles, ofrecen señaladamente á la considera- 
ción de los eruditos y sabios tres artículos elementales que por 
su conexión é íntimas relaciones con el gobierno de los reinos 
de León y Castilla, jamás se debieran borrar de la memoria 
de los políticos, jurisconsultos y profesores del derecho espa- 
ñol, ni de los anticuarios que se ocupan en averiguar los orí- 
genes de nuestras instituciones, de nuestra disciplina eclesiás- 



(1) Teoría de las Corles, cap. i, números 8 á H. 



LECCIÓN DÉCIMA SÉTIMA 2)^5 

tica, leg'islacion y costumbres, y las vicisitudes que todos cst^^s 
ramos han experimentado en la sucesión de los si{^'los. Hald;i- 
r(' con la posible brevedad de cada uno de estos artículos fun- 
damentales. «Primero: ]C1 gobierno g*6tico fu(? propiamente y en 
todo rigor un gobierno monárquico, y los reyes gozaron de to- 
das las prerogativas y derechos de la soberanía. Sin embjirgo 
ñid artículo muy considerable, y como el principal elemento de 
su sistema político, el establecimiento de las grandes juntas 
nacionales, convocadas por los soberanos para aconsejarse en 
ellas con sus vasallos, y ventilar libremente y resolver de co- 
mún acuerdo los más arduos y graves negocios del Estado; 
])olítica tomada de los pueblos septentrionales, cuyos prínci- 
pes, según refiere Tácito, deliberaban de las cosas menores, 
pero de las mayores y de gran importancia todos: de minori- 
hiis rehus i^rínciyes consultante de majoridiis omnes. Con efecto, 
desde el piadoso y católico príncipe Recaredo hasta el infeliz 
y desventurado Rodrigo, se celebraron en Toledo, ciudad real 
y corte de estos monarcas, frecuentes congresos y juntas na- 
cionales, las cuales fueron insignes y de grande autoridad y 
fama, así dentro como fuera del reino, ora se consideren con 
respecto ala religión, á los dogmas, á la moral y disciplina 
eclesiástica, ó con relación á los decretos , leyes é institucio- 
nes políticas comprendidas en sus actas, que por dicha se han 
conservado en la mayor parte hasta nuestros dias, y son las 
que conocemos y se publicaron con el nombre de Concilios na- 
cionales. Los reyes godos, así como los de León y Castilla, 
g'ozaban de la regalía de convocarlos j de concurrir en perso- 
na á las sesiones, para autorizarlas con su presencia , para 
hacer la proposición ó proposiciones de los asuntos que so 
hablan de discutir, y de confirmar las leyes y acuerdos conci- 
liares. Los reyes miraron este acto como un derecho de la ma- 
jestad soberana, y como un deber anejo al trono, que procu- 
raron desempeñar con tal puntualidad, que ignoro si hubo 
caso en que viviendo el príncipe reinante se hayan celebrado 
juntas nacionales sin su presencia, salvo en el de enfermedad 
ú otro impedimento legítimo, ó en circunstancias imprevistas 
ó extraordinarias. Cuidaron por lo menos de asistir á la pri- 



236 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

mera sesión, en que tomando el asiento preeminente como 
correspondia á la majestad, pronunciaban una oración ó dis- 
curso enérgico, exponiendo al Cong-reso las causas y objeto de 
su convocación; y en seguida le ofrecían un cuaderno , pliego 
6 memoria en que iban indicados los puntos y materias que se 
habían de examinar y resolver, como se muestra por las actas 
de estas grandes juntas y por lo que practicó Recaredo en el 
Concilio Toledano IIÍ, el primero que se tuvo después de la 
conversión de los godos á la religión católica, y por la alocu- 
ción que el rey Recesvinto hizo en el VIII Concilio de Toledo, 
diciendo: «Aunque el Sumo Hacedor de todas las cosas, en el 
tiempo de mi padre, de gloriosa memoria, me sublimó en esta 
silla real y me hizo participante de la gloria de su reino , mas 
ahora ya que él pasó á la del cielo, la misma Divina Providencia 
me ha sujetado del todo el derecho del reino que mi padre en 
parte me dio. Y así, por hacer digno principio del alto estado en 
que Dios me ha puesto, y porque la buena salud de la cabeza 
es el mejor fundamento para la conservación del cuerpo, y la 
verdadera felicidad de los pueblos es la benignidad y cuidado 
del gobierno en el príncipe, he deseado afectuosamente veros 
juntos en mi presencia, como ahora lo estáis , para declararos 
aquí la suma de mis deseos y determinación en todo mi pro- 
ceder. Mas por no detenerme demasiado me pareció ponerlo 
todo en este breve memorial y darlo á vuestras venerables 
santidades por escrito, pidiendo con instancia y amonestando 
con eficacia se advierta mucho á lo que en mi memorial se 
contiene, y se trate todo con diligencia y cuidado.» Conducta 
que siguieron constantemente los demás príncipes en los Con- 
cilios posteriores; y así se dice en la prefación del Concilio X 
de Toledo, que la costumbre de convocarse los Concilios por 
nuestros reyes era conforme á la santa tradición de nuestros 
padres.» Aunque guiado ya por otro espíritu, decia también 
otro escritor distinguido (1): «España^ bajo la dominación de 
los godos y después que abjuraron éstos el arrianismo, ocu- 
paba el primer puesto entre las naciones. La justicia había 



(1) Por una iudicacion que se halla en el borrador de estos apuntes, debe aludir 
el autor al honrado y distinguido jjubiicista D. José Musso y Valiente. [N. del C.) 



LlOCCION DÉCIMA SKTIMA. 237 

fijado cu ella su «olio, las \c.\c.a so liaciau (íoufviruK; á la vo- 
luntad nacional, y las costumbres eran conformes á las leyes. 
Kn ning'un otro país se mostró Marte tan valiente ni tan sal)ia 
y prudente Minervn. J<]si);iria, en una palabra, era entonces el 
l)araíso de la Igdesia católica.» 

Por el contrario, otros escritores favorables á la ])rerog;ati- 
Aa real y al poder absoluto de los re^^cs, no han visto en la 
monarquía goda más que el poder y esplendor de los reyes, 
en quienes única y exclusivamente residía seg'un ellos toda 
la potestad del Estado. Los condes palatinos y demás proce- 
res, dicen, eran de nombramiento del rey, quien convocaba 
los concilios de Toledo cuando queria, esto sólo deliberaban 
sobre lo que el Rey les proponía, y sin su confirmación nada 
valian sus acuerdos. Hó aquí cómo se explica Sempere, en 
uno de sus accesos de realismo, porque este escritor hablaba 
según la época en que escribía: «Desde la abolición de la 
ley de razas, dice (1), los concilios ó asambleas nacionales no 
fueron ya tan frecuentes ; no se reunían en dias fijos y deter- 
minados por la voluntad general, sino solo cuando los reyes 
los convocaban, loque acontecía muy raramente, porque solo 
se celebraron diez y ocho en los dos siglos que duró esta mo- 
narquía. Tampoco los reyes fueron ya elegidos por toda la 
nación, sino solo por los grandes y por los obispos. El pue- 
blo, ó no asistía, ó no votaba en las asambleas, este derecha 
era ejercido solamente por los prelados y las personas de la 
corte, de los que se llamaban entonces oficio palatino. Las 
dignidades, gobiernos y magistraturas no las conferian las 
asambleas ó concilios, sino los soberanos.» 

Aun hoy mismo, en las cuestiones canónicas que se agitan, 
unos apelan á la monarquía goda para establecer la suprema- 
cía del poder temporal sobre las cosas eclesiásticas haciendo 
casi Papas á nuestros reyes, mientras otros no ven en aquel 
gobierno más que una severa é intolerante teocracia en la que 
los obispos y los concilios eran los verdaderos soberanos hasta 
con facultad de deponer álos mismos reyes. 

(1) IJi.iioire (ks Corlea d^Espar/ne, p. 1". 



238 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Así es que aunque esta época es más conocida general- 
mente que las anteriores, pocas hay másmal apreciadas por 
el interés que ha tenido en desfigurarla el espíritu de partido. 
Yo no me creo exento de este espíritu; cuando en una na- 
ción se agitan grandes intereses, cuando el gobierno del Esta- 
do, su gloria, su felicidad, y las mismas existencias individua- 
les son la diaria materia de grandes debates y contiendas, 
¿quién es el hombre de corazón que no simpatiza más ó menos 
con alguna de las partes contendientes? Es imposible no in- 
clinarse á an lado más que á otro, no desear que prevalezcan 
unas ideas sobre otras. En el fondo de su alma desean todos 
los hombres de convicción y patriotismo el triunfo de uno de 
los sistemas, de aquel que les parece mejor ó menos malo. Si 
muchos lo disimulan ó lo niegan es que creen hallar en ello 
su provecho, es que no tienen valor para confesarlo, ó que son 
indiferentes al bien del Estado. Así, pues, yo mismo creo que 
al juzgar y apreciar las instituciones de nuestra patria, se me 
presentarán á veces á través del prisma de mis opiniones par- 
ticulares, á pesar de los esfuerzos que he hecho siempre para 
estudiar, la historia con imparcialidad. Para evitar esto, fuerza 
será apelar á otros medios que afiancen más la imparcialidad 
de mis explicaciones, y estos serán principalmente la presen- 
tación de los hechos en los textos originales, en las fuentes, y 
en los documentos tanto históricos como legales de este perío- 
do. Yo conozco que estas lecturas fatigan, pero creo que son 
el medio único de presentar la verdad y de que cada uno se 
forme ideas propias de los sucesos y. de las instituciones. 

Hechas estas advertencias , vamos ahora á tratar del go- 
bierno de los godos, dando antes una idea general de su cons- 
titución en los últimos tiempos de su historia y descendiendo 
después al pormenor de cada una de sus partes. 

En el gobierno supremo de la monarquía goda, dejando á 
parte el de las ciudades, en el que me ocuparé por separado, 
divisamos desde luego, y fijándonos en sus últimos tiempos, 
las instituciones fundamentales siguientes. Un rey electivo, y 
como consecuencia precisa, una asamblea de electores; los 
grandes funcionarios públicos, conocidos con el nombre de 



LECCIÓN DIÓCIMA SKTIMA 2.*)í> 

ojíelo j)al(tUno^ nombre y oficio tonuulos del re'í^-imeii iinpíü-iul 
Koniano , así como los duces y comités do ig-ual procedencia y 
origen; los concilios nacionales, supuesto que en una ú otra 
forma es indudable que intervenían (íii las cosas civiles y tem- 
porales, y daban leyes do gran trascendencia en el Estado; y 
por último, la Iglesia, representada por los obispos que com- 
ponían los concilios, y les daban la fuerza y autoridad de que 
gozaban. De modo que desde luego podemos afirmar sin temor 
de equivocarnos, que el gobierno de los godos en España, era 
una monarquía electiva, mezclada y templada más ó mdnos, 
con la aristocracia civil y militar , y con la eclesiástica. Dcs- 
pue's examinaremos si lo que hoy se llama democracia, ó pue- 
blo tenía alguna parte en el gobierno. Ahora nos falta, dar una 
idea más circunstanciada, de la importancia de cada uno de (-s- 
tos elementos, y de su influencia en la combinación general 
del gobierno, es decir, usando del lenguaje moderno, en la 
constitución política de la monarquía, según las diversas fases 
de su desarrollo histórico, porque no debemos olvidar que de 
historia y no de otra cosa estamos hablando. 

Al examinar, pues , esta Constitución , lo primero que se 
presenta y descuella es la monarquía, el trono, ó como ahora 
decimos, la corona, la dignidad real. 

La monarquía ha representado siempre un gran papel en 
la historia, no solo de nuestra patria, sino en la de Europa y 
del mundo entero. Adonde quiera que volvamos los ojos lave- 
mos establecida ó próxima á establecerse. El temor, la pre- 
ocupación constante de todos los gobiernos no monárquicos, 
es el de creer siempre que van á ser sustituidos por la monar- 
quía. ¿En qué consiste la generalidad de esta institución, y el 
instinto que hace conocer, que nacerá allí donde no existe? 
Espíritus frivolos y superficiales lo han achacado á causas 
mezquinas, como la ambición personal, la fuerza, la corrup- 
ción, pero necesario es que haya para este hecho tan notable 
y general alguna otra razón que este más en el fondo de las 
cosas, preciso es, como observa Mr. Guizot, que tenga alguna 
grande analogía, ó con la naturaleza del hombre individual, ó 
con la naturaleza de la sociedad humana. 



240 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Como esta institución es de todos los tiempos y países, ha 
afectado siempre cualidades acomodadas á ellos , y su índole y 
naturaleza ha estado en armonía con las sociedades que regia, 
conservando su forma exterior siempre la misma, siempre tan 
natural y sencilla. La monarquía en general, puede decirse 
que es la personificación del poder social, que es la soberanía, 
es decir, el poder de derecho encarnado ó hecho hombre. Así, 
pues, según sea la sociedad, así será la monarquía que la 
representa, unas veces bárbara y guerrera, otras pacífica y 
culta; siempre acomodándose á todas las situaciones por dife- 
rentes que sean, siempre mezclándose con todos los siste- 
mas, con el teocrático, con el aristocrático, con el feudal, y 
por ííltimo, con el democrático. La palabra rey ó monarquía, 
representa por lo mismo casi siempre una idea diversa, y no 
hay juicios más errados que los que se forman aplicando á 
tiempos diferentes la idea actual de las cosas que tienen el 
mismo nombre; si al hablar de los reyes godos no prescindi- 
mos de la idea actual que damos á la palabra rey, jamás po- 
dremos formarnos una idea de aquella monarquía. Esta idea es 
preciso buscarla en los hechos. 

En efecto, á poco que se reflexione sobre los hechos que 
llevamos expuestos, observaremos, que la monarquía goda en- 
tre nosotros, ha debido formarse de los mismos elementos que 
la sociedad y sus instituciones, es decir del elemento germá- 
nico, del romano j del católico. De las ideas que de la monar- 
quía imperial romana tenian los españoles, y de las que de sus 
monarquías germánicas tenian los godos ha debido nacer la 
nueva monarquía, modificada por las ideas cristianas acerca 
de la potestad real ó social. 

Si recordamos nuestras anteriores explicaciones, tendremos 
presente que la monarquía imperial representaba la legación 
del Senado y del pueblo romano, que todas las facultades 
que éste originariamente tenia y depositaba 6 delegaba en 
sus funcionarios, se suponia que hablan sido delegadas por 
la Lex Regia^ entie'ndase como quiera esta ley, en los empera- 
dores, consistiendo por lo tanto, la legitimidad del poder de 
óstos, en aquélla delegación. Sin embargo, desde Constantino 



LE(X!I0N DÉCIMA SKTIMA 241- 

lia])¡an empezado los cmpcradoros, á mirar su jjodcr como do 
oríg'on más elevado, sej^'iin la g'rande idea del cristianismo f|U(í 
establece, que la sociedad, el pod,er social en sí mismo no es 
obra de los hombres, sino de oríg-en superior ó divino. 

Los g;ermanos á su vez tenian otra idea de la monarquía: 
un rey entre i^Uos no era otra cosa que la i)ersona eleg-ida por 
las tribus ó por sus caudillos, para regirlos y mandarlos en 
sus g-uerras y espediciones. Así, pues, la elección era el carác- 
ter distintivo de las monarquías germánicas, á diferencia de 
los emperadores romanos, que nunca fueron hijos de una ver- 
dadera elección, sino de la designación del mismo emperador, 
6 de las sublevaciones militares. Si alguna vez eligió el Sena- 
do los emperadores, fué más bien de un modo extraordinario, 
que por el uso de un derecho reconocido. Los germanos según 
Tácito, tomaban sus reyes de las familias nobles, á diferencia 
de los otros caudillos "que los elegían por sus cualidades per- 
sonales. Reges ex noHlltate^ Diices ex virtute siimumt, descu- 
briéndose en esto, un germen de régimen hereditario, que en 
España sin embargo, permaneció por mucho tiempo oculto. 
A diferencia de la monarquía imperial que era absoluta, la 
germánica era limitada y circunscrita^ nec regihus inünita aut 
liberado tes tas; este límite suponía otro poder y tal era en efec- 
to la junta ó asamblea nacional, el ConciUum en el que se 
ventilaban y decidían los asuntos principales , de minorihus 
rel)us Príncipes consultant de majoribus omnes . Así, pues, la 
elección y la limitación en el poder, eran los dos caracteres 
distintivos y generales de las monarquías germánicas. 

Los godos estaban comprendidos en esta ley general. Al 
principio y antes de la reunión de las razas tenian sólo caudi- 
llos ó jefes de cada una de ellas, y sólo cuando formaron un 
cuerpo de nación tuvieron reyes; así lo testifica San Isidoro, 
cuando dice j;^r midta quilpe o'etro sécula ducibnsusi siínt,i)ostea 
regibwi. Después, cuando se hallaban establecidos al otro lado 
del Danubio, salían sus reyes de dos familias reales, al parecer 
€ibezas de dos grandes parcialidades , los Ámalos y los Bal^ 
thos. Así al levantarse los godos contra los romaaos, después 
de la muerte del gran Teodosio, eligieron rey á Alarico de la 

16 



242 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

familia de los Balthos, y después á su yerno Ataúlfo en Cosen- 
za, á Walia en Barcelona, y á los llamados reyes de Tolosa en 
esta ciudad. Sin embargo, la autoridad real, que era ya mayor 
entre los godos que entre los francos y las demás tribus germá- 
nicas, se fué sucesivamente aumentando, ya por las causas 
generales que produjeron este resultado en las demás naciones 
sometidas á los bárbaros, como por el empeño especial que 
pusieron los reyes godos, en s(3r en lo posible, los continuado- 
res de los emperadores romanos. Teodorico, el. célebre rey de 
los godos orientales ú ostrogodos, adoptó francamente este ca- 
mino en Italia, sustituyéndose en un todo en lugar del empe- 
rador, dejando subsistente la misma administración del impe- 
rio, y rigiendo por un común derecho á godos y á romanos. 

En España, los visigodos no pudieron obrar tan á las cla- 
ras; el romanismo de Ataúlfo le habia costado la vida y todo 
indica que habia entre ellos un gran partido contrario á los ro- 
manos y á sus costumbres. Sin embargo, el pueblo vencido 
veria, naturalmente en el rey godo, el sucesor de los derechos 
del Emperador, y el rey, por su parte, llevaba en ello dema- 
siadas ventajas, para no secundar esta idea que al fín y al cabo 
tenia que prevalecer en gran parte. Pero esto no se verificó 
sino lentamente, y á través de grandes revoluciones y trastor- 
nos, que manifestaron lo mismo entre nosotros, como en el Im- 
perio romano, y en otras naciones, lo difícil que es, erigir un 
poder público aclamado y venerado por todos, cuando el res- 
peto tradicional no le engrandece, y cuando instituciones se- 
cundarias, sabiamente combinadas, no le sostienen y apoyan. 

Descendamos ahora á los hechos particulares que la histo- 
ria cons'gna, que ellos son más elocuentes que cuanto yo pu- 
diera añadir, para comprender la índole y naturaleza de la mo- 
narquía visigoda en España. 

Alarico y los primeros reyes de los godos, desde su suble- 
vación contra los romanos, más bien que jefes ó magistrados 
civiles, eran los generales ó caudillos militares de una nación 
que entonces sólo se ocupaba en combatir. Apoyados eo los 
principales jefes de su ejército, que los habian elevado libre- 
mente al mando, su autoridad dependia, en gran parte, de sus 



LECCIÓN DÉCIMA SKTIMA 243 

cualidades personales; i)cro debía ser necesarianicntc extensa, 
como lo era entre las tribus g-ermánicas, el jefe ó rey, en tiein- 
1)0 (le g-uerra. Ahora, cuando los g'odos se fijaron en las Gallas 
y en España, y comenzaron á diseminarse en el país y 5i per- 
der, en cierto modo, la org-anizacion g'uerrera, todo debió nece- 
sariamente cambiar . V]\ poder real quedaba disminuido entre 
los górmanos en tiemi)o de paz, y la nueva situación en medio 
de pueblos enemig-os, aunque sometidos, aumentaba los obstá- 
culos y no permitía ejercer autoridad estable y duradera. 

El trono, en este estado, era un puesto tan peligroso como 
el del Imperio en tiempo de la anarquía de los pretorianos, y 
quizá por causas análogas ó semejantes, servia de escalón para 
el cadalso. Los reyes godos, al ser elegidos, podian exclamar 
como los gladiadores romanos en el circo, moríturi te salutant. 
En efecto; Ataúlfo, sucesor de Alarico, fué destronado y muer- 
to en Barcelona por una conspiración, y Sigerico, que le su- 
cedió, tuvo el mismo fin, álos ocho dias de su elección. Valía, 
en cambio que siguió despue's, ilustrado por sus grandes vic- 
torias contra los bárbaros y por su g-ran talento militar y po- 
lítico, no sólo escapó á la suerte de sus antecesores, sino que 
logró dejar el mando á su más inmediato pariente Teodoredo, 
comenzando á establecer una especie de familia real que des- 
graciadamente desapareció bien pronto. Pereció Teodoredo en 
la batalla de los campos cataláunicos contra Atila, sucedién- 
dole su hijo Turismundo, destronado y muerto por su herma- 
no Teodorico, que á su vez tuvo la misma suerte, á manos de 
su otro hermano el célebre E úrico. Este rey ilustre y poderoso 
con sus victorias, primer legislador de los visigodos, y el pri- 
mero también, que empezó á mandar en España en nombre 
propio, y no de los romanos, reinó pacíficamente y dejó el tro- 
no á su hijo Alarico, que murió en la célebre batalla de Poi- 
tiers contra Clodoveo y los Francos. 

Ya en este tiempo valia tanto el derecho de familia, que el 
trono fué disputado entre un hijo bastardo de Alarico llamado 
Gesaleicoy otro legítimo, pero niño de corta edad, Amalarico. 
Gesaleico prevaleció por el pronto, pero auxiliado Amalarico 
por su abuelo, el célebre Teodorico rey de los ostrogodos que 



244 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

mandaba, como hemos dicho, en Italia, fué Gesaleico destro- 
nado y muerto, y declarado sucesor Amalarico, aunque mien- 
tras estuvo en la menor edad reinó su abuelo Teodorico por 
medio de sus lug^artenientes. 

Muerto luego Amalarico á manos de sus soldados, en él 
acaba la familia real fundada por Teodoredo, convirtiéndose 
desde entonces todo en la mayor anarquía. Teudis, el sucesor 
de Amalarico muere asesinado; Teudiselo que le reemplaza, 
es destronado y muerto en una conspiración; Ag-ila, nombrado 
en seguida, se vio envuelto en guerras civiles y es por último 
asesinado también por sus soldados; i^tanag'ildo, jefe del par- 
tido dominante que se habia unido con las tropas del Empera- 
dor Justiniano, cediéndoles parte de la España, le sucede y á 
su muerte, que esta vez fué natural, quedó el Gobierno en una 
anarquía tal, que durante seis meses estuvo vacante el trono 
por falta de acuerdo entre los electores. 

De modo que de los catorce reyes que sucedieron al famo- 
so Alarico, nueve fueron destronados y muertos por conspira- 
ciones intestinas, dos murieron en guerras con los extranje- 
ros, y sólo tres, Valía, Eurico y Atanagildo, lograron morir en 
el trono. 

Los historiadores de estos tiempos son lacónicos y descien-^ 
den á pocos pormenores, pero tampoco son éstos necesarios, 
pues los hechos que hemos apuntado, revelan por sí solos la 
anarquía, la disolución social, los horrores que necesariamen- 
te habrian de acompañarlos. Parecia haberse reproducido la 
anarquía del tiempo de los pretorianos, y ocupada la España 
oriental por sus antiguos dueños, los imperiales, que acababan 
de destruir el reino de los vándalos en África, y alzándose por 
todas partes los naturales contra los godos, ó éstos tenían que 
sucumbir, ó tenia que aparecer en la escena un hombre supe- 
rior, que supiese hacer frente á la situación, dando fuerza y vi- 
gor al poder real y consistencia al trono, un hombre que fuese 
el Diocleciano, que acabase con esta nueva anarquía militar. 

Este hombre se presentó, por fin, en el célebre Leovigildo, 
quien con su hijo Recaredo, fué el verdadero fundador de la 
monarquía goda, pues antes los reyes eran solo los jefes de 



LECCIÓN DÉCIMA SKTIMA 245 

tribus iiulisc¡])lin!i(Ias y •^•uerroras. Su advenimiento al poder 8c 
marca ya por un hecho notable: su hermano, el rey Liuva, su- 
(íesor de Atanagildo, á ejemplo de los cmjjoradorrs romanos, 
le asocia al mando y le encarg-a el g'obierno (1(í Plspaña (pi(;- 
dándose Liuva con el de las Galias. San Isidoro no ])uede me- 
nos de manifestar la extrañeza que le causa este suceso, sic 
regmim diios cepií diim milla jpoíestas consoríis sit, y todos con- 
vienen en que este acto de resolución fué obra del mismo Lco- 
vigildo, y no de Liuva, á quien se pinta generalmente como 
hombre de ánimo apocado. 

Heredero de allí á poco tiempo de todo el reino por la muer- 
te de su hermano, somete Leovigildo á los pueblos que aún 
eran libres en España, contiene á los imperiales, incorpora á 
la corona el reino de los suevos, y extiende de este modo la do- 
minación goda en España, que antes de é\, como hemos vis- 
to, decia San Isidoro, aiigmtis itnihus arctabatur. Ilustrado su 
poder y su nombre con tantas victorias, trata de dar solidez y 
esplendor al trono de los godos; fijó para ello la corte perma- 
nentemente en Toledo, y dio una capital cierta á su reino, 
acontecimiento siempre importante en la vida de las naciones; 
exornó el primero su persona con pompa y vestiduras reales, 
y se sentó en las Asambleas públicas en solio regio, siendo 
así que hasta entonces los rej'es vestian como los demás del 
pueblo y se sentaban en común con él; aumentó el fisco y el 
erario, creándose un tesoro que le sirviese para todas sus em- 
presas; mandó por primera vez entre los reyes godos acuñar 
monedas, haciéndose representar en ellas con la corona en la 
cabeza (I), y reformó la legislación goda de Eurico, acomo- 
dándola como era natural al nuevo orden de cosas que esta- 
blecia. Hallando después un gran obstáculo á sus ideas en la 
diversidad de religión de sus subditos, quiso suprimirle, y 
para ello hace adoptar en un sínodo de obispos, una especie 
de acomodamiento entre el arrianismo v el catolicismo, acomo- 
damiento funesto para éste, pues según el Biclarense, iban á 



(1) Una moneda de Liuva que í=e conoce, además de ser so?ppchusa según Flo- 
roz, pu':;de ser de! tiempo en que estaba asociado al mando con Leovig-ildo. 



246 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

parar muchos católicos por este caraÍDO al arriaaismo; i)er lianc 
seductionem plurimi nostrormn in A.rianwm dogma declivant, 
Pero en esta empresa tuvo que sucumbir completamente des- 
pués de los mayores esfuerzos. Por último, queriendo perpe- 
tuar el poder en su familia, se asocia al mando, y declara por 
sucesores suyos, á sus dos hijos Hermenegildo, y Recaredo, 
aspirando ya á perpetuar el procedimiento de las asociaciones, 
que remediaban en parte los inconvenientes de la monarquía 
electiva. 

Estas graves alteraciones, en una nación tan celosa de sus 
costumbres y libertades, debieron suscitar grandes oposicio- 
nes, pero Leovigildo las venció todas con la energía y cruel- 
dad de su carácter: así dio muerte y desterró, confiscándoles 
los bienes, á los varones de más poder e influencia entre los 
godos, qíioscitmque nobíUssimos ac ]jotentissimos vidil, aut capí- 
te trimcavit, aut of^ihus aMatís p'oscri])sity et proscriptos in exi- 
Umn missit. Y finalmente, hallando oposición en su mismo hi- 
jo Hermenegildo á sus proyectos religiosos, no se detuvo tam- 
poco, y le hizo morir también, como es sabido. 

Tal fué, señores, el hombre que entre los godos cambió 
sustancialmente las cosas del gobierno, y dio fuerza y solidez 
á la dignidad Real 

Una gran dificultad, sin embargo, quedó por resolver, la 
de la religión, y ésta quedó reservada, como veremos en la 
lección sucesiva, á su hijo Recaredo. 



^?6s3=^* 



LECCIÓN DÉCIMA OCTAVA 



La MoMi'íiiiía visigoda j fl Caiolicisiiiti. 



"Necesidad de que la monarquía se hiciese nacional.— Obstáculos que lo impedían; 
la resistencia de la raza vencida y la diversidad de religión. — Fuerza social y 
política del catolicismo en España.— Dificultades que esto produce á Leovig-ildo. 
—Conversión de Recaredo; ventajas que de ella reportó la monarquía visigoda. 
—Narración de este suceso según los escritores coetáneos.— Concilio ni de To- 
ledo: discurso del rey: profesión de fé: homilía de San Leandro.— Reyes godos 
sucesivos: apoyo que recibieron de los Concilios.— Sisenando y el Ponlificale 
Dccretum.—ülümos reyes godos. 



Hemos visto que Leovigñldo con sus innovaciones, aumentó 
el poder real entre los godos , es decir, que el pueblo domi- 
nante logTÓ constituirse vigorosa y sólidamente bajo un trono 
fuerte y respetado; pero respecto á la masa de la nación espa- 
ñola, la monarquía seguía siendo parcial y tiránica, de raza y 
de privilegio. Habia, pues, aún un gran paso que dar, un gran 
progreso que llevar á cabo, el de hacer á la monarquía nacio- 
nal, y que el trono fuese así, la fuerza y el amparo, no de una 
raza, sino de las dos razas, no de una casta, sino de la nación 
toda. Esta era la tendencia general de la monarquía en toda 
Europa, porque esta tendencia estaba, en la naturaleza é índo- 
le de este poder, y en sus mismos intereses, pero era repugna- 
da por la nobleza ó aristocracia germánica, que tenía interés 
en ser privilegiada, respecto de la nación vencida. Así, pues, 
cada paso que daba la monarquía, era un paso hacia la nacio- 
nalidad, hacia la imparcialidad y la justicia en el gobierno. 



248 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Pero además de los celos de la raza y aristocracia goda 6 
germánica, habia otro grande obstáculo, la diversidad de reli- 
gión, obstáculo mayor en nuestra patria que en otros países. 
En efecto, la religión católica estaba en España muy arraiga- 
da y sostenida, por el gran mérito y saber de los obispos es- 
pañoles, los Osios, Leandros, Fulgencios, Eugenios, Isidoros, 
y Julianes. Además, la tardanza de los godos en convertirse 
habia dado mayor influencia á los obispos , la nación españo- 
la, como ya he dicho, se habia agrupado al rededor de ellos, 
habia seguido sus consejos, los habia ella misma elevado á su 
dignidad , en una palabra, la nación vencida se había organi- 
zado en Iglesia, y tenía una fuerza mucho mayor, que si el ca- 
tolicismo fuese sólo una creencia individual. Las circunstan- 
cias exteriores venian á aumentar lo natural de esta situación. 
Los españoles se ligaban fácilmente y se pasaban á los impe- 
riales, á los francos, á los suevos, á los españoles aun indepen- 
dientes, todos católicos y todos enemigos de los godos, que 
eran mirados y detestados como herejes. Esto aumentaba los 
recelos y los odios entre los dos pueblos separados ya por 
tantos motivos. 

Leovigildo conoció estos inconvenientes, que se oponían á 
su g^ran plan, de dar unidad y consistencia á la nación, y fuer- 
za y estabilidad al trono, y trató de superarlos. Al efecto, sos- 
tuvo guerras con los imperiales católicos, con los suevos, á 
quienes somete, con los españoles independientes, á quienes 
también vence, persiguiendo también al mismo tiempo á los 
católicos , bajo diferentes pretextos. Pero quedaba siempre en 
pié la principal dificultad, la diversidad de religión. 

Tres medios ó caminos habia para vencer este obstáculo,- 
que los españoles adoptaran el arrianismo, y esto hubiera sido, 
aun humanamente hablando , un gran mal para ellos , ven- 
cidos hasta en eso, y privados de su natural dirección y pro- 
tección, la de los obispos católicos; que los godos se hicieraii 
católicos, y esto era reconocer en cierto modo, la supremacía 
del vencido, elevar la importancia ya grande del episcopado,. 
y sancionar la ruina ó abolición de los privilegios de hi raza 
dominante, lo que debia ser á ésta muy duro; ó que se adop- 



I.ECX'ION DÉCIMA OCTAVA 24Í) 

taso un t(5riiiiiio medio que, conciliaiido los extremos, no al- 
terase sustaiicialmente las relaciones de los dos puel)los. VA 
])rimer medio era imposible, i)or las causas ya dichas, y así 
lo reconoció el mismo Leovig-ildo; el seg'undo, no era comjja- 
tiblo , con el <;'enio violento é imperioso del monarca g'odo, 
acostumbrado á doblegar á su voluntad, todas las resistencias, 
y presentaba realmente bastantes obstáculos políticos; Leovi- 
gildo adoptó entonces el tercero, el tórmino medio. Kl arria- 
nismo, pues, transig-ia, el arrianismo estaba ya medio vencido. 
Pero la dificulcad subsistía, era preciso vencerla, y la ven- 
ció Recaredo. Este sucedió á su padre en virtud de la asocia- 
ción al mando, y dio mayor fuerza y poder al trono, con su 
conversión y la de los godos á la religión católica, es decir, á 
la religión del pueblo español. En otra ocasión examiiiaremos 
las grandes consecuencias de este suceso, bajo todos sus as- 
pectos, ahora sólo nos limitaremos á la influencia que ejerció 
sobre la autoridad real. El pueblo vencido, tan influyente y 
numeroso, representado por los obispos, y que antes se ligaba 
con los francos y los imperiales católicos, apoya desde enton- 
ces decididamente al poder real, contra las rebeliones á que 
eran tan aficionados los godos, invoca la religión en su apo- 
yo, y comienzan los concilios á excomulgar á los conspirado- 
res contra los reyes, como después veremos. Leovigildo había 
creado un trono para los godos ó pueblo dominante, Recaredo 
y los obispos le convirtieron en un trono nacional; el rey na 
era solamente el jefe de los godos, sino de todos los españoles. 
Así, los que han dicho que la monarquía española fué obra de 
los obispos, dijeron una gran verdad, porque ellos fueron los 
que del jefe militar de un ejército invasor, hicieron un rey ó 
jefe común de la nación dominante y de la dominada, y los 
que hicieron también santo y respetable al representante del 
poder público. La solemnidad con que se verificaron estas im- 
portantes transacciones óorrespondió á su importancia. 

En efecto, convencidos Recaredo, y los principales de los 
godos de la necesidad de adoptar la religión católica, al poco 
tiempo de subir éste al trono, convoca á los señores de palacio, 
y á los obispos Arríanos, y después de varias conferencias se 



250 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

deciden á adoptar la religñon cat(5lica. Hé aquí cómo el abad 
Juan el Biclarense da cuenta en su estilo conciso, de este su- 
ceso: «En el octavo año del emperador Mauricio, cuarto del rei- 
nado de Recaredo, dice, se reunió por orden de este príncipe 
en la ciudad de Toledo, santo concilio, de los obispos de toda 
España, Galia y Galicia, en número de sesenta y dos. Allí se 
presentó el cristianísimo Recaredo, entregando á los obispos, 
el tomo referente á su conversión, y á la de todos los sacerdo- 
dotes y gente goda; su confesión escrita de su mano, y todo 
lo demás perteneciente á la profesión ortodoxa de la fé católi- 
ca; cuyo tomo mandó el santo Sínodo que se añadiese á las 
disposiciones canónicas: siendo San Leandro obispo de Sevi- 
lla y el beatísimo Eutropio abad del monasterio servitano, los 
que tomaron más parte en todo este asunto en el concilio. Así, 
en este santo toledano Sínodo , tras largas mortandades de 
católicos, y sufrimientos de inocentes, quedó, merced á Reca- 
redo, extirpada de raíz la perfidia arriana, para que no vuelva 
nunca á renacer ni á turbar la paz de la iglesia católica, á la 
que habia afligido por espacio de 2<"»6 años» (1). 

En más pormenores entra, aunque tal vez con menos 
exactitud y crítica, el célebre Gregorio de Tours, el inculto 
historiador de los francos: «En este tiempo, escribe, Recaredo, 
rey de España, herido j)or la gracia divina, reunió á los obis- 
pos arríanos, y les dijo: «¿Aquó tan incesantes disputas entre 
» vosotros y los sacerdotes que se llaman católicos? ¿Por qué no 
»acreditais vuestra fé con milagros como hacen ellos? Reunios 
»ambos, y discutid unos y otros vuestras respectivas creencias, 
»á fin de que conozcamos cuáles son las verdaderas, pues ó ellos 
»sc rendirán á vuestras razones y creerán lo que vosotros de- 
»cis, ó vosotros reconoceréis que la verdad está con ellos, y 
»creereis lo que nos predican.» Así se hizo: los obispos de los 
dos partidos se reunieron; los heterodoxos presentaron las pro- 
posiciones contenidas en las doctrinas de varios de ellos que 
ya hemos mencionado. A. su vez los obispos de nuestra religión 
les opusieron aquellas razones, con las cuales ya hemos visto 

(1) J. Biclar. Chron , España Sagrada, t. 6", pág. 886. 



LECCIÓN DKCIAIA OCTAVA 20 1 

011 los libros anteriores, vencida varias vccíís la Jicreg-ía. 101 rey 
notaba sobre todo que los obispos d(; los heterodoxos no liaciaii 
ning'una cura niilag-rosa en los enfermos, como habian hecho 
antes los católicos... líntónccs Recaredo llain(> de nuevo á los 
sacerdotes del Señor, y después de haber examinado su doc- 
trina, reconoció que habia un Dios único, que debia ser adora- 
do bajo la distinción de lastres personas Padre, Hijo y Espíri- 
tu Santo, siendo el Hijo igual al Padre y al Espíritu Santo, 
y el Espíritu Santo igual al Padre y al Hijo, verdadero Dios 
compuesto de una Trinidad por igual omnipotente y verdade- 
ra. Habiendo así recibido Recaredo, la inteligencia de la ver- 
dad, dejó á un lado toda discusión, se sometió á la fé católica, 
recibió la señal de la Santa Cruz y la Unción del oleo santo, 
y creyó en Nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, igual á 
su Padre y al Espíritu Santo, y que reina con ellos por los 
siglos de los siglos. En seguida envió á la Narbonense men- 
sajeros que contando á los pueblos lo que habia hecho, con- 
gregaron á todos en la comunión de una misma fé» (1). 

Pero esta conversión se habia hecho sin contar de un modo 
ostensible con la Iglesia establecida, y con la nació© á cuya 
cabeza estaba en cierta manera, y era necesario hacer la abju- 
ración en sus manos, y celebrar con ella el pacto solemne de 
unioQ. Era, en una palabra, preciso que la Iglesia y la nación 
vencida, admitiese en su seno y comunión á la nación vence- 
dora. [Cuánta trascendencia no debia tener un acto, producto 
de semejante situación! La Iglesia española celebraba sus 
asambleas ó Concilios, en losque entendía, en las cosas de 
su gobierno y régimen, con aquella grande extensión, que la 
autoridad eclesiástica tiene precisión de tomar, cuando el po- 
der temporal le es hostil y enemigo. Estos Concilios eran las 
asambleas de la nación vencida, donde se reunían sus jefes 
los obispos. Y á esta Asamblea, que á la vez representaba á 
la Iglesia, y á la nación vencida, era adonde. los godos, debian 
ir á abjurar sus errores, á pedir ser admitidos en su gremio, 
y á fundirse con los demás miembros de la Iglesia. 



U) Greg-or. Turón. Lib. ix, § xv. 



252 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Al efecto se convoca el Concilio III de Toledo, al que con- 
curren sesenta y dos obispos de España y de la Galia goda. 
El primer dia de su reunión lee el rey un discurso y es reci- 
bido con aclamaciones. Se imponen tres dias de ayuno, al 
cabo de ellos se presenta el rey de nuevo y dice : «Creo que 
no se oculta á vuestra santidad, cuánto ha padecido España, 
bajo la herejía de los arrianos, y que á los pocos dias de la 
muerte de mi padre, habéis sabido que nos hemos asociado á 
la fé de la Santa Iglesia católica, en lo que juzgo habréis te- 
nido un grande y profundo júbilo. Para aumentarlo, pues, ve- 
nerandos sacerdotes, hemos mandado congregar este santo 
sínodo... Pero todo cuanto respecto á la fe' pudiera deciros de 
palabra, lo veréis escrito y ordenado en este tomo que os en- 
trego.» Recibido el tomo por los obispos, un notario le leyó en 
alta voz; en él habla el rey de su conversión, de los testimo- 
nios de la Escritura, que condenan á Arrio, y de la conversión 
á que atrajo, á los godos, y á los suevos. «Por lo tanto, padres 
santísimos, añade, estas nobilísimas naciones que he ganado 
para Dios, las ofrezco al mismo, como un santo y aceptable 
sacrificiof por vuestras venerables manos. Fué cuidado nues- 
tro por concesión divina traer estos pueblos á la unidad de la 
Iglesia de Jesucristo: séalo asimismo de vuestra docilidad 
instruirlos en los dogmas católicos.» Acogido este discurso con 
grandes aclamaciones, uno de los obispos, san Leandro quizá, 
se dirigió á los obispos, prelados, religiosos, y principalmente 
á los arrianos, majares natu ex Jieresi arrianos conversos^ y les 
invitó á que expresasen la fé que profesaban y los errores que 
condenaban. Siguióse á esto, la contestación y profesión de 
fé, de los obispos, presbíteros y magnates godos, que reite- 
raron sus abjuraciones suscribiendo la condenación de la he- 
rejía arriana. El rey Recaredo volvió entonces á hablar, cele- 
brando el hecho de la conversión, y encomendando á los obis- 
pos la reforma y ordenación de la disciplina eclesiástica, lo 
cual ellos cumplieron formulando veintitrés cánones, inser- 
tos, á continuación del discurso del rey, en las actas concilia- 
res. San Leandro cerró el Concilio con una elocuentísima ho- 
milía, de la que hace á nuestro propósito transcribir los princi- 



T.KCCIOX DKflMA OPTA VA 251^ 

pales pasajes. «La novedad misma de. la ])resente fiesta (decJa 
el metropolitano de Sevilla) indiea que es la más soleiniie de 
todas... Nueva es la conversión de tantas ^'entíís, y si (mi las 
demás festividades que la Ig-lesia eelel)ra nos reg-ocijamos por 
los bienes ya adquiridos , aquí por el tesoro iiuistimable que 
acabamos de recog'er; nuevos pueblos han uncido de repente 
para la Iglesia; los que antes nos atribulal)an con su dureza, 
ahora nos consuelan con su f(^ Ocasión de nuestro g-ozo ac- 
tual fué la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimian 
y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que an- 
tes eran peso para nuestros hombros,, se hayan trocado por su 
conversión en corona nuestra... Extiéndese la Iglesia católica 
por todo el mundo; constituyese por la sociedad de todas las 
gentes... A ella pueden aplicárselas palabras divinas: «MvMm 
fdice congregaverimt divitías, tu vero siipergressa es universas...» 
Ale'grate y reg-ocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate, 
formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llé- 
nate de júbilo, porque sus tristezas se han convertido en gozo, 
Y en paños de alegría tus hábitos de dolor. Con tus peligros 
medras, con la persecución creces: y es tu Esposo tan cle- 
mente, que nunca permite que seas depredada sin que te resti- 
tuyan con creces la presa y conquista para ti tus propios ene- 
migos... No llores, no te aflijas, porque temporalmente se 
apartaron de ti algunos, que hoy recobras con gran aumento. 
Ten esperanza y fé robusta, y verás cumplido lo que fué pro- 
mesa. Puesto que dice la verdad evangélica: «Oportebat Chris- 
tmn mori 'pro gente et non tantiim 'pro gente ^ sed titfiUos Dei qui 
erantdispersi^ congregar et in itmim...» Sabiendo la Iglesia por 
los vaticinios de los profetas, por los oráculos evangélicos, por 
los documentos apostólicos, cuan dulce sea la caridad, cuan 
deleitable la unión, nada predica sino la concordia de las gen- 
fes, por nada suspira sino por la unidad de los pueblos, nada 
siembra sino.bienes de paz y caridad. Regocíjate, pues, en el 
Señor, por que has logrado tu deseo y produces los frutos que 
por tanto tiempo, entre gemido y oración , concebiste; y des- 
pués de hielos; de lluvias, de nieves, contemplas en dulce pri- 
mavera los campos cubiertos de ñores y pendientes de la vid 



254 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

los racimos... Lo que dijo el Señor: «Otras ovejas tengo que no 
so lo ele este redil ^ y conviene que entren en él ^ara que haya ima 
(jrey sola y un solo pas tor ,» y^ lo veis cumplido. ¿Cómo dudar 
que todo el mundo habrá de convertirse á Cristo y entrar en 
una sola Ig4esia? «PrcBcíicatur hoc Evangeliiim regni in universo 
orbe, in testimonium ómnibus gentihus...y> La caridad juntará á 
ios que separó la discordia de lenguas... No habrá parte algu- 
na del orbe ni gente bárbara adonde no llegue la luz de Cris- 
to... ¡Un solo corazón, una alma sola!... De un hombre proce- 
dió todo el linaje humano^ para que pensase lo mismo y ama- 
se y siguiese la unidad... De esta Iglesia vaticinaba el profeta 
diciendo: «Mi casa se llamará casa de oración para todas las 
gentes, y será edificada en los 'postreros dias la casa del Señor en 
la cumbre de los montes, y se levantará sobre los collados , y van- 
arán á ella muchos ^meblos, y dirán: Vetiid, subamos al monte 
del Señor y á la casa del Dios de Jacob.» El monte es Cristo, la 
casa de Dios de Jacob es su Iglesia; allí se congregarán todos 
los pueblos. Y por eso torna á decir Isaías : «Levántate, ilu- 
mina á Jerusalem, porque viene tu \wl, y la gloria del Señor 
ha brillado para ti; y acudirán las gentes á tu lumbre, y los 
pueblos al resplandor do tu Oriente. Dirige la vista en derre- 
dor y mira: todos esos están congregados y vinieron á ti, y los 
hijos de los peregrinos edificarán tus muros, y sus reyes te ser- 
virán de ministros (I)...» 

Así se verificó este solemne acto de alianza, cuyas conse- 
cuencias, tanto de fondo como de forma, son, han sido y serán 
siempre tan importantes en nuestra historia. Repito, sin em- 
bargo, que en este momento no examino en todas sus conse- 
cuencias este gran suceso, sino bajo el aspecto de su influencia 
en el aumento de poder Real. Bajo este aspecto la conversión 
de los g-odos acabó con los enemig'os interiores de su gente, 
desarmó á los exteriores, y dio al trono un gran apoyo en el 
apoyo de los obispos. Esto lo conocieron bien los reyes sucesi- 
vos, que cuando se renovaban las conspiraciones, acudian ge- 

(1) Hemos ?ui)lido el texto latino do esta liomilia con la versión que hace d^ 
ella el Sr. MenendezPeíayo en el tomo I de su íüsloria de los llclcrodo.vos españoles. 
(íY. del C-) 



T,KCCION DKCIMA OCTAVA t¿.).) 

noralinciito de un modo aún más cxi)lícit(), al a[)()yo de los i)i*c- 
lados. Porque no debe creerse que con s-ólo la conversión cedió 
del todo el C3i)íritu de rebelión de los ^-odos; se di(), si, un gran 
paso, se di(3 el primer paso en un camino nuevo, pero este ¡¡ri- 
mer paso no fud bastante, y ludg-o fué preciso dar otros. 

En efecto, á pesar de la conversión, todavía esto espíritu se- 
dicioso de los godos hacía vacilar con frecuencia el trono. Liu- 
va, hijo y sucesor de Recarcdo, fué destronado y muerto j/or 
Viterico, del partido Arriano, declarado ya contra Recarcdo: 
Viterico á su vez sufrió la misma suerte á mano de sus guar- 
dias, aunque fué el último de los reyes godos que terminó de 
este modo: Gundemaroy Sisebuto reinaron en paz, lo misino 
que Suintila, quien trata de que le suceda su hijo Racimiro y 
le asocia al mando! Produce esto descontento en los grande-; y 
la sublevación de Sisenando; el ejército abandona á Suintila, 
que renuncíala corona, y es destronado, aunque no muerto, 
lo que denota relativamente una gran prueba de cultura y de 
fortaleza en el nuevo gobierno. Sisenando conspira contra el 
partido de Suintila, y á lo que puede creerse, este mismo con 
sus hermanos, para asegurarse en el trono busca el apoyo pú- 
blico de los obispos en el año tercero de su reinado, convocan- 
do el Concilio IV de Toledo. Entra en él Sisenando, acompa- 
ñado de los magnates de la nación goda, y les encarga 
que decreten lo conveniente en bien de la Iglesia y del Es- 
tado. Recaredo con los representantes del pueblo godo se 
había presentado ante los de la nación española en el Con- 
cilio III de Toledo á abjurar en sus manos la fé enemiga y ;í 
recibir la nacional: Sisenando viene de la misma manera á pe- 
dir á la Iglesia, representante de la sociedad española, su apo- 
yo en favor del orden social, y del trono, que le representa. 
Los obispos promulgan entonces con toda solemnidad aquel 
PoiitíUcal-i decretum que fué el fundamento del reino de los go- 
dos y su fuerza, y que vino á dar mayor firmeza al poder Real 
y más perpetuidad á los pueblos en su sosiego; decreto que, 
repetido y confirmado después en todos los sínodos sucesivos, 
y trasladado al Código Nacional, cerró para siempre la puerta 
á las conspiraciones, aseguró y dio ancha base al trono de 



256 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

nuestros reyes, y estableció el modo como éstos debían ser ele- 
gidos. En el canon 7 del Concilio V de Toledo se mandó leer 
aquel decreto en alta voz al fin de todos los sínodos. • 

Los reyes sucesivos, acudieron, casi todos con éxito, á bus- 
car el apoyo esplícito de los obispos, en los Concilios de Tole- 
do. En efecto, Chintila convoca los Concilios V y VI, en los 
que se hacen iguales declaraciones, no sólo en favor de los re- 
yes, sino también de su familia y fl deles: Tulga, que reina dos 
años, no consta que convocase ningún Concilio: Chindasvinto 
se apodera violentamente del trono, convoca el VII toledano 
que excomulga á los conspiradores y se asocia á su hijo Re- 
cesvinto, en cuyo tiempo pronuncian los Concilios VIII, IX y 
X iguales excomuniones: Recesvinto únelas dos legislaciones 
goda y romana, j permite los matrimonios entre unos y otros, 
formándose así gradualmente la unidad nacional conforme se 
robustecia la monarquía: Wamba, después de su elección for- 
zada, y de su largo y glorioso reinado, obligado á abdicar, de- 
signa por su sucesor á Ervigio, viéndose aquí ya el gran peso 
del fallo de los concilios, pues Ervigio les somete la aproba- 
ción de la cesión de Wamba, y de sus títulos á la corona, que 
son declarados legítimos por el Concilio XII; en el Concilio 
XIII, para seguridad de la consorte del rey y de su familia, y 
para mayor lustre del trono, se decreta, que la reina viuda no 
pueda casarse en segundas nupcias, y que entre en religión: 
Egica sucede por la designación de Ervigio, y en los Concilios 
XV, XVI, y XVII, se dictan nuevas disposiciones, para segu- 
ridad de la prole régMa: Vitiza, asociado al trono por su padre, 
convoca el Concilio XVIII de Toledo, que no se conserva: Ro- 
drigo, que le sucede, es el último rey de los godos. 

Así, de los diez y seis reyes, que hubo desde Recaredo has- 
ta Rodrigo, sólo dos, Liuva y Viterico, mueren asesinados, y 
otros dos, Suintila y Wamba, abdican con más ó menos vio- 
lencia el trono; cuando en los tiempos anteriores hemos visto 
que de otros diez y seis reyes, mueren asesinados nueve, j pe- 
recen en la guerra dos. 

De este modo tan laborioso y difícil se fué formando y con- 
solidando entre nosotros la monarquía. La invasión sarracena 



LECC'IOX DKC'IMA OCTAVA 257 

vino ;i cortar el curso iiatiirjil dv los sucesos, ixto de tal modo 
listaban \a ^-rabadas en el áiiiino de los pueblos la.s ¡deas mo- 
nárquicas, que el j)rimer acto en l¡i ('])oc;i de la restauración 
ó reconquista U\6 la proclamación de rey en todas jmrtes. Y 
tan tundidos estaban los intereses de los dos pueblos, que 
a})en:is suenaya el nombre de godos ni romanos, prcvalccien- 
<lo solamente el de españoles. 

V]n las lecciones sucesivas seguiremos la historia de las. 
instituciones de la monarquía goda. 






LECCIÓN DECIMA NONA 



Eleceioii Je los Rejes, — Asiiiljlfiís iiiiciniialcs de los ii'oiIds. 



I.a monarquía goda electiva y limitada.— Elección de los reyes: su origen, proce. 
dimiento y vici:?itudes según los testimonios coetáneos.— Juramento de fidelidad 
de los subditos.— Condiciones de los elegidos.— Elecciones de Wamba y del re- 
belde Paulo según San Julián.— Limitación del poder real: las asambleas nacio- 
nales.— Carácter de estas asambleas.— Descripción de sus sesiones.— Asocia- 
ciones al trono.— .\utoridad é influencia de las asambleas nacionales de los go- 
dos antes de los concilios de Toledo. 



La constitución g'ótica, hemos dicho, constaba de un rey 
electivo, y por consecuencia de una Asamblea ó cuerpo de 
electores. Hemos expuesto la historia del desarrollo de la mo- 
narquía: vamos á tratar ahora de los electores y de la elección. 

En los primitivos tiempos, la elección de los reyes entre los 
godos se hacía por el cuerpo de la nación, siguiendo la índole 
de las instituciones germánicas; pero la gran influencia, como 
es de suponer, estaba en los príncipes de la nación, en los je- 
fes de las tribus. Despue's, y cuando pasado el Danubio los go- 
dos se organizaron militarmente, el elemento electivo más in- 
fluyente estaba en los jefes principales del ejército, y en los 
miembros de la familia real ó de los Baltos, entre quienes se 
hizo constantemente la elección hasta la muerte de Ama] arico 
y la elección de Theudis. Pero estas elecciones se hacían ge- 
neralmente de un modo irregular y por aclamación y faccio- 
nes, más bien que por personas á quienes estuviese reconocido 



260 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

por las leyes su derecho exclusivo de votar. Y se hacía así en 
partC;, porque se creía siempre que el pueblo ó la masa de la 
nación era la que tenía este derecho, aunque en la realidad 
sólo le ejerciesen los principales de ella ó los jefes de la facción 
vencedora, que tomaba osadamente su nombre. Después 3'a se 
regularizaron algún tanto estas elecciones, y vino á ser ley 
que los séniores 6 principales de la nación fuesen únicamente 
los electores, agregándose á ellos los obispos, despue's de la 
conversión de Recaredo y de los godos al catolicismo. 

Así, en el Concilio IV de Toledo, en aquel Pontlficale de- 
cretmn, establecido, como hemos dicho, para la consolidación 
del trono godo, se fija ó se declara quiénes tenían el derecho 
de elegir. Hé aquí sus palabras: Niilhos a¡nid nos superba p'e- 
sumtione regmim arripiat: nulliis excitet supervacuiis mutuas se- 

ditiones gentium sed defunoto in pace Principe Primatus to- 

tius gentis, cum sacerdotihus^ qui ligandi solundique acceperunt 
potestatem , qitorumque benedictione vel unctione confirmantur 
Principes simul omnes, unánimes^ Deo anuente, succesorem reg- 
ni consillo commnni constituant. 

Según este canon, inserto como le}' en el Código Visigodo, 
el cuerpo de electores se componía por este tiempo de los prin- 
cipales de la nación y de los obispos, ya fuera que éstos estu- 
viesen en posesión de este derecho, ó porque entonces se esta- 
bleciese, como más bien parece inferirse de las razones que 
para ello se alegan. Pero otros cánones y otras leyes no pare- 
cen limitar tanto este cuerpo de electores. La ley octava del 
título preliminar del Fuero Juzgo supone además de la elec- 
ción de los obispos y principales godos, el consensus omniítm 
populorimi. La ley segunda tomada del Concilio VIII de Tole- 
do, exige también el assensus populi. No se crea, sin embargo, 
que estas leyes fijaron de tal manera estos derechos, que cer- 
rasen la puerta á las irregularidades. Con notar sólo la vague- 
dad con que se habla del consentimiento del pueblo, sin fijar 
el modo de exigirla ó de hacerla constar, se viene en conoci- 
miento de que se ñuctuaba entre las antiguas tradiciones de 
las tribus pastorales, en las que el cuerpo de la nación, esca- 
so V reducido, ele2:ia sus revés ó caudillos, v las nuevas exi- 



LECCIÓN DKCI.MA NONA 2í)l 

j^eiicias tic la cpoca y do la situación, (pie repugnaban este 
(•oncurso. Así, pues, la intervención del puel)lo, lo mismo en 
esto ([uc en el establecimiento de las leyes, se (nicuenlra á ve- 
ces mencionada, pero en la realidad (n-a una unwd ("(innula la 
mayor parte de las veces. En alg'unas, con todo, esta inter- 
vención parece más directa, ó que influia á lo mdnos en la re- 
i;'ularidad ó irre^'ularidad de la elección: sirva de ejemplo la 
del rey Wamba, uno de los mejores monarcas visigodos y que 
más en concordia fué elegido. Un testigo presencial, San Ju- 
lián, metropolitano de Toledo, la describe detalladamente, y 
su narración es notable por más de un concepto. 

«Brilló en nuestros dias, dice, el preclaro príncipe Wamba 
llamado por Dios dignamente á reinar, consagrado con la un- 
ción sacerdotal, elegido por la comunidad de toda gente y pa- 
tria, ensalzado por el amor de los pueblos, designado de ante- 
mano por muchas y célebres predicciones para ocupar el tro- 
no. Asistía compungido, este preclaro varón, á las exequias del 
rey Recesvinto , cuando de repente todos los asistentes, uni- 
dos en un solo pensamiento, se vuelven hacia él y le aclaman, 
diciendo no quieren por rey á ningún otro de los godos más 
que á él mismo. Wamba los rechaza, y aunque henchidos de lá- 
grimas sus ojos, ni se rinde á las preces de los grandes ni á los 
votos del pueblo, alegando que ni tiene suficiencia para conju- 
rar los peligros que amenazan al reino, ni su mucha edad le 
permite desempeñar bien este cargo. Entonces uno de los du- 
ques se adelanta audazmente hacia Wamba, y mirándole fija- 
mente con ojos resplandecientes de amenazas, le dice: «Si no 
consientes en acceder ahora á nuestros deseos, aquí mismo te 
atravieso con la espada» (1). 

Aquí se ve un rey elegido por todas las clases, totms gentis 
coynmwiiione^ que expresan sus votos colectivamente catertatim^ 



r 



(1) Adfiiil enlm i» ilicbns iiosíris chnisfiimus Uramba Princeps, quein diffve prineipari 
Dominus rolnit, qucm sucerdotaUs uiicfio dccluruvil , (¡uem tol'ius f/etitis et ¡mlrm conimunio 
elcíjit, qaem populoium aniahililas cxquisivit, qui uulc Rvíjiii luslig'iuin mallornm reiclatio- 
nibus celcbenime procdicitur reíinalurus. Qui cldrisimits rir, dum decedoilis Rcccsrinthi 
Principis niorte exequiale fuuus solverel, el Iximenlu, súbito una oinnes in coucordtuin lerai, 
uno quodammodo tam animo quain oris affeclu pariter provocati illum fie deleclanter habere 
Principcm clumunl; illum se iiec alium in Golhis principan vclle unitis vocibus cníonant el 



262 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Y de un modo irregular y algo violento,, modo que San Julián 
llama con razón foimli aclamatio anlielantia lüehium vota, y 
cuya aclamación precedió á la verdadera elección ; vemos 
también que los obispos no concurren á esta elección, aunque 
después la confirman con la unción ó consagTacion, quem sa- 
cerdotaUs unctio declaravit quem totius gentís et initrim commti- 
nio elegit; vemos que Wamba no se conforma con esta elec- 
ción, aun después de resolverse á aceptar el trono , que retar- 
da diez y nueve dias su entrada en Toledo y su consagración, 
á pesar de hallarse ya reconocido por los grandes dignatarios, 
qiiem regali culko jam circmidederant magna officia , y que 
aguarda los votos y el consentimiento de los ausentes, etlonge 
fositormn consensum in electione sui '¡}atientisime sustinere, 
para que no pudiese decirse que habia usurpado el reino. Sci- 
licet ne citata Regui ambíHone ^ermotus^ usurpare potius vel fu- 
raré qiiam fercepisse a Domino signum tantee glorm 'ipiitaretur, 
A este interesantísimo texto se unen otros dos del mismo San 
Julián, que ofrecen no menos curiosos pormenores. El prime- 
ro es la elección del rebelde Paulo , que se sublevó contra 
Wamba. Por disposición de este rebelde , el ejército que esta- 
ba á sus órdenes rodea y comprime á la multitud, cincimfussa 
omnis exercitus muUitudo colicita esí, y él se presenta en me- 
dio de ella, negando la obediencia áAYamba, y jurando el pri- 
mero no reconocerle por rey; illum se Regem hahere non posse^ 
nec in cjiís famulatu ultra persistere; en seguida les invita á 
elegir un sucesor, diciendo: caput Regiminis ex vodis ipsis ell- 
gite, ciii conventus omnis oniUtítitdo cedat et quem in nohis prin- 
cipari appareat; entonces, uno de los conjurados, diputado al 
al efecto, designa á Paulo, Pauliim sihi Regem desígnate Pau- 
lum sibi, nec altenmi, populis Regem mox futurum exoptat: 
convienen en la apariencia todos en ello, acepta Paulo, j allí 



cdlervalm ne posMdntikm ahnneret, snh pedibus obvolvunlur. Quos vir omni exporte refii- 
ífioi.t Idcrymosis .siiif/ultihus inlerclusiin, nullis precibua vlncünr, nullo que roto ¡lectitur pn- 
piilornm. Modo non se snffectunm fot ruinis innúnentibus clamans, modo senio se confeclum 
pronuncia ns: aun acriter reluctante unno ex oficio Ducum quasi vicem omnmn actums mi- 
ilnclcr in medio minad contra enm rnltn prdspiciens dixit: Nisi coiisenfiurum tcnohispro- 

mittas (jladii modo mucronc trnncandum te scias » San . Julián, Historia de Vamba. 

—España sagrada, t. vi, páginas 534 y 'ó'¿7). 



LECCIÓN DÉCIMA NONA 2í)3 

íuismo le juran con más (') mc'nos \'\]){}.vi\.\(\, jurare sibi niel oranfís 
coeglt. 

Aunque en todo esto se trata de la elección de un rel)oMe, 
todavía presenta hoy este relato á nuestros ojos, un cuadro de- 
tallado que no hallamos en olra parte, de lo que era una elec' 
cion, cuadro exacto, pues Paulo procuraría atenerse en todo 
lo posible á la práctica electoral establecida. De estas eleccio- 
ciones se extendian actas, con los pactos que juraban los re- 
yes, las firmaba todo el cuerpo electoral, y eran llamadas i)or 
eso condttioues. Así en el juicio 6 proceso de Paulo, se presen- 
ta como un medio de acusación terrible contra 6\ y sus C()m- 
plices las actas de elección de Wamba, firmadas por ellos mis- 
mos, V lue^-o las actas de la elección del mismo rebelde v de 
su insurrección contra Wamba. Según el canon tercero del 
Concilio VI de Toledo, el rey jura , inter '¡'cUqua conditiomini 
sacramentan no tolerar judíos en el reino. Hecha y proclamada 
la elección del príncipe, todos los ingenuos ó libres tenian la 
obligación de jurarle; y todos los miembros del oficio palati- 
no, obligación expresa de presentarse personalmente al rey á 
prestarle homenaje. Para tomar juramento á los ingenuos se 
despachaban por el reino disciissores juramenti que iban auto- 
rizados para recibirle. El que no concurría á prestarle , 6 si 
tenía causa alguna legítima para no poder hacerlo no la ex- 
ponía, quedaba con su persona y sus bienes á la merced y 
disposición del rey. En la misma pena incurrían, seg'un una 
ley de Egica, inserta en el Fuero Juzgo, los palatinos que no 
se presentaban á jurar ó no alegaban la causa de no hacerlo. 
Este juramento universal parece como un resto de la antigua 
costumbre de que los reyes fuesen elegidos por toda la nación.' 
Tal era el cuerpo de electores, y sus circunstancias y el modo 
y solemnidades de la elección. Vamos ahora á exponer las 
cualidades que debia tener el elegido, y los juramentos ó pac- 
tos á que se sometía al tiempo de su elección. 

Todo esto está expresado en las siguientes leyes del Fuero 
Juzgo, tomadas de los Concilios de Toledo. En efecto, la ley 
segunda del Concilio IV dice: que los reyes deben ser elegidos 
en una ciudad de Roma ó en aquel lugar en que murió el otro 



264 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

rey; que debe ser elegido con consejo de los obispos 6 de los ri- 
cos homes de la corte 6 del pueblo; que no debe ser elegido de 
fuera de la ciudad ni de consejo de pocos ni de villanos y pue-^ 
blo; y que los príncipes deben ser de la fé cristiana, y deben 
defenderla del engaño de los judíos y del error de los here- 
jes, etc. La ley quinta del Concilio V exige que el rey sea de la- 
nobleza goda, y la octava del Concilio IV dice: «Cuando el rey 
muere, ning'uno no debe tomar el reino ni hacerse rey, ni nin- 
gún relignoso, ni otro hombre^ ni siervo, ni otro hombre ex- 
traño, si no es hombre de linaje de los godos y fijodalgo y no- 
ble y digno de costumbres, y con el otorgamiento de los obis- 
pos y de los godos mayores y de todo el pueblo.» 

Así, pues, el rey, aun después do extinguida la familia de 
los Baltos, debía ser elegido de entre la nobleza goda , cir- 
cunstancia notable, que conservaba cierta supremacía en la 
nación goda Áaa después de la fusión de los dos pueblos. De- 
bia ser católico , no estar ligado á la vida religiosa ó monás- 
tica, y no haber sufrido la degradación que los godos suponian 
inherente á hallarse nrivado de la cabellera, sií>mo de nobleza 
y de primacía entre ellos. Debian jurar también la conserva- 
ción de la fé católica, las leyes contra Jos judíos^ las relativas 
á los juicios sobre las personas y las propiedades, las disposi- 
ciones relativas a los bienes propios del reino que debian que- 
dar al sucesor de la corona y los que debian pasar á los suce- 
sores privados del rey, y finalmente y en términos generales 
la observancia de las leyes y el cuidado del bien y felicidad 
común. 

Suplieron muchas veces á las elecciones las asociaciones al 
mando, pero siempre con anuencia de los electores. Las intro- 
dujo Leovigildo, asociando al trono á su hijo Hecaredo, y éste 
á su vez á Liuva, que fué destronado y muerto, no volviendo 
á darse caso de esta asociación hasta Suintila, que asoció á su 
hijo Racimiro, pero costándole esto el trono. Sucedieron á Suin- 
tila varios reyes, que debieron puramente á la elección, el rei- 
nar hasta Chindasvinto; pero el clero, viendo los desastres que 
ocasionaba este procedimiento , insta á éste por medio de san 
Eraulio para que asocie al trono á Recesvinto su hijo, siguien- 



LECCIÓN DÉCIMA NONA '2í)5 

do después de la elección de \V;unl);L (ístaljlecido cst(í medio 
de la asig'nacioii 6 dosig-nacion liasta Uodrig-o, y áim se conti- 
nuó en este camino después de l;i. restauración de la nionar- 
(piía. visigoda en Asturias, creándose así una familia 6 estirpe 
real de la ([ue salen los reyes, y regularizándose esto despu('s 
por medio de la herencia. 

Hemos dicho que los dos caracteres principales de la mo- 
narquía visigoda eran la elección y la limitación. Habiendo 
liablado de la primera, pasemos á la segunda. 

La limitación de la autoridad real estaba en las asambleas 
nacionales, que bajo una forma ú otra constituían una parte 
integrante de la Constitución gótica. La existencia de las 
asambleas nacionales, era un rasgo general y característico de 
todos los pueblos germánicos, como vemos en Cdsar y en Tá- 
cito, y como se nos presenta en la historia de los pueblos que 
se establecieron en las provincias del Imperio y dieron origen 
á las naciones modernas. Ya hemos visto que César las llama- 
ba ConciUítm, y que Tácito dice que se juntaban para enten- 
der en los negocios de más importancia, pues de los de menor 
entidad decidían los príncipes. También hemos visto estable- 
cidas estas juntas, en las razas ó tribus hispánicas primitiva?, 
en las Gallas y en las de los salvajes de América, porque la 
humanidad produce siempre instituciones análogas en situa- 
ciones análogas. 

Trasportados por la invasión estos pueblos germánicos á 
las provincias del Imperio, conservaron esta costumbre en to- 
das partes, siendo célebres en la historia las asambleas del 
Campo de Marte entre los francos. Entre los godos estaba ya 
algo alterada, por su más anticipada constitución en cuerpo de 
nación numeroso, en el que estas juntas no pueden ser tan 
populares, y por su larga permanencia en el Imperio, que 
dando mayor autoridad á sus caudillos menguaba necesaria- 
mente la influencia de las Asambleas. Pero en la historia y 
monumentos coetáneos han quedado con todo muchas memo- 
rias de las juntas ó asambleas de los godos. El poeta Claudia- 
no, en su poema de Bello (/ético ó gótliico, nos describe una de 
estas juntas celebrada por el famoso Alarico en Italia. Trata- 



266 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑxV 

base de hacer ó no frente á Stilicon , defendiendo y apoderán- 
dose de la provincia que ocupaban los godos, 6 abandonándo- 
la y pasando á otras regiones , cosa que traia contristado á 
Alarico. «Pero oculta su temor, dice Claudiano, y manda reu- 
nir á los principales de su nación, á los más venerandos por su 
valor ó por su ancianidad. Sentáronse los senadores de larga 
cabellera, y apareció el Senado de los godos cubierto de pie- 
les. Allí se veian los que se ostentaban adornados con nume- 
rosas cicatrices y heridas; los que aun no repuestos de las 
campañas pasadas andaban con trémulos j)asos apoyados en 
sus lanzas, y los que llenos de años se servian, como de bácu- 
lo, de sus espadas. Entonces uno de ellos de avanzada edad, 
que habia merecido siempre que se hiciese gran caso de sus 
consejos y opiniones, levantando los ojos del suelo, sacudien- 
do su larga cabellera y apoyándose en su bastón de marfil, 
toma la palabra.» Sidonio Apolinar nos describe otra asamblea 
de los godos en las Galias en estos términos, que ya hemos re- 
producido al habfar en general del gobierno primitivo de este 
pueblo. « Según su antigua costumbre, dice, los ancianos se 
reúnen antes de levantarse el sol, manifestando bajo el hielo 
de la edad todo el fuego de la juventud. No se puede ver sin 
repugnancia la tela que cubre sus descarnados cuerpos, las 
pieles de que están vestidos apenas les lleg*an á las rodillas. 
Llevan botines de cuero de caballo, que con un simple nudo 
enlazan al medio de la pierna, cu^^a parte superior queda des- 
cubierta.» El mismo Sidonio Apolinar, describiendo las cos- 
tumbres del rey Teodorico, nos dá pormenores preciosos sobre 
estas juntas. «Antes de amanecer, dice, el rey, acompañado 
de muy pocos, va á visitar á sus sacerdotes... El resto de la 
mañana se emplea en los asuntos de gobierno. Los caudillos, 
armados, están en pié al rededor del asiento del rey: el ejérci- 
to ó tropa, con sus jefes á la cabeza, asiste ala junta, pero 
sólo en cuanto no se pueda decir que está ausente, pues como 
demasiado bullicioso se le tiene á un lado y anda murmurando 
y hablando á su placer entre los lienzos de la tienda y una 
barrera exterior que se coloca.» Idacio, describiendo los prodi- 
gios que ciertos legados de España vieron en las Galias, ha- 



LECCIÓN DÉCIMA NONA 207 

hlii do las asaiiibleas de lo.s godos : CoU()rcgat¡s cliam quoda/ui 
die Concilii snigothis...^» y san Isidoro repite lo mismo, aña- 
diendo que esta asaml)lea estaba presidida por ICurico. 

Resulta, pues, de estos textos y otros que se pudieran citar 
que los g'odos tenían, como las demás naciones germánicas, 
Asambleas nacionales donde se trataban las cosas más graveas 
del gobierno; que muy desde los principios el pueblo 6 la masa 
de la nación dejó de tener influencia notable en estas juntas, 
pues vemos que yo, en tiempo de Alarico no se mencionan míís 
que los principales por su valor ó por sus años como asistentes 
ii la Asamblea celebrada por aquel rey; que Teodorico admite 
la tropa, es decir, el pueblo ó la parte de él que podia estar eu 
la tienda Real, mas no porque se cuente con su voto; y aun- 
que las leyes del Fuero Juzgo suponen á veces el consenti- 
miento del pueblo, se ve que la adbesion de éste es una mera 
fórmula ó un simple recuerdo de un derecho antiguo, pues sólo 
se refiere á las pocas personas de él que podían asistir á las re- 
uniones ó concilios. Y resulta también que estas Asambleas 
las componían casi siempre y exclusivamente los iirincipeSy 
primi, 2^rimoreSj séniores, etc., es decir, la aristocracia ó cau- 
dillos principales de la nación, los cuales en cierta manera la 
representaban. Estos principales, cuya autoridad creció con- 
forme la nación se diseminó por el territorio, se organizaron 
después en dos clases; unos ocupaban el palacio de los reyes 
y desempeñaban los principales cargos del Estado, y otros go- 
bernaban las provincias y mandaban los ejércitos; de modo 
que las Asambleas nacionales, ya fuesen para la elección del 
re^", ya para otros asuiitos, se componían casi exclusivamente 
del officmm irdlatinum, como se llamaron los altos funciona- 
rios del Estado, siguiendo la denominación romana, y de los 
duceSy comités y demás que gobernaban las provincias y man- 
daban los ejércitos. Después se unieron á ellos los obispos do 
los tiempos de la conversión; pero de esto trataremos cuando 
hablemos de los concilios y de sus relaciones y enlaces con es- 
tas Asambleas primitivas. 

Los godos se reunían en estas Asambleas armados: así se 
dice expresamente en los pasajes citados de Claudiano, Sido- 



2G8 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ilio Apolinar, Idacio y San Isidoro: esta era la costumbre ger- 
.mánica, considimt armati, como dice Tácito. En el modo de 
colocarse en ellas no hubo distinción de asientos hasta Leovi- 
gildo, según hemos visto ya y dice San Isidoro: wmi cuite 
eum, et hahíkí et consensus commuiiis, iit 'pojiíüo ita et regihus 
erat. El rey proponía á la Asamblea el punto de que se debia 
tratar, y entonces el más anciano, el más notable por su elo- 
cuencia ó por el valor, decia el primero su opinión, que los de- 
más aprobaban y desechaban. Así vemos en la Asamblea que 
nos describe Claudiano, que después de la proposición de Ala- 
rico, uno de los principales, de los más nobles, más ancianos 
y de más saber se levanta y dice el primero su parecer: Hic 
aliquis gravior natu sui '¡üiirima dictis coiisiUisque fieles defixu^ 

lamina terree concutíeiisque comam^ ca^ítloque, ebúrneo ait; 

vemos á Paulo en la Asamblea que convoca para consumar 
su rebelión, proponer la elección de un rey á quien toda la 
nación obedezca, y que entonces otro de los principales de 
su partido, Ranosindo, se levanta y propone por rey al misma 
Paulo. Todo esto, tan ajeno á las costumbres y prácticas del 
imperio romano, es enteramente conforme á las costumbres 
germánicas, según nos las describe Tácito: Considuiit arma- 
ti Mox rex vel p'inceps, j^roiit etas ciúqm^ frout nobíUtas, 

frout decus bellorum, p'out facundia est aiidiiintur ^ aitctoritaie 
suadendi magis, qiiam juhendi izotes tate. 

La autoridad y el peso de estas asambleas era muy grande 
entre todas las naciones germánicas, y lo era también entre 
los godos, principalmente después de que por la extinción de 
la raza de los Baltos, el trono se hizo del todo electivo y pudo 
aspirar á él cualquier noble godo. En casos semejantes es casi 
seguro que los electores no se desprenden sino de la parte me- 
nor que pueden de su autoridad. 

Entendian estas asambleas en todos los negocios graves 
que interesaban al cuerpo de la nación, según la costumbre 
germánica. De minoribiís o'ebus principes consultante de majori- 
lus omneSy que dice Tácito. Pero ya se deja percibir que la 
apreciación y juicio de las cosas que eran graves y de la com- 
petencia de la Asamblea quedaba al rey, el cual por lo mismo^ 



I.KC'CION DKCIMA NONA 2í)í) 

ciiaiulo ora li()nil)ro do poso y autoridad y ])()dor, las d(»c¡d¡r¡a 
])or sí solo. Y 011 otras ocasiones al contrario, la Asanibloa 6 
junta de los j;-raiidcs vendría á anular la autoridad real. Ksta 
os la eterna historia de los parlamentos y de los reyes. 

Va\ estos últimos tiempos, (íii (jue todo se ag-ita y se dispu- 
ta queriendo hacerlo servir do apoyo á opiniones actuales, se 
hn discurrido mucho si los reyes godos tenian ó no el poder 
legislativo, si le tenian ó no las asambleas. Estas discusiones 
son por la mayor parte interminables, pues para una y otra 
t(^sis se presentan los más opuestos testimonios; porque nos- 
otros queremos buscar en aquellos tiempos la precisión y exac- 
titud de nuestras Constituciones modernas, en que todo está 
previsto, todo determinado, \ sobre todo, todo escrito. Pero 
entonces no sucedia así: quizá un mismo asunto se resolvía en 
dos distintas ocasiones de diferente modo y por diferentes po- 
deres, según las circunstancias y exigencias del momento y 
de la ocasión, sin que esto chocase ni sorprendiese á nadie: 
dominaban los hechos, no las teorías. Sin embargo, cualquie- 
ra que fuese la autoridad de las asambleas, que en mi concei)- 
to era grande, sus actos y disposiciones necesitaban siempre 
de la aprobación del rey, ó se decia que eran obra del rey. En 
tiempo de Eurico, las le^-es de los godos se fijaron y escribie- 
ron, y los historiadores dicen que Eurico dio leyes á los go- 
dos. Isle ¡jrimtim leges gothis decllt, dice de é\ San Isidoro. 
Leovigildo varía en gran manera la legislación gótica, y los 
Iiistoriadores dicen simplemente : Tu legihus ca, quce cib Eurico 
inconditce constitnta videiaiitiir correxit , yliirimas léges i^reter- 
missas adjicíens, lüerasque superjlims auferens. 

Aquí, como se vé, ning'una mención se hace de la autori- 
dad ni de la intervención de ninguna asamblea, por más que 
en mi concepto ésta haya existido. Otras veces se vé esta in- 
tervención clara y distintamente, pero siempre confirmada y 
sancionada por la autoridad real. Así Alarico redacta y publica 
las le^'os romanas para los sííbditos de su imperio, que no eran 
godos, adhihítas saccrdotíhus ac nohillhus viris, y con el asenso 
de ellos, vencrabiUnm episcoporum, vel electormn jirovmcialmm 
rolorabit assensus. Bien que en mi opinión, esta asamblea era 



270 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

del pueblo yencido y no del godo ó vencedor, y por lo mismo 
no tenía autoridad propia. 

En los Concilios de Toledo, cuando en ellos se definen 
asuntos temporales, se hace esto , como veremos , á propuesta 
del rey, y una ley del monarca lo aprueba* y promulga des- 
pués; pero vemos asimismo que los reyes acuden á su inter- 
vención y autoridad por considerarla precisa y necesaria para 
los negocios graves. 

Finalmente Recesvinto, en una ley muy notable del Fuero 
Juzgo nos dice que formó sus leyes dictándolas desde su trono 
real delante de todos los obispos y de todos los grandes del 
oficio palatino-, y con consentimiento de ellos y de todos los 
demás asistentes, quas (legesj nosíri ciilminis fastígiimi judi- 
claU 'presídens throno coram universis Dei sacerdotihiis scmctis, 
cunctisque ofjiciis ]^ülatinis, docente Domino atqite /avente^ (m 
diciitíiim universali consensw edidit etjormavit. 

Aquí se ve que la autoridad Real prevalecia ciertamente 
sobre todo; que nada se reputaba legítimo ni digno de obe- 
diencia sino lo que el rey mandaba; pero se ve también que el 
apoyo más fuerte que los reyes buscaban era la autoridad de 
estas Asambleas, en las que, no sólo se conservaban las tradi- 
ciones del antiguo poder de las razas primitivas, no sólo se 
reunian los hombres más influyentes y poderosos de la na- 
ción, sino en las que el mismo monarca habia recibido la in- 
vestidura de su poder. 

Eran, pues, las Asambleas nacionales una de las partes in- 
tegrantes y principales de la constitución de la monarquía vi- 
sigoda, y en donde estaba la limitación^ que hemos dicho era 
uno de los principales caracteres de aquella monarquía. 

Estas Asambleas acabaron cuando después de la conver- 
sión empezaron á tomar gran autoridad los concilios de Tole- 
do? ¿Se refundieron en efecto en estos concilios? ¿Fueron estos 
Cortes ó Asambleas nacionales como quieren unos, ó solamen- 
te concilios eclesiásticos, en los que á veces se trataban ncg'o- 
cios seculares, pero siempre bajo el aspecto eclesiástico? Hé 
aquí lo que examinaremos en las lecciones siguientes. 



LECCIÓN VIQE^IIVIA 



Los Concilios ilc Toloilo liasta Recpsiiiito. 



Concilios ó asambleas eclesiásticas.— Fuerza'y expansión de la Iglesia católica en 
este periodo en España.— Los primeros concilios representaban la nación venci - 
da.— Grande autoridad sucial de estos sínodos.— Eclipsan y concluyen con las 
asambleas civiles,— Carácter mixto de los concilios de Toledo. — Reseña históii- 
ca: primeros concilios eclesitsticos españoles.— Concilio III de Toledo: sus ca- 
racteres con relación á la autoridad real ó civil.— Concilio IV: su impoitancia, 
leg"timidad y significación.— Concilios V, VI y VIL— Concilio VIII: Recesvinto: 
forma detinitiva de la naturaleza y poder de los concilios. 



Eli la lección anterior tratamos de las Asambleas naciona- 
les de los godos según las describen Claudiano, Sidonio Apo- 
linar, Idacio, San Isidoro y San Julián, tanto para elegir re- 
yes, como para tratar de los asuntos graves del Estado. Hemos 
visto que ya sólo se componian de los proceres ó grandes de la 
nobleza goda, siendo muy escasa ordinariamente la concur- 
rencia y la influencia del pueblo. Tampoco asistian á ellas los 
obispos arrianos, como asistieron después los católicos, no sólo 
en líspaña, sino en toda Europa. Así vemos que Sidonio Apo- 
linar, en el retrato que nos hace del rey g-odo Teodorico, dice: 

<<Antes de amanecer va con muy pocos de su séquito á vi- 
sitar á sus sacerdotes, hacia los cuales maniñesta grandes mi- 
ramientos, bien que se deja luego percibir en sus conversacio- 
]ies confidenciales que estas demostraciones de respeto proce 
den más de la costumbre que de la piedad: el resto de la ma- 



272 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

ñaua le ocupa en las cosas de gobierno.» En seguida describe 
la Asamblea de los principales del ejército, á que la tropa asis- 
te fro forma, como ya hemos visto. Es un fenómeno singular 
que mientras los bárbaros fueron arrianos, sus obispos apenas 
tienen autoridad, y que los obispos católicos en todas partes 
son llamados á participar del régimen y gobierno de la so- 
ciedad. 

Esto se debe en gran parte á la gran fuerza y expansión 
del catolicismo: en todas partes se mezcla con el poder públi- 
co, hace conversiones y conquistas, civiliza pueblos bárbaros 
y salvajes, levanta y crea instituciones benéficas, y dirige á 
las sociedades por un camino privilegiado, cual es él que ha 
seguido Europa bajo su dirección y tutela, y por el cual ha 
llegado á ocupar en el mundo el lugar preeminente que ho}^ 
disfruta. 

Toda creencia que encierra en sí un gran germen de vida 
y de vigor influye necesariamente en los negocios públicos: 
por eso ha influido siempre el catolicismo; por eso, cuando por 
efecto de la funesta escisión del siglo xvi, los protestantes pre- 
valecieron en algunas naciones, en todas ellas el clero quedó 
de hecho sin autoridad ni influencia, excepto en Inglaterra, 
donde sigue teniéndola, gracias á las tradiciones católicas y á 
que conserva la jerarquía católica. Aun allí su poder es pura- 
mente facticio y legal y su influencia social muy escasa; al 
revés de otras partes en que se ha despojado al clero católico 
de toda influencia civil, y sin embargo la tiene, y grande, so- 
cial, como sucede en Irlanda y otros países. 

Volviendo, pues, á nuestro propósito, hemos visto que las 
Asambleas de los godos arríanos sólo se componian de la aris- 
tocracia militar de los jefes principales del ejército y del pala- 
cio de los reyes. Pero además de las Asambleas del pueblo 
vencedor había otras. La Iglesia católica tenía las suyas, sus 
sínodos, sus concilios.' Y como la Iglesia, según hemos visto, 
se había puesto al frente de la sociedad española, y como los 
obispos elegidos por los mismos pueblos eran sus jefes propios 
y naturales y sus representantes cerca de las razas bárbaras, 
resultaba que la nación española ó vencida tenía también sus 



MÍCCION VIGÍ:SIMA 27)i 

Asambleas, en las ([uc se arrir^-labaii los utíunlos que más di- 
rcclamentc la interesaljan, fuera de los de la dominación ó go- 
bierno, que estaba en manos de los Bárbaros. 

Cuando se verificó la conversión de los g'odos, estas juntas 
ó concilios gozaban ya de gran prestigio y autoridad i)or su 
g'iande influencia en la masa general de la nación, y como las 
situaciones interiores fuertes se revelan siempre en hechos ex- 
teriores que las patentizan, vemos que Recaredo y la nación 
goda representada por sus magnates se presentan en el Con- 
cilio católico á abjurar los errores del arrianismo y á pedir su 
admisión en el gremio de la Iglesia. 

Ksta circunstancia aumentó prestigio y autoridad á estas 
asambleas, viniendo á hacerle aún mayor el que los reyes se 
dirigiesen á ellas buscando un apoyo para aseg-urarse en el 
trono y para afianzar la pública seguridad. 

Comenzaron por lo mismo á ser invocadas para intervenir 
en cosas temporales ó intervinieron en efecto ; los proceres y 
los palatinos asistian á sus deliberaciones , los reyes les pro- 
ponían el examen de los asuntos más arduos del Estado con- 
firmando sus resoluciones, y las leyes votadas en los Concilios 
pasaban al Código nacional. Este mismo Código fué, si no for- 
mado, enmendado y corregido por lo menos en estos sínodos, 
llegando por último á ser tan grande la fuerza y autoridad de 
estas asambleas eclesiásticas del pueblo vencido que eclipsan 
enteramente á las civiles ó primitivas de la raza goda, que no 
vuelven á figurar en la historia, ó porque dejaron de existir 
refundie'ndose en los Concilios, ó por su insignificancia al lado 
de ellos. Hó aquí el oríg'en de la controversia sobre si los Con- 
cilios fueron ó no Cortes ó juntas nacionales, ó solamente jun- 
tas eclesiásticas en que si tal vez se tocaba algún punto civil, 
era indirectamente y siempre bajo el aspecto eclesiástico. Mi 
parecer es que los Concilios de Toledo en su último estado 
eran asambleas mixtas^ de una forma singular y especial de 
nuestra monarquía, y en las que á la vez se trataban los ne- 
gocios de la Iglesia y los del Estado. El fundamento y verdad 
respectiva de estas opi'iiones aparecerán en la reseña que voy 
á hacer del desarrollo histórico de esta institución mirada bajo 

18 



274 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

el aspecto de su participación eíi los neg'ocios civiles, pues es- 
un error muy común y niuy trascendental considerar estas 
asambleas y sus atribuciones como si fuesen iguales en todos 
los tiempos y representasen siempre un mismo papel. 

Sabido es que la Ig'lesia católica ha celebrado siempre- 
grandes juntas ó asambleas generales, y que además conoco 
los sínodos particulares de las Iglesias especiales. La España 
celebraba ya estos Concilios, como el Iliberitano antes de 
Constantino, los continuó celebrando durante el imperio y 
después de la invasión de los bárbaros y antes de su conver- 
sión, como resulta de la historia y de las mismas actas conci- 
liares. Más de veinte se habian celebrado ya en España antes 
de que Recaredo convocase el tercero de Toledo, y ya se con- 
cibe que en ninguno de ellos se tratarian ni pudieron tratarse 
asuntos temporales, sino puramente eclesiásticos. Así pues^ 
habiendo de examinar estas asambleas bajo su aspecto civil, 
no tenemos que detenernos en las que precedieron á la con- 
versión de los godos, sino que vamos á comenzar nuestro exa- 
men por el Concilio III de Toledo. 

Asistieron á este Concilio, como ya hemos dicho en otra 
ocasión, sesenta y dos obispos de España y de las Galias, que 
habian sido reunidos por mandato de Recaredo para hacer la 
abjuración solemne de la secta arriana, es decir, poruña cau- 
sa extraordinaria, asistiendo también el rey y los proceres, 
precedente de gran trascendencia y hecho muy notable, como 
ya también hicimos notar. El Concilio resuelve plenamente y 
de su propia autoridad sobre todo lo eclesiástico, con las fór- 
mulas : universa sancki sinodws constituü ^ decreto hujus Con- 
cilii stdtiútibr y otras semejantes. Pero á veces se extiende ya 
á cosas que se relacionan mas ó menos con el poder civil , y 
entonces la fórmula varía y se invoca y supone la autoridad 
de rey. 

Así , en el canon 8*^ se usa ya la fórmula Imiiwite, aíque 
coiisentiente Domino Piisimo Recaredo llegi id p'ecepit sacerdo- 
tale Concilium, etc ; el canon 14 establece que los*judíos no 
puedan tener mujeres, concubinas ó esclavas que sean cristia- 
nas, y se encabeza diciendo: 8ug gerente Concilio^ id gloriosis- 



LECCIÓN VIGKSIMA 275 

simus Domiiius Nosler ciuionihiis ¿ii.seroidnrii ¡rrccipit', on el ("ji- 
11011 17 so dice, ([uc luibicndo llcg'ado á noticia del concilio que 
(MI algunas partos los padres, fornico tionis amdi^ ncscü ¡déla- 
Us, mataban á sus hijos, di() parto al rey, el que so di.íi,-n() 
mandar á los ¡u(HMís do nquollos distritos, ut hoc korrendum 
facimos dilif/entev cnni sacerdote 'perquirant , el adhivita sevcri- 
tate p'oliiheant \ y o\\ su consecuencia, encarg-a el concilio, 
aunque con dolor, doleiUiíis, que los sacerdotes procuren ave- 
riguar estos crímenes, y que se castiguen severamente, aun- 
que no con pena capital; en el canon 21 se lee que el concilio 
supo que los siervos de los obispos y de las iglesias eran for- 
zados por los jueces y agentes del fisco , á ocuparse en traba- 
jos públicos y privados, y solicitíj del rey que extirpase este 
abuso, imponiendo el concilio al culpable para lograrlo, la 
pena de excomunión. 

Vemos por todos estos textos qne el concilio se cree bien 
distante de tener' ninguna autoridad civil, pues unas veces es 
el rey el que espontáneamente concede lo que en el óánon se 
establece, otras, á ruegos del concilio, manda el rey se inserte 
entre los cánones una disposición determinada, y lo más que 
hace el sínodo es encargar su cumplimiento, y en su caso im- 
poner la excomunión eclesiástica al contraventor. Obsérvese 
que aun estas cosas que se r^zaii con la potestad civil, todas, 
sin embargo, tienen gran conexión con las eclesiásticas. 
Pero por si aún esto no fuera bastante, el rey promulgó un 
edicto ó rescripto dando fuerza de ley al concilio. Xostra atcc- 
toritas, dice el rey, id ómnibus hominihiis ad Regnum nostrum 
dcrtinentibus juhet, ut si qua deffinita sunt in Jioc sancto conci- 
lio... nulli contemnere Uceat, uiillics p'xterire p'esuinat. 

Así, pues, en este concilio se ve, primero, la convocación 
hecha por mandato del ,rey, después, las pocas disposiciones 
que en algo se rozan coa el orden civil, aprobadas por e'l y 
dadas con su autoridad, y finalmente la aprobación del conci- 
lio otorgada en un edicto real. 

Pasemos ahora á examinar el Concilio toledano IV, com- 
puesto de sesenta y dos obispos, y celebrado en el año tercero 
4el reinado de Sisenando. Después del Concilio III de Toledo, 



276 DEL GOBIICKXO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

se reunieron otros varios en Sevilla, Zarag'oza, Braga, Barce- 
lona y aun en el mismo Toledo; pero todos se ciñeron á las 
•cosas eclesiásticas, sin entrometerse directa ni indirectamente 
en las temporales. Parecian haber vuelto las cosas al esta- 
do anterior, en que las juntas ó asambleas de los nobles con 
el rey gobernaban el Estado, y los concilios se limitaban á los 
asuntos de la Iglesia. Duró este estado de cosas cuarenta y 
cuatro años, al cabo de los cuales se celebró el Concilio IV de 
Toledo. La causa de su convocación fué la siguiente: promo- 
vida una sublevación contra Suintila, á causa principalmente 
de la asociación al mando de su hijo Recimiro, el ejército le 
abandona, j el rey abdica; Sisenando, noble godo j cabeza 
de la sublevación, ocupa el trono en su lugar, y para pre- 
servarse de las conspiraciones que á su vez tramaban con- 
ra él los parciales del desposeído Suintila, busca con los su- 
yos el apo^'o del clero y del pueblo vencido, lo que de por sí 
ya prueba la gran influencia y poder de estos' últimos, que 
efectivamente habiau ido creciendo y formándose una posición 
cada vez más fuerte. A este efecto, convoca el Concilio IV 
de Toledo para que apoyando éste su autoridad, se declarase 
contra Suintila y sus parciales con todo el peso de su poder 
é influencia. El concilio, como se ha dicho, no depone á Suin- 
tila que había abdicado ya hac^ tres años, sino que al pro- 
nunciar sus anatemas contra los rebeldes y traidores en eí 
Pontificáis Dícretiim, los obispos, adhiriéndose alo resuelto 
por la nación goda, cum gmtls consulta, decretaron que Suin- 
tila y su familia quedasen separados de la sociedad y del con- 
sorcio de la nación, que en ningún tiempo los volverian á los 
puestos de que por su iniquidad habiau sido despojados, y que 
menos se les devolverían los bienes que á costa de los infelices 
habiau acumulado en el mando, á excepción de aquellos que 
la piedad del príucípe tuviese á l)ien concederles. Preciso es 
convenir en que Sisenando y el partido dominante exíg-ieron 
y obtuvieron del clero y del pueblo español cuanto á sus fines 
y seg'uridad convenia. 

Alganos sin fundamento bastante suponen que la exco- 
munión do Suintila y de sus hijos, de su hermano Geildam 



LECCIÓN vini'isniA 277 

y su familia, la proiní^a do no cNwarlos jamás al trono ii¡ á 
los (lomas puestos del Mstado en quo pudicrau voiií^-arso do, sus 
adversarios y oprimir al partido de Siseuando, y la doc!ara(íiou 
de que (luedabaii (lofinifivamcntc dcsposoidos do sus bienes, 
para aseg'urar la posesión de ellos en los que \Hn' consecuen- 
cia de las revueltas los í:>*ozaban ya, todo esto lo decret(3 así el 
concilio, expresando híicQido cum //enúis consulíic. Pero al acce- 
der á estas pretensiones^, cosa que nuestros historiadores cen- 
suran con severidad, los padres del concilio, á cu^^o frente síí 
hallaba el célebre San Isidoro, no menos famoso por sus virtu- 
des que por su gran ciencia y saber, elevaron muy alto sus 
miras y trataron de aprovechar la coyuntura, tanto para afir- 
mar la monarquía g'oda, pro robore nostrorum Regmnct stahill' 
tite genils Gothoriim^ dicen, como para dar á la Ig'le>ia y á la 
nación vencida, de quien era representante, un lugar determi- 
nado y cierto en la constitución del Estado. A este fin los obis- 
pos se proclaman defensores y protectores de los pueblos, y se 
imponen el deber de proteger á los pobres gestionando en su 
favor con los jueces y autoridades inferiores, y dando en su 
caso cuenta al rey. Episcopus lii p'olcqendis populis ac defen- 
dendis impositam a Deo sibi curam non ambigabit. etc., dice el 
canon 32 de este concilio. 

Condenando abusos y pi*ácticas diferentes, ordena el con- 
cilio que los obispos sean nombrados sucesivamente por el cle- 
ro y el pueblo de la diócesis; de modo que los protectores del 
pueblo eran elegidos por el pueblo mismo. Quejándose de los 
males que se siguen déla tardanza en celebrar los concilios, 
establecen que se reúnan dos veces al año, ó á lo me'nos una, 
y que si fuese para tratar asuntos de fe ó algún otro de interés 
general de la Iglesia, se reúna un sínodo general de toda Es- 
paña y de la Galia Narbonense, y si no, particular de cada 
provincia. Donde se ve que los obispos, elegidos por el pueblo 
y protectores del pueblo, ordenan su reunión periódica y aspi- 
ran á influir regularmente en la protección de los pueblos, y 
por lo mismo en su gobierno. A este fin decretan que todos los 
que tengan causas adversus Episcopos, aut jicdices, au ó poten- 
tes jant contra quosUbet alíos, concurran al concilio, para que 



278 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

examinando si hay alguna cosa a ciuihuslihet frave tisíirimta, 
se reforme devolviéndola á su legítimo dueño, por orden del 
ejecutor Real, Regü executoris instantia, á cuyo efecto y para 
obligar á los jueces y demás seculares á venir al sínodo, los 
metropolitanos pidan al rey por el canon 3° un ejecutor Real, 
lo que ya suponía y les daba gran influencia. Determinan tam- 
bién el modo y solemnidad con que se han de celebrar estas 
Asambleas, preparan ya la admisión en ellas de los nobles go- 
dos, estableciendo que puedan entrar en el concilio laici qui 
electione concilii interesse merueriMí^ y finalmente, establecen 
que nadie sea osado á disolver el concilio hasta que estén con- 
cluidos los asuntos y suscritas por todos los obispos las delibe- 
raciones. Establecen también de acuerdo con los godos que en 
lo sucesivo tendrán voto los obispos en la elección de los reyes. 

Es imposible dejar de ver en todas estas disposiciones del 
Concilio IV de Toledo una gran reforma política, una gran re- 
volución legal. La situación interior de España, las relaciones 
y respectiva influencia de los dos pueblos que la ocupaban se 
iban traduciendo en sucesos exteriores, se iban convirtiendo 
en hechos legales. La nación vencida, hasta allí sin el menor 
influjo ni participación en el gobierno del Estado, elige ahora 
sus representantes los olnspos, y por medio de ellos contribu- 
ye á la elección de los reyes, reprime los abusos de los jueces 
y magistrados godos, celebra juntas periódicas, en las que se 
ocupsin en proteger á los pueblos y á los desvalidos, y en las 
que de ud modo más ó menos directo se establecen leyes bené- 
ficas y sobre todo equitativas é imparciales. 

Algunos escritores modernos se han ensañado contra el 
clero con motivos de este Concilio; ¿con qué derecho , dicen, 
se entrometía éste en el gobierno del Estado? ¿ Con qué dere- 
cho los Concilios se atribuian autoridad sobre los jueces y ma- 
gistrados civiles? Todo esto es juzgar las cosas y hechos an- 
tiguos como si se tratara de los modernos y de nuestros tiem- 
pos, como si los derechos estuvieran del todo deslindados en 
aquella época, y como si en la formación de la nacionalidad 
de la monarquía, que estaba entonces aún en embrión, no 
pudieran sus elementos sociales desarrollarse naturalmente y 



LECC10^ VIGÉSIMA • 279 

tener en ella la situación y el inílujo que el estado y la índole 
de la sociedad reclamaba. Y ])or otra parte, no ])udi(^ramo3 
preg'untar, ^.y con qud derecho la nación goda dominaba en 
ICspaña y tenía sometida á la española indígena?.. . ¿Con qué 
derecho la despojó de las dos terceras partes de las tierras?... 
¿Con qué derecho se atribuía su exclusiva facultad de nombrar 
al rey y á los demás funcionarios del Estado ?... Kl clero, pues, 
representando á la masa general de la nación, no sólo pudo, 
sino que fud muy conveniente que pudiese ejercer una auto- 
ridad que, en el hecho mismo de otorgársele, prueba que era 
lina necesidad de la situación y de la época. Esto en cuanto 
al fondo íntimo del asunto, que si atendemos á lo exterior, lo 
bailaremos todo arreglado á las formas reconocidas, y todo 
propuesto, ordenado ó aprobado por el rey y por la nación 
■g'oda. En efecto, el Concilio se reúne por mandato del rey, 
imperüs atqiie jiissís Slseuaiiclí Ilegis, quien asiste con los no- 
bles godos á la apertura y le excita y autoriza para tratar de 
la corrección de costumbres y restaurar los antig-uos derechos 
de la Iglesia. Además, cuando resuelven alguna cosa que tie- 
ne roce con los negocios temporales, protestan siempre hacer- 
lo, j;;W2j;¿>;¿^í? Domino Sisenando Rege (can. 65), consultu 'i^iis- 
^Inii Regís {<u'kYi. 59), ex decreto ghriossímí Principis^ etc. Otras 
veces todo el clero y el pueblo consiente en lo propuesto por el 
Concilio, como en el canon 75 sobre la elección de los reyes. 
Si placet ómnibus qiii adesHs, hec tertw reiterata sententia tes- 
trce vocis eam consensu confirmate. Sin embargo, los concilios 
nacionales se colocaron ya á una grande altura, y su influencia 
tuvo desde entonces cimientos permanentes. A Sisenando su- 
cedió por elección Chintila, que inmediatamente convocó el 
Concilio V en el año 636, es decir á los tres años del anterior, 
compuesto de veinte obispos; asistió el rey á su apertura con 
los nobles y palatinos, cum ojitímatihiis et seniorihus imlatii sxd. 
Casi todos los cánones de este Concilio se reducen á excomul- 
gar á los que conspiren contra el rey , á los que invadan el 
trono sin ser debidamente elegidos, y álos que desacreditasen 
<3 maldijesen al re}'. Asuntos todos si se quiere temporales, 
pero mirados bajo el aspecto eclesiástico, es decir, que la Igle- 



280 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

sia anadia á la sancíoa penal civil la sancioa religiosa , la ex- 
comunión. Sin embargo, en el canon 6^ hay ya una yerdadera 
ley civil, dada directamente y sin mencionar la autoridad del 
príncipe ni otra alguna. Se establece en él que los Jideles del 
rey no sean despojados á su muerte de lo que éste les hubiese 
donado, primer ejemplar de una resolución civil tomada así 
directamente por un Concilio; pero era favorable á les gran- 
des, y éstos la vieron con gusto. El rey, por un decreto con- 
firmó el Concilio. 

El Concilio VI, al que asistieron cuarenta y ocho obispos, 
le convocó el mismo Suintila en 638, á los dos años del ante- 
rior; pero no asistió á su apertura. Decretó directamente el 
Concilio varias resoluciones ó le3^es civiles, como la de que 
nadie fuera condenado sin que hubiere acusador y sin quedar 
convicto con arreglo á las leyes y a los Cánones (can. 11); que 
los menores honrasen á los oficiales de palacio, etc. Habiendo 
además decretado el rey una ley contra los judíos y estableci- 
do que no toleraria en su reino, á nadie que no fuese católi- 
co, los obispos la aprobaron y dispusieron que en lo suce- 
sivo todos los reyes hubiesen de jurar su observancia como 
un capítulo especial de las condiciones ó pactos á que se obli- 
gaban; pero como esta ley de intolerancia, tanto en su esencia 
como por el juramento exigido á los reyes, era una ley funda- 
mental, los obispos no la decretaron por sí sino de acuerdo 
con el rey y aun por los votos de los nobles, o'j^timatum illns- 
trimiqiie virorum consensii et delibera tíone; lo que parece supo- 
ner claramente la existencia de otra asamblea distinta. Tulga, 
que siguió por elección á Suintila, reinó solos dos años y no 
reunió Concilio ninguno. 

Chindasvinto, que parece haber ocupado el reino violenta- 
mente y hallarse por lo mismo cercado de conspiraciones, fra- 
guadas principalmente por los que huyendo de su poder se re- 
fugiaron en los reinos vecinos, en el año quinto de su reinado 
en 646, ocho años después del Concilio anterior, convocó el sé- 
timo de Toledo, compuesto de treinta obispos , y á cuya aper- 
tura no asistió tampoco el rey. En este Concilio se dio una dis- 
posición, 6 más bien se confirmó con sancione clesiástica una 



LKCCION VIGÉSIMA 281 

ley civil jurada por todis^pcr omnes nis\>anim sacerdotes^ sénio- 
res^ judices, et ceteros liombies offc¿¿¡ml((t¿n¿^ para la confisca- 
ción de bienes contra los emigrados conspiradores , pena á la 
que el Concilio añade la de la excomunión. Los Concilios, como 
se vc^, iban diariamente creciendo en autoridad naturalmente y 
sin esfuerzo ning-uno, llamados y buscados por los rey.-s y los 
nobles godos. Pero antes de lleg-ar esta autoridad á todo su 
complemento y esplendor, se di(3 un paso más en tiempo de 
Recesvinto en el ccUebre Concilio Toledano VIII , del que tan- 
tas leyes pararon al Fuero Juzgo. Chindasvinto, que se había 
apoderado del mando al frente de un poderoso partido, se aso- 
cia al cabo de algunos años á su hijo Recesvinto, á excitación 
de san Braulio, obispo de Zaragoza , y uno de los prelados de 
más saber é influjo en su tiempo, muy amigo de san Isidoro y 
de todos los hombres notables de España. Eíte, pues, ó de 
acuerdo con Chindasvinto, ó espontáneamente, le dirigió una 
carta en nombre suyo, del obispo Eutropio y del clero y todo 
el pueblo de sus diócesis, ciimp^esbíteris diaconihus et ómnibus 
'plebibus ci Dea sihi creditis , y además de Celso y de toda la 
tierra que mandaba por nombramiento del rey, para que á fin 
de evitar los males que se habían experimentado en otras va- 
cantes, se asocíase al mando á su hijo Recesvinto y le decla- 
rase su sucesor. Es probable que iguales representaciones hi- 
ciesen otros obispos y magnates; el hecho es que Recesvinto 
fué asociado al reino y declarado sucesor de él, y mandó en 
unión de su padre cinco años, al cabo de los cuales le sucedió 
en el trono. En este año, primero de su sucesión y quinto de 
su reinado, reunió Recesvinto el Concilio VIH de Toledo, á lo 
que es de creer, para buscar en él apoyo contra los que lleva- 
sen á mal su elevación por un medio á que los godos habían 
manifestado tanta antipatía. Este Concilio es célebre por mu- 
chos motivos, pero entre ellos por ser el primero en que los 
palatinos ó proceres asisten , deliberan y suscriben las actas 
del Concilio y en el que estas asambleas principian á tomar 
su forma definitiva. Asistieron á él cuarenta y dos obispos; el 
rey se presenta ante ellos rodeado de sus grandes; pronuncia 
un discurso en que explica los motivos de convocar el Conci- 



282 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

lio para poder gobernar mejor el reino y mantener en tran- 
quilidad á los pueblos, y les entrega un escrito ó tomo en que 
se contienen las materias en que la asamblea debe ocuparse. 
Eran éstas acerca de la fé y del modo de conciliar las antiguas 
censuras y penas pronunciadas contra los conspiradores y re- 
fugiados . con la clemencia y perdón que los tiempos exigian 
y el rey deseaba ,• les encarga además que revisen y busquen 
con su consentimiento el cuerpo de las leyes, y que decreten 
lo conveniente sobre los judíos, ofreciendo sancionar todas las 
deliberaciones del Concilio. Los obispog, siguiendo el orden 
guardado en el tomo regio, se ocuparon de las materias de fé 
y demás indicadas, renovaron las penas y excomuniones con- 
tra los conspiradores, decretaron el modo de elegir los reyes y 
la índole y naturaleza de las diversas clases de bienes que és- 
tos tuvieran á su fallecimiento y los que hubieran de suceder 
en ellos; debiendo quedar para la corona lo adquirido mien- 
tras fueron reyes. Decretaron además que á esto se obligarían 
por juramento los reyes sucesivos el dia de su elección, y que 
el que contraviniese á semejantes disposiciones, no sólo fuera 
excomulgado, sino depuesto también de su orden y dignidad, 
y demás. Las actas del Concilio aparecen firmadas por cin- 
cuenta y dos obispos, doce abades y diez vicarios de obispos, 
entre todos setenta y cuatro eclesiásticos. Los grandes ó pala- 
tinos se supone que fueron sólo diez y seis, porque sólo éstos 
firman. Pero yo he sospechado siempre que debieron ser más, 
primero, porque esta suscricion dice: item ex viris illustrihus 
officü iJLilatíni (1), á diferencia de las demás, que dicen: «Epis- 
€0]^i, item abates^ item vicarii episcoporiim ; lo que parece indi- 
car que éstos firmaron todos , y ex viris officii palatini sólo 
diez y seis, quizá porque sólo éstos sabian firmar , como suce- 
dió en la profesión de fé del Concilio III, que sólo la firmaron 
tres, poniendo los demás su signo ó sello, sigmim qiio signa- 
runtviri illicstres, y después porque en el decreto dado por 
el Concilio al dia siguiente de su reunión, sobre el arreglo del 
patrimonio ó bienes de la corona, se dice haberle dado, cum 

(1) Ksta formula se observa en todos los demás Concilios, y en algunos de ellos 
en el XII, por ejemplo, se dice qu3 asistían séniores palatii uitiversiiy sólo firman de 
ellos, ex vir'tti illiislrihus qxúncu. 



LECCIÓN VIGÉSIMA 2HI{ 

omni 'palatim officío^ swmlqne majo^'iun, muiornmqiie conven lu^ 
y ya se concibe que esta reunión clel)¡a i)asar i\(\ diez y seis 
miembros. Pero una de las cosas ({ue prescindicmbj de esto 
lan más idea del carácter y autoridad que tenian por esto 
tiempo los Concilios, es el decreto dado cu el seg-undo dia por 
ol Concilio sobre los bienes de los r(;yes. lín una monarquía 
electiva, no es el menor de los inconvenientes la amljicion de 
los hijos y familia del rey. Éstos quieren que el rey adquiera 
mucho para que les deje mucho, y para esto cometian grandes 
despojos é injusticias contra los pueblos. ICsto exig'ia un re- 
• medio, y los obispos, excitados por Recesvinto, que quizá ten- 
dria en ello el interés personal de no dividir con sus hermanos 
(') coherederos los bienes de su padre Chindasvinto, tomaron 
lina resolución que publicaron después en forma de decreto y 
iluda unida á las actas del Concilio; redúcese éste á que los 
bienes adquiridos por el rey después de su elección sean del 
reino, y de sus hijos y herederos solamente los que tuvieren 
antes de la elección, aplicando al caso de Recesvinto este fa- 
llo. Pero los obispos al dar este decreto, ciun omiii ¡lalatíuo 
ofjicioy simidqiie ciim majoriim minorumque conveniu^ se elevan 
á consideraciones generales por todo extremo notables. Des- 
pués de quejarse de los abusos anteriores, de enmendarlos, y 
demás, dicen : 

«Hemos visto á varios reyes que después que fueron eleva- 
dos al trono aglomeraron grandes bienes con el concurso de 
los pueblos extenuados, y que olvidándose de que su vocación 
es la de regir y gobernar, convirtieron en devastación la de- 
fensa aquellos mismos que tenian obligación estrecha de ahu- 
yentar con la defensa la devastación. Empeñáronse temera- 
riamente en una cosa muy grave y onerosa para los pueblos, 
es á saber, que aquello que adquirian después de reyes no de- 
bia servir para el esplendor y decoro de la corona, sino que de 
tal manera pasaba á su propiedad, que como legítima herencia 
lo dejaban á sus hijos y herederos.» Y prosigue más adelante: 
«Los reyes deben, pues, entender que adquieren todas aqae- 
ilas cosas, porque rigen y gobiernan todas las cosas, y que 
lo que así se adquiere legítimamente no corresponde á su per- 



284 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

sona, sino á su poder. Porque las leyes y el derecho les lian 
hecho reyes, y no lo han sido por sus personas: ni se sostienen 
por la medianía de su valer, sino por el honor de su encumbra- 
do puesto. Sirva, pues, al esplendor del trono todo aquello que 
se debe al trono; y lo que los reyes acumulan quede para el rei- 
no, para que aquellos á quienes ensalza y sirve de ornamento 
la gloria del trono, no acaben y marchiten esta gloria, sino an- 
tes bien la aumenten y enaltezcan Portante nosotros todos, 

tanto obispos como sacerdotes y demás del clero juntamente con 
el oficio Palatino, y la reunión de todos, mayores y menores, por 
acuerdo y definición unánime decretamos y mandamos, etc.» 
Aquí se ve por los trámites que hemos descrito, convertido 
el sínodo católico en Asamblea nacional, en la que todos fallan 
sobre una cosa ó asunto magno ó grave, verificándose el dicho 
de Tácito de mojoribus redus omnes consuUant. En otras nacio- 
nes el clero y los obispos fueron sin duda admitidos á las juntas 
de carácter temporal 6 civil: entre nosotros se verificó un fenó- 
meno contrario, lajunta ó Asamblea religiosa admitió en su seno 
á la Asamblea civil, la Iglesia absorbió, por decirlo así, al Es- 
tado, y la sociedad española representada en los concilios, á la 
nación goda. De aquí se originaron varias consecuencias, y par- 
ticularidades. Los concilios nacionales á que asistian el rey y 
los grandes eran ciertamente Asambleas con poder civil ó tem- 
poral, pero como no perdieron su primitivo carácter de síno- 
dos, siguieron decretando sobre asuntos religiosos, y resultó 
una institución mixta, en que ala par se trataban las cosas de 
la Iglesia y del Estado. A su vez la influencia episcopal, ya 
muy grande por las causas que hemos expresado, creció y se 
aumentó mucho más por su preponderancia en las Asambleas 
de más influencia y valer de la monarquía, y como consecuen- 
cia de esto, en las leyes é instituciones de los visigodos debió 
prevalecer más que en las de otras naciones el espíritu católi- 
co y el romano, pues como es sabido, el clero lo era general- 
mente y en todas partes se regía por la ley romana. Estas ob- 
servaciones las veremos comprobadas en lo sucesivo. Ahora 
sólo nos compete continuar la reseña histórica do los concilios 
de Toledo, lo que haremos en la próxima lección. 



LECCIÓN VIQE^IMA PRIMERA 



los Concilios (le Toledo liasta k refoiiiiiiistii, 



Kesúmen de la lección anterior.— Concilios IX yX.-- Concilio XI: Wamba.— Conci- 
lios Xir y XIII; Et vig-io.— Apoíjeo de la autoridad política de los Concilios de To- 
ledo.— Últimos Concilios dil XIV al XVIII.— Ruina de la monarquía y constitu- 
ción visifroda — Renacimiento de los Concilios en los primeros tiempos di la 
reconquista.— Diversas opiniones sobre la índole y car;icter de los Concilios de 
Toledo — Institución mista peculiar de la monarquía visigoda en España. — Los 
í Concilios de Toledo según los hechos históricos.— Grandes y provechosos resul- 
tados de estas asambleas. 



En la lección anterior hemos hablado de los concilios ó sí- 
nodos C]iie celebraban los obispos españoles durante la domi- 
nación de los godos, y vemos claramente C]ue por las circuns- 
tancias especiales de nuestra patria, aquellos concilios eran en 
cierto modo las asambleas del pueblo vencido, que formaban 
oposición y contraste con las del pueblo vencedor. Notamos 
también que por esta razón los concilios tenían un gran po- 
der é influencia social en la nación, y que por lo mismo los 
reyes godos buscaban con frecuencia en ellos su apoyo en las 
ocasiones harto frecuentes en que vacilaba el trono, obser- 
vando, por último, que de estas circunstancias se originó la 
especie de poder civil ó temporal que empezaron á tener los 
concilios de Toledo después de la conversión, poder que se faé 
sucesivamente desarrollando de un modo natural y sin vio- 
lencia de ninguna clase, conforme S3 presentaban los sucesos 
que revelaban y patentizaban el poder social de los concilios. 



28G DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

poder social que es siempre el título y origen más legítimo 
del poder político. Así vimos en el gran acontecimiento de la 
conversión de los godos, al rey Recaredo y á los grandes y 
sacerdotes de la nación vencedora, presentarse en el Conci- 
lio III de Toledo, en la asamblea de la nación vencida, á ha- 
cer abjuración de sus errores y á adoptar la fé católica, reco- 
nociendo tácitamente la preponderancia del poder representa- 
do en el concilio, una vez que se venía en su busca, una vez 
que era él, es decir, la Iglesia, quien recibia en su seno al 
poder vencedor ó al Estado. En este concilio vimos que se 
empezó á decidir sobre cosas temporales, pero siempre con la 
autoridad del rey. 

En el Concilio IV se dio ya un paso mucho mayor. El po- 
der civil representado por Sisenando, pidió al concilio su apo- 
yo contra los conspiradore sus enemigos; le invitó por lo mis- 
mo á ocuparse en los negocios de Estado, y el concilio, al ac- 
ceder á los deseos del monarca godo, estableció los cimientos 
del poder político de los sínodos y de la participación de la 
nación vencida en el gobierno del Estado. En los Concilios V 
V VI vimos á Chintila, como más tarde á Chindasvinto en 
el VII, buscar su apoyo contra los conspiradores, y autorizar- 
los para decidir sobre cosas temporales. Pero donde hemos 
visto á los concilios tomar ya su última forma y elevarse á 
fallar sobre los negocios del Estado, y á reformar el código y 
legislación nacional, fué en el Concilio VIII, convocado por 
Recesvinto para legitimar j reforzar su autoridad. En este 
concilio comenzaron los grandes ó nobles godos á deliberar 
en común con los obispos, y á firmar las actas del concilio. 

Sigamos ahora la reseña histórica de los concilios, que he- 
mos dejado en esta época. 

Los concilios IX y X de Toledo, celebrados también en 
tiempo de Recesvinto, no contienen nada notable para nuestra 
actual propósito, á excepción de la asistencia de algunos gran- 
des al ConcUio IX. A la muerte de Recesvinto fué elegido Wam- 
ba en la forma que ya hemos dicho, y en el cuarto de su reina- 
do celebró el Concilio XI de Toledo, en el que los prelados se 
quejaron de que hubiesen ya trascurrido diez y ocho años sin 



LECCIOX ViaílSTMA I'llIMHRA. '2H7 

liíibcrsc reunido t'-ii sínodo, ¡loro este concilio sólo se ocui)ó, 
como particular ({uc fu(^ cu cosas cclcsijísticas, y no asistieron 
á c4 g'randcs ó palatinos. La división do los obispados, tan ce- 
lebre on nuestras hislorias, y que se atribuye falsamente á 
Wamba, ha debido ser obra del Concilio XI. 

De modo que desde el Concilio toledano VIÍI en 64(1, hasta 
ol XII celebrado en ()81, es decir, en treinta y cinco años no 
se reunió ning-un concilio que se ocupase en negocios civiles 
ó temporales; lo que prueba que sólo se acudia á ellos en las 
gTandes ocasiones y cuando habia necesidad de su apoyo, in- 
fluencia y autoridad. 

Una de estas grandes ocasiones fue la que motivó la cele- 
bración del Concilio Xlt de Toledo, en el que ya por último 
los concilios nacionales llegaron á su ma^'or autoridad y ad- 
quirieron sus formas más consistencia y solidez. La ocasión 
fué la siguiente: El rey Wamba, tan querido y amado de los 
pueblos, en el octavo año de su reinado, ó fuese por efecto de 
una bebida ponzoñosa, ó de un modo natural, cayó grave- 
mente enfermo y perdió el uso de los sentidos: las personas de 
su servidumbre, viéndole en el fin de su vida, le revistieron 
de un hábito religioso- en señal de penitencia, y le cortaron el 
cabello como se acostumbraba á hacer con los moribundos. 
Wamba volvió luego en sí, pero se halló vestido de monje y 
con tonsura, y por lo mismo degradado civilmente é incapaci- 
tado para reinar, según las singulares ideas de aquella época 
y de aquella gente, que tanta importancia daban á la decalva- 
cion. En esta situación, aquel rey, que habia subido al trono 
violentado y forzado, se resignó modestamente á retirarse á 
un monasterio, donde vivió el resto de sus dias. Pero antes 
eligió por sucesor en el reino á Ervigio, y mandó al arzobispo 
de Toledo que le ungiese como tal, lo que éste hizo, subiendo 
así Ervigio al trono. 

Aunque la monarquía electiva iba ya espirando, como se 
ve por este y otros sucesos, todavía la autoridad del nuevo rey 
podia ser disputada, no habiendo sido elegido en la asamblea 
de los grandes y de los obispos, con tanta más razón , cuanto 
que debía ya empezar á tomar cuerpo la sospecha de que la 



288 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

enfermsdacl y la tonsura de Wamba fueron obra de una cons- 
piración á cuyo frente estaba Ervigio. Sospecha que por tra- 
dición acogieron y dieron como fundada algunos siglos des- 
pués una gran parte de nuestros historiadores. Para obviar 
sin duda estos inconvenientes , convocó Krvigio el Conci- 
lio XII de Toledo en los primeros dias de su reinado. Se re- 
unieron ent(5nces en Toledo treinta y cinco obispos y todo el 
oficio palatino. Coiisiüe'itibiis Epíscopis atqm sénior ihus PalatU 
%iniv3rsís. YA rey se presentó en la asamblea, le dirigñó un 
corto discurso, y en seguida entregó el tomo regió, en el que 
proponia al concilio lo que habia de tratar. Las propuestas se 
reducian principalmente á reconocer y confirmar la elección 
de rey, según los documentos que acreditaban su legalidad, 
versando también sobre la mejor observancia de las leyes da- 
das contra los judíos, sobre la modificación de una ley de 
Wamba en la que se privaba de la facultad de testificar ó ser 
testigos á los que llamados, no acudiesen á la guerra, y sobre 
la reforma general de la legislación. El concilio examinó los 
escritos presentados por Ervigio, que fueron: una declaración 
de los séniores palatinos en la que constaba que Wamba habia 
recibido la tonsura et religionis ciiltmn et tonsiiroí sacrce, adep- 
tas est V3nerabile slgivim; una escritura del mismo Wamba, en 
la que designaba como su sucesor á Ervigio, iibi Glor. D. N. 
JErvigium post se fieri Regem exoptat, y una información del 
encargo dado por Wamba al arzobispo Julián para que pro- 
cediese á la unción y consagración de Ervigio, como así se hi- 
zo. El concilio, habiéndose enterado de todo, aprobó lo hecho, 
confirmó la elección, absolvió al pueblo del juramento de fide- 
lidad hecho á Wamba, declarando que Ervigio era el legítimo 
rey, y excomulgó á los que contra él se alzasen ó conspirasen. 
VaM seguida derogó la ley de Wamba sobre la facultad de tes- 
tificar, y adoptó algunas otras disposiciones secundarias en 
este momento para nuestro propósito. Firman las actas de este 
concilio treinta y cinco obispos, tres vicarios de obispos au- 
sentes, cuatro abades y quince palatinos. Estos últimos, fir- 
man con la fórmula siguiente: Ego lesiülus Jixo s'ainti, qiU- 
hits intrrfiU, ann\ie:is suhscripsi. 



LECCIÓN VIGÍ:S1MA PRIMKIIA 2^9 

Kl rey publica cii seguida una ley en coníirniacion de lo 
lieclio en el concilio por los obispos y palatinos, a vcnerandis 
PiUrihiis etcl'irissínüs Piíldtii noslri sdidorlbiis. Estos dos úl- 
timos textos prueban bien claramente que los i)alat¡nos toma- 
ban una parte activa y decisiva en las resoluciones del con- 
cilio. 

Llegados los concilios á esta autoridad y consistencia, el 
examen de los demás que se siguieron no necesita ya ser tan 
detenido: basta solamente hacer ver que en ellos se siguió el 
mismo sistema y tuvieron sus miembros igual autoridad y 
poder. 

El Concilio XIII Toledano, convocado por el mismo Ervi- 
gio, fué abierto por el rey, que presentó á los obispos y pala- 
tinos el tomo ó propuesta Real, y promulgó después una ley 
en confirmación de lo acordado. En él se concedió amnistía á 
los que se liabian rebelado con Paulo en tiempo de Wamba; se 
dieron páralos juicios délos obispos, palatinos y demás ing*é- 
nuos reglas justísimas que examinaremos á su tiempo; se per- 
donaron tributos y contribuciones atrasadas; se tomaron diver- 
sas providencias para la seguridad de la reina é hijos del rey, 
y se estableció que ningún siervo, á no ser de los llamados^,?- 
caleSy pudiese ser nunca elegido palatino. Firmaron las actas 
de este concilio cuarenta y ocho obispos y veintiséis palatinos. 

El Toledano XIV se reunió también en tiempo de Ervigio 
con motivo de una carta del Papa, y sólo trató de asuntos ecle- 
siásticos, razón por la que no asistieron seculares ó palatinos. 

A la muerte de Ervigio le sucedió su yerno Egica. La for- 
ma de elección fue la sola designación de su antecesor como 
en la sucesión de Wamba. Ervigio, sintiendo aproximarse su 
última hora, eligió á Egica por sucesor, dice la crónica de 
Aguisa: elegitsui successorem iii regm; le hizo jurar que admi- 
nistraría recta justicia á los pueblos, y al dia siguiente se vis- 
tió el sayal de penitente, recibió la tonsura monacal, y absol- 
vió á los grandes del juramsnto de fidelidad. Algunos dias 
después Egica fué ungido rey en la iglesia de San Pedro y 
San Pablo, y convocó el Concilio XV de T oledo. 

Este Concilio XV fué abierto por el Rey, quien después de 

19 



290 DEL GOBIERNO ^ LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

un breve discurso presentó el tomo rég-io, en el que, entre- 
otras cosas, proponía la dificultad en que se hallaba por dos 
juramentos prestados á su antecesor en favor de los hijos y fa- 
milia de éste, el primero cuando se casó con Cixilona, hija de- 
ErvigMo; el segundo, cuando éste le eligió para sucederle, y le 
hizo jurar que administraría justicia á los pueblos ímparcíal- 
monte, lo qu3 suponía no poder hacer observando el primer ju- 
ramento. El concilio deshizo la dificultad, y tomó otras resolu- 
ciones cuya exposición no es de este lugar. Firmaron sus actas 
diez y siete palatinos, y se dio una ley confirmando el concilio. • 

El Concilio XVI fué convocado por el mismo Egica contra 
los conspiradores que atentaban á su trono. Egica asiste á su 
apertura, presenta el tomo regio, propone medidas para la de- 
fensa y amparo de la prole Real, para la reforma de la legisla- 
ción y otras materias. El concilio resuelve sobre todo esto en 
la forma acostumbrada, y pronuncia anatema por tres veces á 
imitación del Concilio IV de Toledo contra los conspiradores. 
Firmaron sus actas sesenta y dos obispos y diez y siete palati- 
nos, y se dio asimismo una ley confirmando el concilio. 

El Concilio XVII, último de los toledanos, cuyas actas se 
conservan, fué celebrado en tiempo del mismo Egica, también 
con asistencia del Rey, que pronuncia su alocución y presenta 
el tomo regio. En este concilio se decretan varias medidas en 
defensa de la prole Real y se confirma también su autoridad 
por una ley. No constan las firmas de los asistentes, pero se 
sabe que concurrieron á él los palatinos, Vir¿ Aulce Regm. 

E]ste Concilio XVII es, como he dicho, el último de los to- 
ledanos que se halla en las colecciones; pero nuestros histo- 
riadores, y señaladamente el arzobispo Don Rodrigo, dicen 
que hubo además otro, el XVIII en el número, celebrado por 
disposición de Voltiza. Este rey fué hijo de Egica, quien le 
asoció al mando en vida, sucediéndole inmediatamente des- 
pués de su muerte, defraudando así á los nobles y obispos del 
derecho de elección. Parece que, á ejemplo de los reyes ante- 
riores, Witiza reunió el Concilio XVIII de Toledo para regula- 
rizar su autoridad y buscar el apoyo que en ella hallaron otros- 
reyes. El texto de Rodrigo de Toledo dice simplemente: Ule 



LECCIÓN VKiKSlMA IMU.MKUA 201 

in Jücclcsia Sancti Petri quxc e.st extra Tolclimi cnm, Hpt.scopís ct 
m(u;nat¿bus SKiier ordinatloucm Rer/ni ConcÁlium cclebravit, Iftmen 
in cwpore canoiium non hahetiir. Al parecer no le valió á Witiza 
este auxilio, pues disg^ustados los partidarios de la monarquía 
electiva, principalmente los grandes, al verse defraudados ya 
de la elección ])or tres veces, al advenimiento de Ervigio, de 
Egica y de Witiza, se sublevaron contra este y eligieron al in- 
fausto y célebre Rodrigo. Los partidarios de Witiza, aun des- 
pués de su muerte siguieron la parcialidad de sus hijos; el rei- 
no se dividió en facciones; una de ellas llamó en su auxilió á 
los árabes, que habian avanzado en sus conquistas por la par- 
te de África hasta el Estrecho. Los árabes, como es sabido, vi- 
nieron; y auxiliados por los de la facción de Witiza, acabaron 
con el reino y monarquía de los visigodos, cesando por lo mis- 
mo la celebración de los famosos concilios de Toledo, cuya 
historia estamos reseñando. 

Sin embargo, así como la monarquía, como veremos en lo 
sucesivo, renació de sus cenizas en las niontañas de Asturias y 
en los reinos de Oviedo y de León, así los Concilios como 
Asambleas mixtas y peculiares de nuestra patria, volvieron á 
renacer también con asistencia de los reyes y magnates y con 
intervención directa en las cosas temporales. De esta clase fué 
el Concilio de Oviedo del año 872 y otros posteriores ; el céle- 
bre de León de 1020, comprendido ya en la colección de Cor- 
tes de la Academia de la Historia ;. el de Coyanza ó Valencia 
de Don Juan del año de 1050, que se halla en la misma co- 
lección, y otros varios, hasta que se convirtieron en Cortes ci- 
viles y se separaron completamente de ellas, como veremos en 
su lugar, los sínodos eclesiásticos. 

Hecha esta reseña histórica de nuestros Concilios naciona- 
les, vemos yá hasta qué punto son inexactas las opiniones ex- 
tremas que acerca de ellos se han emitido por escritores por 
otra parte sumamente recomendables. 

¿Cómo sostener, por ejemplo, con el sabio P. Florez, Cen- 
ni, Sempere y otros , que estos eran meros Concilios eclesiás- 
ticos, en los que si de algo temporal se trataba era solamente 
bajo el aspecto eclesiástico? Esto podría tal vez decirse de los 



292 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

Concilios primeros, como el tercero y aun el cuarto, á pesar de 
su importancia, pero no de los demás, pues fallan directamen- 
te sobre cosas temporales, toman parte en sus deliberaciones 
los nobles ó grandes seglares, y los confirma la autoridad 
civil. 

Aun menos pueden ser calificados de juntas 6 Cortes na- 
cionales, como pretenden otros, siendo así que siempre con- 
servaron el nombre y el carácter de sínodos , que los obispos 
eran en ellos la parte principal, que entendian en materias de 
fé, de disciplina canónica y otras ajenas al poder y la compe- 
tencia de la autoridad temporal. 

Eran, pues, los Concilios de Toledo unas juntas especiales 
propias y peculiares de nuestra monarquía, que participaban 
de la naturaleza de los sínodos eclesiásticos y de las Asambleas 
nacionales, pero que no eran precisamente lo uno ni lo otro. 
La reg'la, pues, que de la índole y naturaleza de aquellas 
juntas respectivamente se deducen no tienen exacta aplicación 
á los Concilios de Toledo en su forma especial , y caen por su 
base por ejemplo los argumentos de los que, queriendo exten- 
der fuera de sus límites la autoridad eclesiástica , dicen que 
los obispos deponian á los reyes , reformaban la legislación y 
dictaban las leyes más esenciales de la monarquía. Así como 
tampoco tienen fundamento las suposiciones de aquellos que, 
deseando extender del mismo modo la autoridad civil, alegan 
que los reyes convocaban y confirmaban los Concilios, que 
dependían por lo mismo de su autoridad, y que por consi- 
guiente ella, en último término, era la que arreglaba la disci- 
ciplina exterior, dividía á su antojo las diócesis y obispados, 
deponía y reponía los prelados, y otra porción de absurdos para 
los que se quiere hallar apoyo en aquella institución mal estu- 
diada y peor comprendida. Así pues, dejando aparte estas opi- 
niones sistemáticas y limitándonos á los hechos, concluiremos 
esta esplicácion exponiendo los caracteres generales de estas 
grandes Asambleas y la forma de su celebración. 

El rey convocaba los Concilios, y e'stos se reunían por su 
mandato. Este es un hecho constante consignado en todas las 
actas de los Concilios desde la conversión de los godos hasta 



LECCIÓN VIGÉSIMA riil.MKRA 2\)H 

el sig-lo XI, ])ues todavía venios cu el ('oiicilio do I.coii del 
nfio 10*20 que los obispos y magnates dicen (juo decretan jjor 
mandado del rey ; eé jussu i^mus Ihgis tnlia decrevimus qux 
ürm iter tea can tur fu turis temporibus . 

VA mismo rey, desi)U(^s de celebrado el ('oncilio, promulga- 
ba una ley (5 pragmática en toda forma, dando autoridad y 
fuerza legal á lo hecho en el Concilio. ]<]stas leyes se hallan 
})or lo común al íinal de las actas conciliares, lo que prueba 
que se reputaron siempre como una parte integrante de ellas. 

Los obispos de España y de la Galia gótica asistían á estos 
Concilios por derecho propio, y cuando no podian asistir man- 
daban procuradores ó vicarios. 

Los proceres, viri ilhtstres, ó palatinos que asistían, parece 
que eran sólo los que el rey nombraba ó designaba; á lo mo- 
nos así se infiere de varios pasajes de los tomos de los reyes, 
pues hablando de los grandes se dice en el Concilio VIII de 
Toledo,: In commune jam mhis cunctis, et ex divino cultu mi- 
nistris idoneis, et ex aula regia rectorihus decenter elcctis: Kr- 
vigio, en el Concilio XII, les dirige estas palabras: lUustres 
avM regiod viros, quos interesse nunc sant(E sínodo deUgit nostra 
suhlimitas; y Egica en el XVIII: Vos illustríz aidm regice decits, 
ac magnijicorum virorum numerosus conventus ^ quos hitic vene- 
rahilis cetui nostra interesse celsitudo frecepit (1). 

Otros textos, sin embargo, suponen la asistencia de todos 
los palatinos; así el Concilio VIII, que fué el primero á que 
concurrieron, dio un decreto sobre el arreglo del patrimonio 
real, por acuerdo, dice, de todo el oficio palatino, ciim omni 
l^alatino ofjício; y en las actas del Concilio XII se expresa que 
asistieron á él todos los señores de palacio, considentihis e^is- 
copis, atque senioñlus 'palatii universis. 

La práctica posterior en tiempo de la restauración íué'tam- 

bien la de que asistiesen todos los grandes. Al Concilio de 

Oviedo del año 872 vino el rey con todos los obispos, la familia 

real, et cum imirer sis potes tatibus; al de León de 10*20 concur- 
rieron omnes ponti fices et abates et optimates regid Hispanice; y 

(1) El Pacr-nse (IH) supone que la elección era del mismo Colegio palatino, ntqnc 
Colleíjium pulaíinum, qui ciccüone Collegü inleresse merucruní. 



294 DEL GOBIERNO Y LEGISLACIÓN DE ESPAÑA 

el de Coyauza de 1050 le celebró el rev Fernando I con los 
obispos, abades et totius regni nostri opUmatíbiis. 

Por otra parte, parece natural que al querer refundir en 
los Concilios eclesiásticos las antiguas Asambleas nacionales, 
asistiesen á ellas los grandes, que eran los que las formaban 
principalmente. Además de los obispos y magnates concurrie- 
ron á los Concilios los abades y siguieron concurriendo en la 
(^poca de la reconquista, pasando luego con los obispos y los 
grandes á las Cortes. Comenzaron á asistir los abades á los 
Concilios desde el VIII de Toledo, como los grandes. Los mo- 
nasterios en España habían ya crecido mucho en influencia y 
poder, y sus abades pertenecían á la aristocracia eclesiástica; 
era, pues, necesario que asistiesen á las Asambleas de la mo- 
narquía y de la Iglesia visigoda. 

Además de estos vocales legítimos y necesarios, concurría 
de una manera más indirecta é irregular una parte del clero 
y del pueblo, que á veces intervenia, invitada por el concilio, 
en sus deliberaciones. Era ésto, al parecer, un resto de la an- 
tigua intervención del pueblo en las asambleas de las razas 
germánicas y de su asistencia á los sínodos cristianos. Así 
vemos que el Concilio IV de Toledo se dirige al clero y al pue- 
blo asistente, pidie'ndoles su aprobación para una medida, si 
jüacet ómnibus qui adestís, hcec tertio reiteratii sententia vestre 
vocis eam consensu confírmate, y entonces todo el clero y el pue- 
blo la confirman en alta voz: Ab universo clero vel po'pulo cUc- 
tíim est, etc. 

Lo mismo resulta haberse verificado en el Concilio XVI. 
Después de reiterar por tres veces la excomunión contra los 
conspiradores, se dirige el que llevaba la voz del concilio á los 
circunstantes con la? mismas palabras et ideo si ^lacet, etc., y 
todos con el pueblo contestan confirmando: Ab universi Dei 
sacerdotíbiíSy palaUi senioribus , clero^ vel omni ])oimlo dictum 
est, etc. 

El cronicón ó historia del Pacense trae sobre esto un texto 
notable. Al hablar del Concilio XV, convocado por Egica, dice 
que se juntaron sesenta obispos, un gran colegio de cristianos, 
que supongo será el CoUegium Palatinum como le llama, el 



I-KCCION VlfíKSliMA I>IUMK11A. 295 

Afloro y todo el pueblo ó plclx; hirviíiudo al rededor; atque omní 
zulyari iii circuitii fervoUium jíojíuIo. 

Reunido este concurso en una iglesia, que ^olia ser la de 
San Pedro cj la de Santa Leocadia, el rey se presentaba acom- 
pañado de sus grandes funcionarios en el concilio; pronuncia- 
ba un mu}' corto discurso de apertura sobre el objeto de la 
reunión, concluyendo por entregar el Tomo Regio 6 propuesta 
del trono; hecho ló cual se retiraba de la asamblea y esta em- 
pezaba sus trabajos. 

, Precedian á veces á ellos, tres dias de ayunos y letanías, 
pero estos ejercicios de oración y de penitencia públicas, te- 
nían lugar más frecuentemente al inaugurarse el concilio. Ta- 
les eran los concilios de Toledo en los que el clero católico, in- 
fluyendo sobre el elemento germánico, logra dar fuerza á la 
monarquía, formar una nación de dos razas opuestas y enemi- 
gas, y dotarla con una legislación sabia y justa que adelantaba 
en dos ó más siglos á la del resto de Europa. 

Así lo han reconocido expresamente dos escritores tan po- 
co sospechosos en este punto como el incrédulo Gibbon y el 
protestante Guizot; así lo repiten hoy todos los historiadores 
ilustrados é imparciales. 



Con las lecciones referentes á los Concilios de Toledo ter- 
minaron, suspendiéndose indefinidamente, las explicaciones 
del autor en el Ateneo ; pero como en sus apuntes sueltos y en 
otros escritos se encuentran algunas sumarias indicaciones re - 
erentes al oficio palatino, al orlen judicial y económico, al ré- 
gimen municipal, y á la religión, y legislación en tiempo de 
los godos, las insertamos aquí como complemento del estudio, 
ya muy avanzado, de este período, último de los que abrazan 
estas lecciones. 

«El oficio palatino, dice el autor en sus apuntes, es el 
otro elemento limitativo de la Constitución goda, que es pre- 
ciso estudiar después de terminada la historia y el análisis 
de los Concilios de Toledo. Para esto hay que examinar pri- 
mero, si' habia entre los germanos y los godos verdadera 



296 APÉNDICE 

nobleza hereditaria y territorial , y aunque respecto á nues-^ 
tra patria, faltan para poder darlo por seguro las tradiciones^ 
interrumpidas por el gran acontecimiento de la invasión 
sarracena, todavía se encuentran vehementes indicios de 
ello , no sólo en las instituciones de las tribus hispánicas- 
y de las razas germánicas, sino en las costumbres y en el 
modo de ser de los godos, en los testimonios de sus historia- 
dores como Jornandes y san Isidoro, en el Fuero Juzgo y en 
otras tradiciones nacionales posteriores á la restauración. De 
esta nobleza salian los palatinos, que desempeñaban los prin- 
cipales cargos del gobierno y del palacio, formando en primer 
término un ministerio de comités palatinos aá^ instar de los ro- 
manos, pues conforme se asimilaba el gobierno godo al roma- 
no, el rey se iba asemejando al emperador, y los jefes de las 
tribus á los palatinos del Imperio. Así adoptaron este nombre 
y el de comités^ duces, etc., con los títulos de illustreSy specta- 
biles y demás. » 

Al oficio palatino debia se guir el estudio del gobierno de 
los godos en sus diferentes órdenes, judicial, militar y econó- 
mico. «En el orden judicial el rey nombraba los jueces, pero 
en el Fuero Juzgo, en las mismas le^^es que lo previene así, 
dá á entender que los nom braban también otros, quizá el pue- 
blo, siguiendo la costumbre germánica. Consta además que 
habia un magistrado popular. No existia entre los bárbaros je- 
rarquía judicial. En Espa ña habia sin embargo apelación al 
rey solamente, lo que era un resto de la organización romana 
y un elemento muy grande de unidad. Los juicios eran públi- 
cos con asessoreSy y así juzgaba el rey á los grandes: esta cos- 
tumbre estuvo en uso aun después de la ley que permitia juz- 
gar sin ellos, como se ve en el Fuero de Toledo. Las pruebas 
judiciales eran , además de la testimonial, las negativas, como 
la caldaria, el combate y otras repugnadas por los obispos, 
pero siempre mal extirpadas, porque se ven renacer á cada 
paso. También combatieron los obispos las composiciones ó 
penas pecuniarias, cuyos restos existen en el Fuero Juzgo. Los 
godos tenian también arbitros y jueces de comercio. En el 
orden económico, el Fuego Juzgo supone que habia tributos 



fragmentos: período visigótico 297 

forzosos y tributos voluntarios cu¿ fid esírcglj modo gratum, 
modo dchltum errof/ant fmembra totius lücbisj censiim» (ley 5", 
lil). II, tít. i). 

En cuanto al r(^<;-inicn municipal de los ^-odos, qu(! si^-uicn- 
do el orden establecido en el estudio del imperio romano debia 
ser examinado despuc^s del gobierno general de la nación, el 
autor lia dejado eruditamente tratado este punto en su discur- 
so de contestación al Sr. Seijas Lozano en la Academia d(í la 
Historia, que á continuación insertamos. Para di la e'poca de 
los godos es, respecto del régimen municipal, una (q)oca de 
transición entre la curia de los romanos , que subsistió entre 
los godos hasta la primera mitad del siglo vii y el Concilium 
6 Concejo de la Edacl Media, que apareciendo fuerte y sólida- 
mente constituido á mediados del siglo ix, demuestra palpa- 
blemente que llevaba largos años de existencia y que empezó 
á desarrollarse y crecer bajo la monarquía de los reyes visi- 
godos. 

El autor debia pasar después á estudiar especialmente la 
influencia y acción de la Iglesia católica en tiempo de los vi- 
sigodos, «considerándola como corporación constituida, no 
como creencia individual, examinando su jerarquía, en la 
que en primer término aparece el Pontífice romano como jefe 
supremo en la tierra, de la Iglesia universal, j la Iglesia es- 
pañola formando parte de este gran todo por su dependen- 
cia de la silla romana, y estudiando después la autoridad del 
rey en lo eclesiástico, el número, elección y atribuciones de 
los metropolitanos y obispos, de los abades y monasterios^ 
délos tribunales eclesiásticos y apelaciones á Roma, cuerpo 
de cánones y existencia y naturaleza de los bienes eclesiás- 
ticos.» 

Enlázase directamente con este punto «el del desarrolla 
moral de la sociedad visigoda y el papel que en él hizo el cris- 
tianismo, estudiado en presencia del elemento romano y el 
germánico. El cristianismo tenía grandes puntos de afini- 
dad con los dos caracteres distintivos, individual y social .de 
las dos sociedades, germánica y romana, debiendo por esta 
razón atraérselos^ refundirlos y renovarlos en su seno, y va- 



298 APÉNDICE 

ciarlos en sus moldes, de modo que de la mezcla no saliese el 
godo, el bárbaro y el romano, sino el cristiano. Y así se ve 
dar al compuesto el nombre de Cristiandad 6 Repüblica crisiia;' 
na^ nombre que domina sobre los especiales de cada pueblo ó 
nación, porque el lenguaje necesitaba una voz que expresase 
lo que veia, él gran hecho que dominaba é influía en todos 
los hechos.» Reservándose estudiar las consecuencias, de este 
hecho, en los elementos religiosos y sociales, en la literatura, 
en las artes, en todo lo que se refiere á la Cristiandad, el 
autor pasa á hacer notar los puntos de afinidad del cris- 
tianismo con la civilización germánica y con la civilización 
antigua romana. «Con la primera, en la que las existencias 
individuales con su fuerza y exuberancia apenas dejan ver la 
sociedad, coincide ó se asemeja el cristianismo eli su concepto 
superior del hombre, como imagen de Dios , en la igualdad 
ante Dios de todos los hombres y en la creencia de que el des- 
tino del hombre no es este mundo transitorio, significando por 
lo tanto poco ó nada las distinciones y el poder de él. Con la 
segunda, en la que la fuerza y exuberancia del poder social 
sofocaba las existencias individuales , y en la que si se cono- 
cia la libertad política colectiva no existia la libertad indivi- 
dual, la libertad civil, coincidía el cristianismo, con la divi- 
nización de la sociedad, obra de Dios, (];er ma reges regnant) y 
con los deberes sociales elevados á deberes religiosos, quedan- 
do á salvo la sociedad así divinizada de las exageraciones de las 
tendencias del individuo. El cristianismo predicaba al mismo 
tiempo el amor á los semejantes y ensalzaba así el mérito de 
la abnegación personal de las sociedades antiguas, despojando 
á las tendencias individuales de todo lo que tenian de egoísta 
y de grosero. Proclamando al mismo tiempo la justicia como 
base de la sociedad, sin la cual los Estados, como dice san 
Agustín, no son más que tiranías y latrocinios: adempta justi- 
tia ¿quid sunt regna nisi migna latrociriia? acababa con sus 
tendencias tiránicas y despóticas.» 

Por último, la historia y estudio de la legislación goda, 
después de mencionadas las tentativas de Eurico y Leovigil- 
do, se concreta en el breviario de Aniano 6 Lex romana visigo- 



FRAGMKXTOS: I'KRÍODO VISIGÓTICO 29j) 

ihornm y en el Fuero Jiizg-o. «Midntrag líuríco y Lcovigildo, 
dice, daban, según San Isidoro, leyes escritas ;i los {^odos y 
mejoraban la lo«>Mslac¡on visig-iUica, los españoles 6 romanos, 
sujetos á ellos, se regían por las leyes romanas y la legislación 
personal dominaba á los dos pueblos sujetos á una misma au- 
toridadf Las leyes romanas que regían eran las del (.odigo 
Teodosiano, pero ludgo se tocaron los inconvenientes de dejar 
subsistir las le?/es romanas, cuando no Qx'isüííysi poder romauo. 
Fué preciso por lo mismo corregirlas ó enmendarlas, acomo- 
dándolas á la nueva situación, y entonces el Rey Alarico dio 
el Código romano llamado Breviario de Aniano y Lex romana 
msigotliorum.y> En cuanto al Fuero Juzgo, el autor, después de 
haber hecho, según aparece en sus apuntes, un prolijo y con- 
cienzudo análisis de sus leyes, concluia sus indicaciones sobre 
la legislación goda y sobre este período, apreciando el carác- 
ter general de este Código en los términos siguientes: 

«El Fuero Juzgo, tal como ha llegado hasta nosotros, no 
representa el verdadero estado de la legislación y de las cos- 
tumbres de la época en que se escribió con la fidelidad que se 
cree generalmente. Además de que por no tocar ciertos ramos 
<lel derecho, no expone lo que acerca de ellos regía, se nota en 
todas sus leyes, principalmente en las de Chindasvinto y Re- 
cesvinto, un espíritu marcado de innovación: su objeto fué 
alterar las leyes anteriores despojándolas de lo que tenian de 
bárbaro, influidos sin duda alguna por el ascendiente de los 
obispos. Pero como dictar una ley nueva no es lo mismo siem- 
pre que desarraigar la antigua, es probable que en tiempo de 
los últimos reyes godos el estado de las costumbres y las prác- 
ticas no fuese del todo acomodado al Fuero Juzgo. Así es que 
apenas se verificó la irrupción de los sarracenos, y se destruyó 
con ella el influjo de las nuevas lej-es, la nación volvió á sus 
antiguos usos, por más que se afectase mirar con respeto al li- 
bro de los Jueces. En las escrituras inmediatas á los primeros 
tiempos de la restauración encontramos muchas disposiciones 
contrarias á las del Fuero Juzgo establecidas como de antiguo, 
y el concilio de León prueba esto más, presentando una por- 
ción de leyes de diverso espíritu que las del Código Visigodo. 



SOO APÉNEICE 

En todo éste, por ejemplo, no se habla una palabra de la prue- 
ba por el combate, y sin embargo, se sabe que la ley antigua 
de los godos le establecia, y con arreglo á ella pelearon Bela, 
Conde de Barcelona, y Sunila en tiempo de Ludovico Pío, se- 
gún cuenta el autor anónimo de su vida. Cnm eodcm, sccundiim 
le^em^rop'iam, %it%ote qiiasi %iierqíie Gotlms erat equestri p^mlio 
congressus est et tictiis. Así vemos establecida la prueba del 
combate en los decretos del Concilio de León cuando aún no 
se pedia decir que la habian introducido los franceses, pues 
basta entonces ape'uas habia habido trato con ellos. Lo mismo 
se puede decir de las pruebas vulgares asimiladas en todas las 
legislaciones bárbaras. El Fuero Juzgo habla de la prueba 
caldaria como por incidencia y refiriéndose á otra ley, que no 
existe en el código, señal clara que fué extraída de él, su'perio- 
H Uge síidjaceMt. La versión castellana dice: «como manda la 
ley caldaria, la ley de suso.» Esta memoria que de dicha prue- 
ba se hace en la ley citada tan casualmente, parece un olvido 
del autor del código: su objeto fué desterrar las pruebas vul- 
gares, y suprimir todas las leyes que hablaban de ellas, me- 
nos ésta que al parecer dejó por descuido. Es indudable por lo 
mismo que esta prueba se usó entre los godos, y así es que 
en el Concilio de León se habla de ella como de una cosa esta- 
blecida. Marina es de opinión (Ensayo^ p. 232) que esta prue- 
ba no se conoció entre los godos, fundándose en que la ley del 
Fuero Juzgo, en que tan ligeramente se menciona, es de creer 
fuese interpolada posteriormente, mediante á que no se en- 
cuentra en los códices de Toledo, León, Cardona y otros. Pero 
esto es una equivocación; esta ley, que en la edición latina de 
la Academia es la 32 del lib. ii, tít. i, se halla también en los 
códices que cita Marina; la diferencia está en que en ellos, lo 
mismo que en la edición de Lindebrogio, es la tercera del tít. i 
del lib. VI, y el mismo lugar ocupa en la edición castellana.» 



SOBRE EL RÉGIlíí MUNICIPAL EN ESPAÑA (I). 



La ^poca de los godos es respecto del régimen munici- 
pal una época de transición. Si separándonos de ella volvemos 
la vista hacia los tiempos anteriores nos hallamos con la cu- 
ria; si á los tiempos posteriores con el coMÜÍum: á un lado la 
municipalidad romana, al otro el concejo de la Edad Media: 
aquí el régimen privilegiado y la esclavitud de las curias , allí 
€l régimen de la comunidad y la libertad semi-republicana y 
semi-federal de los concejos. Como se enlazan en la historia 
estas dos tan diversas instituciones, como se verifica en la re- 
gión de los hechos esta trasformacion sing-ular, es más fácil 
imaginarlo que demostrarlo. La curia acaba y se desvanece 
poco á poco y por gradaciones tan insensibles que es imposi- 
ble fijar el tiempo preciso en que cesa del todo. El concejo 
comienza tan de la misma manera en sentido inverso que no 
podemos fijar el momento de su primera existencia. Lo que 
sabemos es que esta misteriosa trasformacion se verifica en el 
período de la monarquía goda, que al abrirse este período 



(l) Discurso leido en la Acadamia de la Historia por el autor de estas lecciones 
en contestación al Sr. Seijas Lozano. 

Suprimimos de este discurso toda la parte primera, referente á la historia del 
régimen municipal en España duraftte el período primitivo y romano, porque 
esta materia queda más ampliamente tratada, muchas veces casi hasta en los 
mismos términos literales que aquí, en las lecciones W, 10 y 11 de este libro, hasta 
ahora inéditas (A'. áe¡ C.) 



302 APÉNDICE 

existe la curia, y que al acabarse á poco tiempo después tiene 
ya vida el concejo: que la institución vieja y decrépita falleció 
y que de sus cenizas surgió llena de vida y de vigor la insti- 
tución nueva. 

En efecto, señores, en los primeros tiempos de la invasión 
goda las ciudades conservaron su primitiva organización ; y 
cualquiera que fuese la que adoptaron los godos para su ma- 
yor seguridad en medio de un pueblo numeroso, tiranizado y 
descontento, es lo cierto que á los antiguos habitantes' se les 
conservaron sus leyes y con ellas todas las disposiciones rela- 
tivas á las curias, decuriones y defensores. Esto lo comprue- 
ban de un modo indudable el Breviario de Aniam y otros mo- 
numentos de la época hasta mediados del siglo va (1); desde 
esta época desaparece completamente la curia en los instru- 



(11 Algunos han querido negar la existencia de las curias y del sistema muni- 
cipal romano durante la época de losgodos; pero son muchos los testimonios que 
la comprueban; citaré algunos de los que he reunido. En el Breviario de AniunOy 
cuyas leyes fueron dadas en el año .o06 para el régimen de los romanos ó antiguos 
habitantes del pais ocupado por los godos, se conservó toda la legislación romana 
respecto de las curias, y aun se da á éstas más importancia. En la vida de San Mi- 
lian, muerto en 574, escrita por San Drauíio, obispo de Zaragoza, se hace mención 
del curial Máximo, de los senadores Sicorius, Nepotianus y Ilonorius, y se habla de 
una reunión que á instancia del santo celebró el Senado de la ciudad de Cantabria 
(Sandoval, Fundac. de San Benito.— San Millan, pácj. G, 1, 9). En el canon 19 del conci- 
lio 4° de Toledo (año 633) se prohibe promover al sacerdocio, qui curia' nexibus obtiga- 
ti sinl. (Aguirre, Coleclio max concil. Hisp. tom.S, p. 3~0). Lo mismo se dispone en la 
colección de cánones, quibus Ecclesia hispánica regehatur ab ineunle VI sécalo usque ad 
initium VIII, cuyos índices publicó el mismo Aguirre {fojn. 4", ;;. 9). Ex curialibusy 
dice, Clericüs non sil.—Cansidici el curiales ad clerum non admitantur, {ibid. p- 12). En una 
colección manuscrita de fórmulas del tiempo de Sisebuto, que se conserva en un 
códice antiguo de la Catedral de Oviedo, se hace varias veces mención de las curias 
al extender la fórmula de incorporar los testamentos ó donaciones en los archivos 
ó gesta pública do una ciudad. En el poder del testador se dice: ita ut post Iransilunt 
ineum hanc volunlatis nec cpistolam apud curim ordinem gestis publicis [acias adnumerare. 
En la fórmula de agregación á la gesta publica, de la carta de testamento habita Pa- 
tricia co'duba apud illum principales, illum curaloreni Utos magistratos Ule dixit. . . bonoe 
memorie domiiius Ule milii commisit ut pot transitum suum apud gravilateni vestram eam 
adpublicarem et gestis publicis adcorporarem, y pide que se mande leer ut agnila possit 
inacta, insgrare ex oficio curiíc, etc, ChindaiSxmto {L\9, ht. i, lib. 5, Fuer. Juz.}, pro- 
hibe á los curiales vender sus bienes sino bajo ciertas condiciones. La ley 2% titula 
libro 12 habla de los defensores y de los numerarios elegidos cada año por los pueblos 
ó por los obispos, y la 2Ó del mismo titulo y libro habla de los mismos funcionarios 
como Jueces. San Isidoro (or¿ír. lib. 9 ,cap. 4"),, menciona á los defensores como una 
magistratura existente: Défensoies dicti eo quod plebem commissam. . . defendani. At 
contra nunc quídam ever sores non defensores existunt. Todos estos testimonios prueban 
de un modo indudable la existencia de las curias en la monarquía goda; pero todos 
soH anteriores á la mitad del siglo vii. 



discurso; RKGIMKN MUNICIPAL 'AO'.i 

montos públicos, y en la cstonsa compunción do las loycs vi- 
sig'odas ai una sola vez so nombra siquiera esta institución, 
aunque todavía so mencionan en una ocasión las car^^as de 
los curiales, y se cita en varias leyes á los defensores nom- 
brados anualmente por los pueblos ó por los obispos. Pero si 
en las leyes de los godos y demás monumentos de la dpoca 
desaparece completamente la curia á mediados del siglo vii, 
hasía cerca de dos siglos" despuds, es decir, hasta mediados 
del IX no hallamos la menor noticia del conciUum ó concejo: y 
lo más singular es que en esta dpoca le hallamos ya fuerte y 
sólidamente constituido ; señal clara y evidente de que lleva- 
ba ya largos años de existencia; demostración palpable de que 
empezó á desarrollarse y á crecer bajo la monarquía de los 
reyes visigodos. 

La curia, institución romana, ha debido desfallecer, cuan- 
do la fusión de los dos pueblos bajo una legislación y régimen 
común hizo embarazosa é inútil aquella decrépita organiza- 
ción. ¿Quie'n tenía ya intere's en sostenerla? El gobierno godo 
establecido bajo diferentes bases, no la necesitaba para ex- 
traer la sustancia de los pueblos : los curiales, deseosos de li- 
bertad, la abandonaban con gusto, y las ciudades representa- 
das por su defensor y su obispo popularmente elegidos, se diri- 
gian instintivamente á favorecer y ampliar la junta popular, 
el concU'mm en que aquellos magistrados eran elegidos. Kstas 
juntas estaban además en la índole de los pueblos germáni- 
cos, en la naturaleza del gobierno que los godos habian esta- 
blecido en Kspaña. Las grandes asambleas nacionales en que 
eran elegidos los reyes; los concilios en que se trataban y de- 
cidian los negocios arduos del Estado; el 'placitum ó reunión 
judicial de los hombres libres; el conventus 'pudUcus vicínorum 
en que se denunciaban los siervos fugitivos, y otra porción de 
juntas indicadas en las leyes visigodas (1), patentizan esta 
verdad y demuestran la consonancia y armonía de todas estas 
reuniones hijas del espíritu godo, con las juntas municipales 
romanas en que eran elegidos el numerario y el defensor. Así 



(1) Véanse las leyes 6* tit. ó°, lib. 8"; y ñ\ 9'' y 21, tit. 1", lib. 9". 



304 APÉNDICE 

nació naturalmente el concejo y comenzó á tener representa- 
ción y atribuciones, á sustituir á la curia y á ser la personifi- 
cación de la ciudad. 

Conforme á esta fundada suposición vemos ya en el año 941 
al concejo de Búrg'os con sus jueces y SBfiores (omnium judi- 
citm et seniórum tiirlam ex concilio de Burgos) autorizar un acto 
importante, y en 944 sancionar una donación hecha ante él 
para mayor seguridad y firmeza: nos omiiis 'pojiíüiis colialitaii' 
tliim hiBwrgentium civitatem sic nolis dene placiUt... froj^ter 
qwod in nostro concilio fiiit f acta hanc donaUomm (1). 

En las Cortes ó Concilio de León del año 1020 vemos al 
concejo de esta ciudad con privilegios ó leyes especiales, cos- 
tumbre comenzada ya en tiempo de los godos, y hallamos 
constituidas las behetrías en las que el concejo ó junta de los 
vecinos elegia al señor que habia de gobernarlos. 

Si hemos de atenernos á las disposiciones de estas Cortes, 
las ciudades y alfoces aún no tenian jurisdicción propia: la ad- 
ministración de justicia estaba todavía á cargo de jueces nom- 
brados por el rey; pero muy pronto la mayor parte de los con- 
cejos obtuvieron la facultad de nombrar á los que habian de 
juzgarlos y de elegirlos anualmente entre sus vecinos. Los ri- 
cos-hombres ó hidalgos, los obispos y los monasterios tenian 
esta facultad en los lugares y pueblos de su señorío; ¿cómo se 
podia negar el mismo derecho á los concejos? 

De la misma manera obtuvieron casi todas las demás atri- 
buciones de que gozaba la alta aristocracia; los concejos im- 
ponian pechos y derramas, levantaban soldados, se ligaban y 
confederaban entre sí en las hermandades tan célebres en 
nuestra historia, tenian el anárquico derecho, tan cuidadosa- 
mente defendido por los fijosdalgo de Castilla, de hacer la 
guerra por su cuenta contra otros concejos y contra los ricos- 
homes (2), y enviaban á la hueste del rey á sus vecinos acau- 
dillados por cabos de su elección y bajo el estandarte del 
concejo. 

Estas desmedidas atribuciones de las ciudades han hecho 



(1) Bsrganza, /l«//.'/íít'í/. ih Ei¡)., tom. 2'\ b\crií. 28 y 34. 

(2) Loy 9% tit. 5", lib. 1", Fuero viejo. 



discurso: RKCflMRN MUNICIPAL :^()5 

pensar á alg-unos do nuestros escritores que el sistema feudal 
no fiK^ conocido en ('astilhi: la deducción contraria liubiera 
sido en mi sentir la más acertada. Uno de los caractc'res más 
distintivos del rdg'imen feudal era el fraccionamiento de la so- 
ciedad, la debilidad consiguiente del g'obierno central y la 
constitución de poderes excéntricos y locales. Donde quiera 
que existe el g-obierno feudal hallamos al lado del barón el 
concejo; al lado de los señoríos las ciudades, y al lado del cas- 
tillo y torreón del fijoda^.go, los muros y adarves del munici- 
pio. Así existió el feudalismo en Francia y en Italia, en Ingla- 
terra y en Alemania, donde si fueron excesivos y exhorbitan- 
tes los derechos de los grandes y barones no lo fueron menos 
los de los comunes y ciudades. 

Además, señores, es ya hoy dia una verdad importante ad- 
mitida sin contradicion en las ciencias históricas, que las na- 
ciones europeas en que se verificó bajo la civilizadora influencia 
del catolicismo la singular amagalma del elemento antiguo ro- 
mano con el germánico importado por los pueblos bárbaros en su 
gran movimiento sobre el Occidente , presentan todas muchos 
puntos de analogía y de semejanza en el desarrollo de las 
fuerzas sociales y en la organización política que fueron suce- 
sivamente adoptando. En todas se ve, en efecto , una nobleza 
territorial con grandes privilegios y riquezas, un clero pode- 
roso é influyente; una clase media organizada y armada en 
los concejos y ciudades, y un pueblo rural vejado y oprimido: 
y al frente de todos estos elementos sociales un monarca que 
los preside y dirige con una política tan constante y tan igual 
en todos ellos que parece nacida espontáneamente , como así 
era la verdad, del natural crecimiento y progreso de aquellas 
influencias. En todas estas naciones se ven aparecer en pe- 
ríodos casi paralelos e' iguales la monarquía feudal, las asam- 
bleas nacionales compuestas al principio de la nobleza y del 
clero, y aumentadas después con los representantes de los co- 
munes y ciud'i.des; en todas se ve fraccionada la autoridad su- 
prema por el espíritu de localidad y por los exhorbitantes de- 
rechos y pretensiones de los señores y de los concejos, y en 
todas finalmente, presenta unas mismas fases y vicisitudes la 

20 



306 APÉNDICE 

lucha constante entre el poder central y los poderes locales, 
entre el monarca y los señoríos. La unidad de la Edad Media 
es un hecho sorprendente, pero innegable, y los reinos de Es- 
paña, y en particular el de Castilla, presentan en aquel pe- 
ríodo de su historia insignes pruebas de esta verdad. El con- 
cejo, pues, era en Castilla, como lo fué en todas partes , una 
pieza de la máquina feudal, y figuraba y hombreaba al lado 
del rico-hombre, del prelado y del maestre de las órdenes mi- 
litares, como una parte integrante, como un miembro vivo de 
aquella organización singular. 

Cada una de estas entidades políticas constituían de por sí 
un pequeño Estado dentro del Estado: tenian leyes diferen- 
tes^ diferentes y aun opuestos intereses, y estaban siempre ar- 
mados para defender sus derechos y sostener sus pretensio- 
nes. El gobierno de los concejos estaba consignado en los 
fueros y cartas-pueblas, y la extraordinaria extensión y diver- 
sidad de estas leyes municipales prueban hasta qué punto 
iba desapareciendo la idea misma de una legislación común y 
general. Los fijos-dalgo y los ricos-homes jefes de sus respec- 
tivos señoríos se reglan y regian á sus vasallos por leyes á 
parte, y su fuero, el famoso Fuero viejo ^ está ahí patente para 
manifestároslo poderoso, lo independiente, lo anárquico de 
aquella brillante y orgullosa aristocracia que en medio de sus 
revueltas rebeliones y disturbios , tantos dias de gloria dio á 
la monarquía de Castilla en la popular y santa lucha contra 
¡os infieles. Las órdenes militares con su carácter misto de 
civil y de eclesiástico, aún eran más poderosas é independien- 
tes, y al leer sus antiguos Ustahlecimientos dudamos, y con 
razón, si tenian algún lazo que todavía las uniere al régimen 
general del Estado (1). Los obispos y prelados eran otros tan- 
tos ricos-hombres en los pueblos de su señorío, y la particular 
índole y carácter de los behetrías venía á aumentar todavía 



(1) «Nada se hacia en el gobierno de las órdenes (decía -Tovellanos) que no reci- 
obiese de los maestres su sanción y autoridad. Así los vemos desde muy antiguo, 
«haciendo y derogando leyes generales para su territorio, dando fueros y orde- 
»nanzas á sus pueblos, creando oficios, Jueces y Tribunales, concediendo hidal- 
«guias, impuniendo tributos, y en íin, obrando como soberanos y ¡lun usando sin 



DISCURSO: RKGIMEN MUNICIPAL 'M)l 

más esto s¡n^"ul;vr CDiijuiito do ontidados políticas, esto mosai- 
co de tan diversos y pequeños Estados. 

Al fij'ar la vista sobro cuadro tan inconcebible de fraccio- 
namiento y desconcierto nos preguntamos involuntariamente. 
;,I)únde está el Estado? ^. Dónde está lo nación? ¿;, Dónde están 
los lazos que estrechan y unen todas estas disimilitudes y di- 
vergencias? En dos grandes instituciones centrales coetáneas 
como lie dicho ya á la primera constitución de nuestra nacio- 
nalidad: en el Trono y en las Cortes. 

VA rey estaba al frente de todos estos pequeños Estados 
como jefe común, como lazo federal de quien todos dependían 
en la forma determinada en sus respectivas leyes: érala fuen- 
te de todo derecho particular, el origen y manantial de todos los 
privilegios y exenciones que constituian la vida y existencia 
lo mismo del concejo que del señorío : y bajo este concepto 
era la piedra angular sobre la cual todo el edificio político des- 
cansaba. Pero su fuerza material y efectiva no siempre era su- 
ficiente á desempeñar cumplidamente tan importante papel , y 
su poder legal tenía además dos grandes limitaciones. Cons- 
tituian la primera los derechos, fueros, privilegios y exencio- 
nes de los señoríos y Estados particulares. El rey no podia 
nunca violar estos derechos; y si lo intentase, por la costum- 
bre, y lo que es más singular, por las leyes mismas, estaba 
autorizada la resistencia y hasta determinados los casos y las 
limitaciones con que se debia ejercer el terrible derecho de 
hacer la guerra al rey, al representante mismo de la socie- 
dad (1). Y como las leyes particulares y los fueros tenían una 
tan grande ostensión , ape'nas podia el rey dictar una disposi- 
ción general sin contar con el consentimiento de aquellos cu- 
llos privilegios vumeraba. De este principio partió la resis- 
tencia que los fijos-dalgo opusieron al Fuero Real y á las Par- 



«contradiccion de este ambicioso titulo. —Para los negocios graves y de interés 
Mcomun debian seguir los maestros el dictamen de los capítulos generales que eran 
»como las Cortos de sus órdenes.»— Co»5!í//rt M Consejo de órdenes .—Y . los Estableci- 
micntoft de Santiago recopilados por el bachiller Joban Fernandez de la Cama y pu- 
blicados de orden de los Rcj-es Católicos en Sevilla lüOo; en otras ediciones poste- 
riores todo está ya Cíimbiado. 
(1) Ley 2'', tít. 4", Ifb. 1", Fuero viejo. 



308 • APÉNDICE 

tidas, y la necesidad que tuvo el rey sabio al querer uniformar 
la legislación de dar el primero de estos códigos como fuero 
municipal á los concejos que le aceptaron. 

La otra limitación consistia en los impuestos. La nobleza 
no contribuia con pechos al Estado ; asistia en persona y ro- 
deada de sus vasallos sostenidos á su costa, á la guerra, y mi- 
raba como una degradación de su clase y privilegios contri- 
buir con ningún otro ge'nero de servicios. Los concejos tenian 
determinados en sus fueros y cartas-pueblas los subsidios con 
que habian de acudir al rey, y era por lo mismo ley general é 
invariable que se derivaba de la índole misma de la situación 
feudal; que para imponer nuevas cargas ó subsidios era nece- 
sario el consentimiento de los que habian de satisfacerlos. 

Estas limitaciones del poder real, y la costumbre y tradi- 
ción coetáneas al establecimiento mismo de la monarquia, 
dieron origen y consistencia á la otra grande institución cen- 
tral de que hemos hablado; á las Cortes. Al principio se com- 
pusieron estas asambleas como en tiempo de los godos, de la 
nobleza y del clero solamente; pero cuando los concejos co- 
menzaron á tomar carácter político, á tener la importancia j 
el poder que hemos indicado, y á ser miembros de la asocia- 
ción general en la forma que queda expuesto, no fué ya posi- 
ble dejar de contar con ellos. La nobleza y el clero asistían á 
las Cortes en persona; los concejos no podian hacerlo sino por 
medio de representantes elegidos al efecto. Y he' aquí ya, se- 
ñores, el primer origen del gobierno representativo de las na- 
ciones modernas. 

Desde entonces los concejos toman una grande importan- 
cia política y contribuyen al re'gimen general del Estado en 
la forma de todos conocida. Su gobierno y organización inte- 
rior en el entretanto habian ido sucesivamente experimentan- 
do las importantes variaciones que nos ha descrito el Sr. Sei- 
jas. Como el poder de las ciudades era grande, crecia con él 
la ambición y el deseo de obtener sus cargos y magistraturas. 
La alta nobleza asi)iraba á i)oscerlos ya ])or sí ya i)C)r medio 
de sus parciales, y á reforzarse en sus perennes luchas con el 
trono, con la fuerza y el poder de los concejos. Las elecciones 



discurro: RKfiíMMN' :\inxicii'Ai. 300 

se hacen entonces reñidas y tumultuosas, y dan lu^-ai* á ban- 
dos y parcialidades, y prevaliéndose de estos abusos los mo- 
narcas aspiran á nombrar ellos los magistrados y oficiales de 
los concejos, y á poner á su frente correg;idores y asistentes de 
su privativo nombramiento y elección. Por mucho tiempo y 
con gran insistencia, resistieron las ciudades esta derogación 
de sus antigos privilegios,- pero la política sagaz de los reyes 
halagó á las familias y linajes principales de los concejos dis- 
tribuyendo entre ellos los cargos concejiles, y logr(5 su inten- 
to y estableció su derecho por este y otros medios semejan- 
tes (1). La alta nobleza tuvo así menos influencia en el go- 
bierno de las ciudades; pero entonces, desusada en gran parte 
la elección popular, y llamados á la gobernación de las ciuda- 
des como regidores perpetuos los que por privilegio ó por com- 
pra habian obtenido esta distinción, se empezó á desarrollar 
en los concejos una nueva aristocracia, á quien pareció ya 
plebeyo y vulgar hasta el nombre de concejo tomando el de 
ayuntamiento, que ha prevalecido hasta hoy como más distin- 
guido y más noble (2). 

El Sr. Seijas ha desarrollado las consecuencias principales 
de este nuevo sistema; consecuencias tanto más trascendenta- 
les cuanto que al variar la índole de las comunidades se varia- 
ba por necesidad la de las Cortes, cuyo estamento popular se 
componía excluá'ivamente de los representantes ó procurado- 
res de las ciudades y concejos. No seguiré por lo mismo al 
Sr. Seijas en la exposición y estudio de tan grave materia, por 
más que su creciente interés y su importancia me inciten vi- 
vamente á ello; sería en gran parte excusado é inútil , y por 
otro lado ni la ocasión ni el tiempo lo permiten. 

Pero entre tanto se acercaba en toda Europa un momento 
supremo para los gobiernos feudales : los tronos, la nobleza, 
las ciudades, como los habia formado y dispuesto el feudalis- 



(1) véase á Colmenares, Hisl. de Segovia, cap. 24, 18. 

(2) í.Entónces (en el reinado de Alfonso XI) el gobierno de Toledo estaba en los 
«nobles que se juntaban á regirle con cuidado; pero sin oficio de Regidores; de 
»donde se llamó Ayinilamienío, nombre que sólo pertenece á Toledo y que ambicio- 
«samenteá su imitación han usurpado los Concejos de los demás lugares de Cas- 
otilla.»— Narbona, Hist. del Ar:obi.<^po D. Pedro Tenorio, fol. 2, Toledo, 1624. 



310 APÉNDICE 

mo, lio podían subsistir por más tiempo. La sociedad no podia 
seguir fraccionada y quebrantada, la legislación tan absurda- 
mente dividida y diversa. El entendimiento humano, sacudi- 
da la rudeza y barbarie de los siglos anteriores, habia levan- 
tado el vuelo; aspiraba á la unidad, á miras generales de go- 
bierno y de legislación, y era absolutamente necesario realizar 
en gTan parte y del modo posible sus ideas y concepciones. 
Para esto eran un grande obstáculo los privilegios locales y 
los poderes exce'ntricos : era necesario un instrumento más 
eficaz y espedito. La prueba de que una solución, un cambio 
en este sentido era ya de todo punto indispensable, es que 
esta necesidad se hizo sentir casi á la vez en toda Europa, y 
que en toda ella se verificó la mudanza de una ó de otra ma- 
nera. Era menester indudablemente reforzar el gobierno su- 
premo y las instituciones centrales ; la monarquía y las Cor- 
tes. Era preciso aumentar la autoridad de la corona á espensas 
de los poderes excéntricos, la libertad general á costa de las 
libertades locales. La nobleza y los concejos no podian conti- 
nuar perturbando diariamente la sociedad con sus guerras 
particulares, con sus bandos y sangrientas divisiones, ni con- 
federándose contra el monarca jefe y representante de la so- 
ciedad. Era necesario, inminente abrirse un nuevo sendero, y 
marchar en e'l con decisión y energía. 

Los reyes católicos siguieron en lo general este sistema, 
aunque con aberraciones é irregularidades ya en uno ya en 
otro sentido, y los nobles y los concejos los auxiliaron admi- 
rablemente en su empresa. Al contemplar aquel período bri- 
llante de nuestra historia casi se concibe la esperanza de que 
las dificultades del régimen feudal tengan en nuestra patria 
la feliz solución que tuvieron más adelante en Inglaterra, y 
que concertándose la corona, la nobleza y los concejos en una 
equitativa transacción, se establezcan sobre anchas bases la 
autoridad del trono y la de las Cortes : el poder y la pública 
libertad. 

Desgraciadamente no sucedió así: extinguida la dinastía 
nacional, llamada al trono otra forastera y extraña á nuestras 
leyes, tradiciones y costumbres, y reforzada la autoridad de 



discurso: m'iüiMKN iMUNicii'AL -U i 

la corona con el poder (iiic 1(! (l:il)aii los lOsüulos oxtoriores quo 
rei>"ía, los pGlif»T0S de la libertad pi'il)lica y d(; los unti^'uos de- 
rechos de Castilla eran inminentes, y el único medio de evi- 
tarlos hubiera sido la unión íntinni y el concierto de la noble- 
za y de las comunidades. 

Pero estas dos poderosas clases liahia tiempo (|ue (ístahan 
divididas; los reyes, para contener á la nobleza, se habían 
apoyado frecuentemente en los concejos y hasta en sus confe- 
deraciones y hermandades. Cisneros habia armado á las mili- 
cias de las ciudades con igual objeto, y por estas y otras cau- 
sas análogas existia poco acuerdo entre los unos y los otros. 
Así, cuando estalló la infeliz é imprudente guerra de las co- 
munidades excitada por los abusos y tiranía de los flamencos, 
los nobles desconocieron su posición é intereses, y con una 
obcecación inconcebible en una aristocracia (por lo común 
previsoras y sagaces), ayudaron á oprimir á las ciudades. Las 
ciudades sucumbieron; pero entonces los nobles se hallaron 
solos y sin auxilio de ningún género^ frente á frente con la 
corona; que con la conciencia de su fuerza pretendió en las 
famosas Cortes de Toledo despojar á la nobleza de su princi- 
pal privilegio, el de no contribuir al Estado sino con sus ser- 
vicios personales. La nobleza se resistió con entereza, pero su 
resistencia fué severamente castigada. Los nobles fueron para 
siempre echados de las Cortes, de las cuales hablan sido en 
todos tiempos una parte necesaria e integrante desde la fun- 
dación misma de la monarquía , y perdieron todo género de 
participación en el gobierno del Estado. 

Jíizguense como se quiera estos sucesos en sus pormeno- 
res y causas especiales, aprecióse como mejor parezca la con- 
ducta de las corporaciones y de los personajes que en ellos in- 
tervinieron, la historia hará siempre un grave cargo lo mismo 
á la nobleza que á las comunidades. La nación, en sus varia- 
dos trances y vicisitudes, había puesto en manos de la noble- 
za y de los concejos la defensa de la pública libertad, conquis- 
tada y afianzada por los esfuerzos y la sangre derramada de 
las generaciones pasadas. ¿Qué cuenta dieron los unos y los 
otros de aquel sagrado depósito? La responsabilidad fué co- 



312 



APÉNDICE 



mun; pero tambi(3n fué común el castigo. Si la derrota de Vi- 
llalar fué producto de anteriores faltas , la expulsión de las 
Cortes de Toledo fué necesario efecto del yerro de Villalar. 

Desde entonces, señores^ los concejos pierden en Castilla 
todo su poder político, pues no podemos dar este nombre á la 
insignificante participación .que algunas ciudades siguieron 
teniendo todavía en el vano simulacro de Cortes que aún duró 
por algún tiempo: y vendidos en pública licitación los oficios 
de república como un medio de sacar dinero, y privados por 
la mayor parte los concejos de toda participación en el nom- 
bramiento de sus alcaldes y magistrados, y extinguida toda 
especie de elección popular en los más de ellos , el régimen 
municipal decae y desfallece miserablemente como las anti- 
guas curias romanas, no tanto por falta de atribuciones admi- 
nistrativas, cuanto por los elementos que concurren á la for- 
mación de las corporaciones municipales. 

Carlos III conoció el infeliz estado a que habia llegado el 
régimen interior de las ciudades, é intentó darle alguna vida. 
Entonces se apeló á las antiguas tradiciones^ y el defensor 
civitatis de la municipalidad romana renació de nuevo con su 
primitivo nombre de síndico, y como en los tiempos pasados, 
fué elegido, no por la curia ó ayuntamiento, sino por el co- 
mún, por el concejo entero. Del mismo modo fueron elegidos 
otros nuevos concejales con el nombre de diputados del co- 
mún, y se introdujo de este modo en el régimen de los conce- 
jos una gTande y trascendental mejora; el antig'uo principio 
popular y electivo. Y los concejos llegan en esta forma hasta 
nosotros y hasta la nueva organización política y administra- 
tiva del país. PJpoca, señores, en que la libertad pública estri- 
ba en va\xy diferentes bases, y en que formando la nación en- 
tera, con todas sus clases y categorías, rín cuerpo homogéneo 
y compacto, fia á su sola vigilancia y esfuerzos la conserva- 
ción y defensa de los intereses y de los derechos que tenian 
antes á su cargo los antiguos concejos y los demás poderes lo- 
cales, tan célebres en la Edad Media. 



UN I' R EN HA 



HISTORIA JURÍDICA 



DE LOS 



ilíREOS \ ÜBES ESPiOIIS 



POR 



D. FRANCISCO FERNANDEZ Y GONZÁLEZ 

(DOS VOL.) 



University oí British Columbia Library 



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DATE 


























































FORM 310 



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